Desamor
«20 años»: una tarta de dos pisos, dos novios de esmoquin y un cuchillo en la mesa
Por Mike Sain't Louis ·

Blanco y negro. Una mesa con mantel. Una tarta de boda de dos pisos, con sus flores de azúcar y sus volantes.
Y una grieta.
Así empieza Mike Sain't Louis a describir en su blog la portada de «20 años», y la grieta no es un detalle: parte la tarta «en dos, de arriba abajo, dejando ver el bizcocho oscuro por dentro». Encima, dos novios de esmoquin. «Uno en cada mitad. No se miran».
No se miran. Tres palabras y ya está contada la canción. O casi.
En blanco y negro
Antes de la grieta, el color. O mejor dicho, su ausencia. La portada es en blanco y negro, y eso no es un capricho de filtro de Instagram.
Blanco y negro es el color de las fotos de boda de los abuelos. Las que están en el aparador, con marco de plata, junto a la del bautizo del primer nieto. Es el color de lo que ya ha pasado. Una boda en blanco y negro es una boda que se mira desde el futuro, cuando todo lo que había alrededor ya no está.
Y en ese blanco y negro, el detalle que más golpea es el del interior: la grieta deja ver «el bizcocho oscuro por dentro». Por fuera, el glaseado blanco de la ceremonia. Por dentro, lo oscuro. Como tantas parejas que en las fotos de Navidad salían perfectas.
Es la forma más vieja de contar un final: enseñar el álbum de fotos y luego enseñar el cajón.
La pared salpicada de nata
La descripción sigue, y es de escena del crimen: «La pared de atrás está salpicada de nata, hay trozos de pastel por toda la mesa y un cuchillo tirado a un lado».
Nata en la pared. Eso no pasa cortando con cuidado. Eso pasa cuando alguien ha dado un golpe en la mesa, o cuando una de las dos partes ha decidido que ya estaba bien.
Y luego, la frase que hace de pie de foto: «Alguien ha cortado la tarta, pero no para repartirla».
Ahí está todo. Una tarta de boda se corta para repartirla. Es su función social, la razón de que tenga dos pisos. Cortarla para separarla es un uso contra natura del cuchillo de pastelería.
El cuchillo de la tradición
La entrada de pastel de bodas explica el ritual que la portada está profanando. La tradición manda que los novios corten juntos el primer trozo, «a menudo con un gran cuchillo o incluso una espada». Después se reparte a los invitados, que hasta pueden llevarse porciones a casa, y a veces se guarda algún trozo para quien no ha podido venir.
Cortar juntos. Ese es el gesto fundacional: dos manos en el mismo mango. La portada de «20 años» deja el cuchillo tirado a un lado, y nadie lo sujeta. Ni juntos ni por separado. El cuchillo ya ha hecho su trabajo y se ha quedado solo, como el último invitado de la barra.
La misma entrada recoge otra costumbre preciosa: hay parejas que guardan una porción de la tarta para comérsela en su primer aniversario. Y otra, más antigua y más loca: si una dama de honor dormía con un pedazo de tarta debajo de la almohada, a lo mejor soñaba con su futuro marido.
Con la tarta de la portada nadie va a soñar nada. Está esparcida por la mesa.
Figuritas
Lo que corona una tarta nupcial, según la misma entrada, es «una pequeña figura que representa la pareja». Las figuritas. Esas muñequitas de plástico o de porcelana que luego se guardan en una vitrina durante décadas, cogiendo polvo al lado del abanico de la abuela.
En la portada de «20 años», las figuritas son dos novios. Dos hombres de esmoquin. Y cada uno ha quedado en su mitad.
Mike lo escribe con una frase que tiene la temperatura exacta: lo que más le impresiona es «el contraste entre la elegancia del momento y el desastre». Y luego: «Una boda entre dos hombres, algo que costó tanto conseguir, convertida en figuritas separadas».
La misma entrada enumera los otros adornos habituales de una tarta nupcial: palomas blancas o herraduras, estas últimas como símbolo de buena suerte. Herraduras en una tarta. Como si el matrimonio fuera una carrera de caballos y hubiera que ayudar al jinete. Y añade que conseguir una tarta densa, que aguante las decoraciones y que encima se pueda comer, es quizá la mayor prueba de destreza de un pastelero.
Aguantar las decoraciones. Esa es la exigencia de fondo. Una tarta de boda tiene que sostener mucho peso simbólico sin desmoronarse. La de la portada lo sostuvo un tiempo. Luego, la herradura no bastó.
