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Una novia de plástico en el vertedero, un carrito de peluches por la carretera y dos sillones entre la basura: el videoclip de «Trasto viejo» escena a escena

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Fotograma de «Trasto viejo»: un anciano con abrigo largo de color camel, de pie junto a un bidón con fuego delante de una gasolinera de carretera al anochecer

Hay letras que se leen en diez segundos y tardan semanas en irse. La de «Trasto viejo» es una de ellas. Son unas pocas líneas, casi todas empiezan por la misma palabra y entre todas forman una lista de lo que se le hace a un objeto cuando ya no sirve: se usa, se tira, se deja en el contenedor más apartado. No hay nombres, no hay fechas, no hay un tú al que reprochar nada. Solo una palabra golpeada una y otra vez hasta que deja de sonar a mueble y empieza a sonar a persona.

Detrás está Mike Sain't Louis, compositor, letrista y productor musical, «el primer cantautor IA» según su propia presentación (música e interpretación vocal hechas con IA). Buena parte de su repertorio apunta a alguien con nombre y apellidos imaginarios. Esta señala un gesto, el de desechar, y el videoclip decide aplicarlo a quien más se suele aplicar en silencio: a la gente mayor. Aquí lo sigo en el orden en que está montado, marcando más o menos los segundos, por si apetece tener el vídeo en marcha mientras se lee.

Antes de empezar

Apareció en el canal el 15 de octubre de 2025, con una duración de 3:42. La canción forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía, el de las salidas y las despedidas. En la descripción del vídeo, debajo de la letra, aparece una etiqueta que lo resume mejor que cualquier sinopsis: soledad no deseada.

Ficha de «Trasto viejo», del disco «El día de la liberación», con su carátula: un anciano con chaqueta oscura, de espaldas, entre dos contenedores con grafitis y bolsas de basura, frente a una ciudad bajo un cielo de tormenta

La letra se organiza en dos estrofas que se repiten y un estribillo. La primera manda el trasto al vertedero, la segunda al contenedor, y el estribillo acumula adjetivos como quien vacía un cajón sobre la mesa. El vídeo no ilustra esa lista palabra por palabra. Hace algo más interesante: busca a las personas que encajan en ella y las sigue durante tres minutos y medio, sin prisa, alternando el blanco y negro con un color frío, de madrugada.

Una sala sin nadie (0 a 2 segundos)

El primer plano es un rótulo. «TRASTO VIEJO» en letras blancas, altas y estrechas, y la firma de Mike, diminuta, a la izquierda. Detrás, en blanco y negro, una sala grande de techo bajo, con camas metálicas alineadas, ventanas al fondo y el suelo cubierto de papeles. Parece un hospital o una residencia que lleva años cerrada.

Es una forma muy seca de empezar. Antes de enseñar a ninguna persona, el vídeo enseña el sitio donde estuvieron. Las camas siguen ahí. Los que dormían en ellas, no. Esa ausencia va a ser el hilo de todo lo que viene.

La mujer del plástico (3 a 8 segundos)

Corte a color, y a un color raro, entre el azul eléctrico y el gris del humo. Una mujer mayor, de pelo blanco recogido en una coleta, está sentada en lo alto de una montaña de basura. Lleva ropa azul y tiene entre las manos una lámina enorme de plástico transparente, que el viento levanta y que ella sostiene con los brazos abiertos. Al fondo hay humo azul y, abajo a la izquierda, un resplandor naranja de algo que arde.

Ella no parece asustada. Levanta la barbilla y mira hacia arriba, hacia un cielo que no vemos, con una calma que choca con todo lo que la rodea. Es la imagen que abre y cierra el vídeo, y conviene quedarse con ella desde aquí, porque vuelve tres veces más y cada vez significa algo un poco distinto.

La ventana y el camión (9 a 15 segundos)

Vuelve el blanco y negro. Primero, una anciana de perfil junto a una ventana por la que resbalan gotas de lluvia. Lleva una chaqueta de punto gruesa y un collar. Mira hacia fuera con la boca cerrada, sin llorar, con esa expresión de quien espera una visita que no llega.

