Cultura LGTBI
Arte queer: de los sonetos de Miguel Ángel a Ocaña y Pepe Espaliú, leído con «La insignia de artista» y otras letras del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

En los museos hay una forma de silencio muy particular. Es el silencio de las cartelas. Un rectángulo de cartón junto al cuadro que dice nombre, fechas, técnica, propietario. Casi nunca dice a quién amaba el pintor, a quién iban dirigidos los poemas que escribía por la noche ni por qué una parte de su obra estuvo guardada en un cajón durante siglos. La cartela es educada. Y lo educado, muchas veces, es lo que calla.
Este texto recorre la historia del arte queer a través de varios nombres, de Miguel Ángel a Pepe Espaliú, y de una pregunta que atraviesa todos ellos: quién decide quién es artista y qué parte de su vida merece contarse. Lo hace al lado de varias canciones del Planeta Gayfolk, el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que hace su música con herramientas de inteligencia artificial y que conoce de cerca esa pregunta. Las citas salen del archivo de letras, tal como están publicadas.
«No mereces la insignia de artista»
«La insignia de artista», del primer álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», es una canción de enfrentamiento. El narrador se planta ante alguien con poder en la industria y le devuelve el examen:
¿Eres talento o talón? ¿Eres revolucionario o eres talonario?
Talento o talón, revolución o talonario. El juego de palabras es castizo y tiene filo: separa a quien crea de quien reparte cheques y permisos. Y luego llega el veredicto:
ahí tienes la puerta, fuera de mi vista No mereces la insignia de artista
La insignia es una imagen precisa. Una chapa que alguien concede, que se cuelga en la solapa y que se puede retirar. La historia del arte está llena de insignias negadas. A las mujeres se les negó durante siglos la entrada en las academias. A los artistas abiertamente homosexuales se les toleró el talento a cambio de silencio sobre su vida. Y hoy a quien trabaja con inteligencia artificial se le discute la chapa entera. La canción le da la vuelta al gesto: aquí es el que estaba fuera quien decide que el otro no la merece.
Una cartela que se queda corta
Una nota anterior del diario sobre esta canción se preguntaba quién reparte el alma. En la historia del arte, la pregunta se ha formulado de otra manera: quién reparte la biografía. Durante mucho tiempo, los historiadores trataron la vida afectiva de los artistas homosexuales como un detalle irrelevante o, peor, como una mancha que convenía limpiar. Se hablaba del «amigo», del «protegido», del «compañero de taller». Se quemaban cartas. Se cambiaban pronombres.
Recuperar esa historia no consiste en sacar a nadie del armario con efecto retroactivo. Muchas de estas personas vivieron en épocas en las que la palabra homosexual ni siquiera existía, y no conviene imponerles etiquetas de hoy. Consiste en algo más modesto y más justo: no borrar lo que ellos mismos dejaron escrito, dibujado o fotografiado.
Miguel Ángel y los pronombres cambiados
En 1532, Miguel Ángel Buonarroti, que tenía entonces cincuenta y siete años, conoció en Roma a Tommaso dei Cavalieri, un joven noble romano. Le escribió cartas apasionadas, le dedicó poemas y le regaló algunos de sus dibujos más elaborados, como «El rapto de Ganímedes», la escena mitológica del joven raptado por Zeus convertido en águila. La relación duró, en forma de amistad, hasta la muerte del artista, y Cavalieri estuvo a su lado al final.
Lo interesante para esta historia es lo que pasó después. En 1623, el sobrino nieto del artista, Michelangelo Buonarroti el Joven, publicó por primera vez sus poemas. Para hacerlos presentables, cambió en varios de ellos el destinatario masculino por uno femenino. Durante más de dos siglos, los lectores creyeron que Miguel Ángel había escrito esos sonetos de amor a una mujer. Las ediciones del siglo XIX devolvieron los textos a su forma original.
El autor de la bóveda de la Capilla Sixtina, la obra que miles de personas miran cada día con la cabeza levantada, tuvo su intimidad corregida por un familiar con una pluma. Es una buena muestra de cómo funcionó la censura queer durante siglos: no siempre destruyendo, a veces solo retocando.
