Letras
Atlas de bolsillo del Planeta Gayfolk: de Villaverde a El Médano sin salir de las letras
Por Mike Sain't Louis ·

Un hostal con el cartel de completo colgado en el telefonillo. Un parque de Móstoles con fuegos artificiales y borrachos que «estaban flow». Una nota que viaja cinco horas desde Albacete para acabar en el retrete. Una playa tan pequeña que no sale en las fotos de Benidorm. Y un pueblo costero de Tenerife que se ha convertido, a fuerza de repetirlo, en apellido de un villano.
Con eso ya se puede dibujar un mapa.
Las letras de Mike Sain't Louis tienen fama de hablar de narcisistas, de ex con defectos catalogados y de humor que muerde. Lo que se comenta menos es que casi todas pasan en algún sitio. No en «la ciudad» ni en «aquel lugar», que es como se escriben las canciones que quieren gustar en todas partes y no se quedan en ninguna. Pasan en Villaverde. En Chueca. En los Cien Montaditos. En la Playa del Mal Pas. Hay un GPS escondido en la trilogía GAYFOLK, y este atlas intenta sacarlo a la luz sin inventarse ni una calle: todo lo que viene a continuación sale de las letras publicadas en el archivo de letras y de las fichas de las canciones.
Un aviso antes de abrir el mapa. Los nombres de personas que aparecen en las letras son personajes. El planeta tiene su propia población, y aquí se la trata como se trata a los vecinos de una novela: se les conoce por lo que hacen en la página.
Kilómetro cero: Madrid con el puntillo
Madrid es la casa. La página de Madrid en el planeta lo cuenta sin rodeos: aquí vive y produce Mike, y de aquí sale la discografía entera. Pero lo interesante es cómo entra Madrid en las letras, porque nunca entra por la puerta grande. No hay Puerta de Alcalá ni atardecer en el Templo de Debod. Hay una cervecería de cadena y un hostal de los que se buscan con prisa.
En «El anillo de casado» la ciudad aparece así, a la altura de la barra:
«Nos tomamos CINCO jarras en los cien montaditos»
Las mayúsculas son del original, y tienen su gracia: el número importa. No son unas cañas. Son cinco jarras, y eso ya coloca la escena a una hora concreta y con una cara concreta, esa cara de quien está «contentillo» y «con el puntillo». Luego la letra sale a la calle y deja la frase que mejor resume el Madrid del planeta:
«Y nosotros por Madrid de discretos buscando hostales que no tengan colgado en el telefonillo el cartel de / completos»
Es una geografía de la clandestinidad. El hombre del anillo se ha casado por la iglesia con «cuatrocientos invitados», y los otros dos recorren la ciudad buscando una habitación libre. Madrid aquí no es la capital del Orgullo con carrozas en la Castellana. Es una sucesión de portales con telefonillo, uno detrás de otro, todos llenos. La ciudad más grande del país convertida en un pasillo de hostales sin sitio.
Ahí está la primera regla del atlas: los lugares de Mike no se describen, se usan. Nadie se para a contar cómo es la fachada. Se cuenta lo que pasó en la puerta.
Madrid vuelve en «Un invitado VIP cortando cebolla», pero de otra manera. Aquí la ciudad es el escenario del ridículo público, el sitio donde todo el mundo te puede ver:
«Y si me ven otra vez llorando por las calles de Madrid»
Es una línea pequeña y tiene algo de vecindario. Madrid tiene más de tres millones de habitantes y aun así la letra da por hecho que alguien te va a reconocer llorando. Así funciona el Madrid de barrio: anónimo para todo salvo para lo que te da vergüenza.
Hay más Madrid escondido. En «Un puñetazo al día» la ciudad acoge un funeral sin muerto, una noche en «ese antro por el que parece que no pasó el tiempo, y donde siempre hay gente», con una corona de flores en el maletero del coche para enterrar simbólicamente a un exmarido. En «3 años de garantía» Madrid es casi una firma al pie de un documento: «Y de Madrid lo firma». Y en «La música me está salvando» hay un barrio que suena a otra cosa: «rezar de rodillas en Madrid El Rosario». El Rosario como sitio y como rezo a la vez. Ese doble sentido es muy de la casa.
