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Una losa rodeada de cera, una cripta azul y un banquete encendido: las velas de Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Encender una vela equivale a avisar de que alguien sigue despierto. Se enciende para velar a un muerto, sí, pero también para esperar a quien no ha llegado, para estudiar de noche, para pedir algo, para celebrar que alguien cumple años. Es la luz más pequeña que existe y, al mismo tiempo, la más obstinada: basta una corriente para apagarla y, sin embargo, aguanta horas.
Quien firma estas canciones se define como «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical, con la música e interpretación vocal hechas con IA. En sus videoclips, las velas aparecen en sitios muy distintos. Alrededor de una losa de piedra. A los pies de un chico que levanta las manos en una cripta. Sobre la mesa de un banquete donde alguien acabará bailando. Flotando en el humo de una sauna. En las paredes de un teatro de terciopelo. Y en la oscuridad de un último plano, justo antes de que estalle el fuego. Este texto las recorre una a una. No para explicarlas, que una vela no necesita explicación, sino para mirar qué están vigilando.
La losa (La ley de la exageración, primeros segundos)
Empiezo por la más solemne. El clip de «La ley de la exageración» se abre con un objeto: un reloj de arena alto, con patas de metal trabajado, y detrás un tipo tocado con un sombrero de ala ancha. En segundo plano, sujeta a un candelabro, arde una vela solitaria. Al tercer segundo el reloj ya está en otra parte, apoyado en un bloque de piedra moteada, y al otro lado del bloque se ve a un hombre echado de costado que no ha cerrado los ojos. Tras él, sobre una repisa de la pared, se alinean velas blancas encendidas.

Ese bloque de piedra podría ser una mesa de sacrificios o una tumba, y la letra resuelve la duda bastante rápido. Echa una cuenta de primaria, la de uno más uno, y desemboca en algo nada infantil: dos personas que se llevaron dos décadas enteras de golpe, «del tirón», como dice el verso. Las velas, aquí, acompañan esa pérdida. Pero el hombre del bloque no está muerto. Parpadea. Vigila el reloj. Es una vigilia, no un funeral.
En esa diferencia está, creo, lo que une todas las escenas que siguen. En Planeta Gayfolk, las velas casi nunca alumbran a alguien que se ha ido. Alumbran a alguien que sigue ahí, despierto, esperando a que pase la noche.
La celda (La ley de la exageración, hacia el segundo 42)
Pasados unos cuarenta segundos, el castillo enseña un cuarto de piedra minúsculo. Contiene un catre de madera con una manta basta de arpillera, un crucifijo en el muro y, en un saliente, cinco o seis velas prendidas. Sobre el catre, un hombre vestido con una camisa de lino claro yace boca arriba. El montaje lo coloca después en otras posturas: sobre un codo, a medio levantar, con la cabeza girada. No consigue dormirse.
Es la imagen más íntima de todas. Una celda, una cama, unas velas. Recuerda a esas noches en las que uno da vueltas y vueltas sin pegar ojo, repasando lo que pasó, preguntándose cómo no lo vio antes. La letra de la canción, que en otros momentos es pura rabia, aquí parece quedarse en silencio, y las velas hacen compañía a quien no puede dormir.
Mike ha contado que pasó dos décadas atrapado en relaciones con dos parejas narcisistas, y que cuando por fin se destapó todo, ambas consiguieron poner a parte de su entorno en su contra. Las noches en vela de esa celda tienen mucho de esos años. Pero también tienen algo que llega después: el momento en que, por fin, uno puede ponerle nombre a lo que vivió.
El banquete (La ley de la exageración, del minuto uno en adelante)
Y entonces el castillo cambia de humor. Desde la mitad del clip, el plano al que el montaje vuelve una y otra vez es el de una mesa interminable entre columnas, cubierta de velas prendidas de un extremo a otro, con vajilla y cristalería. En su primera aparición, junto a ella, un hombre envuelto en una túnica oscura abre los brazos como el anfitrión que enseña el festín. Detrás, una luz violeta se mete en la bruma.

Luego el mueble cambia de oficio. Un muchacho trepa al tablero y se pone a bailar entre las llamitas mientras unos haces rojizos y anaranjados atraviesan el salón. En otra toma, la misma superficie hace de pasarela iluminada en azul y rojo, y alguien la recorre hacia la cámara con los brazos extendidos. A ambos lados, las velas tiemblan con cada pisada.
Me gusta mucho esta evolución. Las velas empezaron junto a una tumba de piedra y terminan en una mesa de fiesta. La misma luz que acompañaba la vigilia ahora acompaña el baile. Y la canción hace un recorrido parecido: empieza contando lo que le robaron y termina con una despedida a lo grande, «Que dios os tenga en su gloria», seguida de un «¡Adiós!» que suena más a portazo que a responso.
