Cultura
Botiquín del Planeta Gayfolk: heridas, cicatrices y el día en que ya no sale sangre
Por Mike Sain't Louis ·

Todas las casas tienen un botiquín. Una caja de plástico blanco con una cruz roja, o una lata de galletas danesas reconvertida, o el cajón de abajo del baño donde conviven tiritas de dibujos, un bote de agua oxigenada que nadie sabe cuándo se abrió, una venda sin estrenar y unas pastillas para la garganta caducadas en 2019. El botiquín no se mira nunca hasta que hace falta. Y cuando hace falta, siempre falta algo.
Las letras de Mike Sain't Louis tienen su propio botiquín. Si se repasan las tres partes de la trilogía buscando la palabra «herida», o «cicatriz», o «sangre», salen tantas que da para abrir una farmacia de guardia. Heridas antiguas sin curar. Heridas que alguien se aprende de memoria. Cicatrices que no dejan moratón. Una forma de estar herido que molesta. Sangre que sale y sangre que, un día, deja de salir.
Este texto abre ese botiquín sobre la mesa de la cocina y saca las cosas una por una. No para hacer un diagnóstico, que eso no se hace con canciones, sino para ver qué hace una letra con una herida. Porque las letras del planeta no esconden las heridas debajo de una tirita bonita. Las enseñan, las nombran, a veces se ríen de ellas y casi siempre las convierten en otra cosa.
La frase que abre la caja
Hay una frase que sirve de etiqueta para todo el botiquín. No está en ningún estribillo. Está en el texto con el que Mike presenta algunas de sus canciones, escrito en primera persona:
Cada verso es una herida transformada en arte.
Y justo antes, otra línea que explica de dónde salen las letras: «Las escribo yo, con mi historia, mis cicatrices y mi forma de mirar el mundo».
Me quedo con el verbo: transformada. La herida no desaparece. No se cura por arte de magia porque alguien escriba una canción. Se transforma. Pasa de ser algo que solo duele a ser algo que, además de doler, se puede escuchar, se puede bailar y se puede compartir. Es como cuando un trozo de cristal roto acaba en la playa convertido en vidrio de mar, pulido por las olas, verde o azul, y alguien lo recoge y se lo lleva a casa. El cristal sigue siendo el mismo. Ya no corta.
El manifiesto de la web lo dice de otra forma en su página de proceso: las canciones existen «porque necesitan existir», y componer es una manera de «ordenar recuerdos, elaborar pérdidas, explorar contradicciones». Más cerca del diario, dice, que del producto. El botiquín del planeta es eso: un diario escrito con tiritas.
Un latido que vuelve
Hay una canción del segundo disco con la herida en el propio título, en inglés y sin anestesia: «Beat My Post-Traumatic Stress». No voy a detenerme en ella, que ya tiene sus textos en las dos webs. Solo me quedo con una imagen del texto que la acompaña, la del golpe de percusión como un latido que se creía perdido. En una pista de baile, el bombo es lo que mueve los pies. En esa canción, además, es un corazón que vuelve a sonar.
Esa imagen sirve de puerta para el resto del botiquín. La música del planeta, con sus sintetizadores y sus ritmos de discoteca, no está ahí para tapar el dolor con ruido. Está para acompañarlo hasta que se pueda mirar.
Heridas que se aprenden de memoria
Hay heridas que uno se hace solo y heridas que te hacen. En el planeta, la segunda clase tiene un personaje especialista: la arpía. En «La empatía de la arpía», del tercer disco, que está en Spotify, el estribillo describe un tipo de crueldad muy concreta:

Se aprendió tu herida entera
Para apretar donde dolía
Pocas veces se ha descrito mejor la manipulación. La arpía no ataca a ciegas. Estudia. Escucha con atención cuando le cuentas lo que te duele, asiente, pone cara de comprensión, y se aprende el mapa de tu herida con el detalle de un cartógrafo. Después, cuando le conviene, aprieta justo ahí.
Lo más inquietante del verso es el adjetivo «entera». No se aprendió una parte. Se la aprendió entera, de arriba abajo, como quien se estudia un temario de oposiciones. Y lo hizo fingiendo empatía, que es la palabra del título. La empatía de la arpía es una empatía de espía.
En el diario de la web hay una nota que se detiene en esta canción desde el ángulo de cuando alguien estudia tu herida. Aquí me interesa por lo que añade al botiquín: no todas las heridas del planeta son accidentes. Algunas tienen autor, y el autor sabía dónde apretar.
