Cultura LGTBI
Aunque me cueste la vida: boleros y rancheras con mirada queer, de Chavela Vargas y Bola de Nieve a Juan Gabriel, leídos con las letras del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay estribillos que parecen escritos para un tequila a las cuatro de la mañana. El de «Voy a olvidarme de ti», del primer álbum del Planeta Gayfolk, es uno de ellos:
Voy a olvidarme de ti Aunque me cueste la vida
Juramento de olvido, amenaza de muerte, exageración total. Es la gramática del bolero y de la ranchera, los dos grandes géneros del desamor latinoamericano. Y tiene un detalle que pasa desapercibido en la primera escucha: en toda la letra no aparece ni una vez el género de la persona a la que se habla. Ni él, ni ella. Solo un «tú» con ojos traicioneros y una almohada que huele.
Ese detalle abre la puerta a una historia que este texto quiere contar. La de cómo el bolero y la ranchera, géneros que parecen hechos para machos con sombrero y mujeres despechadas, fueron durante décadas un refugio secreto para personas LGTBI. Y la de tres figuras que lo vivieron desde dentro: Chavela Vargas, Bola de Nieve y Juan Gabriel.
El desamor como idioma común
Si hay una música que se entiende igual en Ciudad de México, en La Habana, en Bogotá y en un bar de Lavapiés, es la canción de desamor. El bolero nació en Cuba a finales del siglo XIX y se extendió por todo el continente en el XX gracias a la radio, el cine y los discos. La ranchera, más mexicana, con mariachi y gritos, contaba lo mismo con más tequila. Los dos géneros comparten un tema casi exclusivo: el amor que duele.
Por eso funcionan como lengua franca emocional. Cualquiera que haya sufrido por alguien reconoce en ellos su propia historia, aunque la canción tenga ochenta años. Y eso incluye a quienes, durante buena parte del siglo XX, no podían contar en voz propia de quién se habían enamorado.
El «tú» que no dice quién
La clave está en la gramática. Muchos boleros clásicos se dirigen a un «tú» y hablan de besos, de ojos, de ausencias, de noches, sin especificar nunca si ese «tú» es un hombre o una mujer. Eso no era necesariamente una estrategia queer: era la manera de escribir canciones que cualquiera pudiera hacer suyas. Pero el efecto secundario fue enorme.
Un chico de pueblo en los años cincuenta podía escuchar un bolero en la radio y pensar en otro chico sin que nadie a su alrededor lo notara. Una mujer casada podía tararear una canción de amor pensando en su vecina. El bolero ofrecía un espacio de intimidad que la sociedad no podía vigilar, porque el secreto no estaba en la letra, sino en la cabeza de quien escuchaba.
«Voy a olvidarme de ti» funciona exactamente así. Su protagonista quiere olvidar «un "te quiero"», unos ojos que clavan como puñales, un deseo, un olor. Puede ser cualquiera, quererse a cualquiera. Y precisamente por eso cualquier persona puede meterse dentro.
Chavela, la que no cambió las palabras
Isabel Vargas Lizano nació en Costa Rica en 1919 y se marchó muy joven a México, donde se convirtió en Chavela Vargas. Vestía pantalones cuando las mujeres no los llevaban en público, fumaba puros, bebía tequila con los compositores y llevaba poncho en el escenario. Fue amiga de José Alfredo Jiménez, el gran autor de rancheras, y se movió en los círculos artísticos del México de mediados de siglo.
Pero lo que la hizo legendaria fue una decisión artística. Interpretaba canciones escritas por hombres para mujeres, y nunca cambiaba el género de la letra. Si la canción decía «ella», ella decía «ella». Si hablaba de los besos de una mujer, los besos seguían siendo de una mujer. En una época en que una intérprete femenina habría cambiado automáticamente el pronombre, ese gesto era una declaración en voz propia, sin necesidad de decir nada más.
Durante décadas, su orientación fue un secreto a voces. No lo confirmó públicamente hasta 2002, con más de ochenta años, cuando publicó su autobiografía, titulada «Y si quieres saber de mi pasado». Para entonces ya era un mito.
Ojos que clavan
Hay una imagen en «Voy a olvidarme de ti» que Chavela habría hecho temblar en un escenario:

Y unos ojos traicioneros Que como puñales clavan
Los puñales, los ojos, la traición: es el vocabulario de la ranchera en estado puro. Pero lo interesante es cómo la letra del planeta lo repite y lo retuerce. En el original, los versos se doblan, «Que como puñales clavan / Que como puñales clavan», y luego se rompen en «Me clavan, me clavan». Es una manera muy física de escribir el dolor, como si la propia palabra se clavara varias veces.
