Planeta Gayfolk

Salud mental

Cuando no aparece una ilusión: la anhedonia, la habitación gris y la rendija de respirar

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Portada de «No Me Aparece una IlusióN», canción de Mike Sain't Louis

«No me aparece una ilusión»

Una habitación vacía. Suelo de madera. Una ventana enorme por la que entra una luz tan blanca que parece sólida, como si se pudiera cortar en lonchas. En el centro, de espaldas, una figura sentada en el suelo con las piernas cruzadas. No hace nada. No mira el móvil. No llora. Está. Ese fotograma, en blanco y negro, sale del videoclip de «No me aparece una ilusión», y abre esta entrada.

La luz está ahí. Entra a chorro. Y la figura no se levanta.

Esa es, quizás, la mejor imagen que se ha hecho nunca de la anhedonia. No es oscuridad. Es luz que no llega. Es un día precioso al otro lado de un cristal que no se abre desde dentro. La letra de Mike Sain't Louis lo dice con una frase que en castellano pesa más que en cualquier otro idioma:

No me aparece una ilusión

En inglés no hay manera limpia de traducir «ilusión». No es illusion, que es un engaño. No es exactamente hope, que es esperanza. Tampoco excitement, que es nervio. La ilusión española es otra cosa: es las ganas con brillo. Es lo que sientes la víspera de unas vacaciones, cuando estrenas zapatillas, cuando alguien te escribe y ves su nombre en la pantalla. Es el motor pequeño que hace que el futuro parezca apetecible.

Y la canción no dice «he perdido la ilusión», que sería una frase de bolero. Dice «no me aparece». Como si la ilusión fuera un objeto que uno busca en los bolsillos, en el cajón, debajo del sofá. Como las llaves. Sabes que la tenías. No sabes dónde la dejaste.

Ilusión, una palabra de sobremesa

Merece la pena volver un momento a la palabra del título, porque tiene más miga de la que parece. En castellano decimos «me hace ilusión» para casi todo lo que importa. Me hace ilusión que vengas. Me hace ilusión el regalo. Me hace ilusión volver al pueblo en agosto. Es una palabra de sobremesa, de abuela que te ve llegar, de niño que cuenta los días para los Reyes. Una palabra cálida, doméstica, muy nuestra.

Por eso el título duele tanto. Mike no eligió un término técnico, ni una metáfora rebuscada. Eligió la palabra más cotidiana del afecto y le puso delante un «no me aparece». Es como si alguien dijera «no me sale el hambre» o «no me viene el sueño». Algo que debería brotar solo y que, de pronto, no brota.

La página de prensa presenta a Mike como letrista, compositor y productor musical. Su oficio, antes que nada, es elegir palabras. Y aquí la elección es certera: una palabra de abuela para nombrar un síntoma de manual. Hay algo de rebeldía en eso. La salud mental no tiene por qué contarse con el vocabulario de la consulta. Se puede contar con el de la cocina.

La palabra que inventó un francés

La palabra anhedonia la propuso el psicólogo francés Théodule Ribot a finales del siglo XIX, a partir del griego: an, sin, y hedoné, placer. Sin placer. Ribot la pensó como lo contrario de la analgesia. Si la analgesia es no sentir dolor, la anhedonia sería no sentir disfrute. La comparación es inquietante y exacta: hay gente que se rompe un hueso y no lo nota, y hay gente a la que le dan su tarta favorita y tampoco lo nota.

Fotogramas del videoclip oficial de «No me aparece una ilusión», de Mike Sain't Louis

Hoy los manuales de diagnóstico la sitúan en el centro de la depresión mayor. Para hablar de un episodio depresivo, una de las dos piedras angulares tiene que estar presente: o el ánimo deprimido o la pérdida marcada de interés o de placer por casi todo. Es decir, se puede estar deprimido sin sentirse triste. Se puede estar deprimido solo porque nada apetece.

