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Una luna llena detrás de un hombre que corre, un planeta rosa que sale sobre el bosque y canguros en el cráter: las lunas de Planeta Gayfolk

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Fotograma de «Me rindo»: una silueta de espaldas, con una guitarra colgada a la espalda, se recorta contra una luna llena blanca en un cielo nocturno azul oscuro

La luna no tiene luz propia. Todo lo que vemos de ella, ese blanco que a veces parece de nieve y a veces de hueso, es la luz del sol rebotando en un suelo de polvo gris. Si el sol se apagara, la luna desaparecería del cielo en poco más de un segundo, el tiempo que tarda su reflejo en llegar hasta nosotros. Es, por tanto, una luz prestada. Y quizá por eso nos acompaña tan bien en las noches malas: no pretende ser el día; se limita a avisar de que el día sigue existiendo en algún otro lado.

Por los vídeos de Planeta Gayfolk han salido ya varias lunas, y ninguna se repite. Quien firma esos vídeos, Mike Sain't Louis, se llama a sí mismo «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Allí arriba, la luna puede ser un disco blanco enorme detrás de alguien que corre, un astro rosa que asoma sobre un bosque del mismo color, o un suelo de cráteres por el que saltan canguros. Esta nota recorre esas lunas, y arranca con la canción que se atreve a ponerles animales: «Canguros».

Rumores para no despedirse

«Canguros» está construida a base de rumores. Casi cada estrofa arranca con la misma palabra, un «Dicen» sin sujeto, sin fuente, sin firma. Según esos rumores, el mundo tiene un borde, alguien encendió una luz para los barcos al fondo de la ensenada, seguir cierta estrella te lleva a cubierta de una embarcación de madera, y bajo el agua nadan criaturas mitad pez de los dos sexos. Es el lenguaje de los marineros viejos en el puerto, de las abuelas que cuentan historias al calor del brasero, de las leyendas que nadie ha comprobado y todo el mundo repite.

Mike Sain't Louis con gorra estampada y camiseta de tirantes en un callejón nocturno de piedra con espejos dorados y un planeta rosa, junto al verso «Y dicen que en la luna hay canguros» de «Canguros»

Y en medio de esos rumores hay una persona que tiene que marcharse y no puede. El estribillo lo dice sin adornos: «Me tengo que ir». Pero al ver al otro delante, la despedida se atasca: «No me puedo despedir». Toda la canción gira alrededor de esa contradicción tan humana. Saber que hay que irse y no encontrar la manera de dar el último paso.

El rumor más bonito llega cerca del final, y es el que da título al tema: «Y dicen que en la luna hay canguros». Así, sin más. Una frase absurda, casi infantil, que funciona como una broma tierna en mitad de la tristeza. Y enseguida completa la imagen: los canguros van «Saltando entre galaxias». La luna se queda pequeña. Ahora es el espacio entero convertido en un prado por donde estos animales brincan de estrella en estrella.

Por qué canguros en la luna

Pensándolo bien, la elección tiene mucho sentido. En la luna, la gravedad es seis veces más débil que en la Tierra. Cualquiera que haya visto las imágenes antiguas de los astronautas lo recuerda: no caminaban, rebotaban. Daban pequeños saltos torpes, con las piernas juntas, flotando un instante en el aire antes de volver a tocar el suelo. Se movían, en el fondo, igual que un canguro.

Así que la frase de la canción, que suena a disparate, esconde una intuición casi científica. Si algún animal estuviera hecho para la luna, sería el que ya vive saltando. Y si alguien quisiera inventar un sitio donde despedirse doliera menos, quizá elegiría uno donde cada paso es un salto y cada salto dura un poco más de lo normal, como si el tiempo se estirara.

Me gusta pensar que el narrador de «Canguros» se imagina a sí mismo así: brincando de galaxia en galaxia, ligero, sin el peso que en la Tierra le impide marcharse. Es una fantasía de huida, pero también de reencuentro, porque la canción lo deja claro un poco después: «Dicen que te encontraré de nuevo».

