Cultura pop
Más pesado que un Goya: cine queer latinoamericano, de «El lugar sin límites» a «Una mujer fantástica», leído con las letras del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay canciones que hablan de películas sin nombrar ninguna. En el tercer álbum del Planeta Gayfolk, «El día de la liberación», hay una que se titula directamente con el apellido de un director. «Almodóvar» empieza con un aviso: «No me hagas hablar / Que ni Almodovar / en sus mejores / tiempos». Y unos versos después suelta una comparación que solo se entiende en España: «este dolor es más pesado / que un Goya».
El Goya es el gran premio del cine español, una estatuilla de bronce con la cabeza del pintor que, según quienes la han levantado, pesa bastante. En la canción, el dolor de una ruptura pesa más. Es una broma, pero también una manera de decir que la vida sentimental se mide con la vara del cine.
El cine queer español, de Eloy de la Iglesia a Almodóvar y a Los Javis, ya tiene mucho escrito. Este texto mira al otro lado del Atlántico, a un cine que también ha ganado Goyas, Leones de Oro, Conchas de Oro y Óscars contando vidas LGTBI: el de América Latina. Y lo lee, como siempre en este diario, con las letras de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño que se presenta como «el primer cantautor IA».
La Manuela: «El lugar sin límites»
La historia moderna del cine queer latinoamericano suele empezar en 1978, en México. Ese año Arturo Ripstein estrenó «El lugar sin límites», basada en la novela del escritor chileno José Donoso publicada en 1966. La protagonista es La Manuela, una travesti que regenta junto a su hija un prostíbulo en un pueblo perdido, El Olivo, dominado por un cacique.
Roberto Cobo, el actor que interpretó a La Manuela, construyó un personaje inolvidable, lleno de dignidad, de humor y de miedo. La película muestra con crudeza el deseo que los hombres del pueblo sienten y niegan, y la violencia que nace precisamente de esa negación. El final es durísimo, y por eso mismo la película sigue siendo una de las denuncias más claras de lo que hoy llamaríamos homofobia interiorizada.
El título viene de una cita del «Doctor Fausto» de Christopher Marlowe sobre el infierno, un lugar sin límites. Para La Manuela, el infierno es el propio pueblo, del que no puede salir.
En el planeta hay una canción que expresa el deseo contrario, el de salir hacia un lugar donde se pueda vivir. El segundo álbum se titula «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», y su planeta imaginario es exactamente lo opuesto a El Olivo: un sitio sin caciques, sin miedo y con todos los límites abiertos.
«Doña Herlinda y su hijo»: la madre que lo arregla todo
Siete años después, en 1985, el director mexicano Jaime Humberto Hermosillo estrenó una comedia que se adelantó a su tiempo. «Doña Herlinda y su hijo» cuenta la historia de Rodolfo, un médico de Guadalajara que mantiene una relación con un joven estudiante de música, Ramón. Su madre, doña Herlinda, lo sabe todo y lo organiza todo: hace que Ramón se mude a casa, consigue que su hijo se case con una mujer y acaba montando una gran familia en la que caben todos.
Es una película tranquila, irónica y muy tierna, sin grandes dramas. Su gracia está en que la madre, que en otras historias sería el obstáculo, se convierte en la gran estratega. No defiende la libertad de su hijo en voz alta, pero la protege por la vía de los hechos, a su manera.
Las letras del planeta tienen muchas madres y suegras, unas soñadas y otras temidas. Doña Herlinda sería la suegra perfecta del planeta: la que no pregunta, lo sabe todo y pone la mesa para tres.
«Fresa y chocolate»: La Habana, 1979
En 1993, los cineastas cubanos Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío estrenaron «Fresa y chocolate», basada en un relato de Senel Paz, «El lobo, el bosque y el hombre nuevo». La película transcurre en La Habana a finales de los setenta y cuenta la amistad entre Diego, un intelectual homosexual, culto, irónico y crítico con el régimen, y David, un estudiante joven y militante que al principio se acerca a él para vigilarlo.

El título viene de una escena en una heladería. Diego pide un helado de fresa y David uno de chocolate, y Diego comenta que el de fresa es el que se suele asociar a personas como él. A partir de ahí, entre libros prohibidos, discos de ópera y comidas en el apartamento de Diego, nace una amistad que cambia a los dos.
La heladería de la escena es Coppelia, la gran heladería pública de La Habana, un edificio modernista en el barrio del Vedado donde se forman colas larguísimas y que la película convirtió en lugar de peregrinación cinéfila. Que una conversación sobre la identidad empiece entre bolas de helado dice mucho del tono de la película: la política y el deseo aparecen en lo cotidiano, en el sabor que uno elige delante de los demás.
Jorge Perugorría interpretó a Diego, y su trabajo convirtió al personaje en un icono. La película fue nominada al Óscar a la mejor película de habla no inglesa, la primera vez que una película cubana llegaba a esa candidatura, y abrió en Cuba una conversación pública sobre la homosexualidad que hasta entonces se había evitado.
Lo que hace grande a «Fresa y chocolate» es que no presenta a Diego como víctima ni como villano. Es un hombre complejo, que ama su país y que no puede vivir en él como es. La película termina con una despedida, porque Diego decide marcharse.
La pantalla como espejo
Antes de seguir con la lista, conviene detenerse en algo que todas estas películas tienen en común con las letras del planeta: la idea de que la vida se entiende mejor cuando se mira como si fuera una película.
En «Spoiler», del segundo álbum, el personaje observa cómo su pareja cambia en las redes sociales, primero un me gusta, luego otro, luego fotos posando, y anuncia: «Si quieres te hago un spoiler de esta película de terror de serie B». La sospecha se cuenta como un guion, con sus fases y su desenlace previsible.
En «Igual que en las pelis slasher», del primer álbum, una pelea con un vecino se convierte en cine de miedo, con la víctima en pijama y bata preguntando en voz alta si hay alguien ahí: «¿Hay alguien ahí? ¿Alguien puede ayudarme?». Y en «El castigo más duro», del segundo álbum, borrar siete años de fotos se compara con ver «la peli de Saw versión completa sin censurar».
Las personas queer de muchas generaciones aprendieron a mirarse en el cine porque era el único sitio donde, a veces, aparecía alguien parecido. Por eso no es raro que tantas letras usen el cine como unidad de medida del sentimiento.
«Plata quemada» y «Madame Satã»: amantes fuera de la ley
A principios de este siglo, dos películas pusieron en el centro a hombres queer que vivían al margen de la ley.
«Plata quemada», dirigida por Marcelo Piñeyro en el año 2000, adapta la novela de Ricardo Piglia sobre un atraco real ocurrido en Argentina en 1965. Sus protagonistas son dos atracadores, conocidos como los mellizos, interpretados por Leonardo Sbaraglia y Eduardo Noriega, que además son amantes. La película los sigue en su huida hasta Montevideo y cuenta su relación con una intensidad casi de tragedia clásica.
«Madame Satã», del brasileño Karim Aïnouz, estrenada en 2002, recrea la vida de João Francisco dos Santos, un personaje real del barrio carioca de Lapa en los años treinta: hombre negro, homosexual, artista de cabaret, peleador y varias veces encarcelado, que adoptó el nombre de Madame Satã por un disfraz de carnaval. Lázaro Ramos lo interpretó con una fuerza física que todavía impresiona.
Las dos películas rompen la imagen del personaje gay frágil o cómico. Sus protagonistas son duros, contradictorios y violentos a veces, y el cine los mira sin pedir disculpas por ellos.
«XXY»: lo que no tiene que elegirse
En 2007, la directora argentina Lucía Puenzo estrenó «XXY», una película sobre Alex, una adolescente intersexual de quince años que vive con su familia en un pueblo de la costa uruguaya. Sus padres se fueron allí para protegerla de la mirada ajena, pero llega un momento en que la familia tiene que hablar de decisiones médicas que otros quieren tomar por ella.

Inés Efron interpretó a Alex con una mezcla de fragilidad y rabia muy difícil de olvidar. La película ganó el gran premio de la Semana de la Crítica en Cannes y el Goya a la mejor película extranjera de habla hispana, y fue una de las primeras en llevar al gran público la realidad de las personas intersexuales, con la idea central de que nadie debería decidir por ellas.
«Contracorriente»: el fantasma del pueblo
En 2009, el peruano Javier Fuentes-León estrenó «Contracorriente», una historia de amor y de fantasmas ambientada en Cabo Blanco, un pueblo de pescadores de la costa norte de Perú. Miguel, pescador, casado y a punto de ser padre, mantiene en secreto una relación con Santiago, un pintor al que el pueblo mira con desconfianza.
Cuando Santiago muere ahogado, su fantasma vuelve y solo Miguel puede verlo. Durante un tiempo, el fantasma permite a Miguel vivir la relación sin que nadie lo sepa, hasta que entiende que tiene que dar la cara para que Santiago pueda descansar. La película ganó el premio del público en la sección de cine internacional del Festival de Sundance en 2010.
Es una película sobre el precio del armario, contada con la delicadeza de una leyenda marinera. El secreto no protege a nadie: solo retrasa la despedida.
El primer Teddy y el apellido de la canción
Hay un dato que une el título de la canción del planeta con el cine queer de todo el mundo. En 1987, el Festival de Berlín creó el premio Teddy, un galardón dedicado a las películas de temática LGTBI que con los años se ha convertido en uno de los más prestigiosos del género. El primer Teddy al mejor largometraje fue para una película española: «La ley del deseo», de Pedro Almodóvar.
Desde entonces, el Teddy ha premiado a muchas películas latinoamericanas y ha servido de escaparate internacional a directores que en sus países lo tenían difícil para estrenar. Que el primero se lo llevara Almodóvar explica en parte por qué su apellido se ha convertido en sinónimo de melodrama desatado, también en las letras. Cuando la canción dice «Que ni Almodovar / en sus mejores / tiempos», está usando el apellido como medida del exceso: lo que va a contar es más fuerte que cualquier guion del director manchego.
Argentina después de «XXY»
Argentina ha sido uno de los países latinoamericanos con más cine queer en este siglo, en paralelo a los cambios legales que la convirtieron en 2010 en el primer país de la región con matrimonio igualitario.
El director Marco Berger se especializó en un cine de miradas, tensiones y silencios entre hombres. Su primera película, «Plan B» (2009), cuenta cómo un joven intenta separar a su exnovia de su nueva pareja seduciéndolo, y acaba enamorándose de él. Con la segunda, «Ausente» (2011), un thriller sobre un adolescente y su profesor de natación, ganó el premio Teddy de Berlín.
Son películas pequeñas, rodadas con pocos medios, que demuestran que el cine queer no necesita grandes presupuestos para encontrar público en festivales de medio mundo.
Brasil: «Hoje eu quero voltar sozinho»
En 2014, el brasileño Daniel Ribeiro estrenó «Hoje eu quero voltar sozinho», que en inglés se tituló «The Way He Looks». Su protagonista es Leonardo, un adolescente ciego de São Paulo que quiere independizarse de su familia sobreprotectora y que se enamora de Gabriel, el chico nuevo de la clase.

La película ganó en el Festival de Berlín el premio Teddy y el de la crítica internacional en su sección, y fue la candidata de Brasil al Óscar. Su gran mérito es la naturalidad: la historia de amor entre dos chicos se cuenta como cualquier primer amor adolescente, con torpeza, celos y bicicletas, sin que nadie tenga que morir al final.
Esa ligereza es una conquista. Durante décadas, el cine queer latinoamericano estuvo lleno de finales trágicos, como el de La Manuela. Que una película pueda terminar con dos chicos volviendo a casa juntos es, en sí mismo, una forma de progreso.
Venezuela: «Azul y no tan rosa», «Pelo malo», «Desde allá»
Venezuela produjo en pocos años tres películas muy distintas que miraron la vida queer desde ángulos nuevos.
«Azul y no tan rosa», de Miguel Ferrari, estrenada en 2012, cuenta la historia de un fotógrafo gay de Caracas que tiene que hacerse cargo de su hijo adolescente después de que su pareja sufra una agresión homófoba. Mezcla comedia y drama, tiene entre sus personajes a una mujer trans y ganó el Goya a la mejor película iberoamericana en 2014.
«Pelo malo», de Mariana Rondón, ganó la Concha de Oro del Festival de San Sebastián en 2013. Su protagonista es Junior, un niño de nueve años de un gran bloque de viviendas de Caracas que quiere alisarse el pelo rizado para hacerse la foto del colegio. Su madre ve en ese deseo una señal que la angustia, y la película retrata con enorme precisión cómo el miedo de una familia a que un niño sea diferente puede convertirse en una forma de violencia cotidiana.
«Desde allá», de Lorenzo Vigas, ganó el León de Oro del Festival de Venecia en 2015, el primero para una película latinoamericana. Cuenta la relación entre un hombre maduro y solitario, interpretado por el chileno Alfredo Castro, y un joven de la calle. Es una película seca, incómoda y llena de silencios, que habla del deseo, de la soledad y de la figura del padre.
«Una mujer fantástica»: la dignidad como respuesta
En 2017, el chileno Sebastián Lelio estrenó «Una mujer fantástica». Su protagonista es Marina, una mujer trans, camarera y artista en clubes de Santiago, cuya pareja, Orlando, un hombre mayor, muere de repente. A partir de ese momento, la familia de Orlando, la policía y los médicos la tratan como sospechosa, le niegan el duelo e intentan apartarla del funeral.
Daniela Vega, actriz trans, interpretó a Marina con una contención enorme. La película ganó en 2018 el Óscar a la mejor película de habla no inglesa, el primero en esa categoría para Chile, y Vega se convirtió esa misma noche en la primera persona abiertamente trans en presentar un premio en la gala. La película coincidió en el tiempo con el debate de la Ley de Identidad de Género chilena, aprobada ese mismo año.
El título de la película también juega con el doble sentido. Fantástica es una mujer maravillosa, pero también una criatura de fantasía, algo que para los demás personajes no termina de ser real. Toda la película es la lucha de Marina por ser vista como lo que es: una mujer de carne y hueso, con derecho a despedirse de la persona que quería. Al final, la consigue a su manera, en un escenario y con una música que es suya.
Lo más poderoso de «Una mujer fantástica» es que Marina casi nunca grita. Responde a cada humillación sosteniendo la mirada. En «Soy marica sideral», del segundo álbum, hay una línea que podría ser su lema: «Soy silencio con tacones». Y otra que resume toda la película: «No me cambio ni me escondo».
«Tengo miedo torero» y el regreso de las locas
En 2020 se estrenó «Tengo miedo torero», dirigida por Rodrigo Sepúlveda a partir de la única novela de Pedro Lemebel. Alfredo Castro, el mismo actor de «Desde allá», interpreta a La Loca del Frente, una mujer madura que vive en un barrio de Santiago en 1986 y se enamora de Carlos, un joven guerrillero que le pide guardar unas cajas en su casa sin decirle qué contienen.

La película cierra un círculo que empezó con La Manuela de «El lugar sin límites». Cuarenta años después, la loca ya no es únicamente víctima del pueblo, sino protagonista de una historia de amor imposible contada con ternura, con boleros y con un humor muy chileno.
Telenovelas, culebrones y el exceso como idioma
Junto a este cine de autor, hay otra pantalla latinoamericana que llegó a todos los hogares de España: la de las telenovelas. Durante los años ochenta y noventa, las producciones venezolanas, mexicanas y colombianas llenaron las tardes de la televisión española con villanas, amnesias, gemelas perdidas y bodas interrumpidas. En España se las bautizó como culebrones, por lo largas y retorcidas.