Chueca, o el miedo de la primera vez
Si Madrid es el kilómetro cero, Chueca es la primera parada con nervios. El barrio sale en dos canciones del primer álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y en las dos con una temperatura distinta.

En «La despedida», que es una carta de amor a Camela escrita en mayúsculas, aparece la frase que cualquiera que haya bajado del metro en Chueca por primera vez reconoce en el estómago:
«CAMELA, LA PRIMERA VEZ QUE FUI YO SOLO CON MIEDO A / CHUECA PENSANDO QUE ME IBAN A PEGAR»
No hay que añadir mucho. El barrio que hoy sale en las guías como el centro de la fiesta aparece aquí como el lugar al que se llegaba con miedo, y además con la música de un grupo de tecno-rumba en los cascos. Dos mundos que nadie juntaría en un folleto turístico: Chueca y Camela. Mike los junta en un solo verso y de repente tiene sentido. Así se iba a Chueca: con lo que uno tenía puesto.
Luego, en «La dieta del cucurrucho», Chueca es otra cosa. Es el sitio donde se ve a los famosos de lejos: «Hola Paco León / Soy Miguel Ángel de León / Te vi varias veces en Chueca / que pena tener pareja». Del miedo a que te peguen al flirteo imposible con un actor. El mismo barrio, dos canciones, y en medio la vida entera de alguien que pasó de esconderse a hacerse el encontradizo. Más adelante la letra hasta lo convierte en destino de vuelo, «Destino Chueca», como si fuera una puerta de embarque.
Villaverde y la psicóloga del barrio
Al sur de Madrid el mapa cambia de tono. Villaverde aparece dos veces y las dos con retintín.
En «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara», el distrito se convierte en cargo laboral:
«Sí, se lo digo a usted Andrés, coordinador de saldo de Villaverde»
Es una de las líneas más citadas del planeta y se entiende por qué. «Coordinador» suena a despacho, «de saldo» lo hunde en el mercadillo, y «de Villaverde» lo planta en un sitio con nombre y código postal. El insulto funciona por acumulación de geografía. Andrés es un personaje, conviene repetirlo, pero el barrio es real, y el barrio es el que le da el golpe.
En «Usted es un puto narci psico encubierto» Villaverde vuelve con otra cara: «con la mejor psicóloga de Villaverde». Aquí el distrito ya no sirve para rebajar a nadie. Sirve para presumir de algo que en el planeta tiene mucho valor: tener una buena psicóloga cerca de casa. Mike tiene esa costumbre de dar la vuelta a un sitio de una canción a otra. El mismo barrio que pone en evidencia a un narcisista es el que cura al que lo sufrió.
Móstoles en una sola frase sin respirar
Hay una canción que es, literalmente, un mapa. Se llama «Los fuegos artificiales de Móstoles» y está en el primer álbum. Su letra no tiene estribillo de radio. Es una enumeración de lugares y nombres que suena a álbum de fotos de adolescencia leído de corrido:
«Las montañitas, el bunque, / el local, la clase de gimnasia, / la casa de isa, el chalet de estela»
Ningún forastero sabe qué son «las montañitas» o «el bunque». Y da igual. La canción no está escrita para que la entienda el forastero. Está escrita como se habla con alguien que estuvo allí, con los nombres sin explicar, como en una conversación en la que nadie pide el contexto porque todos lo traen puesto. Luego vienen las fiestas del barrio, el viejo bosque de moreras al que nunca hay que acercarse, la borrachera viendo los fuegos artificiales y los borrachos del parque, y las noches en el trastero.
Es la canción más local de la trilogía y, por eso, la más universal en un sentido raro. Todo el mundo tuvo un bunque. Todo el mundo tuvo una casa de Isa. Lo que cambia es el nombre.