Caravaggio y el riesgo de leer de más
Al lado de Miguel Ángel suele aparecer otro nombre: Caravaggio. Sus muchachos con frutas, sus jóvenes músicos con los hombros al aire, su Baco con la copa en la mano y la mirada directa al espectador han alimentado durante décadas lecturas queer de su obra. Es comprensible. Hay en esos cuadros una sensualidad masculina que la pintura religiosa de su tiempo rara vez se permitía.

Pero aquí conviene frenar. No hay documentos que permitan afirmar con seguridad nada sobre la vida afectiva de Caravaggio, y los historiadores siguen discutiendo. Lo honesto es separar dos cosas: lo que la obra provoca en quien la mira hoy, que es legítimo y forma parte de la historia de su recepción, y lo que se sabe de la biografía, que es mucho menos. La historia del arte queer no necesita inventar. Le basta con no borrar.
Esa prudencia también protege a los casos que sí están documentados. Cuando se exagera con uno, se da munición a quien quiere negar todos los demás.
«La séptima es la definitiva»
En el catálogo hay una canción que lleva la Capilla Sixtina en el título. «La de la Capilla Sixtina», del segundo álbum, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», no habla de frescos ni de papas. Habla de vidas, como los gatos:
Y ya he usado seis vidas La séptima es la definitiva La de la capilla sixtina
La Capilla Sixtina aparece aquí como sinónimo de lo máximo, de la obra cumbre, de la vida que por fin sale bien después de seis intentos. Y la canción empieza con una declaración de confianza muy concreta:
Ya , nunca más, Volveré A confiar En alguien Que no sea mi gente
Mi gente. Hay algo en esa reducción del círculo que conecta con la historia de muchos artistas queer, que solo pudieron mostrarse tal como eran en grupos pequeños, talleres, tertulias y casas amigas, mientras hacia fuera mantenían la cartela educada.
Rosa Bonheur y el permiso para llevar pantalones
En el siglo XIX, la pintora francesa Rosa Bonheur se especializó en animales. Para estudiarlos tenía que ir a mataderos, ferias de ganado y mercados de caballos, lugares donde una mujer con falda llamaba la atención y lo tenía todo más difícil. Así que solicitó a la prefectura de policía de París un permiso de travestismo, el documento que entonces hacía falta para que una mujer pudiera vestir pantalones en público por motivos de trabajo. Se lo concedieron, y lo fue renovando.
Su cuadro «La feria de caballos», terminado en la década de 1850, la hizo famosa en Europa y en Estados Unidos, y hoy está en el Metropolitan de Nueva York. En 1865 recibió la Legión de Honor. Vivió durante décadas con su compañera, Nathalie Micas, y tras la muerte de esta, con la pintora estadounidense Anna Klumpke. Bonheur no usó las palabras de hoy, pero dejó claro con su vida que no pensaba casarse con ningún hombre.
Su caso enseña algo sobre la insignia de artista. Para conseguirla, Bonheur tuvo que pedir un permiso administrativo para vestir como quería. El talento no bastaba. Hacía falta un papel con sello.
Claude Cahun: la cámara contra el uniforme
Claude Cahun nació en Nantes en 1894 con el nombre de Lucy Schwob. Eligió un nombre que en francés sirve para cualquier género y se fotografió durante años con la cabeza rapada, con traje, maquillada, disfrazada de muñeca o de levantador de pesas. Sus autorretratos, que en vida casi nadie vio, se consideran hoy una de las exploraciones más audaces de la identidad en el arte del siglo XX. Trabajó siempre con su compañera, Marcel Moore, nombre artístico de Suzanne Malherbe.

En los años treinta se instalaron en la isla de Jersey. Cuando los nazis la ocuparon, las dos se dedicaron a una forma de resistencia muy suya: escribir y repartir panfletos contra la ocupación dirigidos a los soldados alemanes, a veces firmados como un soldado sin nombre. En 1944 fueron detenidas y condenadas a muerte. La liberación de la isla, en 1945, les salvó la vida.