Muchas personas queer crecieron viendo esos melodramas, y aprendieron de ellos una manera de contar el drama con exceso, de exagerar para decir la verdad. Las letras del planeta lo tienen muy presente. En «Narci de cutre culebrón», del segundo álbum, el estribillo repite una y otra vez: «Se descubrió el pastel narci de cutre culebrón». La ruptura se cuenta como el último capítulo de una telenovela barata, con su villano desenmascarado.
Dónde ver este cine en Madrid
Muchas de estas películas llegaron a España a través de los festivales. En Madrid, el Festival Internacional de Cine LGBTIQ+, conocido como LesGaiCineMad, nació en 1996 de la mano de la Fundación Triángulo y lleva casi tres décadas programando cine queer de todo el mundo, con mucha presencia de títulos latinoamericanos. Las filmotecas, los ciclos de los centros culturales y, cada vez más, las plataformas de streaming completan la oferta.
Ver estas películas hoy tiene algo de recuperación de memoria. Algunas de ellas se rodaron en países donde la homosexualidad estaba perseguida o mal vista, y sus equipos asumieron riesgos reales para contarlas. Otras abrieron debates nacionales que acabaron cambiando leyes. Y todas ayudaron a que alguien, en algún cine de barrio, se sintiera menos solo.
Una sesión doble en el planeta
Si el planeta organizara un ciclo de cine latinoamericano, podría emparejar cada película con una canción.
«El lugar sin límites» con «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el pueblo del que no se puede salir frente al planeta al que se quiere llegar.
«Fresa y chocolate» con «Almodóvar», dos maneras de decir que una historia íntima puede pesar tanto como un premio.
«Contracorriente» con «El castigo más duro», dos despedidas en las que hay que soltar lo que se guardaba en secreto.
«Una mujer fantástica» con «Soy marica sideral», la dignidad en silencio y con tacones.
Y para la sesión de medianoche, «Narci de cutre culebrón» con cualquier telenovela de las cinco de la tarde.
Todas las letras se pueden leer completas en la sección de letras de la web. Leídas al lado de este cine, dejan claro algo que las películas de Ripstein, Gutiérrez Alea, Puenzo o Lelio también dicen: contar una vida queer en la pantalla, o en una canción, sigue siendo una forma de hacerle sitio en el mundo.
Ficha
«Almodóvar» pertenece a «El día de la liberación», tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los personajes de las letras son inventados; las figuras públicas citadas aparecen solo con datos conocidos de su trayectoria. Los datos sobre las películas mencionadas proceden de fuentes públicas. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuál fue la primera película latinoamericana con un personaje queer protagonista que se considera un clásico?
Suele citarse «El lugar sin límites», dirigida por Arturo Ripstein en México en 1978 a partir de la novela de José Donoso, con Roberto Cobo en el papel de La Manuela.
¿Qué premio ganó «Una mujer fantástica»?
El Óscar a la mejor película de habla no inglesa en 2018. Su protagonista, Daniela Vega, fue la primera persona abiertamente trans en presentar un premio en una gala de los Óscar.
¿De qué trata «Fresa y chocolate»?
De la amistad entre Diego, un intelectual homosexual de La Habana, y David, un joven estudiante comunista, a finales de los setenta. La dirigieron Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío en 1993 y fue nominada al Óscar.
¿Qué películas latinoamericanas queer han ganado grandes festivales?
«Desde allá», de Lorenzo Vigas, ganó el León de Oro de Venecia en 2015, y «Pelo malo», de Mariana Rondón, la Concha de Oro de San Sebastián en 2013. «Azul y no tan rosa» ganó el Goya a la mejor película iberoamericana en 2014.
¿Qué tiene que ver el cine con las letras del Planeta Gayfolk?
Muchas letras miran la vida como si fuera una película: «Almodóvar» compara un dolor con un Goya, «Spoiler» anuncia una película de terror de serie B y «Igual que en las pelis slasher» convierte una pelea vecinal en cine de miedo.