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Cartelera de una ruptura: «Almodóvar» en sesión continua

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Portada de «AlmodóVar», canción de Mike Sain't Louis

Sala a oscuras. Olor a palomitas recalentadas y a moqueta de los noventa. En la pantalla, un rótulo rojo sobre fondo amarillo, de esos que no se olvidan, y debajo el título de la sesión de hoy: una ruptura.

La canción «Almodóvar» es corta. Muy corta. Tiene menos versos que la carta de un menú del día, y la mitad de ellos son vocales estiradas hasta que se rompen. Pero con lo poco que dice monta una película entera, porque elige bien la palabra con la que empieza:

«No me hagas hablar / Que ni Almodovar / en sus mejores / tiempos»

«No me hagas hablar» es la amenaza más española que existe. Se dice en un portal, en la barra de un bar de Lavapiés, en el grupo de WhatsApp a las tres de la mañana. Quien la dice tiene muchísimo que contar y lo va a contar todo, con detalles, con nombres y con lágrimas. Es el tráiler del drama.

En el diario ya se explicó cómo funciona la canción por dentro: el apellido convertido en adjetivo y el desamor que pide luces de melodrama. Esta crónica hace otra cosa. Se sienta en la última fila de un cine de sesión continua, de los que ya casi no quedan, y proyecta la canción una película detrás de otra. Ocho títulos de Pedro Almodóvar para ocho momentos de la misma ruptura. Sin destripar más de lo necesario, que aquí respetamos a quien todavía no las ha visto.

Una advertencia antes de apagar las luces, por honestidad de taquillera. Esta cartelera no pretende que la canción «cite» ninguna película, porque no lo hace. La letra solo dice un apellido y un premio. Todo lo demás lo pone el público, que es lo que pasa siempre con Almodóvar: cada cual sale del cine con la escena que necesitaba. Aquí el planeta ha elegido las suyas. Quien tenga otras, que las traiga en el bolso, como se traían antes los bocadillos de tortilla a las sesiones dobles del cine de barrio, envueltos en papel de aluminio y con la servilleta de tela de la abuela.

Entrada única. Se puede entrar con la película empezada.

Primera sesión: el teléfono que no suena

La primera película de la noche es de las más recientes y de las más cortas. «La voz humana», de 2020, con Tilda Swinton. Una mujer sola en un piso, un perro que espera a un dueño que no vuelve, unas maletas, y una conversación telefónica con el hombre que la acaba de dejar. Almodóvar la adaptó de la obra de Jean Cocteau, que llevaba casi un siglo sirviendo para lo mismo: enseñar a una persona hablando y hablando con alguien que ya no está.

Es la película perfecta para abrir la sesión, porque es la más fiel a la primera línea de la canción. «No me hagas hablar». Y la protagonista habla. Habla una hora. Lo que la canción hace en un verso, la película lo hace en media hora larga: el monólogo de quien jura que no va a decir nada y no para de decir.

Hay algo más. En «La voz humana», el otro nunca aparece. Solo se le intuye al otro lado del teléfono. En la canción pasa igual. No hay nombre, no hay cara, no hay ciudad. Hay un «tú» al que se le grita «ya no te quiero» y que no contesta.

Esa es la primera lección de la cartelera: en una ruptura, el otro casi nunca sale en plano. El que sale eres tú.

Segunda sesión: gazpacho con somníferos

Ahora sí, el clásico. «Mujeres al borde de un ataque de nervios», de 1988. Carmen Maura haciendo de Pepa, una actriz de doblaje a la que su amante deja por un mensaje en el contestador. Un ático en Madrid con terraza y gallinas. Una jarra de gazpacho cargada de somníferos que va pasando de mano en mano. Un taxista con el taxi decorado como un salón de los ochenta. Y una nominación al Óscar a la mejor película de habla no inglesa, que puso el nombre del director en la boca de medio mundo.

Fotogramas del videoclip oficial de «AlmodóVar», de Mike Sain't Louis

Si la primera sesión era el monólogo, esta es la histeria colectiva. Y la canción también tiene su parte de histeria, solo que comprimida en un estribillo:

«y es que yooooooooooo / ya no te quieroooooooo»

Cuenta las oes. Son muchas. Ningún ser humano tranquilo estira tanto una vocal. Eso es Pepa con la jarra de gazpacho en la mano, preguntándose si se la bebe o se la tira a alguien. Eso es estar al borde.

