Cultura pop
Rodeo de tirantes en el granero: «Boys from the Village» y los disfraces de hombre de verdad
Por Mike Sain't Louis ·

La hebilla es del tamaño de un plato de postre.
Brilla en el centro de la portada de «Boys from the Village» como brillan las hebillas de los campeones de rodeo en las películas: grande, metálica, imposible de ignorar. Sujeta un cinturón que sujeta unos vaqueros que sujetan unos tirantes que no sujetan nada, porque la camisa vaquera va abierta hasta el ombligo y lo que se ve es pecho, vello y un corazón alado tatuado.
Arriba, unas gafas de aviador y un bigote. Las manos en los bolsillos. La mirada fija. La pose de quien sabe que lo están mirando, como escribe Mike en la ficha del single.
Detrás, el decorado completo del western rural: atardecer en el campo, el sol bajo en el horizonte, un granero de madera y su molino de viento. Ese paisaje que hemos visto en mil películas y, como apunta el propio Mike, en algún que otro calendario.
La letra de esta canción todavía no está publicada; en su ficha de letras pone «próximamente». Así que aquí no se va a citar ni un verso del tema ni a fantasear con lo que dice. Lo que sí se puede hacer es lo que hace cualquiera que mira la portada con un poco de memoria: reconocer el disfraz. Y preguntarse por qué un chico del planeta se viste de vaquero para un single que se llama «los chicos del pueblo».
Cierto grupo de los setenta
Mike lo dice con una discreción muy elegante: es imposible no pensar en cierto grupo de los setenta con sus disfraces de iconos masculinos.
Cierto grupo. No dice el nombre. No le hace falta.
Village People nació en Nueva York en 1977, de la mano de dos productores franceses, Jacques Morali y Henri Belolo. El nombre venía de Greenwich Village, el barrio de Manhattan que durante décadas fue el corazón de la vida gay de la ciudad, el de la revuelta de Stonewall en 1969. La idea era tan sencilla como genial: un grupo de hombres disfrazados de los grandes arquetipos de la masculinidad americana. El policía. El obrero de la construcción con su casco. El motero de cuero. El soldado. El indio con su penacho. Y el vaquero, con su sombrero, su camisa y sus botas.
Para el público heterosexual, aquello era un grupo divertido de música disco con trajes de carnaval. Para el público gay de la época, era otra cosa. Esos disfraces eran los mismos que se veían en los bares de ambiente de Nueva York y San Francisco. El clon, el macho con bigote y vaqueros ajustados, era la estética dominante de la escena gay de finales de los setenta. Village People llevó esa estética a las radios, a la televisión y a las bodas de medio mundo.
Y lo hizo con canciones que la gente bailaba sin saber muy bien de qué hablaban. «Y.M.C.A.», de 1978, se ha bailado en todas las verbenas de España, con la coreografía de las letras hecha con los brazos, por abuelas, niños, curas y alcaldes. «Macho Man», del mismo año. «In the Navy», de 1979. «Go West», también de 1979, que los Pet Shop Boys convirtieron en otro himno en 1993.
El vaquero del pueblo
De todos los personajes de aquel grupo, la portada elige uno: el vaquero. Y lo saca de la ciudad para llevarlo a donde, en teoría, pertenece: al campo.
Esa es la primera vuelta de tuerca del single. Village People tomaba los disfraces del campo, de la fábrica y del cuartel para llevarlos a la pista de baile de Manhattan. «Boys from the Village» hace el camino de vuelta. Devuelve al vaquero a su granero, a su molino, a su atardecer. Lo planta en el decorado original.
Pero el vaquero no ha vuelto igual. Lleva gafas de aviador, que no son de rancho, y un tatuaje de corazón con alas en el pecho, que tampoco. Lleva la camisa abierta como se lleva en una discoteca, no como se lleva para dar de comer a las vacas. Es un vaquero que ha estado en la ciudad y ha regresado con la pluma puesta.
Y ahí entra el título, con su juego de palabras. «The Village» es, para cualquiera que conozca la historia, el barrio gay de Nueva York. Pero «village» en inglés también es, simplemente, pueblo. Los chicos del Village o los chicos del pueblo. Mike lo resume así: los chicos del pueblo, que a lo mejor no son tan de pueblo.
Ir hacia el oeste
De todas las canciones de aquel grupo, hay una que encaja especialmente bien con la portada, y no es la más famosa.

«Go West», de 1979, era una invitación a irse hacia el oeste. En la mitología americana, el oeste es la frontera, la tierra prometida de los pioneros, el sitio donde empezar de cero. Para el público gay de finales de los setenta, el oeste tenía además una dirección postal muy concreta: San Francisco, la ciudad a la que miles de chicos huían desde los pueblos del interior de Estados Unidos para poder vivir sin esconderse.
