Planeta Gayfolk

Cultura LGTBI

Un titular que nadie adivinó: el Berlín queer de Magnus Hirschfeld, del Eldorado al triángulo rosa, leído con las letras del Planeta Gayfolk

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Portada de «The Great Depression», canción de Mike Sain't Louis

En «The Great Depression», la canción en inglés de «El día de la liberación», hay un verso que podría servir de epígrafe a toda la historia queer del siglo XX:

And that was the first crash: wanting this.

Y ese fue el primer crac: desear esto. La canción transcurre en la crisis de 1929 y cuenta un amor entre dos hombres que, en aquel tiempo, no tenía sitio en ninguna página impresa. El hundimiento de la bolsa es el segundo golpe; el primero fue darse cuenta de lo que uno quería. Al otro lado del Atlántico, en esos mismos años, había una ciudad donde ese amor sí salía en los periódicos, en las revistas, en el cine y en los carteles de los clubes. Esa ciudad era Berlín. Y la crisis que en la canción hunde los bancos fue también la que acabó, en Alemania, con aquel paréntesis de libertad.

Este texto cuenta cómo Berlín se convirtió en la capital queer de Europa entre 1919 y 1933, cómo lo perdió en unas semanas y cuánto tardó en recuperarlo, y lo lee con algunas letras del Planeta Gayfolk que hablan, desde Madrid y cien años después, de lo mismo: de poder querer sin esconderse.

Un artículo con número

Para entender aquel Berlín hay que empezar por una ley. En 1871, al unificarse Alemania, el nuevo código penal incluyó un artículo, el Párrafo 175, que castigaba con cárcel las relaciones sexuales entre hombres. Las mujeres no aparecían en el texto, lo que no significa que fueran libres: simplemente, la ley ni se planteaba que existieran.

Durante más de un siglo, ese número se convirtió en una especie de apodo. En alemán, a los gais se les llegó a llamar con ironía «los del 175». Un artículo del código penal como nombre propio: pocas cosas resumen mejor lo que significa vivir bajo una ley que te persigue.

El médico que firmó una petición

Magnus Hirschfeld era un médico judío nacido en 1868 en Kolberg, en la costa del Báltico. En 1897 cofundó en Berlín el Comité Científico-Humanitario, que hoy se considera la primera organización del mundo creada para defender los derechos de los homosexuales. Su objetivo principal era muy concreto: derogar el Párrafo 175.

Para conseguirlo recogió firmas de médicos, escritores y científicos, organizó conferencias y publicó estudios. Su argumento era que la homosexualidad no era un vicio ni un crimen, sino una variante natural de la sexualidad humana. Hoy algunas de sus teorías nos parecen anticuadas, pero en su época eran de una audacia enorme. La derogación no llegó entonces. Lo que sí llegó fue una conversación pública que antes no existía.

Palabras nuevas para gente nueva

Hirschfeld no solo hizo campaña. También inventó vocabulario. En 1910 publicó un libro titulado «Die Transvestiten», en el que describía a personas que se sentían cómodas con la ropa y el papel del otro sexo, y con él se popularizó la palabra «travestido». Hablaba además de los «estados intermedios» sexuales, una teoría según la cual entre el hombre y la mujer de los manuales había una gama enorme de posibilidades.

Hoy esa teoría se ha superado, y algunas de sus clasificaciones resultan torpes. Pero la intuición de fondo sigue en pie: las personas no caben en dos cajones. Nombrar algo es el primer paso para que deje de ser un secreto, y Hirschfeld se pasó la vida poniendo nombres a lo que su sociedad prefería no ver. Es lo mismo que hacen, a su escala, muchas letras del planeta cuando sacan del insulto palabras como loca o pluma y las devuelven en forma de orgullo.

El Instituto de la Tiergarten

En 1919, tras la Primera Guerra Mundial y la caída del imperio, Hirschfeld abrió en Berlín el Instituto de Sexología, en una casa junto al parque del Tiergarten. Era a la vez centro de investigación, consulta médica, servicio de orientación, biblioteca y archivo. Por allí pasaban científicos de medio mundo, pero también personas que buscaban ayuda porque no sabían qué les pasaba o porque la policía las acosaba.