Aquí la crónica se ríe de sí misma, porque es lo justo. Cualquiera que haya pasado por una ruptura ha tenido su momento gazpacho. El planeta también. Normalmente el gazpacho es un mensaje de audio de cuatro minutos que se graba, se escucha, se borra, se vuelve a grabar y, a las dos y media de la mañana, se manda. Ahí, en el momento de pulsar «enviar», cualquiera es una chica Almodóvar.

Tercera sesión: la ley del deseo

La tercera película es la que explica por qué este planeta existe. «La ley del deseo», de 1987, fue una de las primeras películas españolas en poner el deseo entre hombres en el centro de la pantalla, sin pedir perdón y sin castigo moral al final del metraje. Un director de cine, un chico joven y obsesivo interpretado por Antonio Banderas, una hermana interpretada por Carmen Maura que es una mujer trans con un pasado complicado. Y una idea muy clara: que el deseo tiene sus propias leyes, y que esas leyes no coinciden con las del código civil.

La canción, en su segundo verso largo, reconoce algo que encaja muy bien con esa película. El drama no lo ha provocado el destino ni un villano de bigote. Lo ha provocado una decisión tomada con la parte del cuerpo que no es la cabeza. La letra lo dice con una sola palabra, muy gráfica, que el planeta deja para quien escuche el tema.

Esto merece un apunte serio. Los melodramas clásicos casi siempre ponen la culpa fuera: el marido malo, la suegra, la sociedad. Esta canción la reparte. El narrador admite que también ha puesto de su parte. Que el deseo, con todo su brillo, le ha llevado directo al desastre. Es una honestidad muy almodovariana, si se permite el adjetivo: en sus películas, quien desea nunca sale gratis, pero tampoco se arrepiente del todo.

Hay quien sale de ver «La ley del deseo» y se queda callado en la acera un buen rato. Es normal.

Cuarta sesión: el peso de la estatuilla

Llegamos al verso que da título a este programa doble:

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «y es que yooooooooooo ya no te quieroooooooo» de «AlmodóVar»

«este dolor es más pesado / que un Goya»

Para entenderlo bien hay que poner en pantalla una película que se llevó unos cuantos. «Dolor y gloria», de 2019. Antonio Banderas haciendo de un director de cine mayor, con la espalda destrozada y la memoria llena de cosas: la madre, que en los recuerdos interpreta Penélope Cruz; el primer deseo; un antiguo amor que vuelve a aparecer. La película ganó en los Goya de 2020, entre otros, el de mejor película, y Banderas se llevó el premio al mejor actor en Cannes.

El título ya es media canción. Dolor y gloria. Lo que siente quien acaba de romper, mezclado con la vanidad secreta de saber que su drama es de premio.

Y aquí está la gracia del verso. Un Goya es un objeto de verdad, un busto de bronce que se sujeta con las dos manos delante de un auditorio lleno de gente vestida de gala. El dolor, en cambio, no pesa nada que se pueda poner en una báscula. Al compararlos, el dolor se vuelve físico y a la vez teatral. Ya no lo cargas en silencio en el sofá. Lo levantas sobre un escenario y das las gracias a tu madre, a tu productora y a tu terapeuta.

El planeta se imagina la escena. Un salón de un piso de Usera. Bata de seda falsa de los chinos. Un bote de helado de turrón a medio terminar como estatuilla. Y el discurso de agradecimiento, entre sollozos, al ex que lo hizo posible.

Mejor película. Peor noche.

Quinta sesión: tacones lejanos

Ahora una de madres e hijas. «Tacones lejanos», de 1991. Marisa Paredes es una estrella de la canción que vuelve a Madrid después de años fuera, Victoria Abril es la hija que la ha esperado toda la vida, y Miguel Bosé aparece haciendo de juez y, en otro de sus papeles dentro de la película, de transformista. Suena «Piensa en mí», en la voz de Luz Casal, y hay quien todavía no se ha recuperado.

¿Por qué esta película en la cartelera de una ruptura? Porque es la película de los regresos que llegan tarde. La madre vuelve cuando la hija ya ha aprendido a vivir sin ella. Y eso, en una ruptura, pasa siempre. El ex vuelve. Escribe un «¿qué tal estás?» tres semanas después, cuando ya habías empezado a dormir bien. Y en ese momento, si eres de este planeta, abres el mensaje, lo lees, no contestas, te pones los tacones y te repites el estribillo:

«yoooooo / ya no te quierooooo»

El estribillo de «Almodóvar» es un mantra. Y como todos los mantras, sirve justo cuando no te lo crees del todo. Cuanto más larga la vocal, menos convincente la frase. Pero se repite, se repite, se repite, hasta que un día, sin darte cuenta, es verdad.