Algo que costó tanto conseguir. Esa subordinada es la parte que pesa.
Un piso por década
Y luego, la frase que cierra el párrafo del blog y que podría ser el título alternativo de la canción: «Dos décadas que caben en una tarta rota».

Caben. El verbo es de mudanza, de maleta, de trastero. Veinte años metidos en un objeto de mesa. Como si toda una vida en común pudiera embalarse en la caja de cartón de una pastelería.
Y mira el número de pisos. La tarta tiene dos. Dos décadas, dos pisos. Uno por cada diez años. La descripción no hace la cuenta, y la portada quizá tampoco la buscaba, pero ahí está: un piso de bizcocho para los primeros diez años, cuando todo era nuevo, y otro para los diez siguientes, cuando ya se sabía dónde estaba cada cosa en la cocina.
La grieta los atraviesa los dos, de arriba abajo. No se salva ninguna década. No hay una época buena y una mala. Se parte todo a la vez, que es como se parten las cosas largas.
Lo que costó
Conviene poner fecha a ese «costó tanto», porque el planeta escribe para gente que no siempre la conoce.
Según la entrada de matrimonio igualitario en España, la ley que modificaba el Código Civil se aprobó el 30 de junio de 2005, se publicó el 2 de julio y entró en vigor el 3 de julio de 2005. España fue el tercer país del mundo en permitirlo. Hubo manifestaciones a favor y en contra, y la Iglesia católica se opuso. El Partido Popular presentó un recurso ante el Tribunal Constitucional, que no se resolvió hasta el 6 de noviembre de 2012, siete años después, con ocho votos a favor de la constitucionalidad y tres en contra.
Siete años con la boda recurrida. Casado, pero pendiente de sentencia.
Y una cifra que emociona leída hoy: unas 4.500 parejas del mismo sexo se casaron en España durante el primer año de la ley.
El camino hasta ahí tuvo escalones pequeños. La misma entrada recuerda que en 1994 la ley de arrendamientos urbanos reconoció por primera vez algunos derechos limitados a las parejas que convivían, con independencia de su orientación. En 1998 Cataluña aprobó la primera ley autonómica de parejas de hecho, sin adopción conjunta. En 2000, Navarra aprobó otra que sí la permitía, y el Partido Popular también la llevó al Tribunal Constitucional.
Derechos de alquiler y registros de parejas de hecho, con recurso incluido. Así, a cachitos, se fue montando la tarta antes de poder ponerle las figuritas encima.
Y un dato que conviene recordar cuando alguien dice que aquello fue imposición de unos pocos: según la misma entrada, el 66 % de la población española apoyaba el matrimonio igualitario cuando se tramitó la ley. El programa con el que el PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero se presentó a las elecciones de 2004 lo prometía con una frase de prosa jurídica que hoy suena casi a verso: «posibilitar el matrimonio entre personas del mismo sexo y el ejercicio de cuantos derechos conlleva».
Cuantos derechos conlleva. Entre ellos, el derecho a encargar una tarta de dos pisos. Y, ya puestos, el derecho a divorciarse.
Antes de eso, las parejas iban por Madrid como podían. El planeta tiene una canción que lo cuenta con una precisión que duele, y se verá más abajo.
Veinte años, ¿de qué?
El título pone la cifra y nada más. «20 años». No dice si son veinte años de novios o de casados. La letra, que la web anuncia como de próxima publicación, todavía no lo aclara, y aquí no se va a inventar.
Pero sí se puede hacer una cuenta, porque las cuentas no mienten. La ley cumplió veinte años el 3 de julio de 2025. Y según mikesaintlouis.com, el videoclip de «20 años» se publicó el 27 de julio de 2025. Tres semanas y pico después.
El planeta no dice que una cosa tenga que ver con la otra, y esta crónica tampoco. Pero el calendario está ahí. Si alguien se hubiera casado el primer verano posible, en 2005, ese verano de 2025 habría cumplido veinte años de matrimonio. Justo los del título.
Cosas del calendario. O no. Escúchala y decide tú.
Bodas de porcelana
Hay otro dato que la portada parece conocer. En la tabla tradicional de regalos que recoge la entrada de aniversario de bodas, el vigésimo aniversario es de porcelana.

Porcelana. Lo que se rompe con un golpe seco y no hay pegamento que lo deje como estaba. Lo que se guarda en la vitrina buena del salón para que no lo toque nadie.
