Camp español
Aguja frambuesa sobre la tarima: «Con el Taconeo» y el tablao que cambió de figura
Por Mike Sain't Louis ·

Mira primero a los pies.
Es la primera instrucción que da Mike en la ficha de «Con el Taconeo», y conviene obedecerla. En la portada todo el cuerpo está de pie, plantado en mitad de un salón oscuro, pero lo que manda son unos zapatos. Tacón de aguja. Color frambuesa. Relucientes, firmes sobre la tarima de madera, como dos signos de exclamación clavados en el suelo.
Desde ahí, la mirada sube. Un pantalón de traje de luces en rosa con bordados negros. Una chaquetilla abierta con volantes en las mangas. El pecho tatuado al aire. Pelo rosa, barba, una mano en la cadera, que es la forma universal de decir «a ver quién me tose».
Alrededor, el decorado de un tablao de los de antes: cortinas de terciopelo rojo, una mesa con mantón, una guitarra española apoyada en el suelo y una lámpara antigua con flecos. Mike lo resume en una línea que vale por toda la crónica: es un tablao de los de antes, solo que con otra figura en el centro.
La letra de esta canción no está publicada todavía. En su página de letras pone «próximamente», y aquí se respeta: no se cita ni un verso del tema ni se inventa lo que dice. Lo que hay es una portada que se lee como un cuadro costumbrista, un título que suena antes de sonar y un disco que la coloca entre un ataúd y una polaroid. Material de sobra para una tarde de tablao.
Un título que ya suena
Hay títulos que se leen y títulos que se oyen. «Con el taconeo» es de los segundos.
La palabra tiene ritmo propio. Ta-co-ne-o. Cuatro sílabas que imitan lo que nombran: el golpe del tacón contra la madera, ese repiqueteo que en el flamenco se llama zapateado y que convierte el cuerpo del bailaor en instrumento de percusión. Quien haya estado en un tablao sabe que el taconeo no se escucha solo con los oídos. Se nota en el pecho. Hace temblar la mesa y el vaso que hay encima.
Mike lo apunta en su texto: el título promete ritmo de tacón contra la madera. Y la preposición del principio añade algo. No es «El taconeo». Es «Con el taconeo». Como quien dice «con el corazón» o «con todo». Como si el taconeo fuera la herramienta con la que se va a hacer algo. Con el taconeo se responde. Con el taconeo se avisa. Con el taconeo se entra en la habitación.
¿Qué se hace con él en la canción? No lo sabemos, porque la letra está pendiente. Pero el título ya es una declaración de método.
La tarima
Antes de hablar del cuerpo, hay que hablar del suelo. Porque en el flamenco, el suelo es la mitad del espectáculo.
La tarima de un tablao es una plataforma de madera, a veces hueca, pensada para amplificar el zapateado. El bailaor no baila sobre ella: la toca. Cada golpe de tacón o de planta del pie es una nota, y la madera es la caja de resonancia. Por eso los tablaos cuidan sus tarimas como un violinista cuida su violín. Algunas tienen décadas y conservan las marcas de miles de noches.
En la portada, los tacones frambuesa están firmes sobre esa madera. No están bailando todavía, o ya han terminado. Están plantados. Y eso tiene una fuerza enorme, porque un tacón de aguja sobre una tarima de flamenco es una contradicción técnica. El zapato de baile flamenco tradicional tiene un tacón ancho, sólido, con clavos en la punta y en el talón para que suene. El tacón de aguja es otra cosa: es el zapato de la diva, de la gala, de la reina drag. No está hecho para zapatear. Está hecho para entrar.
Ponerlo sobre esa tarima es cruzar dos mundos de un solo golpe.
El tacón fue de los hombres
Hay un dato histórico que al planeta le viene como anillo al dedo, y que conviene contar porque desmonta muchas tonterías.
El tacón no nació como un zapato de mujer. Durante siglos fue un accesorio masculino. Los jinetes persas lo usaban para sujetar el pie en el estribo, y en el siglo XVII la moda llegó a las cortes europeas, donde los aristócratas lo adoptaron como señal de rango. El ejemplo más famoso es el de Luis XIV de Francia, que llevaba zapatos de tacón con la suela y el tacón teñidos de rojo y que restringió ese color a su círculo cercano. Un rey absoluto taconeando por Versalles.
Con el tiempo, la moda masculina se volvió más sobria y el tacón pasó a ser cosa de mujeres. Pero en el flamenco nunca se fue del todo: el bailaor lleva tacón, más bajo y más ancho que el de la bailaora, pero tacón al fin y al cabo. Ningún señor de tablao ha bailado nunca en zapatillas de deporte.
