Planeta Gayfolk

Relaciones tóxicas

Taller de marionetas para cortar hilos: «Another Narcissist» y el títere del traje rosa

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Portada de «Another Narcissist», canción de Mike Sain't Louis

En los parques de Madrid, los domingos por la mañana, hay teatros de títeres. Un retablo de madera pintado de colores, una cortinilla roja, unos bancos delante llenos de niños y padres con el café en la mano. Y detrás del retablo, escondido, alguien que mueve los muñecos. Nadie lo ve. Todo el mundo sabe que está ahí. Pero durante media hora, los niños se olvidan de él y gritan al lobo como si el lobo estuviera vivo.

Ese es el truco de las marionetas. Y también su trampa. Funcionan mientras no mires los hilos.

La portada de «Another Narcissist» obliga a mirarlos. Arriba del todo, una mano grande sujeta la cruceta de un títere. De ella cuelgan los hilos que bajan hasta un chico con traje rosa, despatarrado en su trono como si el mundo le debiera algo. Rosas rojas a los lados. Suelo de ajedrez. Un sol pálido detrás.

Parece el rey del salón. Y en realidad es la marioneta.

La letra de la canción todavía no está publicada; en la página de letras figura como «próximamente». Así que este texto no cita ningún verso. Habla de lo que sí se puede ver y leer: la portada, el título y el lugar que ocupa la canción en un catálogo que tiene mucho que decir sobre los narcisistas.

El planeta abre hoy su taller de marionetas. Con cruceta, tijeras y paciencia. Porque aquí no se viene a aprender a mover hilos, sino a cortarlos.

La cruceta

Lo primero que se aprende en un taller de marionetas es el nombre de las piezas. Y la más importante es la cruceta.

La cruceta es ese armazón de madera en forma de cruz, o de avión, que el titiritero sujeta con la mano. De cada punta sale un hilo que baja hasta una parte del muñeco: la cabeza, las manos, las rodillas, los pies. Al inclinar la cruceta, el muñeco anda. Al girarla, mira hacia un lado. Al bajarla de golpe, se sienta. Un titiritero bueno puede hacer que una marioneta parezca respirar.

En la portada, la cruceta está arriba, en una mano grande, sin cuerpo. No vemos de quién es. Solo vemos que manda.

Y esa es la primera lección del taller: en una relación con un narcisista, el poder casi nunca se ve. No hay gritos, no hay órdenes, no hay cadenas. Hay hilos finísimos que bajan desde arriba y que tú no notas hasta que intentas moverte en otra dirección. Un comentario que te hace dudar. Un silencio que te hace sentir culpable. Una sonrisa que te hace volver.

La cruceta no se ve desde el escenario. Solo desde fuera.

El traje rosa

La segunda pieza del taller es el muñeco. Y este muñeco lleva traje rosa.

El rosa es un color con mucha historia en el planeta. Es el color que se usó para señalar y que luego se recuperó como orgullo. Es el color del camp, de la purpurina, de lo que se exhibe sin pedir perdón. Un traje rosa es una declaración: aquí estoy, miradme.

Y por eso la imagen es tan inquietante. El chico del traje rosa parece libre, extravagante, dueño de sí mismo. Despatarrado en el trono, con la actitud de quien se sabe el centro de la sala. Y sin embargo, de sus muñecas y sus rodillas salen hilos.

Es una de las cosas más difíciles de reconocer cuando se sale de una relación así: que durante un tiempo te sentiste el rey. Que el narcisista te subió al trono, te vistió de rosa, te dijo que eras lo mejor que le había pasado. El famoso bombardeo de amor del principio. Y mientras tú te sentías el centro del mundo, alguien estaba ajustando los hilos.

Guante o hilo

En el taller conviene distinguir dos familias de muñecos, porque no se manejan igual.

El títere de guante es el de toda la vida. Una cabeza de madera o de trapo, un vestidito, y debajo la mano del titiritero metida dentro, con un dedo en la cabeza y otros dos en los brazos. Es un muñeco cercano, rápido, peleón. Reparte porrazos, se esconde, reaparece. Y tiene una particularidad: la mano está dentro. El muñeco y quien lo mueve son, en cierto modo, la misma cosa.

La marioneta de hilo es otra historia. Está lejos de la mano. Cuelga. Entre el titiritero y el muñeco hay metro y medio de aire y unos hilos que casi no se ven. Sus movimientos son más lentos, más elegantes, más fantasmales. Parece que flota. Parece que decide.

La portada elige la marioneta de hilo, y no es casualidad. Porque la manipulación de un narcisista no suele ser la del títere de guante, la del golpe directo. Es la de la distancia. La que te deja creer que te mueves tú. La que funciona precisamente porque los hilos son tan finos que, a la luz del escenario, desaparecen.