Esto es importante, porque mucha gente no reconoce su propia depresión precisamente por eso. Esperan lágrimas, y lo que tienen es indiferencia. Esperan un pozo, y lo que tienen es una llanura sin relieve. Otra entrada de este diario lo explica con calma: la depresión va más allá de la tristeza. A veces la tristeza sería casi un alivio, porque al menos es algo.

El diagnóstico que Mike ha hecho público llegó cuando tenía 41 años e incluía una depresión mayor grave, acompañada de otros cuatro nombres: ansiedad, fobia social, estrés postraumático y un trastorno evitativo de la personalidad. No ha contado, ni hace falta, los detalles clínicos. Pero su letra hace algo que ningún manual hace: describe el síntoma desde dentro, con palabras de andar por casa.

No me apetece salir de la habitación

«No me apetece.» No es «no puedo», ni «no quiero». Es el verbo de las ganas. El de la pizza y el plan del viernes. Aplicado a salir de una habitación, es devastador.

Siempre apartado entre tanta gente

Hay un verso que suele pasar desapercibido entre tanto no, y que es quizás el más doloroso de la canción:

Siempre apartado entre tanta gente

No dice «solo en casa». Dice «entre tanta gente». La anhedonia no necesita una habitación vacía. Puede vivirse en una boda, en una cena de Navidad, en una discoteca de Chueca a reventar. Estás rodeado, te hablan, te ríes en el momento adecuado, y por dentro hay una placa de metacrilato entre tú y todo lo demás. Ves a la gente disfrutar como se ve un acuario.

Entre los diagnósticos que Mike ha compartido figuran la fobia social y la personalidad evitativa. Con eso delante, «apartado entre tanta gente» tiene dos capas. Una es la de la depresión: estar y no sentir. La otra es la del miedo: estar y no atreverse. A veces se confunden tanto que ni la propia persona sabe cuál de las dos le está apartando esa noche.

Lo que sí se sabe es el resultado. Se vuelve a casa antes. Se dice que no a la siguiente. Y la habitación, que al principio era un descanso, se va haciendo el único sitio donde no hay que fingir que se siente algo.

Por eso esta canción importa tanto dentro del planeta. Gayfolk, como refugio, nace de la necesidad de un sitio donde no haya que actuar. Pero antes de inventar el planeta hubo que reconocer la habitación.

No es pereza

Una de las cosas más crueles que se le pueden decir a alguien con anhedonia es «anímate». O su primo hermano, «sal un poco, que te vendrá bien». O el peor de la familia: «es que no pones de tu parte». Se dicen con cariño casi siempre, y casi siempre hacen daño.

Porque la anhedonia no es pereza. La pereza es tener ganas de otra cosa: de sofá, de siesta, de no ir a trabajar para quedarte viendo una serie. En la anhedonia no hay otra cosa. No hay ganas del sofá ni de la serie. Hay un sillón donde da igual estar o no estar. Pedirle a alguien en ese estado que se anime es como pedirle a alguien con la pierna escayolada que eche una carrera, y luego reñirle por no ponerle entusiasmo.

La persona que lo vive, además, suele ser la primera en culparse. Se compara con quien era antes. Se llama vaga, floja, inútil. Y esa culpa añade peso a una mochila que ya no se puede cargar. Por eso tiene tanto valor que la canción no juzgue. En ningún verso se dice «soy un desastre» o «tendría que esforzarme más». Solo se describe. No encuentro la fuerza, la motivación. Es una constatación, no una sentencia.

Si tienes cerca a alguien así, hay frases que ayudan más que «anímate». Por ejemplo: «No hace falta que tengas ganas, vengo yo y damos una vuelta a la manzana». O: «No tienes que contarme nada, pero si quieres, aquí estoy». O simplemente quedarse un rato en la misma habitación, sin pedirle nada. Para esas conversaciones difíciles, el texto sobre cómo hablar de salud mental en familia da más pistas.