Ese día no hay música de fondo. Simplemente te das cuenta en la cola del supermercado.

Sexta sesión: todo sobre mi madre

Media sesión de risa, media de pañuelo. «Todo sobre mi madre», de 1999, que se llevó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en el año 2000. Cecilia Roth como una madre que pierde a su hijo y viaja a Barcelona a buscar a quien no sabe que fue padre. Una actriz de teatro, una monja embarazada, y Agrado, el personaje de Antonia San Juan, que se sube a un escenario vacío y hace un monólogo sobre lo que le ha costado cada parte de su cuerpo. Lo cierra con una frase que medio colectivo se sabe de memoria: que una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma.

La canción no tiene nada que ver con la trama de esta película. Pero comparte con Agrado un gesto: convertir una herida en función. Agrado, en vez de cancelar la obra, sale ella sola y entretiene a un público que había venido a ver otra cosa. El narrador de «Almodóvar», en lugar de quedarse en casa con su dolor, lo sube a un escenario y le pone luces.

Ese gesto, el de salir a escena cuando todo se ha caído, tiene nombre en este planeta. Se llama camp. Y está explicado con calma en la página del camp, por si alguien todavía piensa que es solo purpurina.

No lo es. Es una forma muy antigua de sobrevivir.

Séptima sesión: hable con ella

Bajamos la luz para la película más callada de la noche. «Hable con ella», de 2002. Dos hombres que cuidan a dos mujeres que no pueden contestarles. Uno habla sin parar; el otro llora en el teatro, viendo a Pina Bausch. Almodóvar ganó con ella el Óscar al mejor guion original.

Collage con un detalle de la carátula de «AlmodóVar» y las carátulas de «ya no te quiero», «La Noche No Es para Mí»

Aquí la cartelera se pone seria un momento, porque la canción también tiene su parte callada.

Debajo de las vocales estiradas, del Goya y de la amenaza de hablar, hay un hecho muy simple: alguien ha dejado de querer a otra persona, o está intentando dejar de quererla. Y eso no tiene gracia. Es una conversación con alguien que ya no escucha. El estribillo, repetido una y otra vez, es eso mismo: hablar con quien no contesta.

La película enseña que hay amores que son, sobre todo, monólogos. La canción lo sabe. Por eso grita.

Octava sesión: volver

Y la última de la noche, para salir del cine con algo de aire. «Volver», de 2006. Penélope Cruz como Raimunda, una mujer de barrio en Madrid con un muerto en el congelador del restaurante y una madre que, según todo el pueblo, ha vuelto del más allá. Hay una escena en la que Raimunda interpreta el tango «Volver» en una fiesta, y aunque la voz que se escucha en la película es de Estrella Morente, nadie que la haya visto se acuerda de ese detalle técnico. Se acuerda de la cara de Penélope.

El planeta aprovecha ese dato para aclarar algo que le preguntan a menudo. En «Almodóvar», como en todo el catálogo de Mike Sain't Louis, la voz que se oye no es la suya. La letra es de Mike, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Él es letrista, compositor y productor musical madrileño, y lo explica sin rodeos en la sección de prensa. Igual que en «Volver» importa la cara de Raimunda y no quién presta la voz, aquí importa lo que se dice, que es suyo de principio a fin.

Pero volvamos a la película. «Volver» trata de algo que la canción solo insinúa: que después de la tormenta hay una mañana normal. Se friega. Se cocina. Se sale a la calle. Los muertos, reales o sentimentales, se quedan donde se han quedado, y la vida sigue en La Mancha, en Vallecas o en el barrio que toque.

Almodóvar nació en Calzada de Calatrava, en Ciudad Real, y se vino a Madrid a hacer lo que hizo. Esa ruta, la del pueblo a la ciudad para poder ser otra persona, la han hecho miles de maricas de este país. El planeta le dedica una página entera a la capital, la de Madrid, porque es su escenario natural.

Sesión golfa: Pepi, Luci, Bom

Pasada la medianoche, en los cines de sesión continua había a veces una proyección más, la golfa, para los que no tenían casa a la que volver o no querían volver a la que tenían. La cartelera de esta ruptura también la tiene, y para ella el planeta se guarda la película más cutre y más querida del lote.