Móstoles vuelve, además, en la ficha de «El calcetín», que avisa de que el vídeo está «Grabado en Móstoles, con toda la ironía y el arte marica que lo empezó todo». Así que en el atlas del planeta Móstoles tiene un doble papel: es el barrio de la memoria y es plató.
La nota del retrete: Albacete
Ahora hay que salir de la Comunidad de Madrid. La primera parada fuera es Albacete, y llega con la letra más bruta y más divertida del mapa, «Mi novio de Albacete».

La canción empieza como un retrato de pareja de revista, «Éramos la pareja gay del año / Tú tan cachas, yo tatuado», y en cuanto llega el estribillo se viene abajo con una precisión de horario de autobús:
«Has viajado cinco horas para dejar una nota / ¡Que ha acabado en el retrete!»
Cinco horas. Es el dato que hace reír, porque convierte el abandono en una logística absurda. Hay quien deja a alguien por WhatsApp. Este novio se hace cinco horas de carretera para dejar un papel, y el papel acaba donde acaba. El viaje largo para el gesto mínimo.
Albacete en esta canción no es la ciudad de la feria ni de las navajas. Es el origen de un personaje. Y el estribillo final lo convierte en aviso para navegantes: «Ten cuidado con el novio de Albacete». Una ciudad entera reducida, con cariño de broma, a la etiqueta de un ex. Es injusto y es muy gracioso, que es como suelen ser los motes de barrio.
Benidorm: la playa pequeña y la grande
Pocas ciudades están tan presentes en el planeta como Benidorm. Y en ninguna se nota tanto el cambio de registro de Mike, del chiste a la frase limpia, porque Benidorm aparece en las dos orillas.
En la orilla del chiste está la amenaza de «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara»: «Y más te vale no pisar Benidorm». Benidorm como territorio propio, como ese barrio del que uno expulsa al enemigo. Y está la victoria de «El día de la liberación», la canción que da nombre al tercer álbum:
«Yo feliz en Benidorm / Y tú desesperado por conseguir / Otra fuente narci de alimentación»
Es la postal de la liberación: tú en Benidorm, el otro buscando a quién chupar la energía. Mike lo remata con «¡Y tú solito! / ¡Que bonito!», y el mapa se llena de sol.
En la orilla seria está «La Playa del Mal Pas». Es una de las letras más sobrias de la trilogía, casi sin rima, escrita como una página de diario. Empieza ubicando la playa con exactitud de cartógrafo:
«Una playa pequeña, escondida entre el puerto y el casco antiguo, donde crecí sin darme cuenta.»
Quien conozca Benidorm sabe que la ciudad tiene dos playas enormes que salen en todas las fotos. Esta no es ninguna de las dos. Es la pequeña, la del medio, la que queda a la sombra del casco antiguo. Que la letra elija esa es una declaración. La memoria no vive en la playa de la postal: vive en la del rincón.
Y luego llega la frase que no admite chiste: «A los 40 años uno entiende que la mitad de su vida fue mentira y la otra mitad soledad». El mismo Benidorm que en otras canciones es fiesta y revancha aquí es el sitio donde se descubrió el narcisismo. La playa no cambió. Cambió quien la mira. La letra lo cierra con tres frases cortas, «Hoy la miro desde lejos. / Sigue siendo la misma, aunque yo ya no lo sea. / Y eso, quizás, también es amor», y sería un crimen añadir algo.
Así que Benidorm tiene, en el atlas, dos coordenadas: la de la venganza feliz y la del refugio que duele. Y luego está la ruta entre las dos ciudades del corazón, «Madrid to Benidorm», el tema de carretera del planeta, con su «Let's dance under the rainbow, Madrid to Benidorm» y su «From Benidorm, with love we shout». Si alguna vez se dibuja un mapa oficial del planeta, esa autopista debería ir en rosa. Se puede escuchar en Spotify con las ventanillas bajadas, que es como se escucha una canción con nombre de carretera.