Así que la portada de «Con el Taconeo» no inventa nada que no existiera. Solo afila el tacón. Lo pasa de ancho a aguja, de negro a frambuesa, y lo devuelve al pie de un hombre. Luis XIV lo habría entendido a la primera.
Olé
El tablao tiene su propio idioma, y una de sus palabras clave es el jaleo.

El jaleo son los gritos, las palmas y los comentarios con los que el público y los compañeros animan al que baila: «¡olé!», «¡eso es!», «¡vamos allá!». No es una interrupción. Es parte del espectáculo. El que baila se alimenta de esos gritos, y el que grita forma parte de la obra.
La cultura drag tiene exactamente lo mismo. Los gritos del público en un show, los «¡yas!», los aplausos a mitad de número, las exclamaciones cuando la reina se quita el abrigo o hace el split. La sala de fiestas marica y el tablao flamenco comparten esa costumbre: el público no mira en silencio, jalea.
La portada de «Con el Taconeo» parece congelar el segundo exacto antes del jaleo. La figura está plantada, la mano en la cadera, los tacones clavados. Todavía no ha empezado. Pero todo el mundo sabe que, en cuanto mueva el primer pie, la sala va a gritar.
Flamenco y drag
Mike lo dice con toda la naturalidad del mundo: la imagen junta el flamenco con el drag.
No es una unión tan rara como podría parecer. El flamenco y la cultura drag comparten muchas cosas. Las dos son artes de escenario que viven del exceso. Las dos usan el vestuario como lenguaje: volantes, bordados, colores imposibles, peinetas, pestañas. Las dos tienen una relación muy intensa con la mirada del público: el «olé» y el aplauso de la sala de fiestas se parecen más de lo que muchos querrían admitir. Y las dos han sido, durante mucho tiempo, refugio de gente que no encajaba en otros sitios.
Ha habido en la historia del flamenco y de la copla figuras que jugaban con el género mucho antes de que existiera la palabra drag. Hombres que bailaban con bata de cola, artistas que se travestían en los cafés de variedades, transformistas que imitaban a las grandes folclóricas en los locales de los setenta y ochenta. Una parte de la memoria marica española se ha construido con volantes y castañuelas.
La portada de «Con el Taconeo» recoge esa memoria y la pone en primer plano. Un traje de luces rosa con bordados negros, una chaquetilla con volantes, tacones de aguja. Es flamenco, es torero, es drag. Es las tres cosas a la vez y no pide permiso para ninguna.
El traje de luces en rosa
Hablemos del pantalón y de la chaquetilla, porque no son un traje de flamenco al uso.
El traje de luces es, en rigor, el del torero. Chaquetilla corta, taleguilla ajustada, bordados en oro o plata, alamares. Es una de las prendas más reconocibles de la cultura española y, a la vez, una de las más camp del mundo: un hombre vestido de lentejuelas, con medias rosas y zapatillas de bailarina, haciendo un número de vida o muerte delante de miles de personas. Mucha gente lo ha dicho antes, y con razón: la plaza de toros es un escenario y el torero, una figura de cabaret con riesgo real.
En el planeta, el traje de luces aparece en varias portadas. Lo lleva el protagonista de «El luto del puto», en rosa chicle bordado en oro. Lo lleva el de «Contact Overwhelms Me», rosa fucsia y oro con capote. Y aparece en la órbita de «Cada cornada», cuyo título ya viene de la plaza. Es casi una prenda fetiche del universo GAYFOLK.
En «Con el Taconeo», el traje de luces se combina con elementos de bailaor: los volantes en las mangas de la chaquetilla, la mano en la cadera, la tarima. Es una mezcla de torero y de figura de tablao que no existe en la tradición, y que precisamente por eso funciona. El planeta coge dos uniformes del machismo español, el del matador y el del bailaor, y los tiñe de rosa. Luego les pone tacón de aguja.
Pelo rosa y barba
Los detalles del cuerpo también cuentan.

Pelo rosa. Barba. Pecho tatuado al aire. Es el cuerpo de siempre del planeta, el que aparece en tantas portadas con distintos vestuarios. Y aquí cumple una función muy concreta: deja claro que no hay disfraz completo. No hay peluca de folclórica, no hay maquillaje de transformista, no hay intento de parecer mujer. Hay un hombre barbudo y tatuado con tacones y volantes.
Ese es uno de los gestos más interesantes del drag contemporáneo, y el planeta lo usa a menudo: no esconder la barba. Mezclar los códigos sin elegir. Que se vea la pluma y que se vea el vello. Que el público no sepa muy bien en qué casilla meterlo y que, al final, le dé igual.