Ficha de la canción «AlmodóVar» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

«Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón», estrenada en 1980. La primera película larga de Almodóvar, rodada a trompicones, con poquísimo dinero y con la Movida madrileña haciendo de decorado sin saberlo. Alaska, que entonces era una adolescente, hace de Bom, una chica punk con grupo propio. Hay una portera, un policía de los de antes, un concurso de tamaños que no se puede describir en un diario que leen las tías, y una cantidad de mal gusto tan bien administrada que, cuarenta y tantos años después, todavía hay quien sale de verla con la boca abierta.

¿Qué pinta en una ruptura? Mucho. Porque es la película de la noche en que ya no te importa nada. Cuando has pasado por el teléfono que no suena, por el gazpacho, por el deseo que te ha metido en el lío, por el Goya de cartón piedra, por el regreso tarde del otro, por Agrado y por el silencio de «Hable con ella», llega un momento en que lo único que te queda es reírte de todo. De ti, primero. Del ex, después. De la canción, si hace falta.

La sesión golfa es eso. El momento en que el drama se vuelve tan grande que se da la vuelta y se convierte en comedia. La canción lo tiene en su forma: un melodrama de vocales estiradas que, si lo escuchas por cuarta vez seguida a las dos de la madrugada en un autobús nocturno de la plaza de Cibeles, te da la risa. Y no pasa nada. Es la señal de que ya estás saliendo.

El planeta no dice que reírse cure nada. Dice que es la última sesión, y que después de la golfa cierran el cine.

Intermedio: el apellido como unidad de medida

Antes de encender las luces, una nota del proyeccionista.

La canción no habla de Pedro Almodóvar. No cuenta nada sobre él ni le atribuye ninguna opinión. Usa su apellido como se usa un metro o un termómetro: para medir. Decir que algo es «muy Almodóvar» describe un tono que en España reconocemos todos. Colores saturados, mujeres que se desbordan, lágrimas con rímel, una dignidad que se recompone delante de un espejo.

Cuando la letra dice que ni Almodóvar en sus mejores tiempos, está diciendo que el drama se ha salido de la escala. Es un piropo y una exageración al mismo tiempo. Como decir que hace un calor «de Sevilla en agosto» o que alguien está «más perdido que un pulpo en un garaje».

Y es también un homenaje. El planeta lo dijo hace tiempo en otra entrada, Almodóvar como mapa del planeta: sin ese cine, una parte enorme de la cultura queer española no habría tenido dónde mirarse. Sin «La ley del deseo», sin Agrado, sin Pepa y su gazpacho, muchos chavales de pueblo habrían tardado bastante más en entender que lo suyo tenía nombre y tenía gracia.

La canción le devuelve el favor como sabe: poniéndole su apellido a una ruptura.

Se encienden las luces

Fin de la sesión continua. La gente se levanta despacio. Alguien busca el abrigo debajo de la butaca. Una pareja mayor comenta si esta era la del gazpacho o la de la monja.

La canción se puede volver a ver entera, porque tiene su videoclip oficial, y se puede escuchar en Spotify en el autobús de vuelta. Está en «El día de la liberación», cuya ficha completa vive en la página del disco «El día de la liberación». Y la letra entera, por si alguien quiere contar las oes con calma, está en la sección de letras.

El planeta se queda con una idea al salir del cine. Las películas de Almodóvar nos enseñaron que el drama no tiene que ser serio para ser verdad, y que se puede llorar con la boca pintada. «Almodóvar», la canción, hace lo mismo con un puñado de palabras: amenaza con hablar, compara el dolor con un premio de bronce, reconoce que la culpa también es suya y repite que ya no quiere a nadie hasta que se le rompe la vocal.

Mientras tanto, en la sala vacía, el proyeccionista rebobina la cinta y apaga la máquina.

Nadie pidió los títulos de crédito. Pero ahí estaban: «letra, Mike Sain't Louis».

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Almodóvar»?

De una ruptura vivida como un melodrama. La letra arranca con «No me hagas hablar / Que ni Almodovar / en sus mejores / tiempos», compara el dolor con el peso de un Goya y repite en el estribillo «ya no te quiero» con las vocales estiradas.

¿Habla la canción de Pedro Almodóvar?

No cuenta nada sobre él. Usa su apellido como medida de intensidad: el drama de la ruptura es tan grande que ni el director manchego en sus mejores tiempos lo habría filmado igual.

¿En qué disco está «Almodóvar»?

En «El día de la liberación», uno de los tres álbumes de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.

¿Quién escribió la letra?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿Qué películas de Almodóvar ganaron el Óscar?

«Todo sobre mi madre» ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa en el año 2000, y Almodóvar ganó el de mejor guion original por «Hable con ella» en 2003.

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