Un suelo gris lleno de cráteres

El vídeo de «Canguros», estrenado el 19 de marzo de 2025, lleva esa idea a la pantalla con mucho humor. Hay planos en los que el suelo es literalmente la superficie lunar: un paisaje gris, polvoriento, salpicado de cráteres de todos los tamaños, con esferas oscuras que flotan en el cielo como planetas cercanos. Por ahí saltan los canguros, con las patas traseras estiradas y la cola en equilibrio, levantando pequeñas nubes de polvo.

En otro momento aparece una luna en cuarto creciente, fina como una uña, sobre un fondo azul cuajado de estrellas. Sobre su curva hay sentada una figura pequeña, y delante, sobre una esfera blanca, un canguro anaranjado da un salto en el vacío. Es una imagen de cuento ilustrado, de esas que se colgaban en los cuartos de los niños para que se durmieran mirando algo bonito. Solo que aquí acompaña a un tema para mayores, el de un adiós que se queda a medias.

Y hay un plano todavía más ambicioso: la Tierra vista desde la luna, azul y redonda en el horizonte, mientras en primer plano el suelo gris se extiende hacia todas partes. Es la imagen que más se parece a una despedida de verdad. Desde ahí, el planeta donde está la persona que uno quiere parece pequeño, lejano, casi frágil.

La cara que nunca vemos

La luna gira sobre sí misma exactamente al mismo ritmo al que gira alrededor de la Tierra. Por eso siempre nos enseña la misma cara. Durante toda la historia humana, nadie vio su otro lado hasta que una sonda lo fotografió a finales de los años cincuenta. Hay una mitad de la luna que permanece siempre de espaldas, aunque no esté a oscuras: también le da el sol, solo que no hacia nosotros.

Así funcionan, creo, muchas personas que lo están pasando mal. Enseñan siempre la misma cara: la de estar bien, la de seguir adelante, la de hacer bromas en las reuniones. La otra mitad, la que tiembla y llora, queda de espaldas. No porque no exista, sino porque no se deja ver.

«Canguros» es una canción que habla desde esa cara oculta. Por fuera, rumores divertidos, sirenas y canguros saltarines. Por dentro, alguien que no sabe cómo marcharse y que, al final, casi suplica: «Vuelve». Y luego, dos palabras sueltas, como dos piedras caídas: «Prometiste». «Te espero».

La luna llena de «Me rindo»

La segunda luna de esta nota es la más grande de todas. Está en el videoclip de «Me rindo», publicado el 14 de marzo de 2025, cinco días antes que el de «Canguros». Aquí la luna no tiene animales ni cuentos. Es un disco enorme, blanco, de bordes muy nítidos, que ocupa a veces media pantalla y otras queda pequeño sobre el horizonte.

Fotograma del videoclip de «Me rindo»: una silueta oscura de espaldas que camina por la hierba hacia una luna llena blanca, junto a tres miniaturas con una figura que salta delante del disco lunar, una luna pequeña en un cielo azul oscuro y otra silueta que corre de noche

Delante de ella, en varios planos, una silueta oscura se mueve por un campo de hierba alta. A veces de espaldas, con una guitarra colgada a la espalda, mirando la luna como quien mira una puerta. A veces corriendo, con los brazos abiertos, saltando por encima de la hierba como si quisiera alcanzarla. En uno de los momentos más bonitos, la figura da una zancada larga y queda suspendida en el aire justo delante del disco blanco, recortada en negro, sin rostro, convertida en pura forma.

Hay también un plano sin nadie: solo el cielo azul oscuro, casi negro en los bordes, y una luna pequeña y redonda en la parte baja, como un botón de nácar cosido a la noche. Es la imagen más silenciosa del vídeo, y una de las que más se quedan en la memoria.

Rendirse sin perder

El título de esa canción, «Me rindo», podría sonar a derrota. Pero la letra lo matiza desde la primera estrofa. El narrador se rinde porque alguien le ha entendido: le ha visto abrir el corazón, le ha visto desmontar su personalidad en mil piezas, y aun así le ha querido. En ese instante, dice, «ya me has ganado, ya me has enamorado,». La rendición es, en realidad, una forma de bajar la guardia ante quien merece la pena.