Fotogramas del videoclip oficial de «The Great Depression», de Mike Sain't Louis

El Instituto fue además uno de los primeros lugares donde se acompañó a personas trans, con certificados que les permitían vestir según su identidad sin ser detenidas y, a comienzos de los años treinta, con algunas de las primeras operaciones de afirmación de género documentadas. Era, en el sentido más literal, una casa de refugio con bata blanca.

Diferente a los demás

Ese mismo año de 1919, Hirschfeld colaboró con el director Richard Oswald en una película que hoy se considera pionera: «Anders als die Andern», diferente a los demás. Conrad Veidt, que años después sería el villano de «Casablanca», interpretaba a un violinista chantajeado por su homosexualidad bajo la amenaza del Párrafo 175. El propio Hirschfeld aparecía en pantalla, como él mismo, para explicar al público que aquello no era una enfermedad.

La película fue prohibida poco después y la mayoría de las copias se destruyeron. Lo que se conserva hoy es una reconstrucción a partir de fragmentos. Es un patrón que se repetirá en esta historia: casi todo lo que aquel Berlín produjo fue quemado, censurado o escondido, y lo que sabemos lo sabemos por pedazos.

Los bares, las revistas, las pistas

Mientras tanto, la noche de Berlín se llenó de locales para todos los gustos. El más famoso fue el Eldorado, conocido por sus espectáculos de travestismo y por un público que mezclaba gais, lesbianas, artistas, turistas curiosos y gente de la alta sociedad que iba a mirar. Cerró en 1932, y el edificio acabó ocupado por las SA, la milicia nazi. No hay imagen más clara del cambio de época.

Pero la escena no era solo de hombres. Desde agosto de 1924 hasta marzo de 1933 se publicó «Die Freundin», la amiga, una revista dirigida a mujeres lesbianas. Tenía relatos, artículos políticos, agenda de bailes y anuncios de contactos. Estaba vinculada a una asociación por los derechos humanos y a clubes de mujeres que organizaban sus propias fiestas. Para muchas lectoras de pueblos pequeños, aquella revista fue la primera prueba de que no estaban solas.

La amiga

El título de aquella revista merece una pausa. «Die Freundin» significa la amiga, y la palabra no era casual. Durante siglos, amiga y amigo han sido los nombres en clave del amor que no se podía nombrar. Dos mujeres que vivían juntas eran amigas. Dos hombres que viajaban juntos eran amigos. La palabra servía de escudo y, a la vez, de guiño para quien sabía leerla.

La canción del planeta también conoce ese juego. En una de sus estrofas, el narrador lamenta que la palabra amigo nunca bastó para nombrar lo que había entre los dos. Es la misma tensión que atraviesa la cabecera de «Die Freundin»: una palabra amable que oculta y revela a la vez. Las lectoras de Berlín compraban una revista llamada la amiga sabiendo perfectamente que no hablaba de amistad.

Hoy esa ambigüedad puede parecer un recurso del pasado, pero sigue viva en muchas familias donde la pareja del hijo o de la hija se presenta todavía como un amigo que viene a cenar. Por eso la historia de aquella revista no pertenece solo a la arqueología. Es un espejo para cualquiera que haya tenido que elegir con cuidado una palabra.

La pista como refugio, un siglo después

Hay algo muy reconocible en esa noche berlinesa para cualquiera que haya salido por Chueca, por Benidorm o por cualquier pista del mundo. El club como sitio donde ensayar la persona que uno quiere ser. En el planeta hay una canción que retrata esa libertad en su versión de hoy, despreocupada y sin dramas: «Marica chill». Su protagonista pasea por el mercadillo como una diva, habla en spanglish y se ríe de quien lo juzgue:

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «Men held their hats like they held their pride,» de «The Great Depression»

Que me llamen loca, that’s my brand

Y en mitad de la noche, sin plan, sin cita y sin aplicaciones, ocurre esto:

Acabé bailando con un chulo alemán

Es un verso pequeño, casi una anécdota. Pero leído junto a la historia de Berlín tiene otra profundidad. Hace cien años, un baile así en el Eldorado podía terminar en una redada. Hoy es solo una noche divertida que se cuenta en una canción. Lo que en 1930 era un riesgo, en esta letra es un chiste. Esa distancia es exactamente lo que se ganó con décadas de lucha.