El trono

Los tronos de las marionetas son de cartón piedra. Parecen de oro desde lejos, pero si los tocas son huecos.

Fotogramas del videoclip oficial de «Another Narcissist», de Mike Sain't Louis

En la portada, el chico está sentado en uno, con las piernas abiertas, en una postura de rey aburrido. Como si el mundo le debiera algo. Y esa postura tiene dos lecturas, que la portada deja abiertas a propósito.

La primera: el chico es el narcisista. El que se sienta en el trono, el que exige, el que espera que todo el mundo le sirva. Y la mano de arriba sería la de la vida, la del karma, la de algo más grande que acabará tirando de los hilos.

La segunda: el chico es la víctima. El que fue subido al trono para ser manejado. Y la mano de arriba es la del narcisista, que nunca se deja ver.

O las dos cosas a la vez. Porque una de las verdades más incómodas de estas relaciones es que el narcisista también es, muchas veces, una marioneta de algo. De su propio vacío. De su necesidad de ser admirado. De unos hilos que vienen de mucho más atrás.

La portada no decide. Y esa indecisión es lo más honesto que tiene.

Las rosas rojas

A los lados del trono hay rosas rojas. Las flores del amor romántico por excelencia. Las del día de San Valentín, las de los ramos de disculpa, las que se regalan después de una pelea para que todo vuelva a ser como antes.

En una relación con un narcisista, las rosas llegan siempre después. Después del desprecio, del silencio, de la humillación. Llegan con una sonrisa y una frase: «perdóname, no sé qué me pasó». Y tú las recibes, las pones en un jarrón, y durante unos días todo parece arreglado.

Hasta la próxima vez.

Las rosas de la portada no son un regalo. Son decorado. Están ahí, a los lados del trono, como las flores de plástico de un escenario. Para que la escena parezca bonita. Para que nadie mire los hilos.

El suelo de ajedrez

Y el suelo. Un tablero de ajedrez, de baldosas blancas y negras.

El ajedrez es el juego de la estrategia por excelencia. Cada pieza tiene sus movimientos. Hay que pensar varias jugadas por adelantado. Se sacrifican peones para proteger al rey. Y la partida acaba cuando uno de los dos queda acorralado.

Es una metáfora perfecta para las relaciones con un narcisista, que muchas veces se viven como una partida en la que solo uno conoce las reglas. Él mueve. Tú reaccionas. Él te pone en jaque con un comentario, tú te defiendes, él cambia de táctica. Y tú, sin darte cuenta, te conviertes en un peón en su tablero.

Pero el ajedrez tiene una regla que el planeta adora: un peón que llega al final del tablero puede convertirse en cualquier pieza. En una reina, incluso. Es la coronación. El peón más pequeño, el que todo el mundo daba por perdido, llega al otro lado y se transforma.

Esa es la esperanza que esconde el suelo de la portada.

El sol pálido

Detrás de todo, un sol pálido. Sin fuerza. Como un sol de invierno a las cinco de la tarde, cuando ya casi no calienta.

En los teatros de marionetas, el sol suele ser un círculo de cartón amarillo colgado del fondo. Un decorado. Aquí es pálido, casi apagado. Como si la escena llevara demasiado tiempo representándose y las luces empezaran a fallar.

Y eso también se reconoce. Las relaciones con un narcisista acaban así, muchas veces: no con una explosión, sino con un apagón lento. El brillo del principio se va perdiendo. El trono deja de parecer de oro. Las rosas se marchitan. Y un día miras el sol del decorado y te das cuenta de que nunca calentó.

Don Quijote en el patio de butacas

La literatura española tiene una escena de marionetas que el planeta guarda con cariño. Está en la segunda parte del «Quijote». Don Quijote asiste a una función de títeres, el retablo de maese Pedro, en la que se cuenta la historia de una dama cristiana que huye con su caballero perseguida por los moros. Y cuando la persecución se pone emocionante, don Quijote se levanta, saca la espada y la emprende a mandobles contra los muñecos, convencido de que tiene que salvar a los fugitivos. Deja el retablo hecho trizas. Luego, algo avergonzado, acaba pagando los destrozos.

Collage con un detalle de la carátula de «Another Narcissist» y las carátulas de «Fly Away», «Carla Bruni», «El narcisista»

Siglos después, Manuel de Falla convirtió ese episodio en una pequeña ópera, «El retablo de maese Pedro». Es una de esas obras que demuestran que una escena de títeres puede contener el mundo entero.