Catorce años después, en 1993, los Pet Shop Boys hicieron su propia versión, con coros de estadio y un vídeo de estética soviética, y la canción volvió a las listas de medio mundo. Para entonces, el sida había arrasado una generación entera, y aquella invitación a irse hacia el oeste sonaba a la vez a fiesta y a elegía.
El vaquero de la portada de «Boys from the Village» está, literalmente, en el oeste. En el decorado del oeste. El granero, el molino, el sol bajo. Es como si la invitación de aquella canción se hubiera cumplido y el chico hubiera llegado al sitio prometido. Lo curioso es que el sitio prometido, visto de cerca, se parece mucho a un pueblo.
Eso conecta directamente con el disco. «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» trata de esa misma tierra prometida, de la distancia y la espera. El planeta es el oeste de Mike. Y el vaquero de la portada, uno de los pioneros que se atrevió a ir.
El bigote del clon
Volvamos a la cara, que tiene bigote.
El bigote fue durante una época la seña de identidad de la escena gay masculina. A finales de los setenta y principios de los ochenta, el llamado clon, el hombre con bigote, vaqueros ajustados, camisa de cuadros o camiseta blanca y botas, se convirtió en el estándar de los bares de Nueva York, San Francisco y, poco después, de las grandes ciudades europeas. Era una respuesta al estereotipo del marica afeminado: aquí estamos, y somos más machos que vosotros.
Freddie Mercury se dejó crecer el bigote en esa época, y su cara con bigote, camiseta de tirantes y vaqueros es hoy una de las imágenes más famosas del rock. Mucha gente que no sabía nada de la cultura del clon la vio por primera vez en él.
En la portada, el bigote está acompañado de gafas de aviador, el otro gran accesorio de aquella estética. Juntos, bigote y aviadoras, forman un pequeño código que cualquier marica de cierta edad reconoce a la primera. Es una cita visual. Como poner una canción de Raffaella Carrà en una boda: nadie te pregunta por qué, todo el mundo entiende.
El planeta no explica esa cita. La lleva puesta.
La película que nadie vio
Hay un capítulo de aquella historia que el camp adora y que viene muy a cuento.
En 1980, en plena cima de su fama, aquel grupo protagonizó una película musical titulada «Can't Stop the Music». Era un despliegue de números musicales, colores imposibles y coreografías en piscinas y gimnasios. Fue un fracaso enorme de taquilla y de crítica. Tan grande que, en la primera edición de los premios Razzie, los que se dan cada año a lo peor del cine, se llevó el de peor película.
Hoy, por supuesto, es una película de culto. Se proyecta en ciclos de cine camp, se ve con amigos y vino, se cita en fiestas temáticas. Es el ejemplo perfecto de lo que Susan Sontag explicaba en sus notas sobre el camp: hay cosas que fracasan por exceso de seriedad y que, justo por eso, se vuelven maravillosas.
La portada de «Boys from the Village» tiene algo de fotograma de aquella película. El mismo exceso, la misma pose, la misma voluntad de tomarse en serio un disfraz. Si un día alguien hiciera una nueva versión, con Benidorm en vez de Manhattan y con granero en vez de gimnasio, este vaquero tendría papel.
Crecer en un pueblo
Aquí la portada se vuelve más seria de lo que parece.
El diario del planeta tiene una nota dedicada a crecer queer en un pueblo. Habla de algo que mucha gente conoce de primera mano: menos anonimato, menos espacios seguros, más miradas. Y también, a veces, comunidades que sorprenden por su acogida. Recuerda que irse a la ciudad ha sido durante décadas la salida para muchos, pero que no todo el mundo quiere o puede irse, y que quedarse también es una forma de reivindicar que el pueblo es de todos.
Esa nota cita precisamente «Boys from the Village» como una de las canciones del catálogo que miran a esa experiencia.
Visto desde ahí, el vaquero de la portada es un personaje muy concreto. Es el chico que se quedó. O el que volvió. El que vive en un sitio con granero y molino y aun así se planta la camisa abierta, el bigote y las gafas de aviador. No se ha ido a Chueca a ser marica. Lo es en el pueblo, delante del pajar, a la hora en que la gente vuelve del campo.
Hay pocas imágenes más valientes en el imaginario queer de este país que la de un chico con pluma en la plaza de su pueblo un domingo por la tarde. No hace falta irse a Nueva York para ser de The Village.
Calendario de bomberos
Mike suelta en su texto un detalle que no conviene pasar por alto: ese paisaje lo hemos visto en mil películas y en algún que otro calendario.

