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Desamor

Telegrama para Andrés: canciones con nombre de ex y un «NUNCA» a precio de palabra

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Portada de «Andrés», canción de Mike Sain't Louis

ANDRÉS STOP NO VA A HABER STOP NUNCA NADA MÁS STOP

Así se escribiría en un telegrama. Y así, más o menos, está escrita la canción.

Si abres la letra de «Andrés» lo primero que ves no es lo que dice, sino cómo está colocada. Versos de una palabra. De dos, como mucho. «Como te he mostrado / todas mis / debilidades». Una columna estrecha que baja por la pantalla como baja el papel de un teletipo, como bajaban las tiras de los telegramas que el cartero traía a casa en un sobre con ventanilla y que siempre, siempre, daban mala noticia o buena noticia, nunca término medio.

El telegrama se cobraba por palabras. Por eso nadie escribía «querido» ni «un abrazo». Se escribía lo justo y se ponía STOP en lugar del punto. Era el único género literario donde la economía era literal: cada palabra costaba dinero.

«Andrés» parece escrita con ese contador encendido. Ni una palabra de más. Y luego, cuando llega el estribillo, rompe la hucha y gasta todo lo ahorrado en una sola: NUNCA. Cuatro veces. Ocho. Once. Las que hagan falta.

Antes de seguir, el aviso de la casa, que en esta saga es obligatorio: Andrés es un personaje. El nombre es inventado, como los de todas las letras de esta serie del catálogo. Aquí se le escribe un telegrama a una criatura de ficción, igual que Dolly Parton le escribió a Jolene sin que nadie haya ido nunca a pedirle explicaciones a ninguna pelirroja de Tennessee.

Y hablando de Jolene.

Canciones con remite

Hay una tradición enorme, en todos los idiomas, de canciones que llevan un nombre de persona en el título. Son las canciones con remite. Cartas con sello.

En 1973 Dolly Parton publicó «Jolene», que es una súplica a otra mujer para que no le quite a su hombre «solo porque puedes». Repite el nombre cuatro veces al principio, como quien llama a una puerta. En 1978 The Police sacaron «Roxanne», que le pide a una chica que no se ponga la luz roja. En 1970 The Kinks publicaron «Lola», un chico que conoce a alguien en un club del Soho y se va dando cuenta, verso a verso, de que Lola no es exactamente lo que esperaba, y le da igual. Esa canción, por cierto, es un pequeño monumento queer escondido en las listas de éxitos.

Y en castellano, la lista no se acaba. Serrat tiene «Penélope», la mujer que espera en la estación con su bolso de piel marrón, y «Lucía», que es una despedida de las más bonitas que se han escrito en este idioma. Y Raffaella Carrà, la santa patrona de todas las pistas de este planeta, tiene «Pedro», el guía de Santa Fe que le enseña la ciudad y algo más, con ese estribillo que en las bodas españolas se corea como un himno: Pedro, Pedro, Pedro, Pedro pe.

Todas esas canciones hacen lo mismo. Convierten un nombre en un personaje y un personaje en un espejo. Nadie conoce a Jolene, pero todo el mundo ha tenido una. Nadie ha visto a Pedro, pero todo el mundo ha conocido a uno en vacaciones.

«Andrés» entra en esa estantería. Con una diferencia: esta no es una carta de amor, ni una súplica, ni una despedida con flores. Es una notificación.

Breve historia del telegrama, para los que nacieron con WhatsApp

Hubo un tiempo en que las malas noticias llegaban en bicicleta.

Fotogramas del videoclip oficial de «Andrés», de Mike Sain't Louis

El cartero de telégrafos llamaba al timbre, te daba un papel doblado y se iba. Dentro, unas pocas palabras pegadas en tiras: NACIDO NIÑO STOP MADRE BIEN STOP. O peor. En los pueblos de España, cuando se veía al de telégrafos subir la cuesta, las madres se secaban las manos en el delantal y salían a la puerta con el corazón en la garganta, porque un telegrama casi nunca traía nada pequeño. Bodas, muertes, nacimientos, aprobados de oposición, un hijo que volvía de la mili. Lo que no podía esperar a la carta.

Y como se pagaba por palabra, el telegrama inventó su propia gramática. Nada de artículos. Nada de adornos. El STOP en lugar del punto. FELICIDADES STOP TE QUEREMOS STOP. Todavía hoy se puede mandar uno desde Correos, aunque ya casi nadie lo haga salvo para felicitar a unos novios o para dejar constancia de algo con fecha y sello.

Lo interesante es lo que hacía esa economía con los sentimientos. Te obligaba a decir lo esencial. No había espacio para el «bueno, ya sabes, no sé cómo decirte esto». Había que decirlo.