Lo que le pasa a don Quijote es lo que nos pasa a todos dentro de una relación con un narcisista: nos creemos la función. Nos metemos tanto en la historia que olvidamos que hay alguien detrás moviendo los muñecos. Sacamos la espada por un drama que no es real. Defendemos a quien no hace falta defender. Y luego, cuando todo se rompe, somos nosotros los que pagamos los destrozos.

La diferencia es que don Quijote, al final de su vida, recupera el juicio. Ve los hilos. Y esa recuperación, que en la novela es tan triste, en el planeta es motivo de celebración. Ver que todo era un retablo no es perder la ilusión. Es ganar la libertad.

Los peones del tablero

Volvamos un momento al suelo de ajedrez, porque tiene más que contar.

En una partida, los peones son las piezas que más se sacrifican. Están en primera fila, avanzan de casilla en casilla, nunca pueden retroceder. Y casi siempre caen antes que nadie. Son las piezas que el jugador usa para abrir camino, para proteger al rey, para tender trampas.

Alrededor de un narcisista suele haber muchos peones. Amigos que le defienden sin saber lo que pasa en casa. Familiares que miran hacia otro lado. Exparejas que fueron sacrificadas antes que tú. Nuevas parejas que llegan después. Gente que se mueve por el tablero sin conocer la partida.

Y una de las cosas más liberadoras que se pueden hacer al salir de ahí es dejar de mirar a los demás peones como enemigos. La otra persona, la que vino después, no es tu rival. Es otro peón. Otra marioneta colgada de los mismos hilos. El catálogo ya escribió sobre eso en «El descarte del narcisista», con una carta dirigida precisamente a la otra víctima.

El enemigo nunca estuvo en el tablero. Estaba arriba, con la cruceta.

Another: otro más

Y luego está el título. «Another Narcissist». Otro narcisista. Otro más.

Ese «another» dice muchas cosas con una sola palabra. Dice cansancio. Dice que no es el primero. Dice que el narrador ya ha perdido la cuenta de cuántos le han pasado por delante con la misma sonrisa y el mismo guion. Es el suspiro de quien reconoce el patrón a la segunda, o a la tercera, y se dice: otra vez no.

Y dice también algo sobre el propio catálogo. Porque en el universo GAYFOLK, los narcisistas son casi un género en sí mismo. Está «El narcisista». Está «Perverso narcisista». Está «El descarte del narcisista». Está «Gaslighting», que convierte la manipulación en un número de cabaret. Y ahora llega este: otro más.

Es como si el catálogo mismo se riera de su obsesión. Otro narcisista. Sí. Porque hay muchos. Porque se repiten. Porque cuando aprendes a verlos, los ves por todas partes.

El guion que se repite

Los teatros de marionetas tienen un repertorio fijo. Caperucita, el gato con botas, los tres cerditos. Los titiriteros lo representan una y otra vez, domingo tras domingo, con las mismas frases y los mismos golpes de efecto. Los niños se lo saben de memoria. Y aun así, gritan cuando aparece el lobo.

Los narcisistas también tienen un repertorio. Es asombroso lo mucho que se parecen entre sí, aunque no se conozcan de nada. Primero el encanto: te idealizan, te halagan, te hacen sentir único. Después el desgaste: las críticas pequeñas, los silencios, la sensación de que nunca haces nada bien. Después el descarte: un día se van, o te echan, o te sustituyen por otra persona como quien cambia de chaqueta. Y a veces, la vuelta: reaparecen como si nada, con rosas.

El «another» del título es eso. Reconocer el guion. Saberse la función de memoria. Ver al lobo entrar en escena y, esta vez, no gritar. Levantarse del banco y marcharse antes de que acabe.

Cómo se corta un hilo

Y llegamos a la lección práctica del taller. Cómo se corta un hilo.

Ficha de la canción «Another Narcissist» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Lo primero es verlo. Parece obvio, pero es lo más difícil. Los hilos de las marionetas son finos, casi invisibles a la luz del escenario. Los de una relación tóxica, más todavía. Hay que salir del escenario, ponerse delante del retablo, a la distancia de un espectador, para verlos. Y eso es lo que hace la portada: te coloca fuera. Te obliga a mirar desde el patio de butacas. Mirar la portada desde fuera ya es empezar a cortar cuerdas.

Lo segundo es contarlos. Cada hilo es una dependencia. La necesidad de su aprobación. El miedo a su enfado. La costumbre de justificarle. Los amigos que dejaste de ver. El dinero compartido. La esperanza de que vuelva a ser como al principio. Contarlos uno a uno ayuda a entender que no es un solo hilo, sino muchos. Y que se pueden cortar de uno en uno.

