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Una seta de fuego, un ovni sobre la plaza y un monstruo en el paseo marítimo: el videoclip de «Otro bombardeo» escena a escena

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Fotograma de «Otro bombardeo»: una multitud corre por una playa mientras una criatura gigantesca con cabeza de reptil asoma del mar entre humo naranja, con edificios blancos al fondo

Hay días en que no pasa una cosa mala, sino todas a la vez. Te llega un mensaje que no esperabas, alguien a quien querías se pone de parte del otro, una puerta se cierra, y cuando estás intentando entender la primera explosión ya está sonando la sirena de la siguiente. «Otro bombardeo» es la canción de esos días, y su videoclip hace algo muy literal y muy inteligente a la vez: en lugar de enseñar a una persona triste en una habitación, enseña el fin del mundo. Varias veces. De todas las maneras que el cine ha inventado.

Su autor, «el primer cantautor IA»: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), es Mike Sain't Louis, y la incluyó como pista 30 en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo capítulo de su trilogía. El clip, que puede verse entero en su página de vídeo, salió el 2 de mayo de 2025 y dura ciento ochenta y cinco segundos. Aquí va en orden, toma a toma, describiendo lo que aparece y citando los versos sin tocar una coma, erratas incluidas.

Una letra corta para tres minutos de desastre

Antes de mirar, conviene leer. La letra de «Otro bombardeo» cabe en un pósit. Tiene un arranque que se repite:

Estoy tan triste

Y una estrofa que también vuelve, una y otra vez, casi idéntica, cuatro veces a lo largo de la canción. No hay historia, no hay personajes con nombre, no hay ciudad ni fecha. Hay un estado: tristeza, llanto que no para, desconfianza, la sensación de que todo el mundo trata mal y la duda de si uno mismo está exagerando. Es una letra que gira sobre sí misma como gira la cabeza en esos días.

Con tan poco texto, el peso de contar lo lleva la imagen. Y la imagen decide contar la tristeza como si fuera una película de catástrofes. No una, sino un festival entero de catástrofes, cada una de un género distinto.

La pregunta que la letra se hace a sí misma

En mitad de tanta repetición hay dos versos que cambian el tono de la canción entera, porque dejan de describir y se ponen a dudar:

¿Será verdad que soy una víctima

La pregunta no va dirigida a nadie en concreto. Es la que se hace quien ha oído demasiadas veces que exagera, que se queja mucho, que siempre está con lo mismo. Y el verso siguiente remata la duda con una palabra inesperada: «lírica». No dice «mi historia triste» ni «mi historia de siempre», dice «mi historia lírica», como si contar el propio dolor en canciones fuera ya un motivo para que la gente se canse.

Hay ironía en esa rima, y también una defensa. Quien escribe sobre lo que le pasó suele cargar con esa sospecha: la de estar haciendo un espectáculo de su tristeza. El videoclip responde a esa sospecha de una manera muy de Planeta Gayfolk: si lo van a llamar espectáculo, que lo sea de verdad, con setas de fuego, ovnis, volcanes y monstruos. La exageración visual es una forma de decir que no, que no es exagerado, que por dentro se siente así de grande.

La otra frase que se queda grabada es la más sencilla de todas:

Ya no se en quién confiar

Está escrita así, sin tilde, como en la letra publicada. Es la frase que explica por qué en el vídeo casi nadie ayuda a nadie. La gente mira, graba, corre, grita, pero nadie tiende una mano. Es el mundo visto desde dentro de esa desconfianza.

El cartel: la explosión con letras de cine

El vídeo se abre con un cartel. Una nube de fuego en forma de seta se levanta sobre un horizonte naranja, y encima, en letras blancas sobre un recuadro rojo, el nombre del autor; debajo, «Otro bombardeo». Es la tipografía y la composición de un póster de película de verano, del tipo donde el mundo explota y un héroe corre hacia la cámara.