Y si ves que la cosa dura semanas, anímale a pedir cita. Acompañarle a la primera vez puede ser el gesto más útil de todos.

Una letra hecha de noes

Si uno lee la letra completa en la página de la canción se da cuenta de algo curioso: casi todos los versos empiezan con «No». No me aparece, no me apetece, no encuentro, no me queda, no me atrevo, no hay respuestas, no siento, no consigo, no hay colores. Es una letra construida a base de negaciones, como un inventario de huecos.

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «No hay colores a mi alrededor» de «No me aparece una ilusión»

Hay algo muy honesto en esa decisión, sea o no consciente. La anhedonia no se describe bien con lo que hay. Se describe con lo que falta. Es un inventario de ausencias, como esos carteles de «se busca» que no tienen foto. No hay colores a mi alrededor. No siento el calor de ningún amor. Cada verso es una casilla vacía en un formulario.

Y la repetición de esos noes, estrofa tras estrofa, tiene un efecto que cualquiera que haya pasado por ahí reconoce: los días se parecen. La canción no avanza hacia un clímax. Gira sobre sí misma, como un ventilador de techo en agosto. El estribillo vuelve una y otra vez porque así vuelven las mañanas en una depresión, idénticas, sin noticias.

Las mismas palabras aparecen también en Entre cuatro paredes, otra canción del mismo disco, con su estribillo de habitación cerrada. Que una misma letra se publique en dos canciones dice algo sobre lo insistente que es esa sensación. Hay cosas que no se dicen una sola vez. Hay que decirlas hasta que dejan de doler en la boca.

No hay colores a mi alrededor

El videoclip está en blanco y negro, al menos en el fotograma de la portada. Es una elección visual que encaja con uno de los versos más precisos de la canción:

No hay colores a mi alrededor

Quien ha vivido una depresión fuerte suele describir algo parecido. El mundo pierde saturación. No es que deje de verse, es que se ve como en una fotocopia mala. Las flores siguen siendo flores, pero ya no son rojas. El mar sigue siendo mar, pero ya no llama. Las canciones que antes te hacían bailar suenan a hilo musical de ascensor.

Y aquí aparece una ironía que solo se entiende conociendo el universo de Mike. El Planeta Gayfolk es todo lo contrario del blanco y negro. Es rosa chicle, neón, purpurina, lentejuelas, Benidorm a las tres de la madrugada, un ataúd con luces de discoteca. Es un planeta saturado hasta el exceso. Visto desde esta canción, ese exceso cobra otro sentido. Quizás tanto color tenga otra función además de la estética. Quizás sea una respuesta. Si la depresión apaga los colores, el planeta los enciende todos a la vez, a lo bestia, como quien sube el volumen de una tele que apenas se oye.

La primera estación de la trilogía, Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk, contiene esta canción gris y, a la vez, algunas de las más chillonas del catálogo. Esa convivencia es una lección pequeña: el color y el gris no se excluyen. Se turnan.

Algo en mí pide respirar

Durante casi toda la canción no pasa nada. Y luego, al final, pasa algo diminuto. Tan pequeño que hay que estar atento para oírlo:

Collage con un detalle de la carátula de «No me aparece una ilusión» y las carátulas de «Entre Cuatro Paredes», «El Abismo en Mi Cabeza», «Dark Corners»

No, pero algo en mí pide respirar Tal vez algún día logre despertar.

Fíjate en cómo empieza: «No, pero». Todavía hay un no, porque la costumbre de la negación no se pierde de golpe. Pero detrás viene una conjunción adversativa, la primera de la letra. El primer «pero». La primera grieta en el inventario de ausencias. Y lo que sale por esa grieta no es una gran esperanza, ni una promesa, ni un amanecer de anuncio de yogur. Es una petición fisiológica. Respirar. Lo mínimo. Lo que hace el cuerpo sin pedir permiso.

