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Dos toreros y un retrete en la playa: el videoclip de «Garrafón de China», de la cama revuelta al cuello de la chaquetilla
Por Mike Sain't Louis · · Actualizado

El videoclip de «Garrafón de China» no tiene cocina. Lo digo de entrada porque la canción termina siempre en ese sitio, con un extraño delante de la nevera, y quien ponga el vídeo esperando ver la escena se va a llevar una sorpresa. Lo que hay en su lugar es un dormitorio de colores, dos toreros con el traje de luces arrugado, un señor de esmoquin que no sabemos qué pinta allí, un retrete portátil encendido en mitad de una playa y un coche que cruza un desierto rosa por la noche. Es decir, lo que queda en la cabeza a la mañana siguiente de una fiesta en la que alguien mezcló demasiado.
El vídeo se estrenó en YouTube el 29 de marzo de 2025, dura tres minutos y cuarenta y seis segundos y se puede ver entero en la página del videoclip de la web. En el diario ya hay dos lecturas de la letra: una que la lee con las reglas del Cluedo y otra sobre la resaca como género. Esta va de otra cosa. Voy a recorrer el clip escena a escena, con los fotogramas delante y la letra al lado, para contar qué se ve de verdad y qué tiene que ver con lo que dice la canción.
El cartel: dos toreros y una pared de retratos
El primer plano ya avisa del tono. Dos chicos morenos, de pelo rizado y revuelto, posan delante de una pared empapelada con retratos repetidos en serie, en blanco y negro, al estilo del pop art de las serigrafías. Uno lleva una chaquetilla de torero en rosa y oro; el otro, una en azul y oro. Los dos tienen la camisa medio abierta y cara de no haber dormido. A la derecha se ve una ventana con persiana, y por ella entra una luz de mañana, blanca y sin piedad.
Encima de ellos aparece el título, «GARRAFÓN DE CHINA», con «GARRAFÓN DE» en blanco y «CHINA» en letras amarillas enormes, y debajo mi nombre. Es el mismo cartel que cierra el vídeo, de modo que el clip empieza y acaba con la misma pareja posando, como las fotos de antes y después de una noche.
Lo primero que me hace gracia de ese plano es la contradicción. El traje de luces es el traje de la ceremonia por excelencia: se viste con ayuda, despacio, pieza a pieza, y está hecho para que lo mire una plaza entera. Aquí lo llevan dos chavales que parece que se han caído de la cama. Y eso es exactamente lo que cuenta la primera línea:
Esta mañana, me he levantado
Al pie de la cama: el traje de luces por la mañana
Después del cartel, la cámara entra en el dormitorio. Hay una cama de matrimonio con sábanas blancas, una pared rosa con cuadros abstractos, una tira de neón azul que recorta la esquina y una luz rosa que lo tiñe todo. Los dos toreros están de pie, al pie de la cama, frente a frente. No se tocan. Uno mira al suelo y el otro le mira a él, como quien intenta recordar el nombre de la persona que tiene delante.
Ese gesto es la segunda línea de la canción hecha imagen:
Con un pavo que no sé ni quién es al lado
Lo bonito es que el vídeo no elige a ninguno de los dos como protagonista. Los dos tienen la misma cara de despiste. Los dos podrían ser el que se ha despertado y el que estaba al lado. La letra está escrita en primera persona, pero el clip reparte la confusión a partes iguales, y eso la vuelve más divertida: aquí no hay un listo y un tonto, hay dos personas que no se acuerdan de nada.
Los trajes también tienen su lectura. Las chaquetillas están llenas de bordados dorados, de hombreras rígidas y de alamares que brillan con el neón, pero los dos van con la corbata torcida y la camisa abierta. Es la elegancia de la noche anterior, que a las diez de la mañana ya no encaja. Todos hemos visto a alguien así en la cola de un bar de churros un domingo, con la americana de la boda y los ojos pequeñitos.
El hombre del esmoquin y la figura de rojo
A los doce segundos pasa algo raro. Por la izquierda del plano entra un hombre con esmoquin negro, pajarita y el pelo engominado. Lleva algo en las manos, como unos papeles o una tarjeta, y lo mira con la cabeza baja. Por la derecha, medio de espaldas, hay una figura vestida de rojo y dorado con un tocado alto en la cabeza, casi una corona. Los dos toreros siguen en el centro, entre ellos, sin entender nada.

El vídeo no explica quiénes son. No vuelven a salir. Y yo prefiero no inventarles una historia, porque creo que funcionan justo por eso: son la gente que aparece en los recuerdos de una fiesta y que al día siguiente no sabes colocar. ¿Era un camarero? ¿Era el novio de alguien? ¿Era la reina de la fiesta? La letra tiene una línea perfecta para ese momento:
No debí de mezclar tanto en el fiestón
Mezclar, en la canción, es mezclar bebidas. En el vídeo es también mezclar decorados, personajes y épocas. Un torero, un señor de esmoquin y una figura con corona en un dormitorio con neones es una mezcla que no se le ocurre a nadie que esté sobrio, y eso es lo que tiene gracia.