Aquí no habrá héroe. Pero el cartel ya avisa del tono: esto va a ser grande, exagerado y deliberadamente cinematográfico. El dolor, en este clip, no se susurra. Se proyecta en pantalla gigante.

La carretera y la seta de fuego

El primer plano de verdad es una carretera recta en un paisaje seco, con postes de luz, naves industriales bajas y coches antiguos de los años cincuenta aparcados en el arcén, con sus aletas cromadas y sus colores pastel. Al fondo, una explosión enorme sube al cielo y forma una seta de fuego naranja y blanca contra un cielo morado.

Es una imagen que cualquiera reconoce del cine de la guerra fría: el pueblo del desierto, los coches relucientes, la nube que lo cambia todo. Aquí funciona como primer golpe. Antes de que la letra diga nada, ya ha caído la primera bomba. Y fíjate en los coches: están quietos, nadie huye, nadie reacciona. Es la parálisis de quien recibe una noticia y se queda sin moverse.

Toreros entre las llamas

El siguiente escenario es de los más extraños del clip. Un campo de tierra seca, al atardecer, con pequeñas explosiones de fuego aquí y allá, como minas que estallan. En medio, dos o tres figuras con capotes rojos y trajes de luces caminan entre el humo. Son toreros, o algo parecido a toreros, y avanzan despacio, sin correr, como si cruzar un campo minado fuera parte de su faena.

Fotogramas del videoclip de «Otro bombardeo»: una seta de fuego sobre una carretera con coches de los años cincuenta, una plaza de toros cubierta de humo rojo, lava que entra en el mar y una criatura que escupe fuego en un paseo marítimo

Más adelante, la plaza de toros entera aparece llena de humo rojo. Las gradas están abarrotadas, el ruedo es una nube escarlata, y en medio un toro negro se queda quieto, mirando. En otro plano se ven varios toros en la arena roja. Es una imagen inquietante, porque mezcla dos espectáculos: el de la corrida y el de la guerra.

Leído con la letra, el torero que cruza el fuego sin correr es la persona que sigue con su vida mientras todo explota alrededor. Va al trabajo, contesta los mensajes, sonríe en la cena. Por dentro, minas. Y la plaza llena de gente que mira mientras alguien está en medio del humo se parece mucho a la sensación que describe la estrofa:

Porque todos me tratan tan mal

El ovni encima de la plaza

Ahora el desastre llega del cielo, pero no es una bomba. En una plaza monumental, con un edificio de columnas al fondo, una multitud de hombres trajeados mira hacia arriba. Algunos gritan, otros se agarran del brazo, otros señalan. En el cielo gris flota un platillo volante metálico con una luz naranja debajo.

Luego la cámara se pone detrás de la gente, entre las cabezas, y el platillo aparece entre el humo, sobre los tejados. Es el encuadre clásico de las películas de invasión extraterrestre: la masa pequeña, la amenaza enorme, la sensación de que no hay a dónde ir.

Esto es lo interesante del vídeo: el ovni no ataca. Solo está ahí, flotando, mientras la gente mira. Igual que muchos problemas que no terminan de caer pero tampoco se van, y que te tienen la vida entera mirando hacia arriba, esperando.

El volcán que también hace setas

El volcán es casi un personaje fijo de Planeta Gayfolk, y aquí aparece con su forma perfecta, un cono oscuro sobre un mar de nubes, soltando por la cima una nube de fuego que también tiene forma de seta. En un plano el cielo es azul y la explosión blanca y rosa; en otro, ya está entrado el atardecer y la seta es naranja.

Hay algo de humor negro en esto: hasta la naturaleza, en este vídeo, explota con forma de bomba atómica. No hay manera de escapar del género. El volcán, que en otras canciones del planeta es paisaje canario, aquí se suma al bombardeo. Si quieres ver el volcán en otro contexto, más tranquilo, en la galería del planeta hay una imagen del mismo universo con el cono humeando sobre la isla.