Luego, «tal vez algún día». Tres palabras que suenan a poco y que, en el contexto de una letra hecha de noes, son un terremoto. Tal vez: posibilidad. Algún día: futuro. Logre despertar: un verbo de esfuerzo y uno de salida. Es la primera vez que la canción imagina un después.

Esto tiene mucho que ver con cómo funcionan las salidas de una depresión en la vida real. Casi nunca son epifanías. Son cosas pequeñas que el cuerpo pide antes que la cabeza: abrir una ventana, ducharse, comer algo caliente, salir a la esquina. La ilusión no aparece primero y luego tú te mueves. Muchas veces es al revés. Te mueves un poco, sin ganas, y la ilusión aparece después, tímida, como un gato que se acerca cuando dejas de llamarlo.

Escribir lo que falta

Hay una paradoja en escribir sobre la anhedonia, y es que escribir requiere ganas. Una letra no se escribe sola. Hay que sentarse, buscar palabras, rimar «habitación» con «motivación». Si uno no tiene fuerza ni motivación, como dice la canción, ¿cómo saca fuerza para escribirlo?

No hay una respuesta única. Pero hay una pista en cómo Mike ha explicado su proceso: las canciones le ayudaron a echar fuera lo que sentía. Echar fuera es un gesto muy concreto. No es resolver, ni entender, ni superar. Es mover algo de dentro hacia fuera, como quien saca la basura. Se hace aunque no apetezca, porque si no, la casa huele.

Escribir «no me aparece una ilusión» es, en sí mismo, una pequeña contradicción feliz. Para escribirlo hace falta un mínimo de algo. Un hilo. Un resto de ganas suficiente para coger el lápiz o el móvil. La frase niega la ilusión, pero el acto de escribirla demuestra que algo, en algún rincón, sigue funcionando. Igual que el «pero» del final.

Y una vez escrito, el sentimiento ya no está solo dentro. Está en un papel, en una pantalla, en un archivo de audio. Tiene título. Admite ser mirado con distancia, como esa figura del videoclip que miramos de espaldas. Hay una distancia nueva. Pequeña, de un par de metros, pero distancia.

Hoy Mike cuenta con una buena psicóloga, a la que ha querido agradecer en público su trabajo. Esa ayuda es otro tipo de distancia: alguien que se sienta a tu lado, frente a la ventana, y te ayuda a ver que la luz existe aunque hoy no te llegue. La canción y la terapia no compiten. La canción dice «esto es lo que siento». La terapia pregunta «¿y ahora qué hacemos con ello?».

Cuando la luz entra y no llega

Volvamos al fotograma. Es fácil leerlo como una imagen triste. Una persona sola, una habitación vacía. Pero hay otra lectura igual de válida, y es la que propone el final de la letra. La figura está sentada de cara a la ventana. No de espaldas a ella. No escondida en un rincón. Mira hacia la luz.

Ficha de la canción «No me aparece una ilusión» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Eso no es poco. En plena anhedonia, mirar hacia la ventana ya es un gesto. No hace falta levantarse todavía. No hace falta abrirla. Basta con no darle la espalda.

Dentro del planeta, esta canción es la habitación que hay justo antes de la nave. Primero se reconoce que no aparece la ilusión. Luego, en otra canción, se desea viajar a otro planeta. Y luego, mucho después, llega la fiesta. Pero sin esta habitación gris no se entienden las otras. Sin el inventario de lo que falta, la purpurina sería solo decorado.

Hay otra canción del planeta, El abismo en mi cabeza, que mira el mismo paisaje desde un acantilado. Y un texto sobre la vulnerabilidad y la salud mental que recuerda algo sencillo: contar esto no es debilidad. Es información. Es dar el parte meteorológico de dentro para que los demás sepan qué ropa traer.