Heridas antiguas sin curar
En el segundo disco hay una letra que explica por qué la arpía encuentra dónde apretar. Es «Usted es un puto narci psico encubierto», y empieza con una confesión sencilla: «No me di cuenta de nada al principio». La línea siguiente cuenta el motivo. Quien escribe todavía no había curado sus «heridas antiguas», y el depredador «lo detecta».
Es uno de los versos más tristes del catálogo, y también uno de los más útiles. Explica algo que se tarda años en entender: que las heridas viejas, las que no se han atendido, dejan a la persona más expuesta a las nuevas. No porque sea culpa suya. Porque una herida abierta se nota, aunque se tape. Y hay gente que sabe leer esas señales como un tiburón huele una gota en el agua.
La canción no se queda en la autocompasión. El título es un insulto largo y exacto, casi un diagnóstico de urgencias escrito con rotulador gordo. Esa es otra de las maneras del planeta de usar el botiquín: cuando la herida tiene autor, se le pone nombre al autor. Con tacos, si hace falta.
La forma de estar herido que molesta
En «Tu mendigo» aparece una de las frases más finas de toda la trilogía:
Te enfadaba mi forma de estar herido,
te ofendía mi alegría.
Hay que leerlo dos veces. A la otra persona le molestaba la herida y le molestaba la alegría. No había manera de acertar. Si estabas mal, molestabas por estar mal. Si estabas bien, molestabas por estar bien. Es la descripción perfecta de esas relaciones donde cualquier emoción propia se vive como una ofensa al otro.
Y la frase «mi forma de estar herido» dice algo importante: hay formas de estar herido. Cada persona tiene la suya. Hay quien se encierra, quien hace chistes, quien llora en el autobús, quien escribe canciones. Lo que la letra denuncia es que alguien te castigue hasta por la manera de llevar tu dolor. Como si además de herido tuvieras que estar herido con buenos modales.
Un poco antes, la canción suelta otra línea muy clara: «Decías que el caos venía conmigo, / y eras tú quien lo traía». La herida no era el problema. El problema era quien la causaba y luego se quejaba del desorden.
Morder sin sangre
En el primer disco hay un vampiro, y los vampiros, ya se sabe, son especialistas en heridas. En «Como en la matanza de Texas» la letra describe a un «vampiro emocional» que se mueve por un bar arrastrando cadenas, y le dedica este verso:

Muerdes sin sangrar, pero dejas cicatriz,
Es la paradoja central del botiquín del planeta. Hay mordiscos que no sangran. No hay charco que limpiar, no hay herida que enseñar en urgencias, no hay foto que adjuntar a una denuncia. Y sin embargo queda cicatriz. Más adelante la misma canción lo dice con otra imagen: «Sangre invisible, / no hay prueba del delito ni un charco que limpiar».
Esto conecta con lo que en otros textos del planeta se llama la herida invisible. El castigo que no deja moratones. El silencio que no se ve. En el diario hay una nota entera sobre el silencio como castigo, a partir de otra canción. Lo que aporta el vampiro de Texas es la imagen de terror: un mordisco limpio, sin sangre, que solo se nota cuando aparece la marca.
Y el título hace su trabajo. «La matanza de Texas», la película de Tobe Hooper de 1974, es una de las más sangrientas del cine de terror. Usarla como título para una canción sobre heridas que no sangran es una ironía muy del planeta. Por fuera, motosierra. Por dentro, una marca pequeña que no se borra.
Aquí sangro
Si hasta aquí las heridas eran invisibles, hay una canción donde se ven a lo bestia. En «La primera drag de Benidorm» la sangre sale a chorro, en una tirada de versos que parece escrita a gritos desde un camerino:
¡Aquí me desangro, aquí escupo al suelo,
aquí vendo heridas, aquí pierdo el pelo!
«Aquí vendo heridas» es una frase extraordinaria. La drag no esconde sus heridas: las vende. Las pone en el escaparate, las convierte en número, en espectáculo, en algo que el público paga por ver. Es exactamente lo que hacen el cabaret, la copla y el drag desde hace generaciones: convertir el dolor en función de las once.
Y es, si se piensa, lo mismo que dice la frase de la herida transformada en arte. Solo que aquí no hay delicadeza de diario íntimo. Aquí hay purpurina, tacón y una falda que, según la letra, arde. Las heridas del planeta pueden transformarse con un cuaderno o con una peluca. Las dos cosas valen.
Oro en las grietas
En Japón existe una técnica antigua para reparar la cerámica rota que se llama kintsugi. En lugar de pegar los trozos de un cuenco con un pegamento invisible, como haríamos aquí con el Super Glue de la ferretería, se unen con una laca mezclada con polvo de oro. El resultado es un cuenco que enseña sus grietas en vez de esconderlas. Las líneas doradas recorren la pieza como ríos en un mapa. El cuenco roto, reparado así, se considera a veces más valioso que el original.