Chavela tenía fama de interpretar con pausas larguísimas, alargando las sílabas, dejando silencios en los que el público contenía la respiración. Una canción que repite tanto, que insiste tanto, está pidiendo esa clase de interpretación desgarrada. En el planeta, la producción con inteligencia artificial le da otro color, más rítmico, más de rumba. Pero el esqueleto es el mismo que el de cualquier ranchera de madrugada.
Madrid, Almodóvar y el último trago
La segunda vida de Chavela Vargas tiene mucho que ver con España. Tras años de silencio y problemas con el alcohol, volvió a los escenarios en los años noventa, y en ese regreso tuvo un papel decisivo Pedro Almodóvar, que la admiraba profundamente y la llevó a su cine. En «La flor de mi secreto» aparece en la televisión interpretando «En el último trago», mientras la protagonista se deshace en lágrimas.
España la adoptó como una de los suyos. Se le dedicaron homenajes, se llenaron teatros y se convirtió en un icono para toda una generación que había crecido con la Movida y el cine de Almodóvar. Al final de su vida grabó un disco dedicado a Federico García Lorca, el poeta al que veneraba. Murió en Cuernavaca, en México, en agosto de 2012, a los 93 años.
Más pesado que un Goya
El planeta tiene una canción que se llama directamente «Almodóvar», y que juega con esa misma idea del melodrama llevado al extremo. Su letra es corta, casi un grito. Empieza pidiendo que no le hagan hablar, porque ni Almodóvar en sus mejores tiempos sabría contar lo que tiene dentro, y remata con una comparación de premio:
este dolor es más pesado que un Goya
Y luego, el estribillo en el que las vocales se estiran hasta el infinito, «ya no te quierooooo», igual que se estiraban en las rancheras de Chavela. Es la misma estrategia de los grandes boleros: tomar un sentimiento ordinario, una ruptura más, y elevarlo hasta la categoría de tragedia de cine. Con la diferencia de que aquí se hace guiñando un ojo. El dolor es enorme, sí, pero también un poco ridículo, y la letra lo sabe.
Ese equilibrio entre tragedia y risa es muy queer. La cultura LGTBI lleva generaciones tomándose el melodrama a la vez en serio y en broma, llorando con Chavela y riéndose de sí misma por llorar tanto. Las películas de Almodóvar viven exactamente en ese filo.
El bolero cruza el Atlántico
El bolero llegó a España muy pronto y se quedó. Antonio Machín, músico cubano que se instaló en el país a finales de los años treinta, convirtió canciones como «Dos gardenias» en parte de la banda sonora de varias generaciones de españoles. Durante la posguerra, cuando casi todo estaba prohibido, la radio llenaba las cocinas de boleros, y en ellos cabía una emoción que la vida oficial no permitía.

Décadas más tarde, el cine de Almodóvar volvió a poner el bolero en el centro. En «Tacones lejanos», de 1991, Luz Casal interpreta «Piensa en mí», el clásico de Agustín Lara, y la escena se convirtió en una de las más recordadas de su filmografía. Para muchos espectadores jóvenes de los noventa, aquel fue el primer contacto con un género que creían de sus abuelos. Y lo descubrieron en una película llena de personajes queer, travestis, madres excesivas y amores imposibles.
Esa doble vida del bolero en España, primero en la radio de la posguerra y luego en el cine de la Movida, explica por qué un letrista madrileño nacido mucho después puede escribir hoy algo como «Voy a olvidarme de ti» sin que suene a pastiche. El género forma parte del paisaje emocional del país, como la copla o la rumba.
Bola de Nieve, el pianista de Guanabacoa
Ignacio Villa nació en Guanabacoa, cerca de La Habana, en 1911. Le pusieron el apodo de Bola de Nieve por su cara redonda y su piel negra, una broma de la época que hoy suena incómoda pero que él asumió como nombre artístico. Fue pianista, compositor e intérprete, y llevó el bolero y la música afrocubana por América y Europa, desde los salones más elegantes hasta los cabarets.
Su estilo era único: sentado al piano, con una sonrisa enorme, interpretaba con una mezcla de humor, ternura e ironía que no se parecía a nadie. Era homosexual, algo que en la Cuba de su tiempo no se podía decir en público. Su orientación no se hizo pública hasta después de su muerte, en 1971, en Ciudad de México.
Su historia es la de tantos artistas que tuvieron que elegir entre la carrera y la verdad, y que dejaron en su manera de interpretar pistas que solo algunos sabían leer. La ironía, los gestos, la elección de las canciones. Un repertorio también puede ser un autorretrato en clave.
El mendigo que se levanta
Hay otra canción del planeta que podría haber salido de un cancionero de boleros, aunque su tema sea muy actual. «Tu mendigo» cuenta una relación en la que una persona se aprovecha de otra, le ofrece un refugio que en realidad es una celda y la trata como si le debiera algo. La letra tiene versos de bolero clásico:
Y yo, sonriendo por compromiso, y yo, llorando sin testigos.