La lava que entra en el mar

Y después, la caída lenta. Un plano aéreo de una costa verde, con acantilados y una lengua de lava naranja que baja por la ladera hasta el agua. Donde la lava toca el mar se levanta una columna de vapor blanco que el viento arrastra hacia tierra. El océano es azul oscuro, con espuma en las rocas.

Es uno de los planos más bonitos del vídeo, y también uno de los más tristes. No hay explosión: hay una destrucción que avanza despacio, que no se puede parar, y que al tocar el agua no se apaga sino que hierve. Es una imagen muy precisa de cómo funciona la tristeza que no se va. No estalla. Avanza. Y cuando parece que algo va a enfriarla, la convierte en vapor.

Pánico en el avión

El vídeo mete entonces un escenario cerrado: la cabina de un avión de pasajeros. Hombres en sus asientos, con la boca abierta, gritando. Por las ventanillas entra una luz blanca, y al fondo del pasillo, donde debería estar la puerta de la cabina, hay un resplandor naranja. Luego vemos el ala desde fuera, envuelta en una bola de fuego, y el interior lleno de humo y llamas, con siluetas de pasajeros a contraluz.

Es el miedo de no poder bajarse. Lo que dice la última línea de la estrofa:

Puedo escapar

Ese verso aparece siempre partido: «aquí tampoco / puedo escapar». La palabra «tampoco» es la que duele. Ya se intentó huir a otro sitio, y en el otro sitio también hay bombas.

Un coche entre el humo

Hay una secuencia de persecución sin perseguidor. Un coche negro atraviesa una carretera al atardecer entre una nube de humo amarillo y naranja, y en el plano siguiente el mismo coche, o uno parecido, queda envuelto en llamas por completo. Es el lenguaje de las películas de acción, donde los coches siempre explotan.

Puesto aquí, después del avión, el coche cierra una idea: no hay medio de transporte que valga. Ni por aire ni por carretera. Es una forma de ilustrar el «aquí tampoco» del estribillo con una lista de vehículos que no consiguen salir del desastre.

El monstruo en el paseo marítimo

Llega el momento más camp de todo el clip. Una ciudad de costa con torres de apartamentos altísimas, palmeras, una bahía al fondo con un cabo verde. En medio del paseo marítimo, entre coches atascados, se levanta una criatura enorme, peluda, con cara de león o de bestia de película japonesa, que escupe una llamarada de fuego sobre la calle. La gente corre entre los coches.

Esas torres blancas junto al mar se parecen mucho a las de una ciudad que sale una y otra vez en sus canciones. No hace falta nombrarla. El monstruo de película japonesa paseándose por la costa mediterránea es tan absurdo que hace gracia, y esa gracia es parte del vídeo: incluso en el peor día, la exageración tiene algo de cómico. La propia letra se ríe de sí misma cuando se pregunta si su historia «lírica» ya cansa.

Poco después, en una playa abarrotada, la gente corre hacia la cámara mientras del mar asoma una criatura gigantesca de piel oscura y cabeza de reptil, con la boca entreabierta, entre humo naranja. Es el último desastre de la serie, y el más playero.

La ciudad de noche y los móviles

Entre explosión y explosión, el vídeo vuelve varias veces a una ciudad nocturna vista desde arriba: una cuadrícula de luces naranjas y, en el centro, una columna de fuego que sube hacia una seta. Es la misma imagen del principio, pero ahora en una ciudad entera, de noche, cuando todos duermen.

Y hay un plano que conviene mirar despacio. Un grupo de hombres, de noche, entre humo azul, con pequeñas llamas detrás de ellos, sostiene los móviles en alto, grabando. Nadie ayuda, nadie huye: graban. Es el único momento del vídeo en que los testigos se convierten en espectadores activos, y la crítica está ahí sin necesidad de decirla. En los días de bombardeo emocional, siempre hay alguien mirando y comentando desde fuera, con el teléfono en la mano.