Después, el plano más duro del principio. La misma textura granulada, ahora a cielo abierto: una mujer mayor con pañuelo en la cabeza y falda de rayas está de rodillas en mitad de un vertedero, con las manos juntas a la altura del pecho, gritando con todas sus fuerzas. Detrás de ella, un camión de basura con la caja levantada. Alrededor, bolsas, cubos y desperdicios.

Las dos imágenes van juntas y se responden. En una, la espera dentro de casa. En la otra, el final de la espera, cuando ya no hay casa. La primera estrofa de la letra suena encima: «Trasto usado», «Trasto tirado», «En el Vertedero», «Más cercano». El camión es literalmente ese viaje corto hasta el sitio más próximo donde dejar algo.

La novia sobre la basura (18 a 24 segundos)

Regresa el color azul y la mujer del plástico, pero ahora de pie y de cuerpo entero. El plástico transparente le cae desde la cabeza hasta los pies, como un velo de novia improvisado, y debajo se adivina un vestido claro y largo. Camina despacio sobre los desperdicios hacia la cámara, con una columna de humo blanco a su espalda.

Fotogramas del videoclip de «Trasto viejo»: una mujer mayor cubierta con un velo de plástico transparente camina sobre un vertedero entre humo azul, junto a una anciana tumbada en una furgoneta con muñecos, un anciano en un columpio y una mujer que empuja un carrito de peluches por una carretera

Es una imagen que da escalofríos y, a la vez, tiene algo de dignidad. Alguien ha cogido lo que había en el vertedero, una lámina de plástico, y lo ha convertido en un velo. Quien la ha tirado ahí pensaba que estaba acabada. Ella se viste para una boda.

La residencia y la colcha (27 a 39 segundos)

El montaje se mete en interiores. Un anciano de pelo blanco, con camisa clara de manga corta, está sentado al borde de una cama en una habitación verdosa, con una silla de respaldo de madera a su lado y una mesa al fondo. Mira al suelo con los hombros caídos. La luz entra por una ventana con cortina, muy blanca, y le deja medio en sombra.

Luego, una anciana envuelta hasta la cabeza en una colcha de retales de colores, morados, azules, rosas, cosidos a mano. Tiene los ojos cerrados. Puede estar dormida o puede estar resistiendo. La colcha es lo único cálido de todo el tramo, y tiene pinta de haber sido hecha por ella misma hace décadas.

Entre una y otra, la mujer del plástico vuelve a aparecer en el vertedero, ahora con los brazos completamente extendidos y el plástico abierto detrás de ella como un par de alas. Al fondo, el humo se ha vuelto negro y se ven llamas pequeñas. El vídeo empieza a alternar así: un interior quieto, un exterior en movimiento. La soledad de dentro y el abandono de fuera.

El hospital abandonado (42 a 48 segundos)

Reaparece la sala del rótulo, esta vez en color. Una luz rosada y violeta entra por las ventanas y deja ver mejor lo que hay: una fila de camas de hospital con sus colchones, mesillas, un techo de placas con algunas caídas y el suelo lleno de papeles y escombros. No hay nadie.

Justo después, el único plano del vídeo en el que alguien sonríe un poco. Una anciana con pañuelo y bufanda está junto a una ventana mojada, con las dos manos apoyadas en el cristal, y mira hacia fuera con una media sonrisa. Fuera hay árboles desenfocados. No sabemos qué ve. Quizá a alguien que llega. Quizá solo la lluvia. Lo que importa es que, por un momento, la espera tiene esperanza.

La furgoneta de los muñecos (51 a 72 segundos)

Aparece uno de los escenarios que más vuelven. El interior de una furgoneta vieja, con la pintura azul desconchada y las ventanillas empañadas. Dentro, tumbada sobre un colchón, una anciana con camisa vaquera apoya la cabeza en la mano y mira a cámara. A su lado hay muñecos de bebé de plástico, de esos de mejillas rosas, colocados como si fueran familia.