Los recuerdos que se encienden y se apagan
A partir de aquí el clip empieza a saltar. Entre los planos del dormitorio se cuelan otros que no pertenecen a la mañana, sino a la noche anterior, y que aparecen y desaparecen como fogonazos.
El primero llega a los dieciocho segundos: dos hombres en penumbra, de perfil, con las frentes casi juntas. Apenas se ven las caras, solo la silueta recortada contra una luz azulada. Encima, en el centro de la imagen, hay un círculo blanco con dos rayas a los lados, como el icono de un vídeo que se ha quedado cargando. Ese plano vuelve un par de veces más a lo largo del clip, siempre igual de oscuro, siempre con el mismo círculo. Me gusta leerlo así: es el recuerdo que no termina de cargar. Sabes que pasó algo, pero la imagen no llega a verse entera.
El segundo fogonazo es un chico con camiseta blanca de tirantes, tatuajes en el brazo y el pecho, mirando a cámara muy serio mientras detrás de él estallan fuegos artificiales dorados. Sale dos veces con los colores normales y dos más con la imagen lavada en rosa y crema, como una foto vieja o una polaroid que se ha quedado al sol. Esa diferencia me parece muy precisa. La primera vez el recuerdo está nítido; las siguientes ya está desteñido, como todo lo que intentas reconstruir a mediodía.
El tercero son dos chicos muy cerca, uno con chaqueta vaquera y otro con camisa gris, con luces de bar desenfocadas detrás. Uno sonríe y apoya la frente en la cara del otro. Es el único momento del vídeo en el que alguien parece feliz sin reservas, y está en el pasado. Ahí vive, supongo, el verso que acusa al camarero:
El cachas de la barra nos vendió garrafón
El cachas no sale. No hay ningún camarero en el clip, ni barra a la vista, solo ese fondo de luces de discoteca. Pero la sonrisa de esos dos explica por qué nadie se paró a mirar qué había en la botella.
Un retrete encendido en mitad de la playa
A los cuarenta y dos segundos llega mi plano favorito, el que he elegido para la portada de esta nota. Una playa al anochecer, con el cielo morado y magenta, el mar en calma y un islote oscuro en el horizonte. En mitad de la arena, solo, un retrete portátil de los de feria, con la puerta abierta, iluminado por dentro con luz azul cian, como una cabina de ciencia ficción. Se ve la taza blanca dentro. No hay nadie.
Es una imagen absurda y al mismo tiempo muy reconocible. Cualquiera que haya ido a un festival de verano o a unas fiestas de pueblo sabe que el retrete portátil es el monumento de la noche. Es donde terminas, donde haces cola, donde te das cuenta de que has bebido de más. Aquí lo han puesto en una playa vacía, con luz de catedral, como si fuera un santuario. Me parece la mejor traducción visual de los dos versos de bajón que preceden al estribillo, los que hablan del garrafón malo y de sentirse acabado y fatal. La cabina es el lugar exacto de ese bajón.
La cabina vuelve más adelante, hacia el minuto tres, ya de noche cerrada, con tiras de neón rosa y cian en los bordes de la puerta. En otra toma, la arena alrededor está envuelta en humo. Es la misma cabina, pero cada vez más sola y más encendida, como si el recuerdo se fuera quedando solo con lo básico: la playa, la oscuridad y el sitio donde acabó la noche.
La resaca en tres decorados
El cuerpo del vídeo se pasa a los personajes tirados. No hay una sola escena de resaca, hay tres decorados que se van alternando, y en cada uno los trajes son distintos.

El primero es un salón con dos butacas enormes, una naranja y otra rosa, sobre una alfombra de pelo con dibujos. En la naranja, un chico con traje de luces turquesa con bordados está despatarrado, con una pierna estirada y la cabeza ladeada. En el suelo, apoyado en la butaca rosa, otro con traje de terciopelo burdeos y camisa blanca abierta mira al techo. Entre los dos hay una lámpara de pie y un cojín tirado. Es la postura exacta de quien no tiene fuerzas para levantarse a por un vaso de agua.
El segundo es una alfombra blanca con círculos rojos, sobre un suelo que parece de otro planeta, delante de una pared amarilla con manchas rojas y azules. Ahí están tumbados boca arriba dos chicos con chaquetas negras que relucen, uno con los brazos abiertos, el otro con la mano en la frente. Desde arriba, la composición parece un cuadro pop: los círculos rojos, los cuerpos en diagonal, la ropa negra brillando.