El Médano, o cómo un pueblo se vuelve apellido
Y ahora, el lugar más repetido del atlas. No es Madrid. Es un pueblo de la costa sur de Tenerife que en el planeta ha dejado de ser un sitio para convertirse en un apellido: El Médano.

Aparece en «Carta de recomendación», en «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara», en «Karma» y su versión alternativa, en «Un puñetazo al día», en «Escupiré sobre tu tumba», en «Ese Pinocho nunca me comía el chocho» y en «En un musical gay». Siempre pegado al mismo personaje, el ex. La fórmula se repite con variaciones de orfebre: «marrano de El Médano», «Un besiño, marrano de El Médano», «Un moreno bajito con barba de el ¡Médano!».
En «Carta de recomendación» el pueblo sale con un detalle que hace reír porque suena a parte meteorológico de bar: el personaje «le da mucho al alpiste allí en El Médano». Y en «En un musical gay» El Médano se grita, con exclamación y todo, como un número de revista: «¡El Médano!», varias veces, como si el coro del musical fuera una multitud señalando al culpable.
¿Por qué funciona tanto? Porque un nombre de lugar repetido acaba haciendo el trabajo de un insulto sin necesidad de decir palabrotas. Al final basta con decir «de El Médano» para que el oyente del planeta sepa a quién se refiere. Es lo que en los pueblos se llama un mote: alguien deja de ser Fulano para ser «el de la farmacia». Aquí, el de El Médano. Es la técnica más vieja del barrio aplicada a la canción.
Conviene decir algo que la propia trilogía deja claro en otra parte: el pueblo no tiene la culpa. El Médano, el real, es un sitio de viento y kitesurf, de playa larga y arena clara. En las letras funciona como el apellido de un personaje y nada más. Igual que nadie piensa mal de Albacete por el novio que dejó la nota.
Canarias, además, ocupa un sitio grande en el universo. La página de Canarias en el planeta la llama «una de sus coordenadas madre», con sirenas, volcanes y bailes bajo la luz naranja del sur. En las letras, sin embargo, las islas entran sobre todo por la puerta de atrás: por el gentilicio. «Bastardo canario» en «Carta de recomendación», «Normal, eres canario» en «No quiero otro novio cojín», el gofio que se atraganta. Canarias en las letras de Mike es el lugar del amor y, por eso mismo, el lugar del ex. Ninguna isla sale indemne de un desamor largo.
Barcelona, París y otras ciudades de paso
El atlas tiene también una sección internacional, o casi.
Barcelona tiene canción propia, con estribillo bilingüe y aire de verbena de madrugada: «Barcelona, Barcelona, tú y yo, Barcelona», mezclado con «Late night, city lights, Barcelona's glow». Es la ciudad de una noche, de las luces y de alguien al lado. No hay calle concreta, y eso dice algo: Barcelona es en el planeta la ciudad que se visita, no la que se vive. El Madrid de las letras tiene telefonillos; la Barcelona de las letras tiene neones.
París aparece en «París restera gris», y aparece por ausencia. La ficha de la canción explica que trata del final de una relación gay de muchos años y de una escapada a París que se planeó mil veces y nunca se hizo. Es la única ciudad del atlas que nunca se pisó. Un punto en el mapa marcado con chincheta y sin billete. En el álbum anterior, «Louvre» tampoco necesita ir a Francia: la ficha avisa de que «No está grabado en París, pero lo parece».
Luego hay ciudades que se cuelan en una sola línea, como quien saluda desde la ventanilla. Miami, en «Licenciada en derecho»: «From Madrid to Miami, style's never sloppy». Sevilla, en «En grupo mienten, explotan siempre», con una escena de sobremesa que cualquiera querría presenciar: «hablando con las lesbianas de Sevilla». Ni una palabra más sobre Sevilla en toda la canción. No hace falta.