El estribillo repite una y otra vez la misma frase: «y me rindo, y sigo temblando siempre.». Rendirse y temblar a la vez. Es la descripción perfecta de lo que se siente al enamorarse después de haber sufrido mucho: dejar entrar a alguien y, al mismo tiempo, no poder dejar de tener miedo.

La luna llena del vídeo acompaña muy bien esa mezcla. Es una luz que no quema, que no exige, que deja ver el campo sin deslumbrar. La silueta que corre hacia ella no sabe si llegará, pero corre igual. Y el temblor de la canción se parece mucho al de la hierba alta movida por el viento nocturno.

Un planeta rosa sobre el bosque

La tercera luna es la más extraña. En el vídeo de «Ya no te quiero», del 11 de noviembre de 2024, hay un momento en que sobre un bosque de árboles de copa redonda, todos teñidos de fucsia, asoma un astro gigantesco del mismo color. Es tan grande que ocupa buena parte del cielo, con su superficie marcada por manchas y vetas más claras, y una sombra que lo recorta por un lado como si estuviera en fase creciente.

Fotograma del videoclip de «Ya no te quiero»: un astro rosa gigantesco que asoma sobre un bosque de copas fucsias bajo nubes rosadas, junto a tres miniaturas del mismo astro sobre el horizonte y el bosque

No está claro si es una luna o un planeta vecino. En el mundo de Planeta Gayfolk, la frontera entre las dos cosas es difusa. Lo que sí está claro es el efecto: todo es rosa. El cielo, las nubes, los árboles, el astro. Es una noche que no es negra, sino del color de un chicle de fresa.

En otro plano, el mismo astro aparece más bajo, casi apoyado sobre el horizonte, y el bosque a sus pies parece un mar de algodón rosa que se pierde hasta donde alcanza la vista. Es una imagen de ensoñación, de esas que uno vería en un sueño muy bueno justo antes de despertarse.

Una luna que se burla

No todas las lunas del planeta son amables. En la letra de «Ruido en mi mente» hay una que se ríe. El narrador está atrapado en una noche de insomnio, con el pasado sentado al borde de la cama, y en mitad de esa escena aparece un verso terrible: «La luna se burla con su carcajada idiota».

Es la luna vista desde la ansiedad. La misma luz que en «Me rindo» acompaña a quien corre por el campo, aquí entra por la ventana y parece reírse de quien no consigue dormir. No ha cambiado la luna. Ha cambiado quien la mira. Y esa es, creo, una de las cosas más honestas que cuentan estas canciones: que el mismo cielo puede ser consuelo o burla según el día.

Nombres para cada luna llena

En muchos lugares del mundo, cada luna llena del año tiene su propio nombre. En el hemisferio norte se habla de la luna del lobo en enero, cuando los aullidos se oían más cerca de las aldeas; de la luna de la nieve en febrero; de la luna de las flores en mayo; de la luna de la cosecha en septiembre, la que alumbraba a los campesinos para que pudieran seguir recogiendo el grano de noche. Son nombres que vienen del campo, de gente que vivía pendiente del cielo porque de él dependían las siembras, las fiestas y los viajes.

Ponerle nombre a la luna era una forma de hacerla cercana. Ya no era una piedra blanca allá arriba, sino una compañera con carácter propio según la época del año. Había lunas de frío y lunas de calor, lunas de trabajo y lunas de descanso.

Las lunas de Planeta Gayfolk podrían bautizarse igual. La de «Canguros» sería la luna de los rumores, la de las historias que nadie ha comprobado. La de «Me rindo» sería la luna del temblor, la que mira a alguien que corre hacia el amor con miedo. La de «Ya no te quiero» sería la luna rosa de las despedidas que, por fin, dejan de doler. Y la de «Ruido en mi mente», la luna que se ríe, sería la del insomnio. Cada una con su luz, cada una con su noche.