Lo tercero es cortar. Y aquí el planeta ha escrito largo y tendido sobre el contacto cero, esa decisión radical de cortar toda comunicación con la persona que te hacía daño. Es la tijera más grande del taller. No siempre es posible, pero cuando lo es, suele ser la que funciona.

Y lo cuarto, lo más bonito: aprender a moverse sin hilos. Que al principio da vértigo. Porque una marioneta que ha vivido colgada no sabe andar sola. Se cae. Se tambalea. Pero poco a poco aprende. Y un día se da cuenta de que puede ir hacia donde quiera.

Hay un detalle técnico que los titiriteros conocen bien: cuando se corta un hilo, el muñeco no se queda quieto. La parte que colgaba de ese hilo cae. Si cortas el de la mano derecha, el brazo se desploma. Si cortas el de la cabeza, la cabeza se vence hacia delante. Durante un momento, la marioneta parece más rota que antes. Y eso asusta. Mucha gente vuelve a anudar el hilo en ese instante, porque la caída da más miedo que la cuerda. Pero la caída es solo el peso del cuerpo encontrando su sitio. Hay que dejar que el brazo caiga, que la cabeza se incline, que el muñeco toque el suelo. Desde el suelo se aprende a levantarse sin ayuda de nadie.

El titiritero sin cara

Una cosa más sobre la mano de la portada. No tiene cara. No tiene cuerpo. Es solo una mano.

Eso es muy deliberado. Porque los titiriteros de verdad se esconden detrás del retablo, vestidos de negro, para que el público no los vea. Y los narcisistas también se esconden. Detrás de una imagen pública impecable. Detrás de amigos que no saben nada. Detrás de un «yo nunca he dicho eso». La mano sin cara es el poder que no rinde cuentas.

Y cuando por fin ves la cara, cuando el titiritero sale de detrás del retablo, muchas veces te llevas una sorpresa. Es más pequeño de lo que pensabas. Más corriente. Más triste. Como cuando de niño ves al titiritero recoger sus muñecos al final de la función y te encuentras con un señor normal con un jersey de lana.

Esa es la última lección del taller: el que movía los hilos nunca fue tan grande como parecía.

El retablo del disco

La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK. Tiene un videoclip oficial de algo más de tres minutos.

En la lista numerada de singles de la web le hacen compañía dos vecinas muy distintas. Antes va «Fly Away», que es justo lo que quiere hacer una marioneta cuando le cortan los hilos: salir volando. Después va «Carla Bruni», que cambia el teatro de títeres por una postal en sepia con piano.

Y si te quedas con ganas de más funciones de este repertorio, el catálogo tiene todas las que hemos citado: el narcisista, el perverso, el descarte, el gaslighting. Una temporada completa de teatro de marionetas, con sus lobos y sus caperucitas.

Ficha del taller

La letra de «Another Narcissist» es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que escribe sus letras sin IA. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno. En la sección de prensa está todo explicado.

Se escucha en Spotify y en el resto de plataformas, y se descarga gratis desde la web. Cuando se publique la letra, este taller tendrá más material con el que trabajar.

Fin de la función

En los teatros de títeres, al final de la función, los muñecos salen a saludar. Se asoman por encima del retablo, inclinan la cabeza, y los niños aplauden. Y luego, por un segundo, se ve la mano del titiritero levantando la cortinilla.

Es el momento en que la magia se rompe. Y a los niños no les importa. Han visto la función, se han reído, han gritado al lobo. Y ahora saben que había alguien detrás.

Esta canción es ese momento. El de la cortinilla que se levanta. El de la mano que se ve.

Si en tu vida ha habido alguien que te hacía bailar con hilos invisibles, esta va para ti. Y si el títere fuiste tú, también. Porque mirar la portada ya es ver los hilos. Y ver los hilos es el primer paso para cortarlos.

Otro narcisista. Otro más. Pero esta vez, con las tijeras en la mano.

Preguntas frecuentes

¿Está publicada la letra de «Another Narcissist»?

Todavía no: en gayfolkplanet.com/letras figura como «próximamente». Este texto no cita versos; habla de la portada, del título y del lugar de la canción en el catálogo.

¿Qué se ve en la portada?

Una mano grande que sujeta la cruceta de un títere. De ella cuelgan los hilos que bajan hasta un chico con traje rosa, despatarrado en un trono, con rosas rojas a los lados, suelo de ajedrez y un sol pálido detrás.

¿Hay más canciones sobre narcisismo en el catálogo?

Sí. Entre otras, «El narcisista», «Perverso narcisista», «El descarte del narcisista» y «Gaslighting». El «another» del título suena precisamente a eso: otro más.

¿Quién hace la canción?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Las letras son suyas y están escritas sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

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