La historia de Cahun es la de una artista que se negó a llevar el uniforme que le asignaban, el del género y el del invasor. Y la de una obra que tardó décadas en salir del cajón.
Hockney antes de 1967
En 1961, un joven David Hockney pintó «We Two Boys Together Clinging», un cuadro cuyo título toma un verso de Walt Whitman y que muestra a dos figuras masculinas abrazadas entre garabatos y números. En Inglaterra, en aquel momento, las relaciones sexuales entre hombres eran delito. No se despenalizaron en Inglaterra y Gales hasta la Sexual Offences Act de 1967.
Hockney pintó su deseo cuando era ilegal y lo hizo sin disimulo, con humor y con códigos que cualquier persona atenta podía leer. Más tarde, en California, sus piscinas y sus hombres al sol se convirtieron en algunas de las imágenes más reconocibles del arte del siglo XX. Pero su primer gesto fue de valentía en un país que podía meterle en la cárcel.
«El arte, al igual que el karma, a veces tarda»
En «Doña Rogelia», una canción del segundo álbum contra un embaucador de mercadillo, hay un verso que podría ponerse a la entrada de cualquier sala de arte queer:
el arte, al igual que el karma, a veces tarda, pero son infalibles contra los embaucadores.
El arte a veces tarda. Los sonetos de Miguel Ángel tardaron más de dos siglos en recuperar sus pronombres. Los autorretratos de Cahun tardaron décadas en exponerse. Muchas obras de artistas que murieron jóvenes por el sida tardaron en entrar en los museos que antes no las querían. La canción lo dice desde otro lugar, desde la rabia de alguien que se siente estafado, pero la frase sirve para la historia entera: hay justicias que llegan con retraso, y el arte suele ser su mensajero.
Una nota del diario se detenía en el arte como karma en esta canción. Aquí basta con quedarse con la idea de que el tiempo también es un comisario de exposiciones, y que a veces corrige lo que su época no supo ver.
Keith Haring: dibujar en el metro, dibujar contra el silencio
A principios de los años ochenta, Keith Haring empezó a dibujar con tiza blanca sobre los paneles negros de publicidad vacíos del metro de Nueva York. Bebés que irradian rayos, perros que ladran, figuras que bailan. Lo detuvieron varias veces por vandalismo. Pocos años después, sus imágenes estaban en camisetas, murales y museos de todo el mundo, y en 1986 abrió en el SoHo su Pop Shop para vender su arte a precios asequibles.
En 1988 le diagnosticaron sida. Al año siguiente creó la fundación que lleva su nombre para apoyar a organizaciones contra el sida y programas para la infancia, y dedicó buena parte de su obra final a la prevención y contra el estigma, con carteles como «Ignorance = Fear». Murió en febrero de 1990, a los treinta y un años. Su obra es un ejemplo de arte que se negó a pedir permiso: salió a la calle antes de que nadie le concediera la insignia.
Ocaña: un pintor de Cantillana en las Ramblas
España tiene su propia historia, y una de sus figuras más luminosas es José Pérez Ocaña. Nació en Cantillana, en Sevilla, en 1947, y se fue a Barcelona, donde en los años de la Transición se convirtió en un personaje de las Ramblas y la plaza Real. Pintaba cuadros naíf llenos de vírgenes, procesiones y escenas de pueblo, y salía a la calle con mantones, flores y vestidos, haciendo de su propia presencia una obra. Ventura Pons le dedicó en 1978 el documental «Ocaña, retrat intermitent».

Ocaña mezclaba lo sagrado y lo profano, la Semana Santa andaluza y la libertad recién estrenada, con una ternura que desarmaba. Murió en 1983, tras sufrir quemaduras en un accidente con un disfraz durante una fiesta en su pueblo. Durante años fue recordado más como personaje que como artista. Hoy sus cuadros se exponen en museos y su figura se reivindica como pionera de la performance en España. Otra vez, el arte que tarda.