Un inglés en Berlín

En 1929 llegó a Berlín un joven escritor inglés llamado Christopher Isherwood. Iba buscando, entre otras cosas, la libertad que en su país no tenía. Vivió allí hasta 1933 y convirtió aquellos años en relatos que se publicaron en 1939 como «Goodbye to Berlin», adiós a Berlín. De ese libro salieron una obra de teatro y, más tarde, el musical «Cabaret» y la película de Bob Fosse.

Gracias a «Cabaret», casi todo el mundo tiene una imagen del Berlín de Weimar: el humo, las medias, el maestro de ceremonias, la canción que anuncia que el mañana pertenece a otros. Lo que la película solo insinuaba es que buena parte de aquella libertad era queer, y que el propio narrador, en la vida real, era un hombre gay que había ido allí precisamente por eso.

Octubre como un gin barato

La canción del planeta arranca en octubre de 1929, con el crac de la bolsa de Nueva York. Ese desplome no se quedó en América. Alemania dependía de los préstamos estadounidenses y la crisis la golpeó con una fuerza brutal: millones de parados, bancos cerrados, hambre. En ese caldo creció el partido nazi, que pasó de ser un grupo marginal a ganar elecciones.

Por eso «The Great Depression», aunque transcurre en Estados Unidos, se puede leer también en clave berlinesa. Es la historia de un amor que vive en una habitación alquilada mientras fuera todo se hunde. Y tiene un verso que describe con precisión el paso de la libertad a la persecución:

That love was there—then illegal need.

El amor estaba ahí, y luego fue una necesidad ilegal. En Berlín ese «luego» tuvo fecha: enero de 1933, cuando Hitler llegó a la cancillería.

Hay otro detalle de la letra que encaja con aquella ciudad. En la primera estrofa, mientras la multitud se agita frente a las noticias, uno de los dos hombres agarra al otro de la muñeca:

You held my wrist when the crowd surged wide.

Un gesto mínimo, invisible para quien no mire, en medio de una masa nerviosa. Así sobrevivió buena parte de la vida queer en tiempos de persecución: a base de gestos que solo entendía la persona a la que iban dirigidos. Una mano en la muñeca, una mirada en el tranvía, una palabra en clave en una revista.

Seis de mayo

El 6 de mayo de 1933, un grupo de estudiantes afines al nazismo entró en el Instituto de Sexología. Después llegaron miembros de las SA. Se llevaron libros, documentos, fotografías y fichas de pacientes, y cerraron el edificio. Cuatro días más tarde, el 10 de mayo, parte de ese material ardió en la gran quema de libros de la plaza de la Ópera de Berlín, la imagen que hoy se usa en los libros de historia para ilustrar el comienzo de la barbarie.

Hirschfeld no estaba en Alemania. Se encontraba de viaje fuera del país y ya nunca volvió. Murió en Niza, en el exilio, en 1935. Gran parte de su archivo se perdió para siempre, y los investigadores de la fundación que lleva su nombre siguen hoy rastreando, pieza a pieza, dónde acabaron los objetos saqueados.

Un triángulo cosido en el pecho

En 1935 el régimen nazi endureció el Párrafo 175: amplió los actos castigados y aumentó las penas. Las detenciones se multiplicaron. Muchas causas empezaban con una denuncia: un vecino, un compañero de trabajo, un conocido resentido. La persecución necesitaba ojos en cada escalera.

Collage con un detalle de la carátula de «The Great Depression» y las carátulas de «Marica chill», «El día de la liberación», «La Vecina Cotilla»

El Museo del Holocausto de Estados Unidos calcula que entre 5.000 y 15.000 hombres fueron enviados a campos de concentración por homosexualidad. Allí se les obligaba a llevar cosido en el uniforme un triángulo de tela rosa. Muchos murieron. Los que sobrevivieron descubrieron al salir que su condena seguía vigente, porque el Párrafo 175, en la versión endurecida por los nazis, continuó aplicándose en la Alemania occidental de posguerra.