Hay algo muy de Planeta Gayfolk en esa forma de convertir el duelo en verbena. Las velas de un velatorio y las de una cena de gala son, en el fondo, las mismas. Lo que cambia es quién se sube a la mesa.
La cripta azul (I Want to Be a TikTok Star)
Salgo del castillo y entro en otra piedra. En el videoclip de «I Want to Be a TikTok Star», a los pocos segundos, un chico con camiseta oscura aparece de rodillas en una cripta iluminada de azul y violeta. Levanta los brazos con las palmas abiertas hacia la cámara. A sus pies, a ambos lados, hay decenas de velas de distintas alturas, goteando cera, algunas con la llama muy alta.
La escena vuelve varias veces. En una, el mismo chico junta las manos delante de las velas y, en la pared de piedra de detrás, aparece proyectada una cara enorme que mira hacia abajo. En otra, la nave entera de una iglesia tiene velas alineadas a lo largo del pasillo y, al fondo, otra cara gigante hecha de luz.
Aquí la vela tiene un sentido muy distinto. Es ofrenda. La canción habla de querer ser una estrella de las redes, y el vídeo lo traduce en un altar: la pantalla convertida en santo, las velas encendidas para pedirle algo. Es una imagen divertida y un poco triste a la vez. Todo el mundo ha encendido alguna vez una vela, aunque sea metafórica, para que alguien le mire.
El hombre entre velas (Un invitado VIP cortando cebolla)
En el videoclip de «Un invitado VIP cortando cebolla», hacia los dos minutos, aparece un personaje que no se parece a ningún otro. Un hombre con barba larga, bigote cuidado y camiseta blanca de tirantes, con los brazos llenos de tatuajes, está sentado entre decenas de velas encendidas. Detrás tiene ventanas en arco, como de iglesia, con luz morada. Mira a cámara, muy serio.
Ni habla ni se mueve. Solo está ahí, entre la cera derretida, como el guardián de algo. Y un poco más tarde, el vídeo enseña las velas solas, sin nadie, flotando en un humo violeta tan espeso que no se ve el suelo. Son pequeñas, frágiles, cada una con su llama inclinada. Parecen farolillos en un río, o estrellas que se han caído.
En una canción que habla de llorar a escondidas, con la excusa de estar cortando cebolla, esas velas tienen algo de lágrima. Brillan, tiemblan, se consumen. Y, aun así, siguen encendidas.
El teatro rojo (El castigo más duro)
En «El castigo más duro» las velas forman parte del decorado, aunque no de cualquier manera. Hay un momento en que la cámara se cuela en una sala de función de las de antes, toda roja y aterciopelada, con brazos dorados en los muros que sostienen velas prendidas y una embocadura dorada al fondo. Desde el techo bajan tres columnas de luz azulada. En los peldaños del centro, un tipo de chaqueta oscura con un pañuelo encarnado al cuello sujeta una guitarra.
Pero quien llama la atención es la platea. Las butacas están vacías; la gente se ha quedado echada en el suelo, frente al escenario, entre folios sueltos y ropa desperdigada. Es como si la función hubiera terminado hace horas y nadie se hubiera ido a casa. Las velas de los muros siguen ardiendo para nadie, o para todos esos cuerpos tirados que todavía no se han levantado.
Esa imagen tiene algo de resaca, de después. Y me hace pensar en todas esas veces que la vida sigue encendida aunque uno no tenga fuerzas para incorporarse. Las velas no esperan a que te levantes. Simplemente están, y cuando te levantas, siguen ahí.
El último plano (El impostor)
Y llego a la vela más inquietante. El videoclip de «El impostor» dura casi seis minutos y está lleno de barro, soldados y coronas. Pero termina con una imagen tranquila: sobre un fondo negro, con un par de velas encendidas a la espalda, dos hombres posan juntos y sonríen a cámara. Uno lleva chaleco marrón sobre una camisa blanca; el otro, una cazadora de cuero negra. Parecen una pareja feliz en una foto de estudio.
Un segundo después, una bola de fuego naranja estalla delante de ellos y tapa la sonrisa.
Es un final muy elocuente. Las velas de la foto de pareja eran la luz suave de una relación que, vista desde fuera, parecía perfecta. Lo que viene después es el incendio. La canción habla de un impostor, de alguien que fingía ser quien no era, y el vídeo lo resume en ese paso de la vela al fuego. La llama pequeña que parecía calidez era, en realidad, una mecha.
