Cultura
El armario del Planeta Gayfolk: bañadores de marca, tacones y trajes de SHEIN en las letras de Mike Sain't Louis
Por Mike Sain't Louis ·

En el lenguaje queer, el armario es el sitio del que se sale. Se sale una vez, y luego otra, y luego muchas más, porque cada trabajo nuevo, cada vecino nuevo y cada cena familiar pide una pequeña salida. Es una palabra cargada. Durante décadas fue escondite, encierro y miedo.
Este texto habla del otro armario. El de madera, con puertas que no cierran bien y perchas que se enganchan unas con otras. El de la ropa. Porque las letras de Mike Sain't Louis, además de salir del armario sin pedir permiso, tienen uno lleno. Hay bañadores de marca, tacones altos y tacones rotos, trajes que se juran de Zara y vienen de SHEIN, un vestido de mercadillo, un short transparente, glitter en la cara y un abanico. Cada prenda cuenta algo. Algunas cuentan una historia de amor. Otras, un robo.
En la primera percha, la más llamativa, cuelga una canción del primer álbum: «Si Don AussieBum hablase».
La primera percha: unos bañadores que se fueron con otro
Hay rupturas que se recuerdan por una frase. Otras, por una canción. En el planeta, una se recuerda por unos bañadores.
La historia empieza en otra canción del mismo disco, «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», un texto largo y hablado, casi una carta, en el que la voz de la letra hace inventario de lo que dejó un ex al marcharse. Y entre selfis recortados y mentiras sobre la edad aparece la prenda del delito: los bañadores de marca, usados, dice la letra, «para lucir paquete en bañador de slip en la playa nudista».
El título ya lo dice todo. No se llevó el corazón, ni la dignidad, ni los mejores años. Se llevó los bañadores. Y es justo eso lo que hace reír y doler a la vez. En una ruptura, lo grande cuesta nombrarlo. Lo pequeño, en cambio, se queda clavado. Ese bañador que ya no está en el cajón es la prueba física de que la otra persona se fue, y de que, además, se fue con algo tuyo puesto.
Don AussieBum, testigo de cargo
«Si Don AussieBum hablase» retoma la historia y la lleva más lejos. Ahora el bañador tiene nombre de señor, tratamiento de respeto y, sobre todo, memoria.
La letra empieza con el mismo agravio: «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca». Y enseguida aclara qué clase de ladrón es este: uno con criterio. «Los de Aliexpress / bien que los ha dejado / pero los AussieBum / aunque eran míos / no lo ha dudado / y me los ha mangado». El ex no roba cualquier cosa. Roba lo bueno. Y lo roba con una intención clara: usar los bañadores «como reclamo».
Mientras tanto, la protagonista de la canción está en otro sitio, haciendo otra cosa: «y yo mientras limpiando la casa / y cuidando de los animales». El contraste es de manual. Uno se pasea con bañador ajeno; la otra friega. Es la misma escena que se repite en muchas parejas desiguales, contada con una prenda de baño en el centro.
Y entonces llega el giro que da título a la canción. ¿Qué pasaría si el bañador pudiera hablar? La respuesta es una catástrofe social: «Si Don AussieBum hablase / estaríamos todos sin / maridos / parejas, / conocidos / familiares». La lista sigue, cada vez más larga y más absurda, hasta incluir a «la prima Carmen», a «el que va de santo en la iglesia» y a «el que es muy guapo / pero su mente / apesta».
Es un recurso muy del planeta: darle la palabra a un objeto para que diga lo que nadie se atreve a decir. El bañador lo ha visto todo, y si contara la mitad, no quedaría pareja en pie. La canción no necesita dar detalles. Basta con la amenaza.
Por qué un bañador
Podría haber sido un reloj, una chaqueta o un perfume. Pero es un bañador, y eso tiene sentido.

El bañador es la prenda del verano, de la playa y de la exhibición. En la cultura gay española tiene, además, una carga especial: es la ropa de las playas de Benidorm, de Maspalomas, de Sitges, de las calas donde el cuerpo se enseña y se mira. Un bañador de marca no es solo ropa. Es una forma de presentarse, de decir «aquí estoy» en un sitio donde todo el mundo se fija.
Por eso el robo duele por partida doble. El ex no se lleva una prenda cualquiera. Se lleva la herramienta con la que otro se mostraba al mundo, y la usa para mostrarse él. La letra lo dice con todas sus letras: los bañadores «sientan / muy bien para / promocionar / el paquete / y la parte trasera».