La letra de «Andrés» tiene algo de esa gramática. No hay «querido», no hay «espero que estés bien», no hay «tenemos que hablar». Hay lo justo. Y lo justo, dicho así, corta más que cualquier carta de cuatro folios.

Debilidades, por orden alfabético

La canción empieza con una confesión, y conviene leerla despacio porque es el motor de todo lo demás.

«Como te he mostrado / todas mis / debilidades / Y conoces / Absolutamente / todas mis / vulnerabilidades»

Ahí está la trampa de cualquier relación. Enseñas tus puntos débiles porque confías. Y el otro, a partir de ese momento, tiene el mapa.

La letra no lo dice con dramatismo. Lo dice con una calma de notario. «Es normal / que tal vez / tengas un / último plan / preparado». Normal. Como quien comenta que va a llover. Si alguien conoce todas tus vulnerabilidades, lo lógico es que prepare algo con ellas. Es la frialdad de quien ya ha pasado por esto suficientes veces como para no sorprenderse.

Y luego, el primer giro: «Pero / siento decirte / que te vas / a quedar / descolocado».

Esa palabra, «descolocado», es de las que se usan en el fútbol y en las oficinas. El portero se queda descolocado cuando le tiran el penalti al otro lado. El jefe se queda descolocado cuando le dices que te vas. Aquí el que se queda descolocado es el que creía tener el mapa. Porque el narrador ha cambiado de sitio los muebles.

El fiel

Y aquí entra el apodo, que es donde la canción enseña los dientes.

«Andrés,, el fiel, el que dice siempre la verdad»

(La doble coma es de la letra original, y la dejo porque tiene su gracia: parece un tropiezo de la lengua justo antes de soltar la ironía.)

«El fiel». «El que dice siempre la verdad». Dicho así, en una canción que va de cerrar una puerta, suena exactamente a lo contrario. Es el mismo tono con el que en el barrio se dice de alguien «ese es muy legal» y todo el mundo se mira. Es el epíteto homérico al revés: Aquiles el de los pies ligeros, Ulises el de los mil ardides, Andrés el que dice siempre la verdad.

El diario ya escribió sobre esto, sobre la sinceridad usada como cuchillo, y no voy a repetir lo que allí se cuenta. Solo añado una cosa desde el telegrama: el apodo es lo único largo de toda la primera parte. Todo son versos de una o dos palabras, y de repente, cuando toca nombrar al personaje, la línea se estira. Como si el nombre necesitara espacio para que se le vea bien la careta.

Entre medias, otra línea que hay que leer con la ficción delante: «te tendría que haber dejado en aquél burdel». Es un reproche de folletín, de esos que en las películas en blanco y negro se dicen en el andén de una estación con un pañuelo en la mano. No es un dato. Es un portazo con decorado.

Una palabra a precio de oro

Llegamos al estribillo, que es el telegrama propiamente dicho.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «No has querido a la cara dar explicaciones Prefieres dejarlo en especulaciones» de «Andrés»

«Debido a tu mierda de sinceridad / NUNCA / NUNCA / NUNCA / NUNCA / Entre nosotros / Va a haber / Una mínima / Posibilidad»

Si los telegramas se cobraban por palabra, este estribillo es el más caro de la historia de Correos. Cuatro NUNCA seguidos. En mayúsculas, que es la forma escrita de gritar. Y luego, en la segunda parte de la canción, la lista crece hasta once, puestas en columna, una debajo de otra.

Hay algo muy físico en esa repetición. Es como dar golpes en una mesa. Como cerrar una puerta, abrirla para comprobar que está cerrada, y volver a cerrarla más fuerte. Cualquiera que haya bloqueado a alguien en el móvil y luego haya ido a mirar si de verdad estaba bloqueado sabe de qué hablo.

Y fíjate en la fórmula que lo abre: «Debido a». Es lenguaje de comunicado oficial. «Debido a las obras, el servicio de Cercanías se interrumpe». «Debido a la climatología adversa, el vuelo ha sido cancelado». La canción toma el tono de un aviso de Renfe y lo pega a una palabra malsonante: «debido a tu mierda de sinceridad». Es la firma de la casa. El membrete y el taco en la misma línea.

«Esta canción es para decirte que»

Hay una línea que se repite antes de cada estribillo y que es fácil pasar por alto, porque parece una frase de transición. No lo es.

«Esta canción es para decirte que»

La canción se nombra a sí misma. Dice lo que es antes de decir lo que dice. Es como esos telegramas que empezaban con COMUNICO A USTED, o como las cartas de las administraciones que arrancan con «Por medio de la presente le notificamos». Un preámbulo que avisa: esto es un documento oficial.