Cómo se lee este mapa
Si se pone todo junto, el atlas del planeta tiene una forma muy reconocible. Hay un centro, Madrid, donde se vive y se esconde uno. Hay un sur metropolitano, Villaverde y Móstoles, donde está la memoria del barrio y la gente con cargo de saldo. Hay una carretera hacia el Mediterráneo que acaba en Benidorm, donde se celebra y donde se recuerda. Hay una isla atlántica que funciona como apellido del villano. Y hay unas cuantas ciudades soñadas o de paso que sirven de fondo de neón.

Lo que no hay es paisaje gratuito. Ninguna letra se para a describir un sitio por bonito. Los lugares entran porque alguien hizo algo en ellos: buscó un hostal, dejó una nota, se emborrachó viendo fuegos, lloró en la calle, se fue a tomar el sol mientras el otro buscaba suministro. Es una geografía de los hechos. Si un sitio no tiene una anécdota, no está.
Eso tiene una consecuencia práctica para quien escucha. Cuando una letra de Mike dice «Villaverde» o «El Médano», no está decorando. Está dando una pista. El nombre del lugar suele ser la mitad del chiste o la mitad de la herida, y a veces las dos. Escuchar el planeta con un mapa en la cabeza cambia la experiencia: de repente se oye la distancia entre Madrid y Albacete en el «cinco horas», o el salto de clase social entre un «coordinador» y un «saldo».
También hay algo del folclore de siempre en esa costumbre. Las coplas y las rumbas de toda la vida estaban llenas de sitios, de Triana, del puerto, de la calle de tal. La canción popular española siempre ha sabido que un nombre de lugar vale por una estrofa entera. El proyecto se llama GAYFOLK por algo: es folclore, solo que el puerto ahora es el de Benidorm visto desde una playa pequeña, y la calle es la de los Cien Montaditos.
Lo que falta en el mapa
Un atlas honesto tiene que decir también lo que no está. En las letras publicadas de la trilogía no hay casi monumentos. No hay museos de verdad, salvo un Louvre que no se pisa. No hay Gran Vía en luces, ni Retiro con barcas, ni Sagrada Familia. Lo más parecido a una postal es la palabra «Barcelona» repetida en un estribillo.
Esa ausencia es una elección de mirada. Las letras eligen el portal, el parque, el trastero, la playa del rincón. Eligen lo que solo conoce quien vive allí o quien sufrió allí. Es lo contrario de una guía de viajes, y por eso se parece tanto a la vida.
Falta, además, la mayor parte de España. Quien busque su ciudad en el planeta puede no encontrarla, y es posible que sea una suerte: en este atlas, salir en una letra suele significar que alguien de tu ciudad la ha liado. El novio de Albacete lo sabe bien.
Una última cosa. El mapa se ha hecho solo con letras ya publicadas y fichas oficiales, sin añadir anécdotas que no estén escritas. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Para los datos de cada álbum y cada lanzamiento, la referencia es la sala de prensa.
Y si alguien quiere comprobar una coordenada, el método es fácil: abrir la letra, buscar el sitio y leer lo que pasó allí. Siempre pasó algo. En el Planeta Gayfolk ningún lugar sale gratis.
Preguntas frecuentes
¿Qué lugares reales aparecen en las letras de Mike Sain't Louis?
Entre otros, Madrid y Chueca, Villaverde, Móstoles, Albacete, Benidorm y la Playa del Mal Pas, El Médano, Barcelona y Sevilla. Casi siempre aparecen ligados a una persona o a un recuerdo concreto, no como postal.
¿Hay una canción dedicada a la Playa del Mal Pas?
Sí: «La Playa del Mal Pas», del álbum «El día de la liberación». La letra la describe como un refugio secreto en Benidorm, una playa pequeña entre el puerto y el casco antiguo.
¿Por qué sale tanto El Médano?
Porque es el lugar de origen del personaje del ex que atraviesa varias canciones, «el marrano de El Médano». Los nombres y las personas de las letras son personajes de ficción.
¿Quién escribe estas letras?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Las letras son suyas y están escritas sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Dónde puedo leer las letras completas?
En el archivo de letras de gayfolkplanet.com, en /letras, donde están publicadas las letras disponibles de la trilogía GAYFOLK.