Entre las apariciones de la furgoneta, el vídeo intercala primeros planos en blanco y negro: una mujer sentada en una cama, envuelta en una manta, a contraluz de una ventana con cortinas; otra tumbada con la cabeza sobre los brazos; y un primer plano muy cercano de un rostro arrugado, con los ojos húmedos, que mira a un punto fuera del encuadre. Son planos largos para lo que suele ser un videoclip, y no tienen ninguna acción. Están hechos para mirar.

La furgoneta es una casa que se mueve, pero que no va a ninguna parte. Es un vehículo convertido en dormitorio, con los muñecos haciendo de nietos. Sin decirlo, el vídeo plantea una pregunta que la letra deja en el aire: dónde acaba alguien cuando ya no cabe en ningún sitio.

Dos en mitad de la basura (75 a 81 segundos)

Blanco y negro otra vez. Dos personas mayores, un hombre con gorra y una mujer, están sentadas en unas cajas en un estrecho pasillo entre dos montañas de basura altísimas. Hay un charco a sus pies. Se dan la espalda a la cámara, pero están juntos, hombro con hombro.

Mike Sain't Louis en tonos sepia, con camisa clara abierta que deja ver un tatuaje en el pecho, en un callejón nocturno con un espejo dorado que refleja un planeta magenta, junto a los versos «Trasto que molesta» y «Trasto que apesta»

Luego, en color y al atardecer, un grupo de personas mayores camina de espaldas hacia una gran extensión de basura donde arden varios fuegos. El cielo es naranja y gris, el humo sube en columnas, y ellos avanzan despacio, en fila irregular, como si fueran a un sitio al que ya han ido muchas veces.

Es el momento en que el vídeo pasa de lo individual a lo colectivo. Ya no se trata de una mujer en una ventana. Es mucha gente, toda de la misma edad, toda en el mismo sitio. La segunda estrofa de la letra, la del trasto que molesta y que apesta, suena como lo que se dice de un grupo entero cuando estorba.

El hombre del columpio (84 a 90 segundos)

En mitad de todo eso, un respiro. Un anciano delgado, con camiseta clara y pantalón corto, se balancea en un columpio de un parque descuidado, con la hierba alta y unos árboles detrás. Está en blanco y negro, pero sonríe con toda la cara. Echa el cuerpo hacia atrás y estira las piernas, como hacen los niños para llegar más alto.

Es un plano muy breve y muy importante. Recuerda que esas personas tuvieron una infancia, que jugaron, que alguien les empujó en un columpio alguna vez. Y que siguen teniendo ganas de jugar, aunque el parque esté abandonado y nadie vaya a empujarles.

La gasolinera del anochecer (93 a 114 segundos)

El color vuelve con una luz morada de crepúsculo. En el arcén de una carretera, frente a una gasolinera con la marquesina iluminada en rojo, un anciano de chaqueta oscura está en cuclillas junto a un bidón metálico del que salen llamas. Acerca las manos al fuego para calentarse. Más atrás, una persona pasa caminando.

Entre una toma y otra de la gasolinera, regresa la mujer del plástico, ahora sentada en lo alto de la montaña con el velo transparente cubriéndola entera y el humo azul por detrás. Y después, un primer plano del anciano del bidón, con la cara iluminada desde abajo por la llama naranja, la mirada perdida, la piel muy marcada.

Una gasolinera es un sitio de paso. Nadie vive en una gasolinera. Se para, se reposta y se sigue. Que el vídeo ponga ahí a un hombre mayor calentándose las manos al anochecer dice mucho: es alguien que se ha quedado en el lugar donde todos los demás solo se detienen un momento.

