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Narcisismo

«UNA OBRA DE TEATRO»: siete años en un escenario y un telón

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Portada de «UNA OBRA DE TEATRO», de Mike Sain't Louis

Siete años. Es la única cifra de la canción y pesa como un telón de terciopelo mojado. «UNA OBRA DE TEATRO» parte de una sospecha que te deja sin suelo: que todo lo vivido durante ese tiempo fue una representación, y que tú eras el único del reparto que no sabía que estaba actuando.

El público que no sabía que era público

La pregunta con la que empieza la canción es casi incrédula: ¿me estás diciendo que todo era una obra de teatro? No hay rabia todavía. Hay desconcierto, ese estado en el que el cerebro se niega a aceptar una información porque desmontaría demasiadas cosas a la vez.

Lo que me interesaba retratar es esa sensación de haber vivido en un escenario sin saberlo. Los gestos, las conversaciones, las reconciliaciones: todo puede releerse de golpe como parte de un guion. Y lo peor no es descubrirlo, sino tener que explicarlo después. La letra se pregunta cómo va a contar encima él semejante tormento. Porque además del daño, te toca a ti la tarea de explicarlo, y de que te crean.

El loco del que hay que tener cuidado

Hay un verso que para mí es el centro de la canción: «soy el loco del que hay que tener cuidado». Es una frase que reconocerá mucha gente que ha salido de una relación con alguien manipulador. En esas historias, quien sufre acaba con la etiqueta de inestable. Quien lloraba, quien preguntaba, quien se alteraba, es el problema. Y quien mantenía la calma, a menudo porque no sentía gran cosa, queda como la persona sensata.

Ese mecanismo es devastador porque te encierra. Si te defiendes, confirmas que estás mal. Si te callas, el relato del otro se queda sin respuesta. De ahí que, justo antes, la canción hable de sentirse atrapado. No es una metáfora exagerada; es una descripción bastante precisa de lo que se siente.

Él no lloraba

La canción repite varias veces que él no lloraba. Y las pocas veces que lo hacía, lo fingía. Es un detalle aparentemente pequeño, pero lo puse en el centro porque es uno de esos indicios que solo se entienden mirando hacia atrás.

Durante la relación, el protagonista lo vio y decidió no juzgar. Cada persona es un mundo, pensó. Esa idea, que suena a tolerancia, es también la que nos impide ver lo que tenemos delante. Las personas empáticas tendemos a buscar explicaciones benévolas para lo que no encaja. Es una virtud, y también una puerta abierta para quien sabe aprovecharla.

No digo esto para que nadie desconfíe de quien llora poco. Hay mil maneras de sentir y no todas se ven. Hablo de una sensación concreta, la de notar que algo raro había y haberlo apartado por respeto. La canción no culpa al protagonista por ese respeto. Solo constata que, a veces, salió caro.

Salvarse uno mismo

El final cambia de tono. Aparece algo que me parece muy humano y muy difícil de admitir: la pena. Incluso después de todo, el protagonista siente pena por haber querido ayudar al otro. Quería salvarle. Y la conclusión llega seca: todo está finiquitado, lo suyo no tiene arreglo.

La última línea es una orden dirigida a uno mismo, la de que al menos se salve él. Me gusta que la canción termine ahí, sin portazo ni venganza. No es una amenaza ni una despedida teatral, que sería irónico en una canción que va precisamente sobre el teatro. Es una instrucción de supervivencia. Si no puedes salvar a la otra persona, y muchas veces no se puede, salva lo que queda de ti.

Esa idea atraviesa buena parte de mis canciones sobre relaciones dañinas. No se trata de convertir al otro en monstruo ni de quedarse a vivir en la rabia. Se trata de dejar de interpretar un papel que nunca elegiste y bajarte del escenario, aunque sea por la puerta de atrás y con el maquillaje corrido.

Es una canción corta, casi un monólogo, y creo que esa brevedad le sienta bien. Dice lo justo. Lo demás se queda en el silencio que viene después de que cae el telón.

Si quieres leerla completa, está en «UNA OBRA DE TEATRO». Y la puedes descargar gratis en la sección de descargas.

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