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Dos novios en el pasillo: el videoclip de «El anillo de casado», de las cinco jarras al anillo sobre la mesa
Por Mike Sain't Louis · · Actualizado

Hay un plano en el videoclip de «El anillo de casado» que no está en la letra. Dura unos segundos, llega pasado el minuto y medio y es el que más me gusta de todo el clip. Dos hombres con traje de boda, uno con chaqueta gris de cuadros y el otro con un traje claro, los dos con una flor blanca en la solapa, caminan juntos por el pasillo de un salón con lámparas de araña y sillas doradas. Es la boda que la canción les niega. El vídeo se la regala, aunque sea un momento.
Ya hay en el diario una nota sobre lo que dice la letra, con los hostales completos y los amores discretos. Esta vez no voy a repetirla. Voy a contar lo que se ve, escena a escena, y a poner cada imagen al lado del verso que suena. El vídeo se estrenó en YouTube el 18 de noviembre de 2024, dura cuatro minutos y veinticinco segundos, y está también en su página de videoclip de la web.
El cartel del principio: dos chaquetas y una carretera de noche
El clip empieza con un cartel de película. Una carretera al anochecer, farolas encendidas, un cielo morado y rosa, y una moto aparcada a un lado. Delante, dos hombres. Uno lleva barba poblada y una chaqueta de camuflaje verde. El otro, una chaqueta rosa abierta. Encima de ellos, en letra blanca de caligrafía con un brillo rosa alrededor, el título: «El anillo de casado». Debajo, más pequeño, mi nombre.
Me gusta que el cartel no enseñe ningún anillo. Enseña dos hombres juntos, y los colores ya cuentan la historia: el verde militar del que va de duro y el rosa del que no se esconde. Esa pareja de colores va a volver muchas veces. Durante todo el clip, uno de los dos hombres viste casi siempre en tonos rosas o claros y el otro en verdes, marrones y cuadros. Son los dos lados de la misma historia.
El bar de los azulejos verdes
A los tres segundos entramos en el sitio donde empieza todo. Es un bar de paredes verde menta, con azulejos, taburetes y una barra al fondo. En una mesa redonda, dos hombres con barba. Uno lleva una camiseta negra de tirantes y tiene los brazos llenos de tatuajes. El otro va de traje oscuro. Los dos tienen una jarra de cerveza delante, y uno de ellos se la está llevando a la boca.
Mientras tanto suena el primer verso de la canción, que es casi un acta notarial:
Nos tomamos CINCO jarras en los cien montaditos
La palabra «CINCO» va en mayúsculas en la letra publicada, y no es un capricho. Es el número que lo explica todo. Una jarra es una cerveza. Dos, una conversación. Cinco jarras ya son una tarde entera, una de esas que empiezan con «vamos a tomar algo rápido» y acaban con la luz de la calle cambiando de color. El vídeo lo entiende: vuelve al bar de los azulejos verdes una y otra vez durante toda la canción, como si los dos personajes no se hubieran levantado nunca de esa mesa.
A los quince segundos el decorado cambia a otro bar, este de madera oscura, con botellas en las estanterías y un cartel donde se lee «100 Montaditos». A los veinticuatro, la escena se completa: los dos hombres en la barra, uno con chaqueta de cuadros blancos y negros y el otro con una chaqueta rosa, rodeados de parroquianos mayores, un globo rosa flotando a la izquierda y una botella verde en primer plano. Es el bar como refugio. Ahí nadie mira demasiado, porque todo el mundo está a lo suyo.
Bien escondiditos entre los cerezos
A los nueve segundos aparece una escena que parece de otra película. Los dos hombres posan juntos en una calle con árboles en flor, de flores rosas, con una farola antigua detrás y una verja de hierro. Uno lleva una cazadora vaquera y el otro una chaqueta rosa. Están muy cerca, hombro con hombro, y miran a cámara como si se hicieran una foto que no van a poder enseñar a nadie.

Ese plano funciona como el negativo del verso que sigue a las cinco jarras, el de las risas, las miradas y el estar «bien escondiditos». El diminutivo de la letra lo dice todo: no es esconderse con miedo, es esconderse con cariño, como dos críos que se cuelan en un sitio donde no deberían estar. El vídeo lo traduce con la flor de cerezo, que es la flor más fotogénica y más corta que existe. Está una semana en el árbol y se cae.
La novia de blanco
A los veintiún segundos aparece la tercera persona de la historia. Es un paseo marítimo con palmeras, coches antiguos aparcados y el mar al fondo. En el centro, una mujer con un vestido blanco de tirantes, el pelo largo y castaño, peinado con ondas. A un lado, el hombre de la cazadora vaquera. Al otro, el de la chaqueta rosa. Los tres miran a cámara. Nadie sonríe del todo.