Los fuegos del vertedero (117 a 129 segundos)

Plano general del vertedero al caer la noche. Varias columnas de fuego y humo negro se levantan a lo lejos, en fila, sobre una llanura de desperdicios. En primer término, un grupo de personas mayores, algunas con abrigo rojo, otras con chaquetas oscuras, está de pie mirando las llamas. No se mueven.

Después, la furgoneta otra vez, vista desde fuera. La anciana duerme con la cabeza apoyada en el marco de la ventanilla, y a su alrededor asoman los muñecos, uno de ellos con un traje naranja, otro con un osito al lado. Por fuera, la chapa azul está oxidada y llena de golpes.

Un hombre que mira de frente (132 a 138 segundos)

Este es el primer plano más directo del vídeo. Un anciano de pelo gris y ojos muy azules, con camisa de rayas finas, mira a cámara sin pestañear. A izquierda y derecha cuelgan las cadenas oxidadas de un columpio. Detrás, una explanada de tierra y restos, desenfocada.

No dice nada, no hace ningún gesto. Solo mira. Y es imposible no sentir que nos está preguntando algo. Después de dos minutos de planos en los que la gente mira por ventanas, al suelo, al fuego o al cielo, este hombre nos mira a nosotros. El estribillo («Trasto viejo, tirado, olvidado,» / «Abandonado, utilizado») cae justo ahí, como si lo estuviéramos diciendo nosotros de él.

El carrito por la carretera (141 a 159 segundos)

Entra la secuencia que da sentido a todo el tramo final. En blanco y negro, una mujer mayor empuja un carrito de supermercado por el centro de una carretera recta que cruza una llanura. A los lados, postes de teléfono de madera y un cielo encapotado. El carrito va lleno de muñecos y peluches. Ella camina despacio, encorvada, sin coches que la adelanten.

Luego el mismo plano, en color. Ahora se ve mejor: la carretera es gris, el cielo verdoso, al fondo hay montañas, y en el carrito asoman osos de peluche de color miel y un muñeco azul. Ella lleva una chaqueta clara de punto y falda oscura. Se para y mira al frente.

Es una imagen sencillísima y no se olvida. Alguien que lo ha perdido casi todo empuja lo que le queda por una carretera vacía. Y lo que le queda no son documentos, ni dinero, ni maletas. Son peluches. Las cosas que se guardan por cariño, aunque no sirvan para nada. Los trastos de los que habla la canción, en realidad, son estos: los que nadie tiraría si supiera lo que significan para quien los lleva.

Dos hombres junto al fuego (162 a 180 segundos)

La gasolinera vuelve en su versión más larga, con dos personajes distintos. Primero, un anciano alto, con un abrigo largo color camel, de pie junto a un bidón ardiendo frente a la tienda de la estación de servicio, que tiene las luces encendidas. Luego, un hombre de pelo blanco y abrigo oscuro, de perfil, con las manos abiertas sobre las llamas. Detrás, la marquesina amarilla de otra gasolinera, más pequeña, en mitad del campo.

El montaje va y viene entre los dos durante casi veinte segundos. Ellos no se ven. Están cada uno en su gasolinera, con su bidón y su fuego. Pero el vídeo los coloca uno detrás de otro como si conversaran. Es la soledad compartida que no llega a compañía: muchas personas haciendo lo mismo, a la misma hora, sin saber unas de otras.

Los que miran la montaña (183 a 189 segundos)

En blanco y negro, tres personas mayores, de espaldas, contemplan una montaña de basura donde se distinguen televisores viejos, aparatos, muebles rotos. Una lleva una chaqueta clara, las otras dos, oscura. Están muy quietas, como en un museo delante de un cuadro.

Este plano tiene algo de ironía amarga. Lo que miran son trastos de verdad: teles, radios, electrodomésticos, todo lo que hace unas décadas era el centro de una casa. Y ellos, que vivieron con esas cosas, ahora están al otro lado, mirándolas desde fuera, como si se reconocieran.