La mano en la cadera es la guinda. En el baile flamenco, la mano en la cadera es una posición clásica de la bailaora, un gesto de desafío y de espera. En la calle, es el gesto de la madre que te está esperando con la zapatilla. En la portada, es las dos cosas.
Un tablao de los de antes
Ahora el decorado, que es casi un personaje.
Cortinas de terciopelo rojo, de esas pesadas que huelen a polvo y a historia. Una mesa con mantón, el mantón de Manila con sus flores bordadas y sus flecos, colocado como mantel. Una guitarra española apoyada en el suelo, esperando a que alguien la coja. Una lámpara antigua con flecos, de luz cálida y tenue.
Es el decorado de los tablaos clásicos, los que se abrieron en Madrid y Sevilla en los años cincuenta y sesenta y que todavía hoy reciben a turistas de medio mundo. Lugares con paredes llenas de fotos firmadas, sillas de enea, botellas de fino y manzanilla. Lugares donde se ha bailado de madrugada durante décadas.
Mike insiste en una idea: es un tablao de los de antes. No uno moderno, de diseño, con focos LED y pantalla. Uno con pátina. Y en el centro de ese espacio tan cargado de tradición, la otra figura. Ese contraste es la portada entera. No se ha montado un tablao nuevo para la ocasión. Se ha entrado en el viejo y se ha ocupado el centro de la tarima.
La guitarra en el suelo
Hay un objeto que merece mirada aparte: la guitarra.
Está apoyada en el suelo. Nadie la toca. En un tablao, la guitarra es el corazón del cuadro flamenco, la que marca el compás y acompaña al baile y al cante. Que esté en el suelo puede leerse de varias maneras. O el espectáculo todavía no ha empezado. O ya ha terminado. O el protagonista ha decidido que esta vez el ritmo no lo pone la guitarra, sino los tacones.
Es una lectura que no se puede confirmar sin la letra, y aquí se deja como lectura. Pero la composición es clara. El instrumento tradicional está en reposo. El cuerpo, de pie. El ritmo, como promete el título, viene del taconeo.
En la portada de «Hoy toca escuchar a Ismael Serrano», del mismo álbum, también hay una guitarra española, apoyada entre las piernas de un chico sentado en un campo seco. Allí la guitarra está en las manos, pensativa. Aquí, en el suelo, olvidada. Dos usos de la misma guitarra en el mismo disco.
La Faraona en órbita
Es imposible hablar de tacones, volantes y tablao en el planeta sin acordarse de una persona.
El manifiesto del universo GAYFOLK sitúa a Lola Flores en órbita geoestacionaria, y el diario le dedicó una nota entera, «Lola Flores en órbita geoestacionaria», donde se dice que la Faraona encarnaba algo que el camp entiende muy bien: el exceso como forma de verdad. En el catálogo hay además un tributo con su nombre, «Lola Flores», en el mismo tercer álbum que «Con el Taconeo».
Lola Flores no era bailaora en el sentido académico, y ella misma lo decía con gracia. Pero su forma de moverse, de taconear, de mirar al público, era pura energía de escenario. Se le perdonaban los fallos técnicos porque lo que hacía era otra cosa: era presencia. Una presencia tan grande que llenaba la pantalla y la plaza.
La figura de la portada de «Con el Taconeo» tiene algo de eso. No sabemos si baila bien o mal. No importa. Está plantada en la tarima con la mano en la cadera y los tacones clavados. Es presencia pura.
Divas que se plantan
El planeta tiene debilidad por las figuras que se plantan en el centro y no se mueven.
En las letras publicadas de Mike aparecen muchas de esas divas, reales o inventadas, que responden a cualquier ataque con una frase rotunda. En «Kaaa miga» hay un verso que es la quintaesencia de esa actitud: «Porque, como diría ella: “¡Yo soy La Veneno, y tú quién eres, maricón!”». No es una letra de «Con el Taconeo», que sigue sin publicar. Pero es el mismo idioma. El de quien ocupa el escenario y le pregunta al público quién se cree que es.
Un taconeo, al fin y al cabo, es eso. Un ruido que se hace para que todo el mundo se calle y mire. No hay forma discreta de taconear. Si te pones a zapatear en una sala, la sala es tuya.
Del ataúd a la polaroid
«Con el Taconeo» está en «El día de la liberación», el tercer acto de la trilogía. Ocupa la pista 39 de 99.