Costus y la Movida
En el Madrid de los ochenta, una pareja de pintores firmaba sus obras con un solo nombre: Costus. Eran Enrique Naya y Juan Carrero, y su casa en Malasaña fue uno de los lugares de encuentro de la Movida. Pintaban con un humor kitsch y castizo, mezclando folclóricas, iconografía religiosa y cultura popular. Su serie sobre el Valle de los Caídos convirtió el monumento del franquismo en un decorado pop lleno de personajes de la copla.
Los dos murieron en 1989 por enfermedades relacionadas con el sida. Su obra estuvo años poco vista, y en las últimas décadas ha vuelto a reivindicarse como una de las expresiones más libres de aquella época. Costus ilustra algo que se repite en esta historia: la generación queer que llenó de color los años de la libertad fue también la que el sida se llevó antes de tiempo.
«Carrying»: un cuerpo que no toca el suelo
En 1992, el artista cordobés Pepe Espaliú, enfermo de sida, hizo una acción que cambió la conversación pública en España. Se llamaba «Carrying», llevar en brazos. Descalzo, sin tocar el suelo, fue transportado por parejas de personas que se lo iban pasando de unas a otras. La primera vez fue en San Sebastián, el 26 de septiembre, durante el festival de cine. La segunda, en Madrid, el 1 de diciembre, Día Mundial del Sida, desde el Congreso de los Diputados hasta el Museo Reina Sofía, con personas muy conocidas de la cultura entre quienes lo llevaron.
La imagen era sencilla y demoledora. En una época en que muchos tenían miedo hasta de tocar a una persona con VIH, el cuerpo del artista pasaba de brazo en brazo. La obra decía que había que cuidar, sostener y acompañar, y que el estigma mataba tanto como el virus. Espaliú murió en 1993. Su acción es hoy una de las piezas fundamentales del arte contemporáneo español.
Hay que recordar algo, con la misma claridad con la que lo decía su obra: hoy el VIH tiene tratamiento, y una persona con carga viral indetectable no lo transmite. El estigma, en cambio, sigue haciendo daño.
La pregunta de siempre con una herramienta nueva
Hay una razón por la que esta historia interesa especialmente al Planeta Gayfolk. Mike Sain't Louis escribe sus letras y produce sus canciones, y la música y las partes vocales se generan con herramientas de inteligencia artificial. En más de una ocasión le han dicho que eso no es arte. La discusión es nueva en la forma, pero vieja en el fondo. Cada vez que apareció una técnica, la fotografía, el sintetizador, el sampler, alguien decidió que quien la usaba no merecía la insignia.
Lo que enseñan Bonheur, Cahun o Haring es que la insignia nunca dependió solo de la técnica. Dependió de quién tenía poder para concederla y de quién encajaba en su idea de artista. Una mujer con pantalones, una persona que se fotografiaba con la cabeza rapada, un chico que dibujaba con tiza en el metro: ninguno de ellos encajaba. No se trata de comparar obras ni de pedir para nadie un lugar en la historia. Se trata de reconocer el patrón. La pregunta «¿eso es arte?» se ha usado muchas veces para dejar fuera a quien incomodaba, y muy pocas para entender lo que estaba haciendo.
Reescribir los lugares donde no nos invitaron
En el catálogo hay una canción, «Louvre», cuyo texto de presentación del videoclip resume esta historia en una frase. Mike Sain't Louis escribió allí que el Louvre no aparece como museo sino como símbolo, y añadió: «En el fondo, eso es lo que hacemos las personas diferentes: reescribir los lugares donde nunca fuimos invitados». Una nota del diario hablaba de bailar donde no nos invitaron.

Eso es lo que hicieron Haring en el metro, Ocaña en las Ramblas y Espaliú en la calle que va del Congreso al Reina Sofía. Ocuparon lugares que no estaban pensados para ellos y los convirtieron en sala de exposiciones. La historia del arte queer es, en buena parte, una historia de espacios conquistados.
Si te han hecho sentir que no vales
Hay una herida que comparten muchos artistas queer, conocidos o anónimos: la de haber oído que lo suyo no vale, que no es arte, que sobra. En «El narcisista» aparece en una línea: «El narcisista nunca te vio como un artista». Cuando ese mensaje viene de una pareja, de la familia o del entorno profesional, puede calar muy hondo.