Las hermanas mayores: las antorchas
En el castillo de «La ley de la exageración» las velas no están solas. Cada muro de piedra tiene antorchas sujetas con argollas de hierro, de llama mucho más grande y más indisciplinada. Alumbran corredores, patios y unos peldaños donde se ve a un chico hecho un ovillo, abrazado a sus propias piernas. Alumbran también a las parejas que posan muy serias y a los caballeros con armadura que montan guardia.
Si la vela es la luz de quien espera, la antorcha es la de quien avanza. Se coge con la mano y se lleva por delante, para ver dónde se pisa. En los planos del castillo, la gente camina entre antorchas: cruza pasillos, sale a patios, se enfrenta a otros. Las velas, en cambio, se quedan en su sitio, en la losa, en la celda, en la mesa.
El vídeo necesita las dos. Las velas para los momentos quietos, los de pensar y recordar. Las antorchas para los de moverse. Y me parece una buena forma de describir cualquier proceso largo de salir de algo: hay noches de vela, sentado, sin hacer nada más que aguantar, y hay días de antorcha, en los que por fin se coge la luz y se echa a andar por el pasillo.
Lo que vigilan las velas
Si pongo todas estas imágenes en fila, aparece un dibujo. Las velas de Planeta Gayfolk no son decoración romántica ni atrezo de misa. Casi siempre están junto a alguien que no duerme, que espera, que pide, que recuerda o que finge. La losa de «La ley de la exageración», con el hombre de ojos abiertos. La celda de la cama estrecha. La cripta donde un chico ruega que le miren. El hombre tatuado que guarda algo. Los apliques del teatro sobre un público tumbado. La foto de pareja que va a arder.

En todas ellas, la vela marca el tiempo. Se consume. Es un reloj, como aquel reloj de arena con el que arrancaba el clip del castillo. Y por eso encaja tan bien con canciones que hablan de años perdidos, de esperas largas, de noches que no terminan. Una vela encendida dice: todavía no ha amanecido, pero falta menos.
Veinte velas
Hay un verso de «La ley de la exageración» que no consigo leer sin pensar en una tarta. «Veinte años de mi vida del tirón». Veinte años son veinte velas. Las que uno sopla en un cumpleaños redondo, con la familia alrededor y alguien haciendo la foto. Solo que aquí no hay tarta ni foto, y las velas no se soplan: se las llevaron.

La canción convierte esa cifra en una acusación, y lo hace con una aritmética de colegio, la de uno más uno. Pero detrás de la cuenta hay algo muy concreto, muy de calendario: veinte navidades, veinte veranos, veinte cumpleaños celebrados junto a alguien que, según cuenta la letra, no era quien decía ser. Las velas de esos cumpleaños se encendieron de verdad. La pregunta que deja la canción es para quién.
En el vídeo, las velas del castillo no se cuentan, pero son muchas. Más de veinte, seguro. Como si el clip quisiera devolverle a quien escribió la letra todas las que le quitaron, y alguna más de propina.
La cera
Hay un detalle que se repite en varios de estos vídeos y que pasa desapercibido: la cera. En la cripta azul, las velas gotean y la cera forma pequeños regueros sobre la piedra. En la sauna del invitado VIP, el hombre tatuado está sentado entre velas que ya se han consumido a medias, con la cera derretida acumulada en la base. Son velas que llevan tiempo encendidas.
La cera es lo que queda de una vela después de haber dado luz. Es su memoria, su rastro. Y tiene algo muy parecido a lo que hacen las canciones de Mike: recoger lo que quedó después de una época larga, darle forma, guardarlo. Una vela consumida no es una vela rota. Es una vela que ha hecho su trabajo.
Me gusta pensar en los videoclips del planeta como en esos candelabros de iglesia llenos de cera vieja, de todas las velas que se han ido encendiendo con los años. Cada canción es una. Y juntas forman algo que ya no se puede despegar de la piedra.
Soplar
Hay dos maneras de apagar una vela. Se puede dejar que se consuma sola, hasta que la mecha se ahoga en su propia cera. O se puede soplar. Lo primero es paciencia; lo segundo, decisión.
El «¡Adiós!» de «La ley de la exageración» es un soplido. Llega al final de cada estribillo, después de enumerar todo lo que esas dos personas hicieron, y apaga la conversación de golpe. No hay matices, no hay segundas oportunidades, no hay vela que se deje encendida por si acaso vuelven. Y la canción lo repite tres veces, por si a alguien no le había quedado claro.
Pero hay algo bonito en el hecho de que, en el vídeo, las velas sigan encendidas mientras suena ese adiós. Lo que se apaga es la relación, no la luz. La luz se queda para quien despide. Es él quien sigue sentado a la mesa del banquete, con todas las velas ardiendo, cuando los otros ya se han ido.