Antes, en la 38, está «Ataúd de neón», con su funeral de luz rosa. Después, en la 40, «Bob Marley», con su polaroid gastada de un chico de espaldas. Es un tramo curioso: un ataúd iluminado, un tablao a todo volumen, una foto vieja en silencio. La muerte, el escenario, el recuerdo.
En la transmisión de vídeos de la web, el orden es el mismo: el clip de «Con el Taconeo» aparece después de «Bob Marley» y antes de «Ataúd de neón». Las vecinas se repiten, girando el orden.
Puesto entre esas dos canciones, el taconeo funciona como un golpe de vida en mitad de dos imágenes quietas. El ataúd no se mueve. La polaroid tampoco. El tacón sí.
Cinco minutos de tarima
El videoclip oficial dura 5:04, que es mucho para el catálogo. La mayoría de los vídeos del planeta se mueven entre los dos y los cuatro minutos. Este pasa de los cinco, como un número de baile completo con su entrada, su desarrollo y su remate.
No se va a describir aquí lo que pasa en él. El que tenga curiosidad, que lo vea, a ser posible con el volumen alto, para que el taconeo se note.
Sobre cómo se hace la música, el planeta no esconde nada. Mike escribe la letra sin inteligencia artificial y usa herramientas como Suno para generar la música y las voces. En su sala de prensa lo explica con detalle, en una nota sobre autoedición y uso declarado de IA. En el caso de «Con el Taconeo», hay una ironía bonita: el arte más físico del mundo, el del tacón contra la madera, convertido en canción con herramientas digitales. El cuerpo en la portada, la máquina en el estudio.
El rosa del tablao
Una última mirada al color, porque en este planeta el color siempre habla.
El tablao clásico es rojo y negro. Terciopelo rojo, madera oscura, trajes negros, mantones rojos. Es una paleta de pasión y de luto, de sangre y de noche. La portada respeta ese decorado: las cortinas son rojas, el salón es oscuro.
Pero la figura del centro es rosa. Pelo rosa, traje de luces rosa con bordados negros, tacones frambuesa, que es un rosa con ganas de ser rojo. El rosa entra en el tablao como una mancha de color que no estaba prevista. No sustituye al rojo: se le pone delante.
Es una buena metáfora de lo que el planeta hace con la tradición española. No la tira. No la desprecia. Entra en ella, respeta su decorado y se coloca en el centro con otro color. El tablao sigue siendo un tablao. Solo que ahora tiene una figura rosa en la tarima.
Si tienes unos tacones a mano
Mike termina su presentación con una invitación que es una sonrisa: escucha cómo suena ese taconeo, y si tienes unos tacones a mano, mejor.
Es una frase deliciosa porque da por hecho algo que mucha gente no se atreve a decir: que en muchas casas hay unos tacones guardados. Los de la hermana, los de la madre, los propios. Los que se compraron para un Orgullo, para una despedida de soltero, para una fiesta de disfraces, para un número de playback en el pueblo. Tacones que se sacan del armario una vez al año y que, cuando se ponen, cambian la manera de pisar.
Ponerse tacones, aunque sea en el pasillo de casa, es aprender a ocupar espacio de otra forma. Se camina más despacio. Se mira desde más arriba. Cada paso suena. Quien lo haya probado sabe que es imposible llevar tacones y pasar desapercibido.
Exactamente como en la portada.
Para escucharla
«Con el Taconeo» está en Spotify y en su ficha del planeta, con descarga gratuita y directa, sin registros. Ponla alta. Si tienes suelo de madera, mejor. Si tus vecinos de abajo son de los que se quejan, mejor todavía.
Y si tienes unos tacones a mano, ya sabes lo que dice Mike. Mano en la cadera, mirada al frente, y que la tarima se entere de quién ha llegado.
Preguntas frecuentes
¿Hay letra publicada de «Con el Taconeo»?
Aún no. La página de letras de gayfolkplanet.com la anuncia como «próximamente», así que en esta crónica no aparece ningún verso del tema: se comenta la portada, el título, el videoclip y su sitio en el disco.
¿A qué álbum pertenece?
A «El día de la liberación», la tercera entrega de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. Es la pista 39, entre «Ataúd de neón» y «Bob Marley».
¿Quién hizo la canción?
Mike Sain't Louis escribió la letra, sin IA. Es letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se crearon con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Cuánto dura el videoclip de «Con el Taconeo»?
5:04. Es de los vídeos largos del catálogo y se puede ver en la sección de vídeos de gayfolkplanet.com y en YouTube.
¿Qué es un tablao?
Un local donde se ofrece flamenco en directo sobre una tarima de madera, con baile, guitarra y cante. Madrid y Sevilla tienen algunos de los más antiguos.