Hay también una lección de economía doméstica escondida. Los de Aliexpress se quedan. Los de marca se van. Cualquiera que haya compartido casa con alguien así lo entiende: hay personas que saben exactamente qué es lo valioso de los demás, y es lo primero que se llevan.
Trajes de Zara, trajes de SHEIN
El segundo álbum añade otra prenda al armario, y esta vez el asunto es la apariencia. La canción se llama «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara», y su estribillo es una declaración de honestidad textil: «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara / Los he comprado en SHEIN».
La gracia está en lo que se niega a hacer. Muchas personas, por vergüenza o por presumir, subirían un escalón la etiqueta. Dirían Zara aunque fuera SHEIN, o una marca italiana aunque fuera Zara. La protagonista de esta letra no. Dice la verdad sobre su ropa, y esa verdad funciona como un dardo contra el otro personaje de la canción, al que acusa de «presumir y mentir».
El verso que lo explica mejor llega más tarde: «No soy como tú que solo quieres aparentar». La canción enfrenta dos maneras de vestirse. Una, la del que necesita que todo parezca más caro de lo que es. Otra, la de quien se pone lo que tiene y no da explicaciones. En el planeta, la segunda gana siempre.
Hay que decir, de paso, que el personaje a quien se dirige la canción es inventado, como todos los nombres propios que aparecen en las letras. Lo que cuenta no es quién sea, sino lo que representa: el escaparate sin trastienda.
Los tacones: la prenda que más se repite
Si hubiera que elegir una sola prenda para representar el armario del planeta, serían los tacones. Aparecen en canciones de los tres discos, en español y en inglés, en momentos de gloria y de derrumbe.
En «Boys Like Us», del segundo álbum, los tacones son una forma de orgullo: «We wear our heels, stand tall», nos ponemos los tacones y nos plantamos bien altos. La canción cuenta la historia de dos chicos que se dan la mano «where no one sees», donde nadie mira, y los tacones son lo que les permite estar de pie frente a los murmullos.
En «Licenciada en derecho», del mismo disco, los tacones salen a la calle con un título universitario: «High heels on the pavement, mi estilo es pretty». Aquí el tacón es elegancia y es armadura. La protagonista camina por la ciudad, la miran, cuchichean, y ella contesta con el estribillo: «No me mires el pecho, que soy licenciada en derecho». Los libros de leyes van en el bolso, dice la letra, y el estilo nunca es descuidado.
En «Marica chill», los tacones bajan a la playa: «And I still wear heels pa' bajar a la playa». Es una de las imágenes más alegres del catálogo. Nadie baja a la arena en tacones por comodidad. Se baja así porque da la gana.
Tacones altos, ánimo bajo
Pero el tacón no siempre es fiesta. En «Dark Corners», del segundo álbum, la misma prenda sirve para disimular la tristeza: «My heels are high, mi mood is low», los tacones altos y el ánimo por los suelos. Y un poco después: «Tacones altos, alma sin voz».

Es una de las letras más honestas sobre algo que mucha gente queer conoce bien: brillar por fuera mientras por dentro no queda nada. La canción lo dice así: «En las calles brillo más / Pero por dentro no hay más gas». El tacón, aquí, es parte de un espectáculo que nadie sabe que es un espectáculo. «I fake a show they'll never know».
Ese contraste merece atención, porque el planeta no idealiza la ropa. Unos tacones pueden ser orgullo y pueden ser máscara. Lo que importa es quién los lleva y para qué.
En «Gaslighting», del segundo álbum, el tacón vuelve a ser liberación, pero después de una relación que anulaba: «Cada paso sobre este tacón / Es mi grito contra tu prisión». Cada paso cuenta. Cada taconazo en el suelo es una respuesta a quien quiso dejar a la otra persona sin pisar fuerte.
Tacones rotos
Y luego están los tacones rotos, que también tienen su canción.
En «La primera drag de Benidorm», del segundo álbum, la protagonista avanza en las peores condiciones: «Aquí me arrastro, / con tacones rotos, / escupiendo sueños / por cada semáforo». La falda arde, las uñas están quebradas, hay «rezos de plástico / y caricias prestadas». Es la cara menos glamurosa del drag: la de la noche que sale mal, el camerino sin luz, el regreso a casa con el maquillaje corrido. Y aun así, el final es un gesto de resistencia: «Aquí... / me desangro... / y bailo».