El corte a blanco y negro

Y de repente, silencio. O al menos, silencio de imagen. El color desaparece. Un hombre con traje negro y camisa blanca está de pie junto al mar, sobre unas rocas, con las olas rompiendo detrás en espuma gris. Mira al horizonte. Lo vemos de perfil, de espaldas, de tres cuartos. La cámara también se pasea por unos acantilados envueltos en niebla, con la luz entrando por detrás, y por la costa sin nadie. En otro plano aparece un hombre mayor, con barba blanca y gafas oscuras, también de traje, con el mar a su espalda.

Mike Sain't Louis con abrigo negro en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Yo ahora mismo no puedo aguantar» de «Otro bombardeo»

Después de tanta explosión, este cambio es como quitarse los cascos en mitad de un concierto. Ya no hay ovnis ni monstruos. Solo un hombre y el mar, en gris. Es la parte de los días malos que no se ve desde fuera: cuando ya no queda ruido, solo cansancio, y uno se queda quieto mirando el agua para poder respirar. La cámara no se acerca al borde. Se queda con las olas, que van y vuelven, y con el horizonte, que sigue en su sitio.

Luego, en un baño oscuro de azulejos, el mismo hombre de traje, apoyado contra la pared, se lleva las manos a la cabeza, se tapa la cara, llora. Es el plano más íntimo del clip y, curiosamente, el más pequeño: después de tanta ciudad en llamas, el desastre real cabe en un cuarto de baño.

La letra, al final, tiene su propio tropiezo:

Yo ahora mismo no puedo "Gua" "Guantar"

Así está escrito en la letra publicada. La palabra «aguantar» se parte en dos, como cuando el llanto interrumpe una frase. Es el detalle más humano de la canción, y encaja perfectamente con el hombre del baño.

El último plano: la mesa de mezclas

Y entonces vuelve el color, de golpe. Una cabina de DJ llena de neones rosas y azules, altavoces, luces en el techo, dos platos encendidos con colores. Detrás de la mesa, un chico con gafas de sol, auriculares y chaqueta vaquera se mueve al ritmo de la música, concentrado.

Es el final más esperanzador que podía tener un vídeo así. Después de todas las catástrofes y de todo el gris, lo que queda es alguien poniendo música. La tristeza no ha desaparecido, pero se ha convertido en otra cosa: en un ritmo, en algo que se puede pinchar y compartir. Es exactamente lo que Mike ha hecho con su propia historia.

Lo que hay detrás de la canción

Según ha explicado él mismo, fueron veinte años junto a dos parejas narcisistas, y al dejarlas atrás y desenmascararlas, ellas pusieron a parte de su entorno en su contra. Esa sensación de que «todos me tratan tan mal», de no saber en quién confiar, de que tu versión cansa, no es una figura retórica. Es lo que vivió. Le diagnosticaron depresión mayor grave y estrés postraumático, y hubo un momento en que estuvo muy cerca del suicidio.

Lo que vino después fue la salida: ayuda profesional, tiempo y canciones. Escribir «Otro bombardeo» fue una manera de contar, con sus palabras, lo que sentía en esos días en que todo explotaba a la vez. Y el vídeo, con su final en la cabina de DJ, cuenta precisamente eso: que de ese gris se sale, y que se puede salir haciendo algo con lo que duele. Si te ves reflejado en esta canción y estás en un momento en que no puedes más, por favor, no lo pases a solas: el 024, en España, es gratuito y está disponible las veinticuatro horas, y para emergencias existe el 112.

Dónde encaja en el segundo disco

Ese segundo capítulo, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», es el más herido de los tres. Es el disco de las cuentas pendientes, de «El descarte del narcisista», de canciones que cuentan lo que pasó con una mezcla de rabia y de humor. «Otro bombardeo» está justo después de «Fear Zero», que habla de perder el miedo, y justo antes de «Aquí escupo». Es como si, en la lista, el miedo vencido de una canción se viniera abajo en la siguiente con un nuevo ataque, y la tercera respondiera con rabia.