Este es un tema que duele. Si leer sobre persecución o violencia te remueve algo propio, no tienes por qué cargarlo a solas. En España, el 024 atiende de forma gratuita y confidencial a cualquier hora a quien piensa en el suicidio o está pasando un momento muy difícil; el 112 es la línea para cualquier emergencia inmediata. Si vives fuera de España, busca la línea de crisis de tu país o marca su número de emergencias. Contarlo a alguien de confianza también es un primer paso.

La vecina que mira

Hay una canción del planeta que, sin pretenderlo, ilumina ese detalle de las denuncias desde el lado opuesto. «La vecina cotilla» es una letra divertida sobre alguien que espía desde su casa al vecino de los pantalones cortos, sin poder concentrarse en nada más:

Cuando se asoma a la ventana ¡yo ya no me ubico!

Aquí la mirada desde la ventana es deseo, juego, humor. Pero la figura de la vecina que vigila tiene una historia mucho más oscura en la memoria queer de Europa, la de quienes tomaban nota de quién entraba y salía para ir a contarlo. La canción le da la vuelta a ese personaje: la que mira ya no es la delatora, sino la que desea. Esa inversión, convertir al vigilante en enamorado, es una pequeña venganza poética.

Doblado en el pecho

Tras la guerra, los supervivientes del triángulo rosa no fueron reconocidos como víctimas durante décadas. Muchos callaron hasta su muerte. La República Federal suavizó el Párrafo 175 en 1969, y el artículo desapareció del todo en 1994, con Alemania ya reunificada. En 2002 el Parlamento anuló las condenas dictadas durante el nazismo, y en 2017 las dictadas después de 1945, con indemnizaciones para los pocos que seguían vivos.

En mayo de 2008 se inauguró en el Tiergarten, a pocos pasos de donde estuvo el Instituto de Hirschfeld, un monumento a los homosexuales perseguidos por el nazismo. Es un bloque de hormigón con una pequeña ventana a través de la cual se ve un vídeo de dos personas del mismo sexo besándose.

«The Great Depression» tiene un verso que podría estar grabado en ese bloque. Es el gesto de un hombre que intenta mantener la dignidad mientras todo se derrumba:

Men held their hats like they held their pride,

Sujetaban el sombrero como sujetaban el orgullo. Y más adelante el narrador habla de guardar al otro plegado dentro, como un papel que no se enseña. Eso hicieron durante décadas los hombres del triángulo rosa: llevar su historia plegada, sin abrirla delante de nadie. El monumento es, en cierto modo, ese papel por fin abierto a la vista de todos.

Lo que se pierde en una hoguera

Las quemas de libros tienen un efecto que dura mucho más que el fuego. No destruyen únicamente papel: rompen la cadena por la que una generación aprende de la anterior. Los jóvenes gais y lesbianas de la Alemania de posguerra crecieron sin saber que, apenas veinte años antes, había existido un instituto que defendía su derecho a existir, revistas que hablaban de ellos y clubes donde bailaban sin miedo. Tuvieron que empezar casi desde cero.

Ficha de la canción «The Great Depression» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Algo parecido pasó en muchos otros países, incluida España, donde la memoria queer de la República y de los años anteriores se borró casi por completo. Por eso tiene tanto valor cualquier archivo, cualquier hemeroteca, cualquier colección de testimonios. Y por eso un proyecto musical como este se toma la molestia de publicar sus letras completas, fechar sus canciones y explicar de dónde sale cada historia. Un catálogo también es una forma de archivo, y un archivo es una forma de impedir que alguien vuelva a empezar de cero.

Mientras tanto, en España

Esta historia tiene un eco cercano. En 1954 una reforma franquista metió a los homosexuales en la vieja ley de vagos, y en 1970 llegó la llamada ley de peligrosidad social, que siguió aplicándose contra ellos hasta el final de los setenta. Este diario ya ha contado esa cronología en detalle. Lo que interesa aquí es la coincidencia: en dos países distintos, con décadas de diferencia, la misma lógica de convertir el amor en expediente.