En «Aquí escupo», del mismo disco, la imagen se repite en una enumeración de lo que queda en el suelo: «mis tacones rotos». La canción no los tira. Los nombra, como se nombra una herida que todavía se lleva puesta.
Un tacón roto, en el planeta, no es el final de la noche. Es la prueba de que se ha bailado mucho.
Soy silencio con tacones
Entre todos los versos sobre zapatos, hay uno que se ha quedado en la memoria de quien escucha el catálogo con atención. Está en «Soy marica sideral», del segundo álbum: «Soy silencio con tacones, / soy marica sideral».
El verso es casi una paradoja. Los tacones hacen ruido. Se oyen en un pasillo, en una escalera, en un portal a las cinco de la mañana. Pero la canción habla de alguien que no necesita hacer ruido para estar: «Yo camino sin ruido, / y ahora brillo sin stress». Y un poco antes: «Don't confuse my light with noise, / yo no grito pa' brillar».
Es una manera muy precisa de describir una forma de presencia. Hay quien se hace notar gritando. Y hay quien se hace notar porque, sencillamente, no se esconde. El silencio con tacones es eso: una calma que no pide permiso y que, aun así, se oye.
La pluma
En la misma canción aparece otra prenda que no se cuelga en ninguna percha, pero que también se lleva puesta: la pluma. «Y si no sabes mirarme, / no es mi pluma el problema».

En el habla queer española, la pluma es la manera de moverse, de hablar, de gesticular, que se asocia con lo femenino en un cuerpo de hombre. Durante mucho tiempo fue motivo de burla, incluso dentro del propio colectivo, donde abundaban los anuncios de «discreto» y «sin pluma». El verso de «Soy marica sideral» le da la vuelta a eso: el problema no está en quien tiene pluma, sino en quien no sabe mirarla.
El segundo álbum tiene, además, una canción cuyo título es una orden: «Mueve las plumas». Su letra todavía no está publicada, así que aquí solo se puede leer el título. Pero el título ya es un programa entero.
Glitter, eyeliner y lágrimas de plástico
El maquillaje ocupa su propio cajón en este armario. En «Marica chill», el día empieza con los restos de la noche: «Hoy me levanté con glitter en la cara». Más adelante, la protagonista explica qué necesita para estar bien, y la lista es corta: «Me bastan mis perros y mi eyeliner green».
En «Dark Corners», en cambio, el glitter brilla por su ausencia: «No glitter tears, just quiet eyes». Sin lágrimas de purpurina, solo ojos callados. Es la misma purpurina vista desde el otro lado del espejo.
En «I Am Yurena», del tercer álbum, el brillo se vuelve artificial a propósito: «Glitter night, plastic tears, / Fake desires, empty cheers». Noche de purpurina, lágrimas de plástico, deseos falsos y aplausos vacíos. La canción, que lleva el nombre de una figura del pop español, usa el maquillaje para hablar de la fama y de lo que tiene de decorado.
El planeta conoce bien la purpurina. Sabe que se pega a todo, que aparece en la almohada tres días después de la fiesta y que no hay manera de quitarla del todo. Un poco como ciertos recuerdos.
El vestido de mercadillo y el short transparente
Si los bañadores de marca eran el lujo robado, en «Marica chill» está el lujo barato y orgulloso. La protagonista camina por la calle «like a diva en mi mercadillo dress», con un vestido de mercadillo. Y para completar el conjunto: «Con un abanico y mi short transparente».
No hay contradicción entre diva y mercadillo. Al contrario. Es una de las ideas más bonitas del armario del planeta: el glamour no depende de la etiqueta, sino de cómo se lleva. Un vestido de cinco euros, con la actitud adecuada, es alta costura. Y la canción lo remata con otro verso que podría ir bordado en cualquier camiseta: «Si soy ridículo, pues mejor / I'd rather that than be un señor».
La vecina, desde el balcón, opina. El frutero regala un mango. Y la protagonista, en lugar de esconderse, manda besitos y pone reguetón.
El abanico
El abanico es el complemento más folclórico del armario, y aparece en dos canciones con sentidos opuestos.
En «Marica chill» se lleva con orgullo, junto al short transparente. Es el abanico de la feria, de la terraza en agosto, del gesto teatral con el que se cierra una discusión.
En «Discutiendo con la IA», del tercer álbum, el abanico se guarda: «Sin abanicos y sin más lavatomías». Aquí no hay tiempo para teatro. La canción es una discusión sobre si usar inteligencia artificial es o no ser artista, y el abanico se cierra para hablar en serio. Que una canción del primer cantautor IA tenga ese verso no es casualidad: la discusión es real, y el planeta la tiene de frente, sin abanico de por medio.
