Planeta Gayfolk

Camp español

«Chihuahua» y el desfile de chihuahuas célebres: de la batuta de Cugat a la bola de espejos del planeta

Por ·

Portada de «Chihuahua», canción de Mike Sain't Louis

Se encienden los focos de la pasarela. Suena un bajo. Y por el fondo del escenario, en lugar de una modelo de dos metros, aparece algo que cabe en un bolso. Orejas enormes, ojos saltones, patas como palillos y una actitud de estrella de Hollywood en la alfombra roja. Es un chihuahua. Y detrás vienen muchos más.

Esta crónica es un desfile. Va a hacer pasar por la pasarela a algunos de los chihuahuas más célebres de la cultura popular, uno detrás de otro, hasta llegar al último de la fila: el que baila en «Chihuahua», la pista 81 del primer disco de la trilogía, bajo la bola de espejos del planeta.

El diario ya contó por qué esta canción no necesita excusas en su nota sobre una canción de discoteca con patas y sin culpa, y allí apuntaba de pasada que el chihuahua es «el perro más camp que existe». Esta crónica se toma esa frase al pie de la letra y le pone genealogía. ¿Por qué este perro y no otro? ¿De dónde le viene la corona?

Siéntense. Que empiece el desfile.

Primera salida: el nombre de un estado

Toda colección tiene un origen. La del chihuahua está en México. La raza toma su nombre del estado de Chihuahua, en el norte del país, y se la suele relacionar con perros pequeños que ya existían en la región mucho antes de que llegaran los europeos. Lo que sí es seguro es que el nombre viaja con ella: cada vez que alguien dice «chihuahua» en un parque de Madrid, está pronunciando el nombre de un desierto mexicano.

Esto tiene su gracia para el planeta. Un universo que se llama como un planeta inventado y que recorre geografías de verdad, de Benidorm a Canarias, de Madrid a Ámsterdam, se encuentra con un perro que lleva en el nombre un lugar del mapa. El chihuahua es un perro con pasaporte incorporado.

Y hay algo más. Los estados del norte de México son tierra de desierto, de sol duro y de rancheras. Que el perro más pequeño del mundo venga de un paisaje tan inmenso es una de esas ironías que el camp adora. Lo diminuto que nace de lo enorme.

Segunda salida: la batuta de Cugat

El primer gran chihuahua de la pasarela pública no fue de una actriz, sino de un director de orquesta. Xavier Cugat, el músico catalán que triunfó en Estados Unidos con sus orquestas de ritmos latinos, se hizo famoso también por una costumbre peculiar: aparecía a menudo con un chihuahua en brazos mientras dirigía o posaba para las fotos.

Imaginen la escena. Un hombre elegante, con su batuta en una mano, marcando el ritmo de un mambo o una rumba ante una orquesta enorme. Y en el otro brazo, un perro diminuto que mira al público como si el concierto fuera suyo. Esa imagen fijó para siempre la asociación entre el chihuahua y el espectáculo. El perro no era una mascota en casa: era parte del número.

Para el planeta, este antecedente es precioso. Cugat era un catalán que llevó ritmos latinos a la fiesta americana, un hombre del espectáculo que entendía el exceso como forma de arte. Y su chihuahua era el remate visual del exceso. Por eso, cuando la canción del planeta pone a un chihuahua en una pista de baile, no está inventando nada. Está siguiendo una tradición que ya tenía orquesta.

Tercera salida: el anuncio que habla en español

En los años noventa, otro chihuahua se hizo célebre en la televisión estadounidense. Era la mascota de los anuncios de una cadena de comida rápida mexicana, y tenía una frase famosa que pronunciaba en castellano: «¡Yo quiero Taco Bell!». Aquel perro se convirtió en un fenómeno de la cultura popular, con muñecos, camisetas y apariciones por todas partes.

Fotogramas del videoclip oficial de «Chihuahua», de Mike Sain't Louis

Esta salida de la pasarela tiene su lado complicado. Aquella campaña también recibió críticas por jugar con estereotipos sobre lo mexicano, y conviene recordarlo. Pero en la genealogía del chihuahua como icono marca algo importante: el perro dejó de ser una curiosidad para convertirse en un personaje con voz propia. Ya no solo se le miraba. Hablaba, tenía carácter, tenía frases.

Y eso conecta con la canción del planeta, donde el chihuahua también tiene voz. Una voz muy concreta:

«Bark here, bark there, barks fill the air, / Dancing paws, without a care»

Ladridos por aquí, ladridos por allá, el aire lleno de ladridos. El chihuahua del planeta no habla en español ni pide tacos. Ladra. Y ladra a ritmo. Es su manera de participar en la fiesta.