Las letras del planeta tienen algo de kintsugi, aunque en versión verbena. No disimulan dónde se rompió la cosa. Al contrario, pintan la grieta de purpurina. «Aquí vendo heridas», dice la drag de Benidorm. «Te enfadaba mi forma de estar herido», dice «Tu mendigo». «No había curado mis heridas antiguas», confiesa otra letra. En todas, la grieta está a la vista, señalada con el dedo, rodeada de luces.
Esto no quiere decir que la herida sea bonita. Una herida no es bonita nunca, y cualquiera que haya pasado un mal año lo sabe. Lo que puede ser bonito es la reparación. La línea dorada. El momento en que alguien coge los trozos y decide qué hacer con ellos en lugar de barrerlos debajo de la alfombra.
Tiritas con chiste
Hay otra cosa en el botiquín que no tiene nombre médico. Son las tiritas de colores, las de dibujos, las que se ponen a los niños para que se rían mientras les escuece. En el planeta, esas tiritas son los chistes.

Muchas de las heridas de la trilogía llegan envueltas en humor. El título «Usted es un puto narci psico encubierto» suena a pintada en la puerta de un baño. La imagen del vampiro de «Como en la matanza de Texas» arrastrando cadenas por un bar tiene algo de disfraz de Halloween de los chinos. La drag que vende heridas lo hace con la falda ardiendo, como en un número de revista del Paralelo. El chiste no niega la herida. La hace llevadera durante el rato en que hace falta mirarla.
Eso sí: una tirita de dibujos sobre una herida grande no basta. El humor ayuda a acercarse, a poder nombrar lo que pasó sin que se te cierre la garganta. Después hace falta otra cosa. Tiempo, compañía, a veces ayuda profesional. Las letras del planeta lo saben, y por eso no se quedan solo en el chiste. Siempre hay un verso, en mitad de la carcajada, que se pone serio de golpe.
Las heridas de los demás
Hay otra cosa que llama la atención cuando se abre este botiquín. Las heridas del planeta no son todas de quien escribe. Muchas veces la letra habla en segunda persona y la herida pasa a ser del oyente. «Se aprendió tu herida entera», dice la arpía. Tu herida, no la mía. De repente la canción te señala a ti, que estás escuchando con los auriculares en el metro.
Ese cambio de persona gramatical es pequeño y enorme a la vez. Convierte un diario personal en un espejo colectivo. Lo que le pasó a uno se ofrece como algo que le puede haber pasado a cualquiera. Y quien escucha, si se reconoce, se siente menos raro. Menos solo. Menos culpable de haber caído en la trampa de alguien que sabía dónde apretar.
Tres discos, tres vendajes
Si se ordenan las heridas por discos, aparece un recorrido que no estaba planeado como tal pero que se lee con claridad. En el primer álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», la herida casi no se ve. Es el mordisco sin sangre del vampiro de Texas, la marca que nadie más detecta. Es una etapa de sospecha: algo duele y todavía no se sabe bien qué ni quién.
En el segundo, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», las heridas tienen nombre y fecha. Son antiguas y no estaban curadas. Son una forma de estar herido que alguien castigaba. Es la etapa de entender: por qué pasó, cómo se coló el depredador, qué estaba abierto antes de que llegara. Es también la etapa en la que, en «Gaslighting», aparece por primera vez la piel como un sitio donde bailan las luces.
En el tercero, «El día de la liberación», la arpía queda retratada con su método completo y la sangre deja de salir. Es la etapa de mirar desde fuera. La herida sigue siendo real, pero se puede describir con la frialdad de un informe y con la alegría de un estribillo a la vez.
No digo que la trilogía sea un tratamiento en tres fases, que sería mucho decir. Digo que, leída en orden, enseña algo que mucha gente reconoce: que primero duele sin nombre, después duele con nombre y al final duele menos.
Lo que el cuerpo aprende a decir
Vuelvo a «Gaslighting», del segundo disco, porque tiene la línea que mejor responde a la sangre invisible. Después de mucho tiempo dudando de su propia memoria, alguien dice: «Lo que vi, lo que sentí también». Y enseguida: «Las luces bailan sobre mi piel».
La piel, que era el sitio donde no quedaban marcas, se convierte en una superficie donde bailan las luces. Es un cambio de función muy bonito. El cuerpo que recordaba el daño empieza a recordar otra cosa. No borra lo anterior. Añade capas. Como cuando una cicatriz se tatúa encima y se convierte en dibujo. La canción está en la ficha de «Gaslighting», y es de las que mejor se escuchan con el volumen alto.