Seis segundos después, la escena se convierte en una boda. Es una playa al atardecer, con un arco de flores blancas, sillas de madera alineadas en la arena y el sol bajando sobre el mar. El hombre de barba lleva un traje de tweed marrón con chaleco. La novia, un vestido de encaje con mangas largas y una falda enorme de tul. Los dos miran a cámara, muy serios, como en una foto oficial. Y justo entonces arranca el estribillo, el que repite el título como una letanía y presenta al marido con su alianza puesta y su amor jurado para toda la vida.
Este estribillo tiene algo de pasodoble, de copla de boda que se repite en los banquetes. Celebra al marido con todos los honores: ha pasado por la iglesia, luce su alianza, está cada día más enamorado. Si uno escucha solo esa parte, parece un homenaje al matrimonio. El vídeo acompaña ese tono con la boda más de catálogo posible: playa, flores, atardecer, tul. Todo es bonito. Todo es demasiado bonito.
Y entonces llega el remate del estribillo, que da la vuelta a todo lo anterior:
Si pasa por mi cama y lo disfruto para mí es pasado
Mientras suena, el vídeo vuelve al bar de los azulejos verdes. La boda queda en la playa y la verdad se queda en la mesa de las jarras.
La noche del cartel de Hollywood
A los treinta y seis segundos hay un salto que no me esperaba la primera vez que vi el clip. Es de noche, con una luna llena enorme en el cielo y las luces de una ciudad al fondo. En primer plano, unas letras blancas gigantes en lo alto de una colina, de las que se ven solo algunas y que todo el mundo reconoce: el cartel de Hollywood. Delante, los dos hombres con trajes de cuadros y terciopelo, posando como en un estreno.
¿Qué pinta Hollywood en una canción que empieza en un bar de montaditos? Para mí es la fantasía del narrador. La canción está contada por alguien que sabe que lo suyo es pequeño: una mesa, unas jarras, una cama de hostal. Pero en la cabeza, cuando uno está enamorado, todo se vuelve película. Las cinco jarras se convierten en un estreno a la luz de la luna. El vídeo se permite ese delirio, y yo lo agradezco, porque la letra no tiene sitio para él.
El anillo solo sobre la mesa
Después de la boda en la playa y de un plano de una pareja en un paseo con coches rosas al atardecer, llega a los sesenta y tres segundos el plano más quieto de todo el vídeo. Una mesa de madera barnizada, con luces desenfocadas detrás, naranjas y azules, como las de un bar a última hora. Encima de la mesa, una alianza dorada. Nada más. Nadie la lleva puesta.

Es la imagen que mejor resume el primer deseo del narrador:
Me apetece tenerte en la cama y que te quites el anillo
El vídeo enseña el anillo quitado, apoyado en la mesa del bar. No sabemos si el marido se lo ha quitado para ir a la cama, para lavarse las manos o para mirarlo. No sabemos si lo va a volver a coger. El plano es una pregunta. Lo que sí sabemos es que, por un momento, el objeto que separa a los dos hombres no está en ningún dedo.
A los ochenta y siete segundos el anillo vuelve, esta vez entre dos dedos que lo sostienen delante de una ciudad desenfocada, gris y azul. Alguien lo mira de cerca, como quien examina un objeto de valor en una casa de empeños. Es el anillo como problema, como algo que hay que decidir qué hacer con él.
La espalda tatuada mirando al mar
Entre esos dos planos del anillo hay otro que me parece de los más tristes del clip. A los setenta y ocho segundos, el hombre de los brazos tatuados aparece de espaldas, sin camiseta, mirando un paisaje de montañas y mar al atardecer, con el cielo rosa y violeta. Tiene toda la espalda cubierta por un tatuaje grande de formas curvas. No vemos su cara. Solo vemos que mira lejos.
Ese plano llega cuando la canción empieza a cambiar de tono, porque el narrador ya no lo tiene tan claro. El juego que parecía ligero empieza a pesar, y el vídeo lo enseña con un hombre que da la espalda a todo y se queda mirando el horizonte.
La boda que no tienen
Y entonces, a los ciento cinco segundos, llega el plano que contaba al principio. Un salón enorme con suelo de madera, ventanales, molduras doradas, lámparas de araña de cristal y filas de sillas doradas con cojines blancos, preparadas para un banquete. Por el pasillo central caminan los dos hombres. Uno con traje de cuadros grises y chaleco. El otro con un traje beis claro. Los dos con una flor blanca en la solapa. A los ciento catorce segundos el plano se repite, ya más cerca, y vemos que al fondo hay invitados sentados.
En la letra, la boda es la de él con su mujer, por la iglesia y con todo el pueblo mirando. En el vídeo, por un instante, la boda es la de ellos dos. Es el sueño que el narrador no se atreve ni a susurrar y que el clip pone en imagen. Para mí es lo más bonito del vídeo, porque es lo único que la canción no puede tener. Hasta hace no tanto, una boda así era imposible. Hoy es posible, pero no para dos hombres cuando uno de ellos ya ha dicho «sí, quiero» a otra persona.
La pregunta del puente
A partir del segundo ciento veinte, el vídeo se pone más inquieto. Hay pasajes en calles de colores con coches antiguos, primeros planos de los dos hombres con trajes de los años cincuenta, de tweed y de color lila, una mujer con diadema y vestido rosa detrás, como recién salida de un anuncio antiguo de nevera, y otra vez la playa. Es el tramo del puente, donde la canción deja de bromear y se pregunta en serio qué está pasando:
¿Y qué voy a hacer? Si me atrapa cada día un poco más, su supuesta heterosexualidad.
Ese «supuesta» es la palabra más afilada de la letra. Toda la canción depende de ella. Es una sola palabra, pero deja claro que el narrador no se cree el papel del marido. Y a la vez, la frase dice algo más triste: lo que le atrapa es precisamente eso, la supuesta heterosexualidad. El hombre que no puede ser suyo. El que va a volver a casa con su mujer. El vídeo responde con imágenes de pareja de época, de esas parejas de los cincuenta que parecían perfectas en las fotos y de las que nadie sabía nada.
Cuatrocientos invitados frente a una plaza vacía
Luego llega la estrofa más larga, la que pone frente a frente las dos vidas del marido:

Y por lo iglesia se ha casado, con su mujer de blanco puro y cuatrocientos invitados
La letra publicada dice «por lo iglesia», y así la dejo, como está. Es una de esas erratas que, dichas deprisa, suenan a habla de la calle. Lo importante del verso es el número. Cuatrocientos invitados. Es una boda grande, de las que salen en las fotos de la familia durante décadas. Un acto público con testigos, ramo y banquete.
Frente a eso, el vídeo enseña a los dos hombres en una plaza. A los ciento sesenta y ocho segundos caminan por una plaza porticada de fachadas rojas, con torres rematadas en chapiteles de pizarra, una bandera de España en lo alto y una estatua ecuestre en el centro. Tiene todo el aire de la Plaza Mayor de Madrid. Hay coches antiguos aparcados y apenas gente. Los dos hombres caminan uno al lado del otro, sin tocarse. Uno con chaqueta granate y el otro con una americana marrón.
Es la otra mitad de la estrofa, la que dice que ellos van por Madrid de discretos:
Y nosotros por Madrid de discretos buscando hostales que no tengan colgado en el telefonillo el cartel de completos
Cuatrocientos invitados contra dos hombres que recorren la ciudad buscando una habitación. La boda tiene un salón con lámparas de araña. Ellos tienen un telefonillo con un cartel plastificado. El vídeo no enseña ningún hostal ni ningún cartel de completo: enseña la plaza, el espacio público más grande y más visible de la ciudad, y a los dos atravesándolo sin cogerse de la mano. Esa plaza es la ciudad que no los ve. Madrid aparece mucho en mis canciones, y en el diario hay una nota sobre Madrid y Chueca en las canciones. Aquí es una ciudad que hay que cruzar con disimulo.
La noche de la luna llena
A partir del segundo ciento ochenta y tres el vídeo se hace de noche. Primero un parque con farolas antiguas y una fuente iluminada en verde, con el hombre de chaqueta marrón solo, el pelo revuelto, mirando a un lado. Después, a los ciento ochenta y nueve segundos, una carretera mojada bajo una luna llena enorme, con coches antiguos aparcados detrás. Los dos hombres, de nuevo juntos. Uno con una parka verde con un parche de bandera en el brazo. El otro con una cazadora negra de cuero.
Es el tramo en el que la canción vuelve al estribillo por última vez. El anillo, la iglesia, el estar cada día más enamorado. Pero el vídeo ya no lo celebra con playas: lo acompaña con una noche de carretera, con dos hombres que parecen esperar algo junto a un coche. La letra no dice cómo acaba la historia. El vídeo tampoco.
Los ojos de dos colores
A los doscientos veintidós segundos aparece la imagen más rara del clip. Un hombre de piel oscura, con el pecho y los hombros tatuados, mira fijamente a cámara delante de unas montañas moradas. Le brillan los ojos, uno de color verde y el otro de color rosa. Es un plano de ciencia ficción, casi de cómic, que parece venir de otro planeta.
No voy a inventarme qué significa. Lo que sí veo es que repite los dos colores del cartel del principio: el verde y el rosa. Los dos hombres de la historia, metidos en una sola mirada. Si tuviera que leerlo, diría que es el narrador por dentro, con las dos vidas a la vez en los ojos. Pero lo dejo como imagen, que es lo que es.
La vuelta al bar y la portada del disco
Los últimos treinta segundos alternan la boda de la playa, ya vacía de invitados, con el bar de los azulejos verdes. Los dos hombres siguen en la mesa, el de los tatuajes y el de traje, con sus jarras. La novia y el novio siguen en la arena, al lado del arco de flores, cada vez más pequeños en el encuadre. Es como si el vídeo nos dijera que las dos vidas van a seguir así, en paralelo, sin tocarse, mientras dure la canción.

Y al final, a los doscientos cuarenta y nueve segundos, la pantalla se llena de rosa. Es la portada del disco al que pertenece la canción, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»: tres hombres con esmoquin, dos de ellos con chaqueta de flores, muy juntos, delante de un planeta rosa enorme, y el nombre del disco en letras blancas. Después de cuatro minutos de discreción, el último plano es una foto de grupo sin esconder nada. Es la manera del planeta de decir que hay otro sitio, uno donde nadie tiene que buscar hostales.
Me hace gracia que la portada llegue justo después de la boda en la arena. La novia de blanco, el arco de flores y las sillas de madera desaparecen, y en su lugar salen tres chicos con esmoquin que se miran entre ellos y no a la cámara. Es otra foto de boda, en cierto modo, pero sin iglesia, sin anillo y sin nadie a quien dar explicaciones. El disco entero va de eso: de un planeta recién descubierto donde las historias como la de esta canción no tendrían que ir de puntillas.
Dónde encaja en el Planeta Gayfolk
En la lista de 273 canciones de la web, «El anillo de casado» es la número 159 y está entre «Ni con un palo» y «Me gusta el verano». En el planeta hay otras canciones que miran a hombres que no dicen lo que hacen. En «Que te mola el cruising», al chico mono y tan limpio lo han pillado besándose donde no debía, y la canción se lo cuenta a todo el barrio con tono de vecina cotilla. En «Hetero», la pregunta del título es si sería más fácil ser hetero o simplemente no ser uno mismo. Y en «Mi novio de Albacete» la que fue la pareja gay del año acaba en desastre de comedia.
«El anillo de casado» es la más tierna de todas ellas. No se ríe del marido, ni le castiga, ni le saca a la plaza. Se queda con el narrador, que empieza la tarde con el puntillo y la termina enamorado de quien no puede. Es una copla de las de antes, con anillo, iglesia y amor que no se puede contar, pero con dos hombres y una cadena de bares de montaditos como escenario.
Lo que me llevo del clip
Cuando pienso en esta canción, lo primero que veo ahora es el anillo solo sobre la mesa del bar, con las luces desenfocadas detrás. Y lo segundo, el pasillo del salón con las sillas doradas y los dos hombres con flor en la solapa. Entre esas dos imágenes está toda la historia: lo que el marido se quita un rato y lo que los dos no van a tener nunca.
La letra se puede escuchar en Spotify y en todas las plataformas. Quien quiera escribir sobre el planeta tiene fotos y notas en la sala de prensa. Y si alguna vez fuisteis el secreto de alguien, o el que se sentaba enfrente con la quinta jarra, poned el vídeo y fijaos en el pasillo del salón. Esa boda también es vuestra.
Preguntas frecuentes
¿Qué cuenta el videoclip de «El anillo de casado»?
Alterna dos vidas. En una, dos hombres beben jarras de cerveza en un bar de paredes verdes, pasean por calles de colores y por una plaza porticada. En la otra, uno de ellos se casa con una mujer vestida de blanco en una playa al atardecer. En medio aparece un plano que la letra no tiene: los dos hombres caminando juntos, con flor en la solapa, por el pasillo de un salón de bodas.
¿De qué disco es «El anillo de casado»?
Pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». El videoclip termina con la portada de ese disco, en la que tres hombres con esmoquin posan delante de un planeta rosa.
¿Cuándo se publicó el videoclip?
El videoclip oficial se estrenó en YouTube el 18 de noviembre de 2024 y dura cuatro minutos y veinticinco segundos. La canción está en Spotify y en las demás plataformas.
¿El protagonista de la canción es una persona real?
No. Los personajes de la canción y del vídeo son inventados: el hombre casado, su mujer y el narrador que se enamora de él son figuras de ficción para contar un tipo de amor discreto que muchos hombres gais conocen.