Cuarta salida: el bolso rosa de Elle Woods

Llegamos a la salida más esperada por el público del planeta. En 2001 se estrenó «Una rubia muy legal», la comedia en la que Reese Witherspoon interpretaba a Elle Woods, una chica de sororidad universitaria, rubia, rosa y aparentemente frívola, que acaba triunfando en la facultad de derecho de Harvard. Y a su lado, siempre, su chihuahua Bruiser, vestido a juego con ella.

Bruiser es probablemente el chihuahua más querido de la historia del cine. La película tuvo una secuela en la que el perro tiene una trama propia, y la historia acabó convertida en musical de teatro. Pero lo que importa para esta crónica es lo que Elle Woods y Bruiser representaban juntos: la idea de que lo rosa, lo pequeño y lo aparentemente ridículo puede ser fuerte, listo y capaz de ganar.

Esa idea es pura cultura queer. Muchas personas LGTBI se reconocieron en Elle Woods, alguien a quien todos subestimaban por su manera de vestir y de hablar, y que demostraba lo contrario sin dejar de ser como era. Bruiser, en su bolso, era el emblema de esa actitud. Pequeño, rosa, con tacones invisibles, y más digno que cualquiera en la sala.

En el planeta, además, hay una canción que dialoga con esta salida. «Licenciada en derecho» lleva la toga al universo GAYFOLK. Elle Woods habría tenido mucho que decir sobre ella.

Quinta salida: el bolso de la heredera

A principios de los dos mil, el chihuahua más fotografiado del mundo fue el de Paris Hilton, una perrita llamada Tinkerbell que la acompañaba en sus apariciones públicas, dentro del bolso. La imagen de la heredera con su chihuahua asomando por la cremallera se repitió en revistas, programas de televisión y, más tarde, en internet.

Aquella costumbre convirtió al chihuahua en accesorio de moda. Durante unos años, llevar un perro diminuto en el bolso fue sinónimo de glamur de famosa. Hubo críticas, y con razón, a la idea de tratar a un animal como un complemento. Un chihuahua no es un bolso: es un perro, con sus necesidades de caminar, olfatear y jugar.

Pero en la genealogía del icono, esta salida añade un ingrediente clave: el exceso consciente. El chihuahua en el bolso era tan exagerado que se convertía en caricatura de sí mismo. Y la caricatura de uno mismo, llevada con orgullo, es una de las definiciones más precisas del camp.

Los que nunca desfilaron

Antes de la última salida, un homenaje a los chihuahuas que no salen en ninguna enciclopedia. Los de barrio. Los que cualquiera ha visto en una mañana cualquiera en Madrid, por la calle de Fuencarral o en un banco del Retiro.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Lights flash, the floor's alive, My little friend, with eyes so bright» de «Chihuahua»

El chihuahua de la señora mayor que lo pasea con un abriguito de punto hecho a mano, a juego con su propia rebeca. El de la peluquería del barrio, que duerme en una cesta junto a la caja registradora y levanta la cabeza cada vez que suena la campanilla de la puerta. El del vecino del cuarto, que ladra como un dóberman cada vez que alguien sube la escalera y luego se esconde detrás de las piernas de su dueño. El de la pareja de chicos que lo llevan en una mochila transparente al mercado de los domingos.

Esos chihuahuas anónimos son la verdadera tradición. Ninguno ha tenido una película ni un anuncio, pero todos tienen nombre, carácter y un humano que los quiere con locura. Y todos, a su manera, tienen algo del icono: el abrigo exagerado, el ladrido desproporcionado, la dignidad absurda en la cola de la panadería.

La canción del planeta está escrita, en el fondo, para ellos. No para los perros de las revistas, sino para los de los salones. Para el chihuahua que espera en casa a que su persona vuelva del trabajo y se pone a dar vueltas de alegría en cuanto oye las llaves. Ese ya baila sin necesidad de bola de espejos.

La última salida: el chihuahua del planeta

Y ahora, por fin, el último de la fila. Se apagan los focos de la pasarela y se encienden los de la discoteca. Suena el bajo. Entra el chihuahua de «Chihuahua».

«Lights flash, the floor's alive, / My little friend, with eyes so bright»

Las luces destellan, el suelo está vivo, y ahí está el pequeño amigo de ojos vivos. Fíjense en lo que ha cambiado respecto a los anteriores. Este chihuahua no va en brazos de nadie. No va en un bolso. No hace de mascota de un anuncio. No acompaña a una abogada rubia. Este chihuahua baila por su cuenta.