El salón en el vertedero (192 a 210 segundos)

Y llega la escena que más se recuerda del vídeo. En mitad de un valle de basura, con montañas al fondo y un cielo nublado, alguien ha montado un salón. Dos sillones tapizados, una mesita baja, un sofá descolorido. Sentados, un hombre mayor con chaqueta oscura y corbata y una mujer con vestido claro, cada uno en su sillón, uno frente al otro. Alrededor, hasta donde llega la vista, desperdicios de todos los colores.

Entre medias, dos planos más. La furgoneta por dentro, con la anciana tumbada sobre un colchón, fotos enmarcadas y figuritas a su alrededor, y las ventanillas cubiertas de vaho. Y un pasillo largo y blanco de residencia, con retratos en blanco y negro colgados a ambos lados y dos personas que caminan hacia el fondo, de espaldas.

El salón del vertedero es casi una broma visual y, sin embargo, emociona. Esas dos personas han hecho lo que hace cualquiera: han puesto los muebles, se han sentado, se han arreglado. Que el salón esté en un basurero no les quita las ganas de tener uno. Si los han tratado como trastos, ellos responden comportándose como lo que son: un matrimonio que se sienta a charlar por la tarde.

La mujer del plástico, por última vez (213 a 222 segundos)

El final devuelve la primera imagen. La mujer mayor, sentada sobre la basura, con el plástico transparente entre las manos, el humo azul a un lado y ahora también una nube naranja al otro, como si amaneciera o como si algo ardiera muy cerca. Levanta la cara hacia arriba. Abre los brazos. El plástico se infla con el aire.

Después de todo lo que hemos visto, ya no parece una víctima. Parece alguien que se prepara para salir volando. Es una lectura que el vídeo no impone, pero que la repetición sugiere: la primera vez que la vemos está sentada, la segunda camina, la tercera abre las alas, la cuarta se cubre, y en la última vuelve a levantar la cabeza. Ha ido construyendo, plano a plano, algo parecido a una salida.

Lo que la letra no dice

La letra de «Trasto viejo» no habla de personas mayores. No habla de personas en absoluto. Habla de un objeto. Quien decide que ese objeto es una mujer con colcha de retales o un hombre en una gasolinera es el videoclip, y es una decisión valiente, porque obliga a escuchar de otra manera cada verso.

Cuando se oye «Trasto que molesta», ya no se piensa en un armario viejo, sino en lo que se dice de alguien a quien se ha dejado de querer cuidar. Cuando llega «Contenedor más apartado», aparece la imagen del pasillo de la residencia, largo y blanco, lejos de todo. El vídeo convierte una canción de pocas palabras en una pregunta incómoda sobre cómo se trata a quien ya no es útil.

El trasto dentro del planeta

En el universo de Mike, la sensación de haber sido usado y desechado no es teórica. Durante unos veinte años compartió su vida, primero con una pareja y después con otra, que resultaron ser narcisistas. Cuando la verdad salió, ambas consiguieron poner en su contra a una parte de su entorno, y las canciones se convirtieron en el sitio donde dejar por escrito su versión. Hubo una época en que estuvo a punto de quitarse la vida. Ahora le tratan en psiquiatría y en psicología; tiene diagnosticados trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y trastorno de la personalidad por evitación. Lo cuenta en público porque cree que del abuso narcisista hay que hablar más.

Collage con la carátula de «Trasto viejo» y las de «La vecina cotilla», «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» y «Envejecer», con los versos «Trasto viejo, tirado, olvidado,» y «Abandonado, utilizado»

Desde ahí, «Trasto viejo» se entiende de otra forma. No es una canción sobre la vejez, aunque el vídeo la vista así. Es una canción sobre el momento en que alguien te hace sentir que ya no vales, que sobras, que lo mejor es dejarte en el sitio más lejano posible. Y el videoclip responde a esa sensación con personas que, aun así, siguen haciendo cosas: columpiarse, arreglar un salón, empujar un carrito, levantar los brazos.