La ropa robada
Volvamos un momento a los bañadores, porque el robo de ropa no es un caso aislado en el planeta. En «Doña Rogelia», del segundo álbum, el tema regresa en forma de alivio: «A ver qué haces ahora que no me puedes robar los trajes ni la ropa».

Es un verso que funciona casi como epílogo de «Si Don AussieBum hablase». Ya no hay acceso al armario. Las puertas se han cerrado. Lo que quedaba dentro, se queda dentro.
Hay algo muy concreto, y muy reconocible, en ese tipo de abuso cotidiano. No siempre se trata de grandes estafas. A veces es la camiseta que desaparece, la chaqueta prestada que nunca vuelve, el bañador que se va de vacaciones con otro. Pequeños robos que, sumados, dibujan a una persona. El planeta los apunta todos. Y los apunta con nombre de prenda, porque la ropa tiene una ventaja sobre las palabras: se puede señalar. Nadie puede discutir que un cajón está vacío. Nadie puede negar que un bañador que estaba ya no está. La ropa robada es la prueba más difícil de rebatir.
Lo que dice la ropa
Si se mira el armario completo, aparece un pequeño código de vestimenta que recorre las tres partes de la trilogía.
La ropa ajena no se toca. Quien roba bañadores, trajes o ropa queda retratado para siempre en una canción.
La etiqueta no se maquilla. Si los trajes son de SHEIN, se dice que son de SHEIN, y quien presume de lo que no tiene acaba siendo el personaje ridículo.
Los tacones se llevan como se quiera: para bajar a la playa, para ir al juzgado, para bailar, para esconder la pena o para pisar fuerte después de salir de una relación que hacía daño. Y si se rompen, se sigue bailando.
El glitter es bienvenido, aunque a veces sea de plástico.
Y la pluma no es el problema. Nunca.
Cómo pasear por este armario
Las canciones de este texto se pueden escuchar como una prueba de vestuario. Primero, los bañadores: «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca» y «Si Don AussieBum hablase», del primer álbum. Después, los trajes de «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara». Luego, los tacones en todas sus versiones: «Boys Like Us», «Licenciada en derecho», «Dark Corners», «Gaslighting», «La primera drag de Benidorm» y «Soy marica sideral». Y para terminar, el conjunto completo de «Marica chill», con glitter, eyeliner, vestido de mercadillo, short transparente y abanico.
Todas las letras publicadas están en el archivo de letras, por si se quiere leer cada etiqueta antes de probarse la prenda.
La última percha
Al cerrar el armario, conviene volver a la primera percha. «Si Don AussieBum hablase» es una canción sobre un robo, pero también es una canción sobre la memoria de los objetos. La ropa que se lleva puesta durante años acaba sabiendo cosas. Ha estado en playas, en camas, en fiestas y en despedidas. Si pudiera hablar, contaría lo que nadie cuenta.
El planeta, a su manera, la deja hablar. Y lo que dice, casi siempre, es que lo importante no es la marca, sino quién se atreve a llevarla.
Ficha
«Si Don AussieBum hablase» pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.
El armario se queda aquí, con las puertas entornadas y alguna percha enganchada. Cuando lleguen canciones nuevas, seguro que traen ropa.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Si Don AussieBum hablase»?
De unos bañadores de marca que un ex se lleva al irse de casa. La canción le da voz imaginaria al bañador, «Si Don AussieBum hablase», y convierte la prenda en el testigo de todo lo que el ex hizo con ella puesta.
¿Qué prenda aparece más en sus letras?
Los tacones. Salen en «Boys Like Us», «Licenciada en derecho», «Marica chill», «Dark Corners», «Soy marica sideral», «Gaslighting», «La primera drag de Benidorm» y «Aquí escupo», unas veces altos y otras rotos.
¿Qué significa «Soy silencio con tacones»?
Es un verso de «Soy marica sideral». Describe a alguien que no necesita hacer ruido para hacerse notar: camina tranquila, sin pedir permiso, y su presencia ya es la respuesta.
¿Hay canciones sobre la pluma?
Sí. «Soy marica sideral» lo dice claro: «no es mi pluma el problema». Y el segundo álbum tiene una canción titulada «Mueve las plumas».
¿En qué disco está «Si Don AussieBum hablase»?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK.