Planeta Gayfolk

IA y autoría

Adiós, abanico, adiós: Locomía de fondo en «Discutiendo con la IA»

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Portada de «Discutiendo con la IA», canción de Mike Sain't Louis

Ibiza, 1984. Unos chicos con hombreras, zapatos de punta y abanicos enormes hacen de relaciones públicas en la puerta de KU. No tienen disco. No tienen canción. Tienen una imagen que para el tráfico de la isla.

Cuarenta y dos años después, en el planeta Gayfolk, una letra sobre discutir con una máquina decide que el fondo musical de la discusión va a ser Locomía.

Sin abanicos y sin más lavatomías. Hija mía, si usar IA es dar a un botón, hazlo tú, maricón.

Así arranca «Discutiendo con la IA», la pista 89 de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía, publicada el 29 de mayo de 2026. Como todo en el planeta, la letra es mía y la música y las voces están hechas con IA. Escúchala en Spotify.

En este diario ya conté lo que hay detrás del botón, el trabajo de pedir, escuchar y descartar. Hoy no voy por ahí. Hoy voy por los abanicos. Por qué, de todos los grupos posibles, el que suena en los cascos mientras discuto con la máquina es un grupo que nació sin saber si sabría hacer música.

Si supierais cantar

La historia está en la Wikipedia y es mejor que cualquier guion.

Locomía se forma en Ibiza en 1984 alrededor de los hermanos Xavier y Luis Font, con Manuel Arjona y un neerlandés, Gard Passchier, a quien se atribuye el nombre: quería decir «locura mía» y le salió «loco mía». Llegaron a ser dieciséis personas. Abanicos gigantes, ropa barroca, zapatos en punta. Hacían de relaciones públicas de KU, la discoteca más famosa de la isla.

En 1987, según la misma ficha, conocen a Freddie Mercury en su cumpleaños, el 5 de septiembre, y le regalan un par de esos zapatos de punta. Freddie los lleva después en el vídeo de «I'm Going Slightly Mad», en 1991.

Y en 1988 llega José Luis Gil, ejecutivo de Hispavox, el hombre detrás de Miguel Bosé, Raffaella Carrà y Mónica Naranjo. Los ve una noche en KU. Al día siguiente se reúne con Xavier Font y le dice una frase que la Wikipedia recoge entre comillas:

«Si supierais cantar, se podría estudiar lanzaros como grupo musical.»

Si supierais.

Ahí está todo el debate que la canción tiene en la cabeza. El grupo existía antes que la música. Primero fue la imagen, la tribu, el abanico. La canción vino después, cuando un productor decidió que aquello podía sonar.

Y sonó. «Taiyo», el primer disco, salió el 8 de noviembre de 1989 y superó, según esa ficha, el millón setecientas mil copias, con discos de oro y platino en diez países. «Rumba, samba, mambo» llegó al número 7 de los sencillos más vendidos en España en 1990.

Quién hizo «Taiyo»

Me gusta leer los créditos de aquel disco porque responden a la pregunta del estribillo mejor que yo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Discutiendo con la IA», de Mike Sain't Louis

La dirección musical fue de Pedro Vidal, que venía de TodoTodo, y de Cristóbal Sansano, que luego trabajaría con Mónica Naranjo, Magneto y Tom Jones. En la producción, Cheni Navarro. Y en las letras, Ricardo Llorca. El estribillo de «Taiyo», por cierto, es una lista de marcas japonesas, porque la canción se presentó en la inauguración de un centro comercial en Japón:

Fuji, Kawasaki, Honda, Takara, Mitsubishi.

Cinco marcas. Un estribillo de catálogo.

Una canción con cinco marcas japonesas en el estribillo tiene poco de manifiesto artístico y mucho de encargo para un centro comercial. Y nadie la quiere menos por eso. Al contrario: treinta y tantos años después, esa lista de marcas es justo lo que se queda pegado al oído, como un trabalenguas de feria.

Nadie, que yo sepa, se plantó en 1990 en una discoteca de Madrid a decirle a la gente que bailaba «Rumba, samba, mambo» que aquello no valía porque los de los abanicos no habían escrito la letra. Nadie preguntó quién programaba las cajas de ritmos. El pop siempre ha sido una obra con muchas manos y un solo póster.

Por eso el estribillo de la canción tiene tanta mala leche:

¿Por qué decías que como lo mío era IA no valía?

Lo mío. La letra, el concepto, la elección. Eso es lo que el planeta declara como propio desde el principio. Lo dice la página de preguntas frecuentes sin rodeos: las letras, el concepto del universo y la selección de lo que se publica son obra mía, y la música se crea con herramientas de IA, entre ellas Suno, «y el artista lo declara abiertamente».

No escondo la máquina. A Locomía nadie le pedía que enseñara a Ricardo Llorca.

Sin abanicos

El primer verso de la canción es una renuncia. «Sin abanicos.» Es decir: sin espectáculo, sin pose, sin la parafernalia que distrae. Vamos a hablar en serio.

Lo gracioso es que se lo dice alguien que, en el mismo verso, está escuchando a Locomía. Es una contradicción muy de este planeta. Pedir seriedad con «Rumba, samba, mambo» de fondo.

Y hay un dato que encaja con ese verso como un guante. En 2022, Movistar Plus+ estrenó un documental en tres capítulos sobre el grupo, el 22 de junio. El tercer capítulo se titula «Adiós, abanico, adiós».

La propia historia del grupo tiene su despedida del abanico. Con su segundo disco, «Loco Vox», de 1991, dejaron en segundo plano los zapatos puntiagudos, las hombreras y hasta los abanicos, y pasaron a chaleco y corbata. Querían madurar. Querían, supongo, que los tomaran en serio.

El narrador de la canción hace el mismo gesto. Cierra el abanico para discutir. Pero no apaga el disco.

Y en 2024 el abanico volvió a abrirse en el cine: el 17 de mayo se estrenó «Disco, Ibiza, Locomía», de Kike Maíllo, con Jaime Lorente, Alberto Ammann y Blanca Suárez en el reparto. La historia de un grupo al que le dijeron «si supierais cantar» acabó siendo una película. Hay justicias poéticas que tardan treinta y cinco años.

Bailarines de otra

Un detalle de la prehistoria del grupo que se suele olvidar. Antes de tener canciones propias, Locomía salió en la tele como cuerpo de baile. El 10 de diciembre de 1986, en el festival «Buon anno musica», en la Piazza Bra de Verona, aparecieron como bailarines en la actuación de Tracy Spencer con «Love Is Like a Game».

Ponían la imagen a la música de otra.

Y unas semanas antes, el 16 de noviembre de 1986, debutaron en TVE en un programa que se llamaba, atención, «Plató vacío».

No me lo invento. Está en la ficha.

Me hace gracia porque el debate de la autoría siempre da por hecho que hay un orden natural: primero alguien escribe, luego alguien interpreta, luego alguien baila. Locomía lo hizo al revés. Primero bailaron, luego posaron, luego grabaron. Y el público no pidió la partida de nacimiento de cada nota.

En el planeta el orden también es raro. Primero va la letra, que es mía. Luego la máquina pone sonido y voz. Luego yo escucho, descarto, vuelvo a pedir. La voz que oyes no es de nadie que conozcas, igual que el bailarín de Verona no era el autor de «Love Is Like a Game». Cada cual hace su parte. Y yo lo pongo en los créditos.

Slightly mad

Vuelvo a Freddie y a los zapatos, porque el título del vídeo es demasiado bueno para dejarlo pasar.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Por qué decías que como lo mío era» de «Discutiendo con la IA»

«I'm Going Slightly Mad.» Me estoy volviendo un poco loco.

Loco. Mía.

Si discutes con la IA a todas horas, ese título es tu estado de ánimo a las tres de la mañana, cuando la versión número no sé cuántos sigue sin tener el estribillo que tenías en la cabeza. Y si lo haces mientras escuchas a Locomía, el círculo se cierra con zapatos de punta: el grupo que regaló a Freddie el calzado de su vídeo más lunático suena de fondo mientras tú pierdes un poco la cabeza con una máquina.

No sé si la letra pensó en Freddie. Sospecho que no. Pero las canciones a veces saben más de lo que sabe quien las escribe, y esta conexión me la quedo.

Lavatomías

Ahora la palabra rara del primer verso.

«Lavatomías» no existe. No está en el diccionario. Yo la leo como un cruce de dos cosas que el oyente reconoce enseguida: la lavativa y la lobotomía. Una limpieza a la fuerza por un lado. Un apagado de cerebro por el otro.

Es lo que el narrador ya no está dispuesto a aguantar. Que le laven la cabeza. Que le expliquen otra vez, con tono de médico de manicomio, lo que vale y lo que no vale.

También tiene algo de Locomía la palabra. Esa terminación en «-ía». Locomía, lavatomía. Como si el título del grupo hubiera contagiado al verso. Si es casualidad, es una casualidad que suena bien.

Hija mía

Después viene el tratamiento.

Hija mía, si usar IA es dar a un botón, hazlo tú, maricón.

«Hija mía» es el arranque de las madres cuando se les acaba la paciencia. «Hija mía, que no te enteras.» En boca de un señor gay de Madrid a otro señor gay, es pura confianza de bar. No hay insulto donde hay intimidad, aunque el «maricón» del final suene a portazo.

Lo que me interesa es el reto. Si es tan fácil, hazlo tú. Es el argumento de cualquier oficio cuando alguien de fuera lo desprecia. Lo dicen los fontaneros, los traductores, las peluqueras, los que montan muebles de Ikea para otros. Y la canción lo convierte en estribillo de guerra.

Luego viene el retrato del contrincante:

que vas de artista y de «¡Os quiero mucho, tías!» Y no ha leído un libro en su puta vida.

Aquí hay una pequeña trampa gramatical que me pierde. Empieza en segunda persona, «vas de artista», y en el verso siguiente salta a la tercera, «no ha leído». Como si el narrador dejara de hablarle a él y se girara hacia el público para comentarlo. El aparte de teatro. El «¿lo habéis oído?» con la ceja levantada.

Y el «¡Os quiero mucho, tías!» es una imagen perfecta del artista de redes que reparte cariño con signos de exclamación. Los corazones en los comentarios. El abrazo masivo. Mucho amor público y ni un libro en la mesilla.

No le pongo cara. La canción tampoco. Es un tipo.

La IA en su propia línea

Un detalle tipográfico que se ve en la letra publicada y que no es casual.

Cada vez que aparece, «IA» va sola en su línea. «Discutiendo con la», salto, «IA». «Por qué decías que como lo mío era», salto, «IA», salto, «no valía».

Dos letras, aisladas, como un nombre propio. Como quien escribe el nombre del ex en mayúsculas en el diario.

Esa colocación hace dos cosas. En la página, la palabra se queda sola, rodeada de blanco, como algo que el resto del texto no quiere tocar. Y al oído marca una pausa: el narrador toma aire antes de decirla, como si costara. Como cuando en una cena alguien pregunta a qué te dedicas y tú dudas medio segundo antes de contestar.

Ese medio segundo es la canción entera.

La tribu y los mecheros

La historia de Locomía tiene una parte menos divertida que conviene recordar. La ficha de la Wikipedia cuenta que, antes de irse de Ibiza a Madrid, el grupo sufrió rivalidades internas, la furgoneta en la que se movían destrozada, la peluquería que habían montado perdiendo dinero, problemas con drogas y un atentado incendiario. Una de las fuentes que cita habla de amenazas de muerte y de que les quemaron la casa.

Collage con un detalle de la carátula de «Discutiendo con la IA» y las carátulas de «He creado un novio con inteligencia artificial», «Mi último ex era una IA disfrazada», «Elon Musk ha anunciado»

A unos chicos con abanicos y zapatos de punta. En los ochenta.

No voy a comparar eso con una discusión en redes sobre si la música con IA vale o no vale. Sería una frivolidad. Pero sí digo que la tribu de los abanicos sabía lo que era que te señalaran por cómo hacías las cosas, antes incluso de que hicieran canciones. Y que por eso me gusta que sean ellos, y no otros, los que suenan de fondo.

El pop español de los ochenta y noventa tuvo mucho de esto: gente rara a la que primero se reían y luego se bailaba. El planeta les debe algo.

Todo el rato lo mismo

Hay algo que se ve enseguida si lees la letra entera: es una sola estrofa repetida cinco veces. El mismo arranque de los abanicos, el mismo «hazlo tú», la misma pregunta, y el estribillo que da vueltas:

Si estoy a todas horas discutiendo con la IA mientras escucho a Locomía, discutiendo con la IA, discutiendo con la IA.

Al principio puede parecer pereza. Luego te das cuenta de que es la forma exacta de lo que cuenta.

Discutir con una herramienta de IA es eso: pedir lo mismo una y otra vez con pequeñas variaciones. Que esa voz no. Que ese tempo no. Que vuelva a intentarlo. La canción tiene la estructura de una sesión de trabajo. Cinco vueltas del mismo argumento, como cinco versiones de una misma pista que no acaban de salir.

Y también tiene la estructura de una pelea de pareja, que es la otra lectura. Esas discusiones que repiten la misma frase durante horas porque ninguno de los dos cede.

La repetición, aquí, es el contenido. No hay más que añadir porque el otro no escucha.

A todas horas

«A todas horas.» Este es el verso que más me retrata, y lo digo con autoparodia.

El planeta publica mucho. En la página de tecnología del manifiesto se dice sin complejos: «un single a la semana», «publicar constantemente como forma de estar vivo». Y el catálogo de la trilogía son 273 canciones. Eso no sale de dar a un botón una tarde. Sale de muchas horas de discutir con la máquina, con Locomía o con lo que toque de fondo.

La página de proceso lo dice de otra manera: las canciones existen «porque necesitan existir», componer «como forma de pensar». Visto así, discutir con la IA a todas horas es también una forma de hablar solo en voz alta. Con un interlocutor que, al menos, contesta.

Y ojo: que conteste no quiere decir que tenga razón. La máquina se equivoca, insiste, devuelve lo que no le has pedido. Por eso es discusión y no dictado.

El que nunca ha discutido

La pregunta del estribillo apunta lejos de la máquina, al que mira desde fuera.

Ficha de la canción «Discutiendo con la IA» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

¿Por qué decías que como lo mío era IA no valía?

En el diario hay un texto entero dedicado a por qué hay tanta gente anti-IA, y otro sobre música hecha con IA y autoría. No quiero repetirlos. Solo añado una cosa que me sale de esta canción y de los abanicos: el desprecio casi siempre viene de quien no ha probado. De quien imagina el proceso desde el sofá.

A Locomía les pasó algo parecido. Primero fueron «los de los abanicos», un chiste de Ibiza. Luego vendieron más de un millón y medio de discos y salieron en el Festival de Viña del Mar en 1992, dos noches, el 13 y el 15 de febrero. Y treinta años después tienen documental y película.

No digo que al planeta le vaya a pasar lo mismo. Digo que el chiste de hoy no siempre es el veredicto de mañana.

Gorbachov en la Quinta Vergara

Una última postal de Locomía, porque explica algo del planeta.

En febrero de 1992 el grupo actuó dos noches en el Festival de Viña del Mar, en Chile. Según la crónica que recoge la Wikipedia, tocaron «Locovox», «Rumba, samba, mambo», «Locomía» y una canción titulada «Gorbachov». Y la primera noche el público de la Quinta Vergara le hizo a Francesc Picas, que acababa de cumplir veintidós años, un cumpleaños feliz multitudinario.

Una canción de discoteca con el nombre del último dirigente soviético. Me parece la cosa más gayfolk de los noventa.

El planeta hace lo mismo con su siglo. Hay canciones que se llaman «Elon Musk ha anunciado», «Judith Bécker» o «El concierto de Ismael Serrano». Poner el nombre de alguien famoso en un estribillo es una forma de fechar la canción, de clavarla en su tiempo con una chincheta. Locomía clavó la suya en la perestroika. Yo clavo las mías en los cohetes de SpaceX y en las series de Telecinco.

Y en esta, en la discusión con la IA, la chincheta es la propia Locomía. Una banda de 1989 sujetando una canción de 2026.

Rumba, samba, mambo de fondo

¿Qué canción de Locomía suena en los cascos del narrador? La letra no lo dice. Puede ser «Locomía», puede ser «Taiyo», puede ser «Rumba, samba, mambo». A mí me gusta imaginar la tercera, por la lista de bailes y por el vídeo, que se grabó en París en mayo de 1990.

Lo importante es el contraste. Una discusión seria sobre autoría, con un fondo de eurodance de los noventa. La seriedad con lentejuelas.

Es una manera de decir que el pop que te forma no se elige por prestigio. Uno no discute con la IA escuchando a Bach para parecer más culto. Escucha a Locomía porque es lo que le da energía, lo que le recuerda a las primeras discotecas, lo que le hace gracia.

Y porque, en el fondo, aquel grupo también fue una obra de taller. Un productor, unos arreglistas, un letrista y cuatro chicos con abanico.

Para escucharla

  • Lee la letra antes. Es corta, cabe en una mano, y así notarás cómo la repetición va subiendo de tono.
  • Fíjate en el salto de «vas de artista» a «no ha leído». El aparte al público.
  • Pon después algo de Locomía. Cualquier cosa de «Taiyo». La conversación entre las dos tiene gracia.
  • Si quieres verla, el videoclip oficial dura 3:55.
  • Y si te interesa el debate, en la sala de prensa está explicado cómo trabaja el proyecto.

Ficha de mesilla

  • Título: «Discutiendo con la IA».
  • Disco: «El día de la liberación», pista 89.
  • Publicada: 29 de mayo de 2026.
  • Autoría: letra de Mike Sain't Louis; música y voces creadas con IA.
  • En Spotify y en YouTube.

Freddie Mercury llevó unos zapatos de punta de Locomía en un vídeo. Nadie le preguntó quién los había cosido.

Hazlo tú, maricón.

Preguntas frecuentes

¿Por qué aparece Locomía en «Discutiendo con la IA»?

El narrador discute con la inteligencia artificial a todas horas «mientras escucho a Locomía». El grupo de los abanicos, formado en Ibiza en 1984, se convirtió en banda de pop después de su imagen, con productores y letristas detrás.

¿Qué significa «lavatomías»?

No es una palabra del diccionario. Se puede leer como un cruce de lavativa y lobotomía: algo que te lava la cabeza a la fuerza, que es justo lo que el narrador ya no acepta.

¿Cómo se usa la IA en las canciones de Mike Sain't Louis?

Las letras, el concepto del universo y la selección de lo que se publica son de Mike Sain't Louis. La música y las voces se crean con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno, y se declara abiertamente.

¿En qué disco está la canción?

En «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía Gayfolk, como pista 89. Se publicó el 29 de mayo de 2026.

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