Collage con la carátula de «Otro bombardeo», un hombre que corre entre explosiones, y las de «El descarte del narcisista», «Montaña rusa» y «Fear Zero»

Hay otra canción del planeta que dialoga con esta: «Montaña rusa», que también habla de subidas y bajadas emocionales, aunque con un tono más juguetón. Si «Montaña rusa» es la atracción de feria, «Otro bombardeo» es el día en que la feria se incendia.

La estética del desastre en Planeta Gayfolk

El vídeo usa un lenguaje visual que se repite en otros clips del universo: el exceso, el cine de género, los colores saturados. La zona radiactiva de la galería juega con esa misma imaginería nuclear en clave de moda, y en la página de estética del universo se habla de cómo Planeta Gayfolk mezcla lo cutre y lo grandioso, el kitsch y el drama. «Otro bombardeo» lleva esa mezcla al extremo con su catálogo de catástrofes: hay seta nuclear, hay ovni, hay volcán, hay monstruo, hay corrida, hay avión. Todo exagerado hasta el punto de que el espectador entiende que no es literal. Es una forma de decir que, por dentro, así se siente.

Y luego el blanco y negro, que es la otra cara de la estética del planeta: la sobriedad que aparece cuando ya no hace falta adornar nada.

Tres cosas para mirar en la segunda vuelta

La primera: los coches de los años cincuenta de la carretera del principio. No se mueven en ningún momento. Compáralos con el coche negro que cruza el humo a toda velocidad más adelante: la parálisis del primer golpe frente a la huida desesperada de después.

La segunda: los toreros. Fíjate en que nunca corren. Caminan entre las explosiones como si fuera lo normal. Es la imagen más elegante del clip y quizá la más triste.

La tercera: el cambio a color del final. Llega sin transición, de un baño oscuro a una cabina de neones. Mira cuánto dura el gris antes de ese corte. No es poco. El vídeo no tiene prisa por consolar, y eso lo hace creíble.

Dónde oírla y llevártela

Toda la discografía de Mike Sain't Louis está disponible sin coste en la tienda de la web: «Otro bombardeo» se escucha allí y se baja en un par de clics, sin cuenta y sin pagar un euro. Quien prefiera las plataformas la tiene en Spotify, y su ficha reúne la letra entera, el clip y los demás enlaces. Para periodistas y blogs, el material gráfico del planeta y las notas sobre la trilogía están reunidos en el apartado de prensa.

Ficha de «Otro bombardeo», del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», con su carátula de un hombre que huye de un campo en llamas

Preguntas frecuentes

¿Cuándo salió el clip y cuánto dura?

Se estrenó el 2 de mayo de 2025 en YouTube y dura unos ciento ochenta y cinco segundos. Puede verse entero desde su página de vídeo en esta web o desde la ficha de la canción.

¿En qué álbum está?

Es la pista 30 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segunda entrega de la trilogía de Planeta Gayfolk, colocada entre «Fear Zero» y «Aquí escupo».

¿Por qué tantas catástrofes juntas?

Porque el título habla de un ataque detrás de otro. El clip lo traduce en desastres de cine encadenados, como se vive un día en que todo cae a la vez, y al final baja el volumen y pasa a blanco y negro.

¿Qué significa el «Gua» «Guantar» del final?

Está escrito así en la letra publicada: la palabra «aguantar» se rompe en dos trozos en la última vuelta, como cuando el llanto no deja terminar una frase.

¿Cuánto cuesta bajarse la canción?

Nada. En la tienda de gayfolkplanet.com se oye y se descarga sin pagar y sin registrarse, igual que el resto de su música; quien quiera, la tiene además en las plataformas habituales.

¿Y si esta letra me describe demasiado bien?

Si estás en un momento en que no puedes más, no lo cargues a solas: cuéntaselo a alguien cercano o a un profesional. El 024 es la línea gratuita de atención a la conducta suicida en España y funciona día y noche; para urgencias, el 112.

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