Y hay otra cosa. Esa frase también es la confesión de alguien que no ha podido decirlo de otra forma. Que no ha encontrado la conversación, ni el café, ni el momento en el portal. Que ha necesitado una canción entera para soltar cuatro palabras. La letra, de hecho, le reprocha al personaje exactamente eso: «No has querido a la cara dar explicaciones / Prefieres dejarlo en especulaciones». El que no dio la cara recibe una canción a la cara.

Es una venganza muy de letrista. Si tú no explicas, yo lo pongo por escrito. Y además con estribillo, para que se quede.

Once veces NUNCA, o el truco de la saciedad

Prueba un experimento en casa. Di en voz alta la palabra «nunca» once veces seguidas, sin parar, mirando a la pared.

A partir de la sexta o la séptima pasa algo raro: la palabra deja de significar. Se convierte en un sonido. Nun-ca. Dos sílabas que chocan contra el paladar. Los psicólogos tienen un nombre para eso, saciedad semántica, y lo bautizó un investigador en los años sesenta: cuando repites una palabra muchas veces, el cerebro se cansa de su significado y se queda solo con la cáscara.

La canción juega exactamente con eso. Repite NUNCA hasta que se vacía. Y cuando parece que ya no quiere decir nada, cuando es solo ritmo, golpe y respiración, vuelve el significado de golpe con la frase final: no va a haber nunca nada más. Ni tan siquiera una amistad.

Es como cuando alguien te dice «que no» tantas veces que te ríes, y luego te mira serio y lo dice una última vez. Esa última es la que vale.

El estribillo hace de las suyas: primero te agota la palabra, luego te la devuelve afilada.

El tarareo, o cuando ya no quedan palabras

Después de tanto NUNCA, la canción hace algo que muy pocas letras se atreven a hacer: se queda sin palabras a propósito.

Collage con un detalle de la carátula de «Andrés» y las carátulas de «Bareback», «Igual que en las pelis slasher», «No Contact»

En la letra aparecen murmullos escritos tal cual, «mmmmmm», «mmmm», y hasta un «nmnnnnn» que parece el ruido de alguien que aprieta los dientes. No es relleno. Es el sonido de quien ya ha dicho todo lo que tenía que decir y le sobra aire.

En los telegramas no había forma de escribir eso. No existía una tarifa para el suspiro. Pero en una canción sí. Y la canción lo pone por escrito, como una acotación teatral que dijera: aquí el personaje respira, mira por la ventana y no contesta.

Ese silencio con tarareo es, para mí, la parte más honesta del tema. Después del grito, el cansancio. Después del portazo, quedarse un rato apoyado en la puerta.

Ni tan siquiera

Y entonces llega la sentencia final, sílaba a sílaba, como si se dictara a un mecanógrafo.

«Andrés, / no / va / a / haber / ni tan / siquiera / una amistad»

Esa línea es el remate de todo. Porque en las rupturas españolas hay una frase que siempre aparece, en el bar, en el WhatsApp, en la puerta del portal: «podemos seguir siendo amigos». Es la frase de consolación, el premio de quien pierde el concurso, la bolsa de chuches que te dan al salir de un cumpleaños donde no te ha tocado nada.

«Andrés» la tacha. Ni tan siquiera eso.

Y justo antes, otra vuelta de tuerca irónica: «Da gracias a tu sinceridad». Le da las gracias. Como quien firma un acuse de recibo. Como quien dice «gracias por su visita» en la puerta de un comercio después de que le hayan devuelto mal el cambio.

Hay pocas formas más elegantes de decir «no vuelvas».

El nombre propio en el planeta

«Andrés» no es la única canción del catálogo que lleva un nombre de persona en el título. El planeta tiene una agenda de contactos considerable.

Hay nombres de diva, que funcionan como estampitas: «Lola Flores», «Malena», la propia Raffaella cuando aparece. Hay nombres de famosos que dan título a una canción, como «Carla Bruni» o «Bob Marley», y que cada tema usa a su manera, como quien usa una postal. Hay nombres inventados de señoras con carácter, como «Doña Rogelia». Y hay nombres de personaje, como este, que son el destinatario de un ajuste de cuentas.

Esa última familia es la más delicada, y por eso el planeta la trata siempre con el mismo aviso: los nombres son ficción. Funcionan como funcionaban en la copla los nombres de los hombres que se iban, o en el teatro de los Quintero los nombres de las vecinas: para que el oyente ponga la cara que quiera. El Andrés de esta canción tiene la cara que tú le pongas. Y casi seguro que ya se la estás poniendo.