Llorar sin testigos es casi la definición del bolero. El que sufre en silencio, el que sonríe en público y se derrumba en privado. Pero «Tu mendigo» le da la vuelta al género en su desenlace, porque no se queda en la queja. Su protagonista acaba diciendo que no es el saco de boxeo de nadie, y mucho menos su mendigo. Es un bolero que se levanta de la mesa.
Ese giro importa. La canción de desamor tradicional a menudo romantiza el sufrimiento, como si amar fuera dejarse destrozar. Cuando una relación se convierte en control, humillación o violencia, ya no es material para un bolero: es algo de lo que hay que salir. Si te reconoces en esa situación, en España puedes llamar gratis al 024, que atiende las veinticuatro horas a cualquier persona que esté pasando por un momento límite, o al 112 si hay peligro inmediato; el Teléfono de la Esperanza también escucha en el 717 003 717. Si vives en otro país, busca su teléfono de emergencias o su línea de ayuda. Hablarlo con alguien es el primer paso para salir.
Juan Gabriel: lo que se ve
Alberto Aguilera Valadez nació en Parácuaro, Michoacán, en 1950, y se convirtió en Juan Gabriel, el Divo de Juárez, uno de los compositores más prolíficos y queridos de la historia de la música en español. Escribió cientos de canciones, muchas de ellas grandes éxitos para otros intérpretes, y llenó estadios durante décadas con espectáculos de lentejuelas, movimientos de cadera y una teatralidad que nadie en la canción ranchera se había permitido.

En 2002, en una entrevista de televisión, el periodista Fernando del Rincón le preguntó directamente si era gay. Juan Gabriel le devolvió la pregunta, si de verdad le interesaba tanto, y añadió una frase que se haría inmortal: dicen que lo que se ve no se pregunta. Nunca dijo más. Murió en Santa Mónica, California, en agosto de 2016, y México lo despidió como a un héroe nacional.
La frase es una pequeña obra maestra de la ambigüedad. No confirma ni niega. Desarma al que pregunta. Y le da la razón a todos los que ya sabían. Es, en cierto modo, la versión hablada del «tú» sin género del bolero: un espacio donde cada cual entiende lo que necesita entender.
La pluma en el escenario de la ranchera
Lo más revolucionario de Juan Gabriel no fue lo que dijo, sino lo que hizo en el escenario. La ranchera era el género más masculino de la música mexicana, asociado al charro, al caballo y al macho que bebe por despecho. Él lo llenó de pluma: giros, gestos de diva, brillos, caderas. Y el público, incluido el público más tradicional, lo adoró.
Esa contradicción dice mucho de cómo funciona la cultura popular. Un país que en su vida cotidiana podía ser muy duro con los hombres afeminados llenaba estadios para aplaudir a uno. La música abría un espacio de permiso que fuera del concierto no existía. Algo parecido pasó en España con la copla y las folclóricas, y este diario ya lo ha contado. El planeta tiene una canción dedicada a una de ellas, «Lola Flores», que se mueve en ese mismo territorio de la diva que todo el mundo imita.
Apagar el fuego
La segunda estrofa de «Voy a olvidarme de ti» es puro bolero:
Voy a apagar este fuego Que por dentro a mí me quema
El fuego interior es una de las metáforas más antiguas del amor, y el bolero la explotó hasta el agotamiento. Pero en boca de personas LGTBI de otras épocas, ese fuego tenía un doble sentido. No era solo el amor por alguien que no te quiere. Era, a veces, el amor por alguien a quien no estaba permitido querer. Apagar el fuego, en ese contexto, podía significar renunciar a uno mismo.
La letra del planeta no se queda ahí. Su última estrofa cambia de herramienta y habla de cortar una rosa que hiere con su espina. Ya no es apagar lo que uno siente, sino cortar lo que le hace daño. Es una diferencia pequeña pero importante: el problema no es el deseo, sino la persona que lo traicionó.
La rosa y la espina
Voy a cortar esa rosa Que me hiere con su espina
La rosa con espinas es el emblema perfecto del bolero: belleza y dolor en el mismo tallo. Y también una imagen muy de la cultura queer, que ha hecho de la rosa, del rosa y de las espinas un repertorio propio, desde el triángulo rosa de la memoria hasta las rosas de los tatuajes. Cortar la rosa no es dejar de amar las rosas. Es decidir qué rosa se queda en el jarrón.
Hay en esa decisión una madurez que las viejas rancheras no siempre tenían. En muchas de ellas, el protagonista prefería morir antes que olvidar. Aquí la amenaza de muerte, «Aunque me cueste la vida», es una exageración del estribillo, no un plan. La canción quiere olvidar para vivir, no morir de amor.