Si te reconoces en esa sensación, no tienes que quedarte en el vertedero a solas. Díselo a una persona que te quiera bien o a alguien que se dedique a esto. El 024, la línea de atención a la conducta suicida en España, no cuesta nada, es confidencial y coge el teléfono a cualquier hora; para una emergencia, llama al 112.

Dentro de la trilogía, «Trasto viejo» dialoga con «Envejecer», del primer disco, donde la vejez se imagina acompañada, con dos personas en la orilla, y con «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», que mira el olvido desde dentro. También con «La vecina cotilla», donde los objetos de una casa, un reloj de pared incluido, tienen su propia memoria. Juntas forman un pequeño ciclo sobre lo que queda cuando alguien se va o cuando alguien te deja.

Lo que se ve al repetirlo

En un segundo visionado salen detalles que se escapan al principio. El color y el blanco y negro no se reparten al azar: el blanco y negro es casi siempre para los interiores y los recuerdos, y el color para el presente, el vertedero, la carretera, la gasolinera. Los muñecos aparecen en tres sitios distintos, en la furgoneta, en el carrito y entre las figuritas del colchón, como si fueran la misma familia de juguete que va de un lugar a otro. Y el fuego también se repite en tres versiones: el resplandor junto a la mujer del plástico, los bidones de las gasolineras y las columnas sobre el vertedero.

Hay otro detalle. Nadie en el vídeo habla con nadie. Las parejas están juntas pero calladas, los grupos miran en la misma dirección sin mirarse, los hombres de las gasolineras ni se conocen. La única persona que establece contacto es el anciano de los ojos azules, y lo establece con nosotros. Es el vídeo entero pidiendo que alguien le devuelva la mirada.

Escucharla y llevársela

La ficha de «Trasto viejo» permite oírla de principio a fin, y la tienda la regala en descarga: ni un euro, ni registro. Quien prefiera el streaming la tiene en Spotify o en cualquier otra plataforma. Las demás canciones de la trilogía se listan en canciones, y para periodistas hay material gráfico y contacto en prensa.

Un velo de plástico

Me quedo con la mujer del plástico. No con la del primer plano, sentada y desconcertada, sino con la de la mitad, la que camina por encima de la basura con el velo transparente cayéndole hasta los pies. Alguien la había dejado allí como se deja una nevera rota. Ella encontró lo único que había a mano, una lámina de plástico, y se hizo con ella un vestido de novia.

No sé si esa es la intención del vídeo, pero es lo que yo veo cada vez. Que lo que otros llaman trasto sigue teniendo ganas de fiesta. Que se puede salir del vertedero con la cabeza alta. Y que, a veces, lo único que hace falta es que alguien mire de frente, como el hombre del columpio, y no aparte la vista.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo salió el videoclip de «Trasto viejo» y cuánto dura?

Se publicó el 15 de octubre de 2025 en el canal de Mike Sain't Louis y dura tres minutos y cuarenta y dos segundos. En gayfolkplanet.com tiene su propia página de vídeo.

¿En qué disco está la canción?

En «El día de la liberación», el tercero de los discos de Planeta Gayfolk, el que cierra la trilogía con canciones sobre salir de relaciones que hacen daño y recuperar el sitio propio.

¿De qué habla la letra?

De algo que se usa, se tira y se abandona en el vertedero más cercano. La palabra «trasto» se repite casi en cada verso y el videoclip la aplica a personas mayores que alguien ha dejado solas, de ahí que en la descripción del vídeo aparezca la soledad no deseada.

¿Se puede descargar gratis?

Sí. Desde la tienda de gayfolkplanet.com se baja sin pagar y sin abrir cuenta. También está en Spotify y en el resto de plataformas de streaming.

¿Tiene relación con la vida de Mike?

La letra no cuenta una historia concreta, pero la sensación de haber sido tratado como algo que se usa y se desecha atraviesa muchas canciones suyas, escritas después de dos relaciones con narcisistas. Si alguien se siente así ahora mismo, en España el 024 atiende gratis a cualquier hora.

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