También la reparación tardó en los dos sitios. En España, las indemnizaciones a quienes estuvieron presos por aquellas leyes no llegaron hasta 2009. En Alemania, como se ha visto, hasta 2017. Mucha gente no llegó a verlo.

El día de la liberación

El tercer álbum de la trilogía GAYFOLK se llama «El día de la liberación», como la canción que le da título. Su letra habla de librarse de una relación con una persona manipuladora, no de política. Pero tiene un estribillo que funciona como bandera para cualquier historia de persecución que termina:

Gritemos con fuerza ¡somos libres!

Berlín tardó setenta y cinco años, de 1919 a 1994, en poder gritarlo del todo. Durante ese tiempo hubo una edad de oro, una catástrofe y una larga posguerra de silencio. Hoy la ciudad celebra uno de los Orgullos más grandes de Europa, tiene un museo gay y una fundación con el nombre de Hirschfeld. Y en sus clubes, cualquier madrileño con eyeliner puede acabar bailando con un chulo alemán sin que nadie tome nota.

Para seguir

Quien quiera profundizar puede buscar la reconstrucción de «Anders als die Andern», que se ha restaurado y se proyecta en filmotecas. Leer «Adiós a Berlín», de Isherwood, y comparar con «Cabaret». Visitar, si pasa por Berlín, el monumento del Tiergarten y el museo gay de la ciudad. Y consultar la web de la Fundación Magnus Hirschfeld, que mantiene vivo el trabajo de recuperar lo que se quemó.

Desde aquí, la sección de letras permite leer «The Great Depression» y «Marica chill» completas, y el catálogo de canciones ordena las tres entregas. La nota de prensa sobre la trilogía GAYFOLK como narrativa en tres actos explica por qué el último disco se llama como se llama.

Ficha

La canción ancla de este recorrido es «The Great Depression», escrita en inglés y publicada dentro del último disco de la trilogía; está en Spotify. Su autor, Mike Sain't Louis, es letrista, compositor y productor, y se presenta como «el primer cantautor IA»: escribe cada letra y luego genera con inteligencia artificial la música y las interpretaciones vocales. Los personajes de la canción son inventados. Los datos históricos de este texto proceden de fuentes públicas, como el Museo del Holocausto de Estados Unidos, el Archivo Federal alemán y la Fundación Magnus Hirschfeld. Para la información oficial del proyecto, la sala de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue Magnus Hirschfeld?

Un médico alemán que en 1897 cofundó el Comité Científico-Humanitario, considerado la primera organización que luchó por los derechos de los homosexuales, con el objetivo de derogar el Párrafo 175. En 1919 abrió en Berlín el Instituto de Sexología, que unía investigación, consulta, educación y archivo.

¿Qué era el Párrafo 175?

El artículo del código penal alemán que castigaba las relaciones sexuales entre hombres. Entró en el código de 1871, el régimen nazi lo endureció en 1935, la República Federal lo suavizó en 1969 y desapareció del todo en 1994, ya con Alemania reunificada.

¿Qué pasó con el Instituto de Sexología en 1933?

El 6 de mayo de 1933 estudiantes afines al nazismo, y después miembros de las SA, saquearon y cerraron el Instituto. Parte de su biblioteca y su archivo ardió en la quema pública de libros del 10 de mayo en Berlín.

¿Cuántos hombres fueron enviados a campos de concentración por homosexualidad?

El Museo del Holocausto de Estados Unidos calcula que entre 5.000 y 15.000 hombres fueron enviados a campos durante el nazismo, muchos marcados con un triángulo rosa. Alemania anuló en 2002 las condenas de la época nazi y en 2017 las dictadas después de 1945.

¿Qué canciones del Planeta Gayfolk se relacionan con esta historia?

«The Great Depression» cuenta un amor entre hombres durante la crisis de 1929, cuando ese amor era delito; «Marica chill» muestra la libertad de hoy, con un baile con un alemán incluido; y «El día de la liberación» grita «¡somos libres!», la frase que Berlín tuvo que esperar hasta 1994 para poder decir del todo.

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