Planeta Gayfolk

Relaciones tóxicas

Cadenas, colmillos y una gasolinera: el bestiario de «Como en la matanza de Texas»

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Portada de «Como en la matanza de Texas», canción de Mike Sain't Louis

«Arrastras tus cadenas por el bar.»

Primera línea y ya hay un problema de casting. Los vampiros no llevan cadenas. Los vampiros llevan capa, cuello alto y una dentadura de dentista caro. Las cadenas son de fantasma. Las arrastra Jacob Marley en «Cuento de Navidad», el socio muerto de Scrooge, que se presenta de noche cargado con los eslabones que se forjó en vida a base de ser un miserable.

Y luego el título habla de Texas, de motosierras, de una familia de caníbales en una casa de madera. Otro monstruo distinto. Y el estribillo, para rematar, dice «vampiro».

Así que hay tres. Un fantasma, un vampiro y un asesino de película de serie B. La canción no se aclara de bicho, y eso, lejos de ser un fallo, es lo más exacto que tiene. Porque la gente que hace daño así no cabe en un solo género. Va cambiando de disfraz según le convenga.

En el diario ya hay una nota que se centra en el vampiro que no deja manchas y en la regla del monstruo que aparece detrás. Esta crónica hace otra cosa: separa al bicho en piezas, como en una autopsia de feria, y mira de qué película viene cada una.

Pieza uno: las cadenas

Volvamos al bar. Alguien entra arrastrando cadenas, «con esa sonrisa forzada al saludar». Es una imagen rarísima si se piensa en serio. ¿Quién va a un bar con cadenas? Pues casi todo el mundo, si las cadenas son lo que uno arrastra de antes: los ex, las mentiras viejas, las deudas emocionales, los dramas que no se acaban nunca.

En el cuento de Dickens, Marley explica que cada eslabón lo ha ido forjando él mismo. Nadie se las puso. Es la cuenta de su vida. La canción usa la misma idea sin citarla: ese tipo del bar no viene ligero. Viene con historial. Y lo enseña, pero con la sonrisa por delante, para que no se oiga el ruido metálico.

Lo bueno de la imagen es que el ruido sí se oye. Las cadenas suenan. El problema es que en un bar hay música alta, gente gritando, vasos chocando. Nadie se fija en el tintineo. Hasta que ya es tarde.

Esa es la primera lección del bestiario, y la más útil: el monstruo avisa. Casi siempre avisa. Lo que pasa es que lo hace en un sitio donde no se escucha nada.

Pieza dos: los colmillos sin sangre

El vampiro llega en la tercera línea, sin capa pero con mordisco: «Muerdes sin sangrar, pero dejas cicatriz».

Es una contradicción de manual de anatomía. Un mordisco que no sangra no debería dejar marca. Y sin embargo la deja. La canción se mete ahí, en la rareza física de la frase, para hablar de algo que no sale en ninguna radiografía.

El vampiro clásico, el de Bram Stoker y el de las películas de la Hammer, tiene una cosa muy concreta: necesita que le inviten a pasar. No puede entrar en una casa si nadie le abre la puerta. Esa regla del folclore es perfecta para lo que cuenta la letra. Este vampiro tampoco fuerza nada. Seduce. Lo dice el cuarto verso: «En cada tipo bueno que logras seducir». Todo el daño empieza con un sí.

Y luego chupa. «Succionas las fuerzas a toda velocidad.» No la sangre: las fuerzas. Lo que queda después es alguien vivo, que va al trabajo, que contesta los mensajes, que se ríe en las cenas, pero que está hueco. Un zombi con buena cara.

Lo peor es lo que viene después del mordisco: «Cada lágrima robada, un trofeo más de tu maldad». El vampiro de la canción no come por hambre. Colecciona. Tiene una vitrina de lágrimas ajenas, como esos cazadores que cuelgan cabezas de ciervo en el salón.

La sal

Hay un verso en mitad de la canción que se escapa del género de terror y se va a la Biblia: «Te alimentas de esperanza y la conviertes en sal».

Fotogramas del videoclip oficial de «Como en la matanza de Texas», de Mike Sain't Louis

En el Génesis, la mujer de Lot se gira a mirar la ciudad que arde y se queda convertida en estatua de sal. Por mirar atrás. Esa imagen lleva miles de años en la cabeza de la gente, y el verso la coge de refilón sin nombrarla.

Lo que hace el vampiro es eso: coge lo que tienes de futuro, las ganas, el «a lo mejor esta vez sí», y lo deja tieso, blanco, salado, inútil. Esperanza convertida en mineral.

Y la sal tiene otra lectura, más de cocina. Es lo que sale de las lágrimas cuando se secan. La esperanza se convierte en llanto y el llanto se convierte en sal. El ciclo completo cabe en ocho palabras.

Y la sal, además, es lo que se echaba en los umbrales de las casas en algunos pueblos para que no entrara lo malo. Aquí ocurre al revés: la sal no protege la puerta, sale de dentro de la casa, de los ojos del que ya ha dejado pasar al bicho. Una protección que llega cuando el vampiro ya está sentado en el sofá, con el mando de la tele en la mano.

Es uno de esos versos que hacen que la canción no se quede en parodia de peli de miedo. Por debajo del ruido de motosierra hay alguien que sabe muy bien lo que es levantarse con los ojos escocidos.

Pieza tres: el que elige al más débil

«Seleccionas al más débil y empiezas a atacar.»

Esto ya no es fantasma ni vampiro. Esto es documental de La 2. La leona que mira la manada de ñus y elige al que cojea. Félix Rodríguez de la Fuente lo habría narrado con esa voz de domingo por la tarde y nadie habría pensado en un bar de ambiente.

Pero la canción sí. Y tiene razón en el método. El depredador emocional no se lanza a por quien está fuerte, contento y rodeado de amigos. Se lanza a por quien llega solo, a por quien acaba de salir de algo, a por quien lleva meses sin que nadie le haga caso. Ese es el ñu cojo del ambiente: el recién dejado, el recién mudado a Madrid, el que acaba de salir del armario y no conoce todavía los códigos.

Luego viene el disfraz, que es la pieza más difícil de ver: «Una máscara de inocencia, difícil de sospechar». La máscara siempre es la misma. Simpatía, mucha atención, mucho mensaje de buenos días. La víctima no ve los colmillos porque está mirando la sonrisa.

Y hasta aquí, la primera mitad de la canción. Todo descripción. Todo ficha policial.

Hasta que ya todos lo detectamos

Hay un verso que se lee rápido y que esconde una sociología entera: «Hasta que ya todos detectamos al ¡vampiro emocional!».

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Sangre invisible, no hay prueba del delito ni un charco que limpiar» de «Como en la matanza de Texas»

Todos. Primera persona del plural. El narrador ya no está solo con su historia: hay un grupo. Y ese grupo tiene nombre en cualquier ciudad, aunque nadie lo diga en voz alta. Es el ambiente. Los mismos cuatro bares, las mismas dos discotecas, el mismo gimnasio de Chueca y las mismas aplicaciones con las mismas fotos sin camiseta. Un pueblo de miles de personas que funciona como un pueblo de cuatrocientas.

En un pueblo así, el vampiro tiene fecha de caducidad. No porque alguien lo denuncie, sino porque las historias se cruzan. Uno lo cuenta en una cena. Otro dice «¿el del tatuaje en el cuello? A mí me hizo lo mismo». Un tercero se calla y pone una cara que lo dice todo. Así, poco a poco, el retrato robot se va completando con piezas que traen distintas víctimas, como un puzle que nadie sabía que estaba haciendo.

Lo que la canción no oculta es que eso llega tarde. «Hasta que» significa que antes de ese «todos» hubo muchos «uno». Muchos tipos buenos seducidos, uno detrás de otro, cada uno convencido de que lo suyo era especial, de que con él iba a ser distinto, de que lo que contaban los demás eran celos.

Y hay otra cosa, más fea. Cuando todos detectan al vampiro, el vampiro se muda. Cambia de bar, cambia de ciudad, cambia de aplicación. Se va a Valencia, a Sitges, a Gran Canaria en temporada alta, donde nadie lo conoce todavía. Y vuelve a entrar en otro bar arrastrando las mismas cadenas.

Detectarlo no es lo mismo que pararlo.

Ficha policial con chiste

Porque eso es la canción en su primera parte: un retrato robot. Altura, señas, modus operandi. Se mueve «sigiloso». Tiene «garras invisibles». Ataca con «mentiras y engaños». Si la Policía Nacional hiciera carteles de vampiros emocionales, saldría este texto debajo de la foto.

Lo divertido es que la canción, que va muy en serio en sus acusaciones, se permite un momento de pitorreo contra sí misma. Está en el puente: «¡Qué diversión! soy fácil de atrapar».

Ese verso es el narrador riéndose de su propia cara de pringado. Como diciendo: sí, ya sé que me la ha metido doblada, ya sé que lo vi venir y le abrí la puerta igual. Es la autoparodia que tiene todo el universo Gayfolk, ese momento de «pero ¿cómo soy tan tonto?» que salva la canción de ser un memorial de agravios.

Y justo después, el verso más jurídico de todos: «Sangre invisible, no hay prueba del delito ni un charco que limpiar».

El crimen perfecto

Quien haya intentado explicar a alguien lo que le ha hecho una persona así sabe de qué va ese verso. No hay moratones. No hay mensajes con amenazas. No hay nada que enseñar en comisaría. Hay una sensación de estar vacío, y eso no se puede fotografiar.

En una película de asesinatos, el problema del detective es encontrar el cuerpo. Aquí el cuerpo está, se mueve y va a trabajar. El problema es demostrar que le falta algo. No hay charco que fregar. No hay arma.

La canción lo pone en un verso que cualquier abogado entendería: sin prueba del delito no hay caso. El vampiro emocional es, por diseño, un criminal impune. No porque nadie le vea. Porque lo que hace no tiene forma de verse.

Eso explica la rabia del estribillo, que repite «vampiro emocional» una y otra vez. Cuando no se puede demostrar, se señala. Se dice el nombre en voz alta muchas veces, como en «Bitelchús», hasta que alguien más lo oiga.

Cada ciclo tiene su final

Hay una estrofa en la canción que funciona como maldición gitana: «Pero cada ciclo tiene su final, / Y en tu juego siniestro, te vas a ahogar».

En la tradición del cine de terror, el monstruo siempre muere al final. O eso parece. La estaca, el amanecer, la casa que arde. Luego, en la última escena, sale una mano de la tierra para que haya segunda parte.

La letra se queda en la primera parte de esa promesa: «Las sombras que invocas, te van a devorar, / Tu imperio de dolor, pronto va a explotar». Es la fantasía de justicia que todo el mundo se monta en la ducha después de una ruptura de este tipo. Que el karma haga su trabajo. Que el siguiente le haga lo mismo. Que se quede solo con sus cadenas.

Pero la canción es lista y no termina ahí. Porque si terminara ahí sería una canción de consuelo, y lo que viene después es lo contrario del consuelo.

Pieza cuatro: la gasolinera

Ahora sí, Texas. «Y vas corriendo gritando y buscando ayuda / Como en la matanza de Texas, ¡nadie contesta!»

Collage con un detalle de la carátula de «Como en la matanza de Texas» y las carátulas de «La Casa de los Mil CadáVeres», «Igual que en las pelis slasher»

«La matanza de Texas» es de 1974, la dirigió Tobe Hooper y se rodó con muy poco dinero en un verano tejano de mucho calor. Cuenta la historia de unos jóvenes que acaban en la casa de una familia de caníbales, la de Leatherface, el de la motosierra y la máscara de piel. Al final solo sobrevive una, Sally, que se pasa media película corriendo y gritando por el campo.

Y hay una escena que encaja con la letra como si la hubieran escrito juntos. Sally, escapando, llega a una gasolinera. El hombre que la atiende la calma, le dice que se quede tranquila, que va a buscar ayuda. Ella respira. Por fin alguien. Y resulta que el de la gasolinera es de la familia. Le pega, la ata y la devuelve a la casa.

La canción reescribe esa escena con su propia lógica: «Y cuando alguien por fin te abre la puerta y le explicas tu historia tan cruda, despejas sus dudas». El buen hombre escucha. Dice «lo siento mucho muchacho». Va a llamar a la policía. Y entonces aparece el vampiro detrás.

El buen hombre también cae

Aquí la letra hace un giro que es lo mejor de toda la canción. En la película, el hombre de la gasolinera era malo desde el principio. En la canción no. El buen hombre es bueno de verdad. Quiere ayudar. Y el vampiro «le quita al buen hombre también la energía».

Es decir: el monstruo no solo te vacía a ti. Vacía también a quien te intenta ayudar.

Esto, que en la canción se cuenta con tono de peli de serie B, es una de las cosas más tristes que le pasan a quien sale de una relación con alguien así. Cuentas lo que te ha pasado y, al poco, el otro ya ha llegado antes. Ya ha hablado con tus amigos. Ya ha puesto su versión. Ya tiene a medio grupo diciendo «bueno, él también lo ha pasado mal». El buen hombre, que iba a llamar a la policía, ahora duda. Ya no tiene fuerzas para meterse en líos ajenos.

«¡De nada sirve la policía!» No es una crítica a la Guardia Civil. Es la constatación de que hay daños para los que no hay ventanilla.

Cara de alegría

Y el cierre, que es puro Gayfolk: «Menuda ironía, él con cara de alegría y yo en plena agonía».

Esa rima de «ironía», «alegría» y «agonía» tiene algo de copla y algo de telenovela. Es el final de un capítulo de «Pasión de gavilanes»: el malo sonriendo en la boda y la víctima llorando en la iglesia, al fondo, con mantilla.

Lo que remata la canción no es la venganza. Es el cansancio. «Te lo he dicho muchas veces. Eres un vampiro emocional.» Muchas veces. Esa frase dice que el narrador lleva tiempo avisando, señalando, repitiendo el nombre del monstruo, y que el monstruo sigue ahí, tan pancho, con su sonrisa forzada en el mismo bar.

No hay estaca. No hay amanecer. Hay un tipo con cara de alegría y otro que ya no sabe cuántas veces más va a tener que decirlo.

Así acaba. Sin segunda parte.

Por qué tres monstruos y no uno

Volvamos al casting. Si la canción se hubiera quedado con un solo bicho, habría sido más limpia y peor.

Ficha de la canción «Como en la matanza de Texas» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

El fantasma de las cadenas es el pasado del monstruo, lo que arrastra y no enseña. El vampiro es su método, la seducción y el vaciado lento. El asesino de Texas es el final, cuando ya no hay disimulo y lo único que se puede hacer es correr. Tres fases de una misma relación, cada una con su película.

Eso tiene mucho que ver con cómo usa el terror todo el proyecto. El diario tiene una nota sobre el cine de terror como género queer que lo cuenta con más calma: el público LGTBI lleva décadas identificándose con el monstruo perseguido. Lo que hace esta canción es darle la vuelta. Aquí el monstruo no es el diferente. Es el que se camufla mejor que nadie entre los normales.

Y la misma familia de canciones lo confirma. «La casa de los mil cadáveres» coge el título de otra película de culto, la de Rob Zombie. «Igual que en las pelis slasher» se queda con el subgénero entero. Hay todo un videoclub de terror en este planeta.

El videoclub del planeta

La canción está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», la primera parte de la trilogía, la del descubrimiento. Y tiene sentido que esté ahí. Descubrir un planeta también es descubrir sus bichos. No todo es purpurina y bares con neones: también hay vampiros sentados en la barra.

Tiene videoclip oficial de 4:18, que está en la página del vídeo. La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical; la música y las voces se han hecho con herramientas de inteligencia artificial, como cuenta la sala de prensa con todos sus datos.

Lo que no tiene es moraleja de manual. No hay un «aléjate de los tóxicos» ni un listado de señales de alarma. Hay una película de miedo contada desde dentro, por alguien que todavía está corriendo.

Cómo escucharla con la luz encendida

Una sugerencia para ponerla. Escúchala dos veces.

La primera, como canción de terror. Fíjate en las piezas: las cadenas del principio, el mordisco sin sangre, la sal, la máscara. Cuenta cuántas veces sale «vampiro emocional» y nota cómo se va gastando la palabra, igual que se gasta un nombre de tanto avisar.

La segunda, como si fueras el buen hombre. El que abre la puerta. El que escucha la historia cruda y va a llamar a la policía. Y pregúntate si alguna vez has sido ese, si alguna vez alguien vino a contarte algo así y tú, sin darte cuenta, acabaste agotado, dudando, con ganas de no meterte. Esa es la escena más incómoda de la canción y la más útil.

Luego, si quieres, abre la ficha del single, que tiene la letra entera y los enlaces de escucha. O ve directamente a Spotify.

La puerta

Todo el bestiario se resume en una puerta.

El vampiro necesita que le abran para entrar. La víctima necesita que le abran para que la ayuden. La misma puerta sirve para las dos cosas, y esa es la pesadilla: no sabes nunca, cuando oyes que llaman, quién está al otro lado.

La canción no da la solución. No dice «no abras» ni «abre siempre». Dice que pasa, que pasó, que puede volver a pasar. Y que, cuando pasa, la cara de alegría suele estar del lado equivocado.

A veces nombrar al monstruo es todo lo que se puede hacer.

Y ya es bastante.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se llama «Como en la matanza de Texas»?

Por la escena final de la letra: alguien corre pidiendo ayuda «Como en la matanza de Texas, ¡nadie contesta!». El título viene de la película de terror de Tobe Hooper de 1974.

¿De qué trata la canción?

De un «vampiro emocional» que elige al más débil en un bar, le roba las fuerzas y no deja pruebas: «Sangre invisible, no hay prueba del delito ni un charco que limpiar».

¿En qué disco está?

En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primera parte de la trilogía GAYFOLK.

¿Quién la ha hecho?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con inteligencia artificial.

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