El calendario. Hay todo un subgénero de la cultura popular que consiste en hombres posando con poca ropa en escenarios de trabajo: bomberos con la manguera, granjeros con la horca, socorristas con la boya. Calendarios benéficos, calendarios de taller, calendarios de los que se cuelgan en la pared de la cocina con un poco de vergüenza. Su estética es la de la portada: luz de atardecer, pose estudiada, el disfraz de oficio a medio quitar.
Y su público, aunque oficialmente sea otro, ha sido siempre en buena parte el mismo: el que compraba los discos de Village People.
El planeta adora esa ambigüedad. La de las imágenes que fingen ser inocentes y no lo son. La del vaquero de calendario que posa como si fuera lo más normal del mundo estar sin camisa en un granero. Ahí está el camp en su forma más pura: tomarse completamente en serio una pose que todo el mundo sabe que es una broma.
Los disfraces de hombre
Hay una idea de fondo en Village People que el planeta recoge con mucha inteligencia: la masculinidad como disfraz.
Aquel grupo demostró, sin necesidad de explicarlo, que el macho americano era un vestuario. Que cualquiera podía ponérselo. Que el policía, el obrero y el vaquero no eran naturalezas, sino trajes. Y que, cuando se los ponía un hombre gay en una pista de baile, de repente se veían las costuras.
La portada de «Boys from the Village» hace exactamente eso con el vaquero. Lo exagera hasta que se le ven las costuras. La hebilla demasiado grande. La camisa demasiado abierta. Los tirantes que no hacen falta. El bigote demasiado perfecto. Es tan masculino que se vuelve una caricatura de la masculinidad, y en esa caricatura cabe toda la ironía del planeta.
En las letras publicadas de Mike aparece a menudo esa burla de los machos de manual. En «Buscando el polvo perfecto», por ejemplo, el tono es de pura chulería de barra: «Que si no te diviertes ya estás sentenciado... ¡pringado!». No es la letra de «Boys from the Village», que no conocemos. Pero es el mismo planeta, donde la pose de duro siempre acaba con un remate que la desarma.
El corazón con alas
En el pecho del vaquero hay un tatuaje. Un corazón con alas.
Es un clásico del tatuaje tradicional, el estilo de los marineros y de los salones de tatuaje de puerto, el de las golondrinas, las anclas, las rosas y los corazones con un nombre dentro. El corazón alado suele significar libertad, amor que vuela, o el recuerdo de alguien que se fue.
El mismo tatuaje, o uno muy parecido, aparece en otras portadas del planeta. En la de «Brilla Bruma», por ejemplo, el chico sin camiseta del neón lleva un gran tatuaje de alas y corazón en el pecho. Es casi una firma. Un detalle que se repite y que une portadas que, por lo demás, no tienen nada que ver: una pista retrofuturista y un granero al atardecer.
En «Boys from the Village», ese corazón alado entre los tirantes es la nota que delata al personaje. Un vaquero de verdad, de los del calendario, no llevaría ese tatuaje. Este sí. Es el vaquero que ha vivido otras vidas.
El pasaje del disco
«Boys from the Village» está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía, el del deseo de viaje. Ocupa la pista 50 de 86.
Su vecindad es muy elocuente. Justo antes, en la 49, está «Mueve las plumas». Justo después, en la 51, «Boys Like Us». Plumas, chicos del pueblo, chicos como nosotros. Es un pequeño tramo del disco dedicado a la identidad, a la pluma y al grupo, que se escucha casi como un bloque.
En la transmisión de vídeos de la web, el clip aparece entre «Boys Like Us» y «Mueve las plumas», las mismas dos vecinas, en orden inverso.
Si «Mueve las plumas» es una orden de pista y «Boys Like Us» es una afirmación de grupo, «Boys from the Village» parece situarse en medio, en el origen. De dónde venimos. Del pueblo. Del granero. Del atardecer con molino. Y también, en el otro sentido del título, del barrio de Nueva York que inventó una forma de ser marica en grupo.
Dos minutos y treinta y siete segundos
El videoclip oficial dura 2:37. Es de los cortos del catálogo, casi un single de radio de los setenta, cuando una canción de discoteca tenía que caber entre dos anuncios.

No vamos a contar aquí lo que pasa en el vídeo, porque cada uno tiene que verlo con sus ojos. Pero quien llegue a él después de la portada sabrá en qué decorado entra: el atardecer, el granero, el molino y el vaquero con hebilla de campeón.