Es la gran novedad del desfile. En todas las salidas anteriores el perro era complemento de un humano famoso. En la canción del planeta, el humano y el perro bailan juntos, de igual a igual:

«Every step, every move, / We sync up, get into the groove.»

Cada paso, cada movimiento, sincronizados. Nadie lleva a nadie. Es una pareja de baile. El perro ha bajado del bolso y ha salido a la pista.

Y en el estribillo, la invitación es suya tanto como del humano: «Chihuahua, chihuahua, dance with me, / Under the disco light, we're running free». Corremos libres bajo la luz de la discoteca. El chihuahua, que durante décadas fue accesorio, aquí es libre. Corre, salta, ladra. Toca el cielo con las patas, como dice otra estrofa: «My furry friend, we touch the sky».

El temblor como coreografía

Hay un rasgo del chihuahua que ninguna salida del desfile ha mencionado todavía, y que cualquiera que haya convivido con uno reconoce enseguida: tiembla. Tiembla de frío, porque un cuerpo tan pequeño pierde calor muy rápido. Tiembla de emoción, cuando alguien llega a casa. Tiembla de nervios, ante un ruido o una visita. A veces parece que tiembla por puro sentido del drama.

En la cultura popular, ese temblor se ha usado mucho para hacer chistes. El perro histérico, el perro que no para quieto. Pero la canción del planeta le da la vuelta de una manera muy elegante. En la pista de baile, el temblor deja de ser un defecto y se convierte en movimiento:

«Spin around, jump up high.»

Girar, saltar, temblar con el bajo. Lo que en el salón era nervio, en la discoteca es baile. Es el mismo cuerpo, la misma energía, pero en el sitio adecuado. Y eso, si se piensa un poco, es una buena metáfora de lo que les pasa a muchas personas del colectivo cuando encuentran su espacio. La sensibilidad que en el colegio o en el pueblo era motivo de burla, en la pista, entre los suyos, se convierte en estilo. El temblor se vuelve coreografía.

No es casualidad que los chihuahuas hayan acabado en tantos brazos queer a lo largo de las décadas. Hay una identificación ahí. El ser pequeño que vibra demasiado, al que todos dicen que se calme, y que solo encuentra calma cuando le dejan moverse a su manera.

Una nota de cuidado: la discoteca, mejor en casa

Ahora un aviso práctico, porque esta crónica no quiere que nadie salga del texto con una idea equivocada. La canción es una fantasía. Un chihuahua bajo las luces de una discoteca de verdad, con la música a todo volumen, no lo pasaría bien. Los perros tienen un oído mucho más fino que el nuestro, y el volumen de un club puede asustarles y hacerles daño. Por no hablar de los pisotones, las bebidas por el suelo y el humo.

Collage con un detalle de la carátula de «Chihuahua» y las carátulas de «Como a mi chihuahua», «Limón», «Mi novio de Albacete»

Así que la discoteca del chihuahua, en la vida real, está en el salón. Con el volumen razonable. Con el perro decidiendo si quiere participar o prefiere mirar desde el sofá. Muchos perros disfrutan del juego, de la gente contenta, de los saltos y las carreras. Pero lo disfrutan a su escala y a su ritmo.

Eso no le quita nada a la canción. Al contrario: la convierte en algo que de verdad se puede hacer. Poner «Chihuahua», apartar la mesa baja, y bailar en calcetines con un perro que corre alrededor ladrando. La bola de espejos puede ser la lámpara del techo. La pista, la alfombra del salón. Y la fiesta será igual de buena, o mejor, porque nadie tendrá que coger un taxi a las seis de la mañana.

Por qué el chihuahua y no otro perro

Recapitulemos lo que ha mostrado el desfile. El chihuahua acumula, en su historia pública, todos los ingredientes de un icono camp.

Es pequeño y tiene un carácter enorme. Esa desproporción entre tamaño y actitud es la misma que hay en una drag de metro sesenta con una peluca de un metro. Es exagerado por naturaleza: orejas demasiado grandes, ojos demasiado saltones, temblor demasiado dramático. Ha estado siempre cerca del espectáculo, de las orquestas, los platós y las alfombras rojas. Ha sido ridiculizado y celebrado a la vez, como tantas cosas que el colectivo ha hecho suyas. Y tiene una dignidad absurda que no le abandona nunca.

Si el planeta tuviera una mascota oficial, sería difícil encontrar una mejor. Y de hecho, el catálogo le dedica dos canciones. Además de esta, en el segundo disco está «Como a mi chihuahua», que usa el corazón acelerado de un chihuahua como medida del enamoramiento. Una es para bailar; la otra, para confesarse.