Veinte años, bodas de porcelana, y en la portada una tarta partida con la limpieza brutal con que se parte un plato al caer al suelo de la cocina. La metáfora no la ha puesto nadie a propósito, que se sepa. La pone la tradición. Y encaja como el último trozo de un puzle que no querías terminar.
No sé si hay forma bonita
En su blog, Mike cierra la descripción de la portada con dos frases muy cortas, de esas que se escriben despacio: «No sé si hay forma bonita de contar un final así. Esta, al menos, es honesta».
Honesta. No dice bonita ni triste. Dice honesta.
Es la clave de lectura de la canción, o al menos de lo que se sabe de ella. No hay épica en el final de una pareja de veinte años. No hay villano, o por lo menos la portada no lo señala. Hay dos novios que no se miran y un cuchillo que nadie recoge.
Y luego, una instrucción de uso: «Escúchala con calma, sin prisa por pasar a la siguiente».
En un planeta lleno de canciones que se escuchan a toda pastilla, con las ventanillas bajadas y la purpurina en la cara, esta pide silencio. Pide que no le des a «siguiente».
No contact
Ahora bien, el disco sí le da a «siguiente», y el orden cuenta una historia.
En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, «20 años» es la pista 66. Justo antes, en la 65, está «No contact». Justo después, en la 67, «Marica chill».
«No contact» es la canción del portazo con bola de espejos. Mitad en inglés, mitad en castellano, y con versos para tatuarse en la muñeca: «Cierro puertas, bye drama / I'm the queen, no más trauma». Y la línea más dura de la pista, la que convierte la ruptura en baile: «I'm too hot pa' tu comeback».
Primero se corta el contacto. Luego, en la pista siguiente, se mira la tarta rota.
Hay un verso de «No contact» que suena a confesión de sobremesa, en un spanglish que solo se entiende en el planeta: «Mi therapist me ha ayudado / No contact and desenmascarado». Y otro que es casi una firma en mitad de la pista de baile: «Mike Saint' Louis on the track», así, con el apóstrofo bailando de sitio.
El apóstrofo cambiado. Hasta el nombre se descoloca un poco cuando uno sale de una relación larga.
Ese orden es muy del planeta. La fiesta del adiós va antes que el duelo. Primero bailas que te has liberado, con el móvil apagado y la sombra de ojos corrida. Después, cuando se encienden las luces, ves lo que había en la mesa.
Marica chill
Y después del duelo, la vida sigue en chanclas. «Marica chill» arranca con un despertar que es una declaración de principios: «Hoy me levanté con glitter en la cara / Last night was crazy, but I don't need a saga».
No necesito una saga. Después de veinte años de saga, se entiende.
La canción tiene un desayuno que vale un manifiesto, «Un café solo, sin leche y sin drama», y un verso que contesta a la tarta partida sin nombrarla: «I don't need pareja pa' sentirme bien / Me bastan mis perros y mi eyeliner green».
Y el barrio, como siempre, opinando: «La vecina said: that boy's too much / Pero el frutero me regaló un mango lush». La vecina critica, el frutero regala. Madrid en dos versos. Y cuando las críticas suben de tono, la respuesta es de manual de supervivencia camp: «Si me critican desde el balcón / Les mando besitos y pongo reggaetón».
Besitos y reggaetón al balcón. Ese es el tratamiento del planeta para el qué dirán.
Y luego, la mejor despedida posible para un esmoquin: «Si soy ridículo, pues mejor / I'd rather that than be un señor».
Prefiero eso a ser un señor. El novio de la figurita, el del esmoquin, era un señor. El de la pista 67 baja a la playa con tacones.
Del portazo al duelo, y del duelo al glitter de la mañana siguiente. El disco no lo explica, lo ordena.
Por la iglesia ha pasado
La canción del planeta que mejor explica lo que costó tanto no es «20 años». Es otra: «El anillo de casado».

Allí no hay boda entre dos hombres. Hay un hombre casado por la iglesia, y otro que es su amante. La letra empieza con una cervecería de cadena y un brindis: «Nos tomamos CINCO jarras en los cien montaditos / Entre risas y miradas, bien escondiditos».
Bien escondiditos. Con diminutivo, como se esconden las cosas que dan ternura y miedo a la vez.
La letra sigue con una euforia de terraza: «Hoy estoy contentillo, estoy con el puntillo / Me apetece tenerte en la cama y que te quites el anillo». Contentillo, puntillo, anillo. La rima en «-illo» es de verbena, de caña y tapa. Y el estribillo tiene un remate de una chulería deliciosa: «Si pasa por mi cama y lo disfruto para mí es pasado».