La vela como compañía
He pensado bastante en por qué estas imágenes me tocan tanto, y creo que es por la compañía. Una vela es lo que se deja encendido cuando alguien está solo. En los hospitales antiguos, en las casas de pueblo, en las noches de tormenta cuando se iba la luz. Es un pequeño gesto de no abandonar.
Mike ha explicado que, en lo peor de aquellos años, llegó un punto en que estuvo cerca de quitarse la vida. Ahora sigue un tratamiento de psiquiatría y psicología, y convive con estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y trastorno de la personalidad por evitación, y lo cuenta para que se hable del abuso narcisista, no para dar pena. Sus canciones fueron, durante mucho tiempo, la vela que dejaba encendida para sí mismo: una forma de contar su versión cuando parecía que nadie quería escucharla.
Si ahora mismo te sientes a oscuras, no tienes por qué pasar la noche en soledad. Busca a alguien de confianza o a un profesional y cuéntaselo. En España existe el 024, un número sin coste y confidencial donde contestan de día y de noche; si la cosa es urgente, el 112. Pedir ayuda es encender una vela, y no hace falta esperar a que sea muy tarde.
Velas y neones
Hay una tensión bonita en todo esto. Planeta Gayfolk es, sobre todo, un universo de neón: luces rosas, láseres, pistas iluminadas, purpurina, planetas brillando en el cielo. La estética del planeta se parece más a una discoteca que a una capilla. Y, sin embargo, en medio de todo ese neón, una y otra vez aparece la luz más antigua del mundo.
En el castillo de «La ley de la exageración», las dos conviven sin problema: antorchas en las paredes, velas en la mesa y, a la vez, rayos láser de colores atravesando la niebla. En la cripta de la canción de las redes, la vela y la pantalla se miran de frente. En la sauna del invitado VIP, las velas flotan en un humo teñido de violeta como el de cualquier club.
Es como si el planeta necesitara las dos cosas. El neón para la fiesta, para la noche compartida, para el «¡Adiós!» dicho a gritos. Y la vela para lo otro: para lo que se piensa a solas, de madrugada, cuando la música se apaga.
Encender una más
Las seis canciones que aparecen en este texto se pueden escuchar enteras en sus fichas y se pueden descargar sin pagar desde la tienda de la web, sin necesidad de registrarse. Muchas de ellas pertenecen a la trilogía que empezó con «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y algunas, como «Not Your Supply», tienen también sus velas escondidas, en ese rostro gigante que flota sobre una mesa encendida. Quien quiera escribir sobre ellas tiene material, fotos y contacto en prensa, y el vídeo del castillo tiene su propia página de videoclip.
La mecha
Vuelvo al principio, a la losa. A ese hombre tumbado de lado, con los ojos abiertos, mirando cómo cae la arena del reloj mientras las velas arden detrás. Durante mucho tiempo, esa imagen me pareció triste. Ahora me parece otra cosa.
Lo que hace ese hombre es esperar. Y las velas le acompañan mientras espera. No sabe cuánto falta para que termine la noche, pero sabe que terminará, porque la arena del reloj siempre acaba de caer. Unos minutos después, en el mismo vídeo, alguien se sube a una mesa llena de velas y baila. Quizá sea él. Quizá no. Pero la luz es la misma.
Preguntas frecuentes
¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis aparecen velas?
Entre otros, en «La ley de la exageración» (una losa, una celda y un banquete), «I Want to Be a TikTok Star» (una cripta azul), «Un invitado VIP cortando cebolla» (un hombre sentado entre velas y velas flotando en humo), «El castigo más duro» (los apliques de un teatro rojo) y «El impostor» (el plano final).
¿Cuándo salió el videoclip de «La ley de la exageración»?
Se publicó el 11 de diciembre de 2025 y dura tres minutos y cincuenta y un segundos. Transcurre en un castillo de piedra iluminado con antorchas y velas.
¿De qué habla «La ley de la exageración»?
De dos exparejas narcisistas a las que la letra acusa de haberle robado veinte años. Lo dice con humor y con rabia, y se despide de ambas con un «¡Adiós!» rotundo.
¿Se pueden descargar estas canciones?
Sí, gratis y sin registro, desde la tienda de gayfolkplanet.com. Cada una tiene además su ficha en la web con el videoclip.
¿Hay ayuda si estoy pasando por algo parecido?
Sí. Cuéntaselo a alguien de confianza o a un profesional. En España, el 024 atiende gratis y a todas horas a quien lo esté pasando mal; ante un peligro inmediato, el 112.