Lo que hace un nombre propio en una canción es quitarle el anonimato al dolor. «Una persona me hizo daño» se olvida. «Andrés» se queda.

La tradición del portazo

Si «Jolene» es la súplica y «Lucía» la despedida, «Andrés» pertenece a otra familia: la del portazo.

Es una familia muy española. La copla está llena de portazos con nombre propio, de mujeres que echan de casa al que les hizo daño y lo dicen con la cabeza alta y la peineta puesta. Rocío Jurado tenía la especialidad de convertir un adiós en un acto de dignidad que hacía llorar a medio país. Y el pop de aquí heredó esa costumbre: el estribillo como forma de cerrar con llave.

En el planeta, esa familia tiene varios primos. Está «Ya no te quiero», que lo dice sin rodeos desde el título. Está «No Contact», que convierte en canción la regla más difícil de cumplir después de una relación con alguien que te hizo daño: no responder, no mirar atrás, no abrir la puerta aunque llamen. Y está «Andrés», que es el telegrama: la notificación oficial de que la puerta ya no se abre.

Las tres, juntas, son un pequeño manual de supervivencia en tres formatos. El grito, la norma y el sello.

Los vecinos del portal

En la discografía de la web, «Andrés» vive entre dos canciones que dicen mucho del barrio en el que se ha instalado.

Ficha de la canción «Andrés» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Antes está «Bareback», que habla sin tapujos de cuerpos y de riesgos. Después está «Igual que en las pelis slasher», la subasta del rellano en pijama y bata, con su villano de medio metro y sus dos caras. Si las escuchas seguidas, parecen tres capítulos de una misma temporada: lo que pasa en la cama, lo que se dice en la puerta y lo que se grita en la escalera.

Las tres pertenecen a la saga de personajes inventados que el catálogo usa para hablar de relaciones que hacen daño. Y todas están en «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK.

Si quieres más portazos con purpurina, la sección de camp tiene para una tarde entera.

Instrucciones de envío

El telegrama está listo para mandarse. Estas son las condiciones del servicio.

La canción dura casi cinco minutos, mucho más de lo que dura leer su letra, porque el NUNCA se repite hasta que pierde el sentido y lo vuelve a ganar. El videoclip oficial está en la web y en YouTube.

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que la escribió sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno. La sección de prensa lo cuenta con detalle, junto con la historia de la trilogía. La canción está en Spotify y en el resto de plataformas, y se descarga gratis desde la web.

El envío no tiene coste por palabra. Puedes repetir el NUNCA las veces que quieras.

Para quién es este telegrama

Hay canciones que se ponen para bailar, otras para llorar y otras para mandar.

«Andrés» es de las de mandar. No al Andrés de la canción, que no existe, sino a ese nombre propio que todo el mundo tiene guardado en el móvil con un emoji raro al lado. El que vuelve cada seis meses con un «¿qué tal estás?». El que te pide, después de todo, que sigáis siendo amigos. El que se presenta como el más sincero de la sala justo antes de hacer daño.

No hace falta escribirle nada. Basta con pasarle el enlace.

Y si te da apuro, piensa en las madres de los pueblos que salían a la puerta cuando veían subir al de telégrafos. Ellas no elegían las noticias que les llegaban. Tú sí eliges las que mandas. Esa es la pequeña libertad que te da una canción como esta: decidir que la última palabra la pones tú, aunque sea una sola y aunque la repitas once veces. Que el otro se quede con el papel en la mano, en el descansillo, leyendo despacio, sin nadie a quien preguntar qué significa. Que lo entienda solo. Que tarde lo que tenga que tardar.

Y si pregunta qué quiere decir, la respuesta ya está en la letra, en columna, una palabra debajo de otra, con su punto y aparte:

NUNCA STOP

NI TAN SIQUIERA UNA AMISTAD STOP

DA GRACIAS A TU SINCERIDAD STOP

Preguntas frecuentes

¿Quién es Andrés en la canción?

Un personaje de ficción. La letra le habla en segunda persona y le cuelga un apodo irónico, «el fiel, el que dice siempre la verdad», antes de cerrarle la puerta. No retrata a ninguna persona real.

¿Qué dice el estribillo de «Andrés»?

Que «debido a tu mierda de sinceridad» no va a haber entre los dos «una mínima posibilidad», con la palabra «NUNCA» repetida en mayúsculas. Al final añade que no habrá «ni tan siquiera una amistad».

¿En qué disco está «Andrés»?

En «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», uno de los tres álbumes de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.

¿Quién escribió «Andrés»?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿Hay vídeo de la canción?

Sí, el videoclip oficial está en YouTube y en la sección de vídeos de gayfolkplanet.com. Dura casi cinco minutos.

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