Juramentos que nadie cumple
Hay un subgénero dentro del bolero y la ranchera que podría llamarse el juramento de olvido. Canciones en las que alguien promete, con toda solemnidad, que va a borrar a otra persona de su vida. Lo curioso es que casi nunca lo consiguen: la propia canción es la prueba de que siguen pensando en ella. Se jura olvidar precisamente porque no se puede.

«Voy a olvidarme de ti» es un ejemplar perfecto de ese subgénero. Su protagonista repite la promesa una y otra vez, estrofa tras estrofa, y cada repetición la hace menos creíble y más conmovedora. Quien de verdad ha olvidado no necesita anunciarlo cinco veces. La insistencia delata la herida.
Ese mecanismo lo conoce bien cualquier persona que haya salido de una relación difícil. Decir «ya está, se acabó» en voz propia ayuda a creérselo, aunque al principio no sea verdad. Los boleros funcionaron durante generaciones como esos mantras, y las personas LGTBI los usaron también para despedirse de amores que no podían contar a nadie. Una canción repetida en la intimidad era, a veces, el único funeral posible para una historia secreta.
Herencias
¿Qué queda de todo esto en el Planeta Gayfolk? Queda una manera de escribir el desamor que bebe del bolero y de la ranchera, con sus juramentos, sus repeticiones y sus imágenes de fuego y espinas. Queda el gusto por el melodrama, tomado a la vez en serio y en broma, como en «Almodóvar». Y queda, sobre todo, ese «tú» sin género que permite que cualquier persona se meta en la canción.
Chavela no cambió las palabras. Bola de Nieve guardó su secreto al piano. Juan Gabriel convirtió la ambigüedad en arte. Cada uno, a su manera, abrió una grieta en géneros que parecían cerrados. Las letras del planeta se escriben ya en otro tiempo, sin necesidad de clave. Pero siguen usando la misma lengua del desamor que ellos hicieron también suya.
Para escuchar después
Quien quiera seguir el hilo puede buscar las grabaciones de Chavela Vargas de «Macorina» y «Paloma negra», y verla en la escena de «La flor de mi secreto». Escuchar a Bola de Nieve al piano en cualquiera de sus recopilaciones. Y repasar el concierto de Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, uno de los más recordados de su carrera.
Después, en la sección de letras de la web se pueden leer completas «Voy a olvidarme de ti», «Tu mendigo» y «Almodóvar», y el catálogo de canciones reúne la trilogía entera. La nota de prensa sobre universo queer, memoria cultural e identidad sitúa estas canciones en el proyecto.
Ficha
«Voy a olvidarme de ti» forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco que abre la trilogía GAYFOLK, y se escucha en Spotify. Mike Sain't Louis firma las letras y se encarga de la composición y la producción; se le conoce como «el primer cantautor IA», porque las interpretaciones vocales y los arreglos se generan con inteligencia artificial a partir de lo que él escribe. Las personas de las canciones son personajes inventados. Sobre Chavela Vargas, Bola de Nieve y Juan Gabriel solo se recogen hechos públicos y declaraciones conocidas. Más información del proyecto en la sala de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo habló Chavela Vargas públicamente de que era lesbiana?
En 2002, con más de ochenta años, al publicar su autobiografía «Y si quieres saber de mi pasado». Antes ya era un secreto a voces, porque durante décadas interpretó canciones de amor dirigidas a mujeres sin cambiar el género de la letra.
¿Qué respondió Juan Gabriel cuando le preguntaron si era gay?
En una entrevista de 2002 con el periodista Fernando del Rincón, contestó con otra pregunta, si de verdad le interesaba tanto, y añadió que lo que se ve no se pregunta. La frase se convirtió en una de las más citadas de la cultura popular mexicana.
¿Quién fue Bola de Nieve?
Ignacio Villa, pianista y compositor cubano nacido en Guanabacoa en 1911 y muerto en Ciudad de México en 1971. Fue una de las grandes figuras del bolero y la música afrocubana. Era homosexual, aunque su orientación no se hizo pública hasta después de su muerte.
¿Por qué se dice que el bolero tiene un «tú» sin género?
Porque muchas letras de bolero se dirigen a un «tú» sin decir si es hombre o mujer, y hablan de besos, ojos o ausencias que sirven para cualquiera. Eso permitió durante décadas que personas LGTBI escucharan esas canciones como propias sin que nadie lo notara.
¿Qué canción del Planeta Gayfolk se parece a un bolero o una ranchera?
«Voy a olvidarme de ti» tiene la estructura del desamor clásico, con versos como «Aunque me cueste la vida» y «Voy a cortar esa rosa», y nunca dice el género de la persona a la que se dirige. «Almodóvar» compara el dolor de una ruptura con el melodrama del cine.