Mareas

La luna mueve el mar. Dos veces al día, su atracción levanta el agua de los océanos y la retira, y en las playas eso se nota como subidas y bajadas de la marea. Es una fuerza invisible, constante, que actúa desde casi cuatrocientos mil kilómetros de distancia y que, sin embargo, cambia el paisaje de cada costa del planeta.

Las emociones se parecen mucho a las mareas. Suben y bajan, a veces con un ritmo previsible y a veces no. Hay días en los que el agua llega hasta el paseo marítimo y otros en los que se retira tanto que deja al descubierto rocas y algas que nadie sabía que estaban ahí. Lo importante es recordar que la marea baja siempre vuelve a subir, y que la alta siempre acaba retirándose.

«Canguros» empieza con rumores de faros y bahías. Es un tema con olor a puerto. Y no es casualidad que hable de la luna: quien vive junto al mar sabe que sin ella no habría mareas, ni barcos que salen con la pleamar, ni orillas que cambian cada pocas horas.

Noches que se hacen largas

La luna se ve mejor en las noches más largas, las de invierno, cuando oscurece pronto y amanece tarde. Son también las noches más difíciles para mucha gente. Las horas de oscuridad pesan, el insomnio aprieta y los pensamientos se vuelven más oscuros que el cielo.

Mike Sain't Louis de cuerpo entero con abrigo negro largo y vaqueros, junto a una fuente de piedra que refleja un planeta rosa, con el verso «Dicen que te encontraré de nuevo»

Mike ha conocido muchas de esas madrugadas. Durante cerca de veinte años encadenó dos relaciones con hombres narcisistas. Al decidirse a hablar de ello, se encontró con que ellos habían puesto en su contra a parte de sus amistades. Hubo noches en las que estuvo muy cerca de acabar con su vida. Ahora le tratan especialistas, que han puesto nombre a lo que arrastra: trastorno por estrés postraumático, una depresión mayor severa, fobia social, ansiedad y personalidad evitativa. Escribir canciones es una de las luces prestadas que le ayudan a pasar esas noches.

Si tus noches se están haciendo eternas, no esperes a que amanezca a solas. Manda un mensaje a esa amiga que siempre contesta, pide cita con tu médica, cuéntaselo a un profesional. Desde cualquier teléfono de España, el 024 atiende a quien tiene ideas de suicidio o teme por alguien: gratis, sin preguntar quién eres, a las cuatro de la madrugada igual que a mediodía. Cuando la urgencia no admite espera, el número es el 112.

Mirar hacia arriba

Hay un gesto que se repite en casi todos los planos con luna de estos vídeos: alguien levanta la vista. La silueta de «Me rindo» mira el disco blanco desde el campo; los canguros, desde el suelo gris, miran la Tierra azul colgada en el horizonte; en «Ya no te quiero», la cámara misma se queda quieta mirando cómo el astro rosa sale sobre los árboles.

Mirar hacia arriba es un gesto pequeño, pero tiene consecuencias. Cuando una persona está hundida, tiende a mirar al suelo, a encoger los hombros, a cerrarse. Levantar la cabeza para buscar la luna obliga a abrir el pecho, a respirar más hondo, a salir un momento de uno mismo. No arregla nada, pero cambia la postura. Y a veces cambiar la postura es el primer paso para cambiar otras cosas.

Tiene además algo de comunidad. La luna es lo único del cielo nocturno que cualquiera puede ver desde cualquier sitio, incluso desde el centro de una gran ciudad llena de farolas. Las estrellas se esconden tras la contaminación lumínica; la luna no. Quien la mira desde una azotea de Madrid ve la misma luz que quien la mira desde una playa de Canarias o desde una ventana de un hospital. Es un punto de encuentro silencioso para mucha gente que no se conoce.

Alejarse un poco cada año

Hay un dato sobre la luna que siempre me ha parecido melancólico. Cada año se aleja de la Tierra unos cuatro centímetros. Muy poco, casi nada, pero de forma constante desde hace miles de millones de años. Hace mucho tiempo estaba mucho más cerca y se veía enorme en el cielo. Algún día, dentro de muchísimo, se verá más pequeña de lo que la vemos ahora.

