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Cartas de amor y desamor: de Oscar Wilde a «La última carta» en las letras del Planeta Gayfolk

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Portada de «La Última Carta», canción de Mike Sain't Louis

Hay cosas que solo se dicen por escrito. No porque no se puedan decir en voz alta, sino porque por escrito no te interrumpen. La carta es el único género en el que una persona puede hablar todo lo que necesita sin que el otro conteste, se defienda o cambie de tema. Por eso ha sido, durante siglos, el sitio de las declaraciones de amor más atrevidas y de las despedidas más definitivas.

Para la historia queer, las cartas tienen además un valor especial. Durante mucho tiempo fueron el único lugar donde se podía nombrar un deseo que estaba prohibido en público. Muchas se quemaron, otras se recortaron y algunas sobrevivieron para contar historias que las biografías oficiales callaban.

Las letras del Planeta Gayfolk, el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, vuelven a esa forma con frecuencia. Hay una canción que se titula «La última carta», otra que se presenta como carta de recomendación de un exmarido, una escapada a París descrita como una carta que nunca se envió y dos presentaciones que se definen como carta de amor y carta abierta. Este texto repasa la tradición de las cartas de amor y desamor en la cultura queer, con datos públicos, y la pone al lado de esas canciones. Las citas salen del archivo de letras, tal como están publicadas.

«De Profundis»: la carta que no se pudo enviar

La carta de desamor más famosa de la literatura queer se escribió en una celda. A principios de 1897, Oscar Wilde llevaba casi dos años preso en la cárcel de Reading, condenado a trabajos forzados por su relación con otro hombre. Allí, con permiso para escribir solo bajo ciertas condiciones, redactó una carta larguísima dirigida a lord Alfred Douglas, el joven aristócrata con quien había mantenido la relación que acabó llevándolo a juicio.

La carta es a la vez reproche, examen de conciencia y meditación sobre el dolor. Wilde repasa la relación con una precisión dolorosa: los gastos, las escenas, las veces que cedió, la manera en que su propia obra se fue quedando a un lado. Y luego intenta convertir todo ese sufrimiento en otra cosa, una reflexión sobre el arte y sobre la humildad.

Lo más llamativo es que la carta no llegó a enviarse como tal. Las autoridades de la prisión no permitieron que saliera, y Wilde se la entregó a su amigo Robert Ross el día que quedó libre. Ross publicó una versión recortada en 1905, ya muerto Wilde, con el título de «De Profundis», tomado de un salmo. El texto completo no se publicó hasta 1962. Durante más de medio siglo, la carta más famosa de Wilde fue, en buena medida, una carta que su destinatario no leyó entera.

Cartas que acabaron en un tribunal

Antes de «De Profundis» hubo otra carta de Wilde a Douglas que tuvo un destino mucho peor. A principios de 1893, Wilde le escribió una nota breve y muy apasionada en la que elogiaba sus labios rojos y su alma delgada y dorada que caminaba entre la pasión y la poesía. La carta cayó en manos de unos chantajistas, y Wilde, para quitarle importancia, sostuvo que era una especie de poema en prosa. El escritor Pierre Louÿs llegó a convertirla en un soneto en francés que se publicó en una revista de Oxford.

En 1895, cuando Wilde demandó al padre de Douglas, el marqués de Queensberry, por difamación, aquella carta salió en el juicio. Lo que había sido un texto íntimo se leyó en voz alta ante un tribunal y ante la prensa. El proceso se volvió contra Wilde y desembocó en su condena.

La historia explica por qué tantas cartas queer se quemaron. Una carta de amor entre dos hombres podía ser, literalmente, una prueba. Muchas familias destruyeron la correspondencia de sus parientes tras su muerte, y muchas personas la destruyeron en vida por miedo. Lo que hoy se conserva es una parte mínima de lo que se escribió, y archivos comunitarios como los Lesbian Herstory Archives, fundados en Nueva York en 1974, nacieron precisamente para guardar cartas, diarios y fotos que nadie más quería conservar.

«Esta carta no es para que la leas»

Más de un siglo después, el Planeta Gayfolk tiene su propia carta de desamor, y tampoco está pensada para el destinatario. «La última carta», del segundo álbum, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», empieza dejando claras las reglas:

Fotogramas del videoclip oficial de «La última carta», de Mike Sain't Louis

«No escribo esto para volver a hablar contigo. No necesito tu respuesta ni tu atención. Esta carta es para mí, para cerrar lo que tú nunca tuviste el valor de reconocer.»

Es una inversión completa del género. La carta de amor tradicional busca respuesta; esta la rechaza desde la primera línea. Lo que sigue es un repaso de una relación marcada por la manipulación, contado con la precisión de quien ha tenido mucho tiempo para pensar:

«Me convenciste de que estaba exagerando, que era demasiado sensible, que todo era un "malentendido". Pero no. No era yo.»