El día en que ya no sale sangre
Todo botiquín tiene un último objeto, el que se usa al final: la tirita grande, la que se pone cuando la herida ya está cerrándose. En el planeta, esa tirita tiene título de disco. En «El día de la liberación», la canción que da nombre al tercer álbum, el estribillo dice:

El día en el que ya no sale
sangre
Fíjate en cómo está cortado el verso. «Sangre» queda sola en su línea, como una palabra que se ha quedado sin fuerzas. Y luego se completa: «De todas las heridas que ayer causaste». La sangre ya no sale. Las heridas siguen ahí, y la letra no las niega, pero han dejado de sangrar.
Esa es, para mí, la descripción más honesta de lo que significa recuperarse. No es que no haya pasado nada. No es que las cicatrices desaparezcan. Es que un día te das cuenta de que la herida ya no sangra. Que puedes tocarla sin que duela igual. Que puedes hablar de ella, incluso hacer un chiste, y seguir entero. La canción lo celebra a gritos, «¡somos libres!», y lo manda todo a la playa de Benidorm.
Y la palabra elegida es «ayer». Las heridas que ayer causaste. El daño queda en el pasado, en un ayer que no tiene fecha concreta. Puede ser ayer de verdad o hace diez años. Lo importante es que no es hoy.
Por qué abrir el botiquín en público
Alguien podría preguntar por qué hace falta enseñar todo esto. Por qué no guardar las heridas en el cajón del baño, como hace la mayoría. La respuesta está en el propio funcionamiento del planeta. Una herida escrita deja de estar sola. Pasa de la cabeza al papel, del papel a la canción y de la canción a otra persona que, en otra ciudad, escucha «te enfadaba mi forma de estar herido» y piensa: a mí también me pasaba.
Ese momento de reconocimiento es una forma de compañía. No cura, pero acompaña. Y a veces acompañar es lo que permite dar el siguiente paso, que puede ser hablar con una amiga, pedir cita con el médico o buscar a alguien que escuche de verdad. La web tiene una página dedicada a la salud mental LGTBI con recursos para ese siguiente paso.
Y para que conste en el botiquín, los teléfonos. En España, el 024 atiende cualquier malestar emocional, a cualquier hora, gratis. El 112 responde si hay peligro inmediato. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717, y la Fundación ANAR atiende a menores en el 900 20 20 10. Fuera de España, findahelpline.com reúne las líneas de ayuda de cada país. Ninguna canción sustituye a una persona que te escucha.
Lo que queda en la caja
Cuando se termina de sacar todo, el botiquín del planeta se queda así sobre la mesa: una frase sobre heridas transformadas en arte, un latido que vuelve, una herida aprendida de memoria, unas heridas antiguas que no se habían curado, una forma de estar herido que molestaba, un mordisco sin sangre, una drag que vende sus heridas, oro en las grietas y un día en que la sangre deja de salir.
No es un kit de primeros auxilios. Es otra cosa. Es la prueba de que se puede escribir sobre el daño sin quedarse a vivir en él. La página de prensa de la web recoge los datos de cada disco de la trilogía, pero no recoge lo que pasa cuando alguien convierte un mal año en una lista de canciones. Eso hay que ir a buscarlo a las letras.
Las tiritas de dibujos, por cierto, siguen en el cajón. Para las heridas pequeñas. Para las grandes están las canciones.
Preguntas frecuentes
¿De qué habla «La empatía de la arpía»?
De alguien que finge comprensión para conocer a fondo el dolor del otro y usarlo después: «Se aprendió tu herida entera / Para apretar donde dolía». Está en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK.
¿Qué significa «Cada verso es una herida transformada en arte»?
Es una frase del propio Mike sobre cómo escribe sus letras: con su historia y sus cicatrices. Resume una idea que recorre la trilogía, la de poner fuera, en una canción, lo que duele dentro.
¿Qué canciones hablan de heridas en el Planeta Gayfolk?
Entre otras, «La empatía de la arpía», «Como en la matanza de Texas», «Tu mendigo», «Usted es un puto narci psico encubierto», «La primera drag de Benidorm», «Gaslighting» y «El día de la liberación».
¿Escribir sobre lo que duele sustituye a la ayuda profesional?
No. Escribir puede ayudar a ordenar lo que se siente, pero no reemplaza a un profesional. En España, el 024 atiende el malestar emocional a cualquier hora y el 112 responde si hay peligro inmediato.
¿En qué álbum está «El día de la liberación»?
Es la canción que da nombre al tercer disco de la trilogía GAYFOLK, «El día de la liberación».