Es la despedida más lenta del universo. Y tiene algo de «Canguros», de esa persona que se tiene que ir pero no puede hacerlo de golpe. La luna tampoco se va de golpe. Se aleja centímetro a centímetro, sin dejar nunca de mirarnos con la misma cara. Hay despedidas así, que duran toda una vida y que, aun así, no rompen del todo el vínculo.

La luz del planeta

La luna encaja con naturalidad en el universo visual del planeta, que alterna los rosas y magentas de neón con azules nocturnos muy profundos. Las lunas blancas de «Me rindo» ponen el contrapunto frío; la luna rosa de «Ya no te quiero» lleva la paleta del planeta hasta el cielo; la luna gris de «Canguros» introduce el humor de las ilustraciones infantiles. Tres maneras de pintar el mismo astro, tres estados de ánimo.

Lo que comparten es la escala. En los vídeos de Mike, la luna casi siempre aparece enorme, mucho más grande de lo que se ve en la realidad. Es una exageración que tiene su lógica: en las noches importantes, la luna parece más grande. Lo saben quienes la han mirado tras una ruptura, o esperando una llamada, o volviendo a casa de madrugada después de una noche que les cambió la vida.

Escucharlas y descargarlas

Cada uno de estos temas suena entero en su ficha, y quien quiera el repertorio completo lo tiene ordenado en canciones. Para guardarlos en el móvil sin pagar, vale la tienda de la web o el apartado de descargas de mikesaintlouis.com. «Canguros» y «Me rindo» son de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», y la primera suena también en Spotify. Si prefieres verlos, están «Canguros» en vídeo y «Me rindo» en vídeo. Para medios, el material de prensa.

Te espero

Vuelvo a los canguros. Me los imagino ahí arriba, en el polvo gris, saltando despacio entre cráteres mientras la Tierra cuelga azul en el horizonte. Uno de ellos se detiene, levanta las orejas y mira hacia abajo, hacia ese planeta pequeño donde alguien no consigue despedirse.

Esa es, al final, la promesa de la canción. Que aunque haya que irse, aunque la distancia crezca cuatro centímetros cada año o cuatrocientos mil kilómetros de golpe, la luna seguirá saliendo cada noche con la misma cara. Y que quien mire hacia arriba desde cualquier parte del mundo estará viendo exactamente la misma luz prestada que la persona a la que echa de menos. Dicen que en la luna hay canguros. Dicen que nos volveremos a encontrar. Y a veces, en las noches buenas, basta con creerse uno de los dos rumores.

Preguntas frecuentes

¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis sale la luna?

En «Canguros» hay una luna gris llena de cráteres por la que saltan canguros. En «Me rindo», una luna llena enorme ilumina a una silueta que corre por el campo de noche. Y en «Ya no te quiero» sale sobre un bosque rosa un astro gigantesco del mismo color, a medio camino entre luna y planeta.

¿Qué cuenta «Canguros»?

Es una canción de rumores: dicen que hay un faro en la bahía, que existen sirenas y sirenos, que en la luna hay canguros que saltan entre galaxias. Entre leyenda y leyenda, alguien no consigue despedirse de otra persona y le pide que vuelva. Está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».

¿Cuándo salieron estos vídeos?

El de «Canguros» se publicó el 19 de marzo de 2025; el de «Me rindo», el 14 de marzo de 2025, y el de «Ya no te quiero», el 11 de noviembre de 2024.

¿Se pueden bajar gratis?

Sí. Las tres se escuchan completas en gayfolkplanet.com, se descargan sin pagar en la tienda de la web y en mikesaintlouis.com/descargas, y están también en Spotify.

¿Y si las noches se me hacen eternas?

Habla con alguien: una persona cercana, tu médico de cabecera o un profesional. En España, el 024 escucha a quien piensa en el suicidio o teme por otra persona, gratis, sin dar tu nombre y a cualquier hora; con peligro inmediato, el 112.

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