Y entonces llega la línea más corta y más fuerte de la carta, sola en su párrafo: «Fuiste tú.» Como en «De Profundis», hay reproche, pero también un intento de entender. La carta reconoce el amor, «Porque sí, te quise», y lo separa de lo que recibió a cambio: «lo que me dabas no era amor. Era dependencia disfrazada de afecto.»

El cierre devuelve la carta a su autor. «Esta carta no es para que la leas. Es para que yo cierre. Es para decirme a mí mismo: lo lograste, saliste, te elegiste.» Wilde no pudo enviar su carta porque se lo prohibieron. El personaje de «La última carta» decide no enviarla porque ya no la necesita el otro. En los dos casos, la carta acaba siendo para quien la escribe.

La carta que no se envía como herramienta

La idea de escribir una carta que no se va a mandar tiene una larga tradición fuera de la literatura. Algunos terapeutas la proponen como ejercicio para ordenar lo que uno siente después de una pérdida o de una relación dañina: escribir todo lo que no se pudo decir, sin censura, sabiendo que nadie lo va a leer. La gracia está en que, al no esperar respuesta, uno deja de escribir para convencer al otro y empieza a escribir para entenderse.

«La última carta» tiene esa estructura. No discute la versión del otro, la descarta: «no me interesa tu versión». No pide disculpas ni las exige. Y termina con una frase que resume el sentido de todo el ejercicio: «Hoy la dignidad pesa más que la nostalgia.»

La canción encaja así en una tradición muy humana y muy antigua. Lo que la vuelve propia del planeta es el vocabulario: el gaslighting, el bloqueo, el silencio como protección. Son palabras de esta época puestas en una forma que tiene siglos.

Virginia Woolf, Vita y la carta más larga

Si «De Profundis» es la gran carta de desamor queer, la gran carta de amor puede que ni siquiera tenga forma de carta. En 1922, la escritora Virginia Woolf conoció a la poeta y novelista Vita Sackville-West. Las dos estaban casadas con hombres, y entre ellas empezó una relación de amor y de amistad que dejó una correspondencia enorme, llena de juegos, celos, coqueteo y admiración.

En 1928, Woolf publicó «Orlando», una novela sobre un joven noble inglés que vive varios siglos y que, a mitad del libro, se despierta convertido en mujer. El personaje estaba inspirado en Vita, y el libro está lleno de guiños a su familia, a su casa y a su manera de ser. Décadas después, el hijo de Vita, Nigel Nicolson, describió «Orlando» como la carta de amor más larga y más encantadora de la literatura.

La idea es preciosa y tiene mucho que ver con el planeta: a veces una declaración de amor no se escribe como carta, sino como obra. Un libro entero puede ser una carta si se escribe pensando en una sola persona.

«Una carta de amor de un artista a otra»

Esa es exactamente la forma en que se presenta «The Queen of Pop», del tercer álbum, «El día de la liberación». Su presentación explica que se trata de un homenaje personal e independiente a Madonna hecho desde el Planeta Gayfolk, y lo define con una fórmula epistolar:

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «lo que me dabas no era amor. Era dependencia disfrazada de afecto.» de «La última carta»

«No es imitación, es devoción convertida en arte performativo. / Una carta de amor de un artista a otra, de la libertad a la rebeldía.»

Como «Orlando», es una carta que no tiene sobre ni sello. Es una canción entera escrita pensando en una persona concreta, con la diferencia de que la destinataria es una estrella mundial a la que el autor no conoce. Es la carta del fan, uno de los géneros epistolares más antiguos del pop: las cartas que miles de chicos raros escribían a sus ídolos sin esperar respuesta, y que a menudo eran el primer sitio donde alguien se atrevía a decir quién era.

La fórmula «de la libertad a la rebeldía» añade una idea: la carta no va solo de una persona a otra, va de una actitud a otra. Madonna, para buena parte del público queer de los ochenta y noventa, fue la rebeldía; quien escribe la carta, desde un planeta inventado, se presenta como la libertad que esa rebeldía hizo posible.

Emily Dickinson y los pasajes borrados

La historia de las cartas queer también es una historia de censura. La poeta estadounidense Emily Dickinson, que publicó muy poco en vida, mantuvo durante décadas una correspondencia intensa con Susan Gilbert, amiga de juventud que después se casó con el hermano de Emily y se convirtió en su cuñada y vecina. Las cartas y poemas que le envió están entre los textos más apasionados que escribió.