Y luego, el contraste que hace daño: «Y por lo iglesia se ha casado, con su mujer de blanco puro y cuatrocientos invitados / Y nosotros por Madrid de discretos buscando hostales que no tengan colgado en el telefonillo el cartel de / completos».
Cuatrocientos invitados para la boda oficial. Y para la otra pareja, un telefonillo con el cartel de completo. El diario del planeta le dedicó una nota a esa letra, «hostales completos y amores discretos».
Ahí está el contexto de la tarta de «20 años». Hubo un tiempo en que dos hombres no tenían tarta de dos pisos. Tenían hostales. Por eso, cuando la tarta existe y se rompe, se rompe algo más que una relación: se rompe una cosa que costó conseguir.
Los dos viejitos
Hay otra canción del planeta que hace de espejo triste de esta. «Envejecer», del primer disco, se repite como un rezo sobre una pregunta: «¿Por qué me preguntabas si me imaginaba los dos viejitos cogidos de la mano?».
Los dos viejitos cogidos de la mano. Es exactamente la imagen que no aparece en la portada de «20 años». Las figuritas de la tarta deberían haber terminado así, de viejitos, en una vitrina. Han terminado cada una en su mitad del bizcocho.
Y la respuesta de «Envejecer» llega tarde: «Te voy a contestar / cuando ya es demasiado tarde / síiiiiiii / sí / lo imaginaba».
Lo imaginaba. Veinte años después, la imaginación es lo único que queda entero.
El resto de «Envejecer» es un juramento de los que se hacen con la tarta todavía en la mesa: «Ya Noooooooooooo / Voy A Volver / A Confiar / En Nadie». Escrito así, con mayúscula en cada palabra, como si cada una necesitara su propio escalón para poder decirse. Y la palabra «Nuuuuuuuunca» estirada hasta que deja de sonar a promesa y suena a llanto.
Puesta al lado de la portada de «20 años», es casi el texto que le falta. Las dos figuritas que no se miran podrían estar diciéndose eso. O pensándolo, cada una desde su mitad del bizcocho.
Una sola cosa en serio
Una línea seria.
Envejecer en pareja era, para muchas personas LGTBI de generaciones anteriores, un horizonte que ni siquiera se permitían imaginar. Y envejecer solas después de una ruptura larga da miedo. El diario del planeta lo trató con calma en su nota sobre envejecer siendo LGTBI. Si «20 años» te pilla en ese momento, léela.
Cruising y Britney
En el listado de singles de la web, «20 años» es la pista 103 de 273. Justo antes, «Que te mola el cruising», con su estribillo de patio de vecinos chismoso: «Vaya, vaya, monín, / Tan cute, tan clean, / te han visto kissing». Justo después, «Free Britney».
Del ligue de matorral a la tarta nupcial y de la tarta a la estrella del pop liberada de su tutela. El listado parece una vida resumida en capítulos de culebrón: de la juventud loca al matrimonio, y del matrimonio a la libertad. El planeta ordena sus singles como quien guarda las fotos en una caja de zapatos, sin orden aparente y con todo el sentido.
Cómo escucharla
El videoclip está en su página de vídeo: dura 3:34 y es el 124 de 276 en la transmisión del planeta, entre el de «Marica chill» y el de «No contact», los mismos vecinos que tiene en el disco. Escúchala también en Spotify o descárgala gratis, sin registro, desde la ficha del single.
Y sigue la instrucción del blog: con calma, sin prisa por pasar a la siguiente.
Luego, si quieres, pon «Marica chill». Para eso está.
Pero antes quédate un rato con la imagen. Una tarta de dos pisos que alguien encargó con ilusión. Unas flores de azúcar que alguien modeló una a una. Dos figuritas de esmoquin que alguien eligió en una tienda pensando que iban a durar.
Y un cuchillo tirado a un lado, que nadie recoge.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «20 años»?
Del final de una pareja larga. La letra no está publicada todavía; la portada, descrita por Mike Sain't Louis en su blog, muestra una tarta de boda partida y dos novios de esmoquin que no se miran: «Dos décadas que caben en una tarta rota».
¿Es una canción sobre la ley del matrimonio igualitario?
No lo dice en ningún sitio. Lo que sí escribe Mike es que la portada muestra «una boda entre dos hombres, algo que costó tanto conseguir».
¿En qué disco está?
Es la pista 66 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, entre «No contact» y «Marica chill».
¿Quién la ha hecho?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno, como explica el press kit.