Si esa sensación te pesa tanto que piensas en hacerte daño, cuéntalo. Hablar del suicidio con claridad protege. En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida y atiende gratis y a cualquier hora. En una emergencia, marca el 112. El Teléfono de la Esperanza escucha crisis emocionales en el 717 003 717 las 24 horas, y la FELGTBI+ orienta a personas LGTBI en el 913 604 605. Si vives fuera de España, llama al número de emergencias local.
Tu valor no depende de una insignia que alguien te conceda o te quite.
La insignia la pone cada uno
Al principio hablábamos de las cartelas de los museos. Poco a poco, algunas están cambiando. Hay museos que han revisado sus textos para nombrar las relaciones que antes callaban, recorridos temáticos sobre arte LGTBI y exposiciones dedicadas a artistas que durante décadas fueron notas a pie de página. Es un trabajo lento, pero va en la buena dirección. También ayudan los archivos comunitarios, las asociaciones que guardan carteles, fanzines y fotografías de los años setenta y ochenta, y las personas mayores que todavía recuerdan quién vivía con quién y qué cuadros se pintaron en qué pisos. Esa memoria oral, si no se recoge ahora, se pierde con quienes la tienen.
«La insignia de artista» termina con un narrador que ya no espera que nadie le dé permiso. La historia que hemos recorrido, de los sonetos corregidos de Miguel Ángel al cuerpo de Espaliú en brazos de desconocidos, cuenta lo mismo con otros nombres. La insignia de artista nunca la repartieron del todo los que tenían el poder de darla. La fueron ganando, muchas veces tarde, quienes siguieron creando aunque nadie quisiera mirar.
Ficha
«La insignia de artista» pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Mike Sain't Louis es el letrista, compositor y productor musical del proyecto y se define como «el primer cantautor IA»; la música y las partes vocales se crean con inteligencia artificial. Los personajes de las canciones son inventados. Los datos sobre Espaliú, Ocaña y Costus proceden de El País, la Fundación ONCE, la Gran Enciclopèdia Catalana y otras fuentes públicas, y los del resto de artistas, de las colecciones y fundaciones que conservan su obra. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Por qué se dice que los sonetos de Miguel Ángel fueron censurados?
Porque cuando su sobrino nieto, Michelangelo Buonarroti el Joven, publicó sus poemas en 1623, cambió en varios de ellos el destinatario masculino por uno femenino. Muchos de esos versos estaban dirigidos al joven noble romano Tommaso dei Cavalieri, a quien Miguel Ángel conoció en 1532 y regaló dibujos. Las ediciones del siglo XIX recuperaron los textos originales.
¿Qué fue «Carrying», de Pepe Espaliú?
Una acción artística de 1992 en la que el artista cordobés, enfermo de sida, fue llevado descalzo en brazos de pareja en pareja sin tocar el suelo. Se hizo en San Sebastián el 26 de septiembre y en Madrid el 1 de diciembre, del Congreso de los Diputados al Museo Reina Sofía, para denunciar el estigma y reclamar cuidados.
¿Quién fue Ocaña?
José Pérez Ocaña (Cantillana, 1947-Sevilla, 1983), pintor naíf y artista de performance que actuaba en las Ramblas y la plaza Real de Barcelona durante la Transición. Ventura Pons le dedicó en 1978 el documental «Ocaña, retrat intermitent».
¿De qué trata «La insignia de artista»?
Es una canción del primer álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», que se enfrenta a alguien con contactos en la industria musical y le pregunta «¿Eres talento o talón? / ¿Eres revolucionario o eres talonario?». Su estribillo dice «No mereces la insignia de artista».
¿A quién acudir si siento que no valgo nada?
En España, el 024 atiende a cualquier hora a personas con pensamientos de suicidio o en crisis, y el 112 es el número de emergencias. El Teléfono de la Esperanza (717 003 717) escucha las 24 horas y la FELGTBI+ ofrece atención en el 913 604 605. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias local.