Pequeñas cosas que hacer cuando no apetece nada

Si te reconoces en esta canción, aquí van algunas ideas. No son una receta y no sustituyen a un profesional. Son cosas que mucha gente con depresión ha encontrado útiles, y que suelen recomendarse en consulta:

  • No esperes a tener ganas. En la anhedonia, la motivación suele llegar después de la acción, no antes. Hay terapias para la depresión que trabajan justo eso: programar actividades pequeñas aunque no apetezcan y observar qué pasa después. Pregúntale a tu profesional.
  • Haz la versión mínima. Si no puedes salir a pasear una hora, sal a la esquina. Si no puedes ducharte, lávate la cara. La entrada sobre caminar y salud mental defiende justo eso: el paso más corto también cuenta.
  • Escribe tu inventario de noes. Aunque sea una lista en el móvil. Ponerle palabras a lo que falta ayuda a verlo, y a contarlo. Si luego se lo enseñas a tu médica o a tu psicólogo, mejor.
  • Busca el primer «pero». Al final de cada día, intenta encontrar una sola cosa que no fuera del todo gris. Un café que estaba bueno. Un mensaje. Un perro por la calle. No tiene que ser alegría. Basta con que no sea nada.
  • Díselo a alguien. Mucha gente no pide ayuda porque cree que «no está tan mal», porque no llora o porque sigue yendo a trabajar. La anhedonia es un síntoma serio aunque no haga ruido. Tu centro de salud es un buen sitio para empezar.

Si hoy no te aparece nada

Llevar semanas sin ganas de nada ya es motivo suficiente para consultar. No hace falta llorar, ni haber tocado fondo, ni tener las palabras exactas. Basta con ir a tu médica de familia y decirle lo que dice esta canción: que no te apetece salir, que no encuentras la fuerza, que los colores se han ido.

Para los momentos más difíciles existen líneas abiertas día y noche. Marcando 024 te atienden profesionales de forma gratuita y confidencial, a cualquier hora, si sientes que no puedes más o te preocupa alguien. Ante una urgencia, el número es el 112. Hay más puertas: el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y, para niñas, niños y adolescentes o para adultos preocupados por ellos, la Fundación ANAR (900 20 20 10). Desde otros países, la web findahelpline.com reúne los teléfonos de ayuda de cada lugar. Si además eres LGTBI, aquí tienes una entrada sobre lo que nos toca en particular: salud mental LGTBI.

«No me aparece una ilusión» se puede escuchar en Spotify o descargar gratis desde la ficha del single, por si quieres ponerla de cara a la ventana. Puede que hoy la luz no llegue. Pero entra. Y algo en ti, aunque sea poco, pide respirar.

Preguntas frecuentes

¿Qué es la anhedonia?

Es la pérdida de la capacidad de disfrutar o de interesarse por las cosas que antes gustaban. El término lo propuso el psicólogo francés Théodule Ribot a finales del siglo XIX y hoy es uno de los síntomas centrales de la depresión mayor.

¿Se puede tener depresión sin estar triste?

Sí. Para hablar de un episodio depresivo basta con que esté presente el ánimo deprimido o la pérdida marcada de interés o placer. Hay personas que no lloran, pero sienten que nada les apetece.

¿De qué habla «No me aparece una ilusión»?

De no tener ganas de nada: no apetece salir de la habitación, no hay colores, no se encuentra la motivación. Casi todos los versos empiezan con «No», hasta que al final aparece «algo en mí pide respirar».

¿La anhedonia es pereza?

No. La pereza es tener ganas de otra cosa; en la anhedonia no hay ganas de nada. Por eso decir «anímate» no ayuda. Si dura semanas, conviene consultar en el centro de salud.

¿Dónde pedir ayuda?

Empieza por tu médica o médico de familia. Si la situación es crítica, el 024 atiende gratis a cualquier hora y el 112 es el número de urgencias. También puedes recurrir al Teléfono de la Esperanza (717 003 717) o, si se trata de menores, a ANAR (900 20 20 10). Desde otros países, findahelpline.com.

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