El idioma del desfile

Un detalle que no es menor: la canción está en inglés. En el catálogo del planeta, mayoritariamente en castellano, eso la hace sonar como una pieza de importación. Como si el chihuahua, después de su paso por Hollywood y por las revistas estadounidenses, volviera a casa hablando el idioma de la alfombra roja.

Tiene sentido. Las discotecas de todo el mundo hablan inglés, al menos en sus estribillos. «Dance with me», «move your feet», «feel the heat». Son frases que cualquiera entiende en cualquier pista, de Chueca a Maspalomas. El chihuahua del planeta es cosmopolita. Ha viajado.

Y a la vez su nombre sigue siendo el mismo en todos los idiomas. Chihuahua. Una palabra que no se traduce. En medio de un estribillo en inglés, el nombre mexicano suena como un grito de identidad. Por mucho que haya viajado, el perro sigue llamándose como su tierra.

La hora del cierre

Toda pasarela termina. Toda discoteca cierra. La canción también lo sabe, y lo dice con una frase que suena a despedida de madrugada:

Ficha de la canción «Chihuahua» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

«As the night fades, don't you frown, / We'll be back.»

Cuando la noche se apague, no pongas mala cara. Volveremos. Es la promesa de todas las discotecas a la hora de encender las luces: esto no se acaba, solo se interrumpe. El chihuahua y su humano saldrán a la calle con el sol empezando a salir, cansados, con las patas doloridas, y volverán el sábado siguiente.

Hay algo muy tierno en esa imagen final. Un humano que sale de la discoteca con un perro diminuto en brazos, ya sin bailar, medio dormido. Es la misma escena que en el principio del desfile, el chihuahua en brazos de alguien. Pero ahora no es un accesorio. Es un compañero de juerga que se ha ganado que le lleven a casa en brazos.

Las pistas vecinas

En el primer disco de la trilogía, «Chihuahua» suena justo después de «No me aparece una ilusión», una de las canciones más tristes del catálogo, sobre la depresión. Y justo antes de «Mi novio de Albacete», que vuelve al humor en castellano. Ese contraste es muy del planeta: después de la habitación cerrada, una pista de baile con un perro. La pena y la fiesta, puerta con puerta.

En el universo animal del planeta, el chihuahua tiene un vecino más: «Limón», una nana para un pequeño de cuatro patas. La pista de baile y la cesta. La noche de juerga y la noche de sueño. El catálogo cuida a sus animales en todas las horas.

El disco completo se puede recorrer en su página del álbum.

Ficha de la última modelo

«Chihuahua» es la pista 81 de 90 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» y la pista 231 de 273 en el catálogo general. Tiene videoclip oficial y se escucha en Spotify.

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se crean con herramientas de inteligencia artificial, como el proyecto declara siempre. Más datos en el centro de prensa.

Telón

Se apagan los focos de la pasarela, y el público tarda en levantarse. En el camerino, los chihuahuas del desfile descansan cada uno a su manera. El de Cugat, en un cojín de terciopelo junto a la batuta. Bruiser, en su bolso rosa, con un lazo a juego. Tinkerbell, asomada a la cremallera. El de los anuncios, pidiendo comida.

Y el del planeta, todavía moviendo las patas al ritmo de un bajo que ya no suena. Es el único que no posa. El único que no está pendiente de la cámara. Baila porque le da la gana, igual que se baila en la cocina cuando nadie mira.

Quizá esa sea la lección del desfile entero. Durante décadas, el chihuahua fue el perro que se exhibía. En esta canción es el perro que se divierte. Ha dejado de ser accesorio para ser protagonista. Y eso, en el planeta, es la historia de mucha gente. De quienes pasaron años siendo el adorno de la foto ajena y un buen día, con la música adecuada, decidieron bajar del bolso y salir a la pista por su propio pie.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Chihuahua»?

Es una canción de discoteca en inglés sobre bailar con un chihuahua bajo las luces: «Chihuahua, chihuahua, dance with me, / Under the disco light, we're running free».

¿Por qué el chihuahua es un icono camp?

Por su tamaño mínimo y su carácter enorme, y por su presencia en la cultura popular: en brazos de Xavier Cugat, en «Una rubia muy legal» o en el bolso de Paris Hilton. Esa mezcla de exageración y ternura es muy camp.

¿Es la misma canción que «Como a mi chihuahua»?

No. «Como a mi chihuahua» es otra canción, del segundo disco, en castellano. «Chihuahua» es la pista 81 del primer disco y está en inglés.

¿En qué disco está?

Es la pista 81 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primera parte de la trilogía GAYFOLK.

Más notas

Apoyar en Ko-fi