Sobre cómo está hecha, no hay misterio. Mike escribe la letra a mano, sin IA, y la parte sonora, música y voces, sale de herramientas de inteligencia artificial como Suno. Lo cuenta él mismo en la sala de prensa del planeta, donde explica su forma de trabajar: un letrista y productor de Madrid con sello propio que usa herramientas nuevas para hacer sonar lo que escribe.
El pueblo en el catálogo
El planeta tiene una relación ambivalente con el pueblo, y eso se nota en los títulos.
Por un lado, está la burla del paleto. En el catálogo hay canciones como «Tan paleto» y «Tan cateto», que ya desde el título señalan con el dedo al que viene de fuera y no entiende nada, o al que se cree de ciudad y es más de pueblo que las amapolas. En el universo de Mike, el insulto de paleto se usa a menudo como dardo contra la homofobia de toda la vida.
Por otro lado, está el pueblo como raíz. La copla, la verbena, la feria, la abuela, el patio con flores. Medio planeta se construye con materiales de pueblo, reciclados con mirada marica. Las portadas de «Ay Chavoro», «Con el taconeo» o «Hoy toca escuchar a Ismael Serrano» están llenas de campo seco, de tablao y de mantón.
«Boys from the Village» se coloca justo en el cruce. El pueblo como decorado de calendario, como escenario de western y como origen. No como algo de lo que reírse, sino como el sitio donde también se puede llevar la camisa abierta.
Y.M.C.A. en la verbena
Hay una imagen que cualquiera que haya crecido en España tiene en la cabeza: la orquesta de la verbena tocando «Y.M.C.A.» y toda la plaza haciendo las letras con los brazos.
Las abuelas, los niños, el alcalde, el cura si se descuida. Todos haciendo la Y, la M, la C y la A sin pensar ni un segundo en que esa canción nació en el ambiente gay de Nueva York y que su letra, para quien sabía leerla, hablaba de un sitio donde los chicos se encontraban con otros chicos. Durante décadas, el pueblo entero ha bailado un himno marica en las fiestas patronales sin enterarse.
Esa imagen es pura gloria camp. Y es, probablemente, la mejor forma de entender la portada de «Boys from the Village». El vaquero del planeta vuelve al pueblo como volvió aquella canción: disfrazado de algo inocente y con un secreto que todo el mundo conoce y nadie dice.
Solo que esta vez el secreto se lleva con la camisa abierta. Y mirando a cámara.
Lo que no sabemos
No sabemos qué cuenta la canción. Su letra está pendiente de publicar y aquí se respeta. Puede ser un homenaje a aquel grupo, una historia de pueblo, un retrato de amigos, una canción de deseo o todo a la vez. Mike cierra su presentación con una invitación sencilla: si quieres saber qué pasa en ese village, dale una oportunidad y deja que suene mientras cae la tarde.
Lo que sí sabemos es lo que enseña la portada y lo que dicen sus fichas: el atardecer rural, el granero, el molino, el vaquero de gafas de aviador, bigote, tirantes, hebilla grande y corazón alado tatuado; el título en inglés con letras de cartel de rodeo; el segundo álbum de la trilogía; el vídeo de dos minutos y medio.
Con eso basta para entender el chiste y la ternura del single. Un disfraz de hombre de verdad, llevado de vuelta al sitio de donde salió, por un chico que no tiene ninguna intención de quitárselo.
Para escucharla
La canción está en Spotify y en su ficha del planeta, con descarga gratuita y directa. Mike recomienda ponerla mientras cae la tarde, y es buena idea. Si tienes un pueblo, mejor en el pueblo. Si no, en un balcón, en un parque o en el último autobús de vuelta.
Las gafas de aviador son opcionales. La hebilla, también. El bigote, a criterio de cada uno. Lo que no es opcional es la pose: manos en los bolsillos, mirada fija, y la certeza tranquila de que te están mirando.
Preguntas frecuentes
¿Está publicada la letra de «Boys from the Village»?
Todavía no. Su página de letras en gayfolkplanet.com dice «próximamente», así que esta crónica no cita versos de la canción: se centra en el título, la portada, el vídeo y el disco.
¿En qué álbum está «Boys from the Village»?
En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. Es la pista 50 de 86, entre «Mueve las plumas» y «Boys Like Us».
¿Quién escribió la canción?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿A qué grupo hace guiño la portada?
El propio Mike escribe que es imposible no pensar en cierto grupo de los setenta con sus disfraces de iconos masculinos. Village People se formó en Nueva York en 1977 y tomó el nombre de Greenwich Village; uno de sus personajes era un vaquero.
¿Tiene videoclip?
Sí, un videoclip oficial de 2:37, disponible en la sección de vídeos de gayfolkplanet.com y en YouTube.