Cuando, tras la muerte de Dickinson en 1886, sus papeles empezaron a editarse, algunos pasajes de esos manuscritos aparecieron tachados o recortados, y durante mucho tiempo las ediciones presentaron la relación como una amistad sin más. Hizo falta el trabajo de investigadoras del siglo XX para recuperar esos textos y leerlos de otra manera. Una recopilación publicada en 1998 llevó un título sacado de una de las cartas: «Open Me Carefully», ábreme con cuidado.

Ese título podría ser el lema de muchas cartas queer: escritas para una sola persona, vigiladas por todas las demás y leídas, por fin, mucho después.

«Una carta que nunca se envió»: París

El planeta tiene otra carta sin enviar, y esta vez tiene forma de escapada. «París restera gris», del tercer álbum, se presenta así:

«No es una canción de odio, ni de venganza. Es una carta que nunca se envió, un paseo por una ciudad que se quedó esperándonos.»

La presentación explica que la canción habla del final de una relación gay de muchos años y de una escapada a París que se planeó mil veces y nunca se hizo: maletas que no salieron del armario, hoteles que se miraron en Google Maps y se convirtieron en ruinas imaginarias. París, dice el texto, «no es la ciudad del amor, sino el escenario de una ausencia».

Es una carta con un tono muy distinto al de «La última carta». No hay reproche, hay melancolía. La presentación lo define como «ese punto exacto en el que el amor deja de doler, pero sigue pesando», y como una manera de «mirar atrás sin rencor, pero con una tristeza elegante». Si «La última carta» es la carta que cierra una puerta, «París restera gris» es la postal que se escribe desde un sitio al que nunca se llegó.

La carta de recomendación: el desamor en formulario

Hay un género epistolar mucho menos romántico que la carta de amor y que todo el mundo ha tenido que escribir o pedir alguna vez: la carta de recomendación. Es el documento en el que alguien da fe de las virtudes de otra persona ante un tercero, para un trabajo, una beca o un alquiler. Tiene sus fórmulas fijas, su tono formal y su promesa de objetividad.

Collage con un detalle de la carátula de «La última carta» y las carátulas de «Paris Restera Gris», «Carta de recomendación», «The Queen of Pop»

«Carta de recomendación», del segundo álbum, le da la vuelta. Se presenta con una frase seca: «Esta es mi carta de referencia de mi exmarido.» Y lo que sigue no es una recomendación, sino un aviso para la siguiente pareja, escrito con el humor ácido del catálogo. La carta desmonta los datos del personaje uno por uno, empezando por la edad y siguiendo por el aspecto:

«No te fíes de sus ojos azules, son lentillas de colores.»

El exmarido es un personaje de ficción que aparece en otras canciones del planeta, y la carta le dedica una lista de advertencias que funcionan como chistes de sainete. Pero debajo de la comedia hay una estructura teatral que la propia letra señala: «Que el primer acto lo protagonicé yo. / Ahora queda el acto dos.» La carta de recomendación se convierte en relevo: quien la escribe ha salido de la obra y avisa a quien entra.

La gracia del texto está en usar un formato de oficina para contar un desamor. Igual que el formulario o el certificado, la carta de referencia promete neutralidad, y esa promesa hace que cada pulla suene todavía más fuerte.

La carta abierta: de Zola al artista independiente

Existe otro tipo de carta que no se escribe para una persona, sino para todo el mundo. El ejemplo más famoso es «J'accuse...!», el texto que el novelista Émile Zola publicó el 13 de enero de 1898 en el periódico L'Aurore. Iba dirigido al presidente de la República francesa y denunciaba la condena injusta del capitán Alfred Dreyfus. Zola fue procesado por ello, pero su carta cambió el rumbo del caso y fijó para siempre la figura del intelectual que escribe públicamente para señalar una injusticia.

La carta abierta tiene una paradoja: va dirigida a alguien concreto, pero está pensada para que la lean todos los demás. En el Planeta Gayfolk, esa fórmula aparece en la presentación de «Primer aniversario», del tercer álbum, una canción escrita, según su autor, desde la ironía y la soledad del artista independiente. La presentación la define así:

«Es una carta abierta a todos los que han sentido que su arte no importa, recordándoles que sí importa.»

Y añade: «Que el valor no está en las vistas, sino en la verdad.» Aquí la carta abierta no denuncia un caso judicial, sino algo más cotidiano: los estados de WhatsApp que nadie mira, los logros que pasan desapercibidos, la gente que dice que eso no da dinero. Es una carta a un destinatario colectivo, todos los que crean sin aplausos, firmada por alguien que conoce esa situación desde dentro.

Cuando no hay carta

La forma de carta también se nota cuando falta. En «El castigo más duro», del segundo álbum, el personaje no encuentra las palabras para despedirse. La letra empieza con una imagen física de esa imposibilidad:

Ficha de la canción «La última carta» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«No me salen las palabras / Tienen pinchos y destrozan»

Las palabras que no salen son la carta que no se escribe. En lugar de redactarla, el personaje decide borrar: siete años de fotos en el móvil y en la nube, enumerados uno por uno como si fueran cajones de un archivo. La ley del hielo, el castigo del título, es la decisión de no enviar ni una línea más.

Y hay una canción del primer álbum, «El día más ideal», escrita en mayúsculas de principio a fin, que menciona la carta por su ausencia en medio de una despedida muy dura: «NO HE ESCRITO NI UNA CARTA NI ME HE LAVADO LOS DIENTES». Es una letra que habla de un final y de pedir perdón por no haber elegido el día más ideal, y conviene leerla con cuidado. Si estás pasando por un momento difícil o piensas en hacerte daño, en España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, o al 112 en caso de emergencia. Si estás fuera de España, llama a tu número local de emergencias. Hablar con alguien es siempre mejor que despedirse por escrito.

Del sobre al mensaje

Las cartas en papel casi han desaparecido de la vida cotidiana, pero el género no. Los mensajes largos de WhatsApp a las tres de la mañana, las notas del móvil que nunca se mandan y los correos redactados y borrados son sus herederos directos. El planeta lo sabe: varias letras hablan de mensajes no leídos, de estados vistos y de bloqueos.

También cambia el archivo. Las cartas de Woolf y de Vita se conservan en bibliotecas; las de Dickinson se pueden consultar digitalizadas. Los mensajes de hoy dependen de una contraseña, de una copia de seguridad y de que nadie pulse borrar. Es curioso pensar que las historias de amor de esta época, que se escriben más que nunca, podrían ser las que menos huella dejen. Quizá por eso tantas canciones hablan de fotos borradas de la nube: el desamor contemporáneo incluye una limpieza de servidores que ningún personaje de Wilde habría podido imaginar.

Lo que cambia es la velocidad. Una carta de Wilde tardaba meses en salir de la cárcel; un mensaje llega en un segundo y se puede ver el doble check. Eso ha hecho que la carta que no se envía tenga hoy más valor que nunca: es el único sitio donde uno puede escribir sin la presión de ver si el otro lo ha leído.

Por eso tiene sentido que una canción del catálogo se titule «La última carta» y no «el último mensaje». La palabra carta conserva algo que el mensaje ha perdido: la idea de que se ha pensado antes de escribirla, de que se ha releído y de que, una vez cerrada, ya no se puede corregir.

Un pequeño epistolario del planeta

Si alguien quisiera ordenar estas canciones como un libro de cartas, podría empezar por la carta de amor al ídolo, «The Queen of Pop», escrita de un artista a otra.

Seguiría con la postal del viaje que no se hizo, «París restera gris», con su tristeza elegante.

Después vendría la carta abierta, «Primer aniversario», dirigida a todos los que crean sin aplausos.

Para el humor, la «Carta de recomendación», con sus lentillas de colores y su acto dos.

Para el silencio, «El castigo más duro», con las palabras que tienen pinchos.

Y para cerrar el libro, «La última carta», la que no está escrita para que la lea nadie más que quien la firma.

Ficha

«La última carta» pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los personajes de las letras son inventados; las figuras públicas citadas aparecen solo con datos conocidos de su trayectoria. Los datos sobre Oscar Wilde, Virginia Woolf, Vita Sackville-West, Emily Dickinson y Émile Zola proceden de fuentes públicas. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Qué es «De Profundis»?

Una carta muy larga que Oscar Wilde escribió a lord Alfred Douglas a principios de 1897, mientras cumplía condena en la cárcel de Reading. No se le permitió enviarla; se la entregó a su amigo Robert Ross al salir, se publicó en parte en 1905 y completa en 1962.

¿Qué relación tiene «Orlando» con las cartas de amor?

Virginia Woolf escribió «Orlando», publicada en 1928, inspirándose en Vita Sackville-West, con quien mantuvo una relación y una larga correspondencia. El hijo de Vita, Nigel Nicolson, la llamó la carta de amor más larga y encantadora de la literatura.

¿De qué trata «La última carta»?

Es una carta de despedida dirigida a una expareja que la propia letra dice que no está escrita para ser leída: «Esta carta no es para que la leas. Es para que yo cierre». Pertenece al álbum «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».

¿Qué otras canciones del Planeta Gayfolk usan la forma de carta?

«Carta de recomendación», que se presenta como una carta de referencia de un exmarido; «París restera gris», descrita como una carta que nunca se envió; y las presentaciones de «The Queen of Pop» y «Primer aniversario», que se definen como carta de amor y carta abierta.

¿Quién escribe las letras del Planeta Gayfolk?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA». La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.

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