El tercero es un sofá amarillo lleno de cojines de rayas de colores, delante de una pared con cuadros y una ventana con cortinas rojas. Un torero vestido de blanco y oro está tirado sobre los cojines, con los ojos cerrados, y detrás de él otro duerme con la cabeza echada hacia atrás.
Esos tres decorados le ponen imagen a la estrofa del medio, la de la cabeza:
La cabeza me va a explotar de la resaca
Y luego a la segunda estrofa, que en la canción es la más física de todas:
Con una mezcla entre cansado y fumado Debí retirarme antes de la celebración Ahora me ha pasado por encima un camión
El cambio de trajes de un decorado a otro tiene su lógica dentro de la broma. En una resaca de verdad no te acuerdas de qué llevabas puesto, ni de en qué sofá te quedaste dormido, ni de si eso fue en tu casa o en la de otro. El vídeo convierte esa confusión en vestuario: azul, rosa, turquesa, burdeos, negro, blanco, rojo. Cada vez que vuelves a mirar, los mismos dos personajes llevan otra ropa y están en otro sitio, y nadie lo explica.
La cama de la portada
Hacia los dos minutos y veinte segundos, el vídeo enseña la imagen que más se parece a la portada de la canción. Una cama con colcha rosa y almohadas blancas, un cabecero acolchado, una pared con dibujos de cómic en blanco y negro. Tumbado en primer plano, un torero vestido de negro, con bordados dorados y unas gafas oscuras, la cabeza apoyada en la mano. A su lado, otro con chaquetilla clara, con la mirada perdida.
Quien haya visto la carátula reconocerá la pose. Llevar gafas oscuras en un dormitorio es el detalle que lo dice todo: la luz duele. Es la línea que más me gusta de la letra por lo que tiene de comedia de enredo:
No recuerdo como llegó este tío a mi cama
Un poco después, el vídeo enseña a los dos durmiendo de verdad, en primer plano, con las cabezas sobre la misma almohada. Uno lleva el traje azul y oro; el otro, uno dorado con bordados en celeste. Tienen los ojos cerrados y la boca relajada, y por primera vez no hay nada raro en el plano. Es solo eso: dos chicos dormidos juntos después de una noche larga. Entre todo el caos de neones y decorados, esa toma es la más tierna del clip.
La letra, en cambio, sigue a lo suyo, con su chiste más subido de tono:
Ha acabado desnudo en mi habitación
Y el verso siguiente se pregunta, con toda la cara, por la dotación del invitado.
En el vídeo nadie se desnuda. Los toreros duermen con el traje puesto, y eso, para mí, es la mejor respuesta a la letra. La canción exagera, presume y se ríe de sí misma. El clip la deja en pijama de luces.
El coche que cruza el desierto rosa
Hay dos planos que no encajan en ningún dormitorio. Hacia los dos minutos y cincuenta segundos, y otra vez hacia el minuto tres y cuarto, aparece un todoterreno visto desde atrás, con las luces encendidas, cruzando de noche un paisaje de dunas rosas y fucsias. A los lados de la carretera hay líneas de luz blanca que parecen trazadas con un rotulador fosforito, y en el cielo se distingue un pequeño rótulo de neón. El paisaje no es de la Tierra. Es un desierto inventado, de color chicle.

No sé si ese coche es el que trajo a los dos a casa o el que se lleva al extraño al final. El vídeo no lo dice. Pero me gusta pensar que es el camino de vuelta de la fiesta, el que nadie recuerda, el trayecto en taxi que al despertar es un hueco en blanco. La letra lo resume con una imagen de carretera que el vídeo, de algún modo, convierte en literal:
Ahora me ha pasado por encima un camión
Aquí el camión es un todoterreno y la carretera es de purpurina, pero la sensación es la misma.
Ese desierto rosa también conecta el clip con el resto del disco. «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» es el álbum que imagina el planeta como un sitio al que se puede ir, y los paisajes de colores imposibles son su manera de decir que estamos fuera del mapa. En una canción sobre una resaca, ese viaje de vuelta por un planeta de dunas fucsias me parece muy apropiado.
El extraño que no está en la cocina
Vuelvo al principio. El estribillo dice:
¡Garrafón de China! Y ahora tengo a un extraño en mi cocina
Y el vídeo no enseña ninguna cocina. En los tres minutos y cuarenta y seis segundos no hay nevera, ni cafetera, ni tostadora, ni fregadero. Lo más parecido es un salón de diseño con un sofá amarillo, otro rosa y una mesa baja de cristal, que se ve a través de una puerta de vidrio.
En ese salón aparece un torero de pie, solo, con la chaquetilla dorada y el pantalón azul, quieto en el umbral, con la cabeza un poco baja. A su derecha, en el reflejo del cristal, se adivina otra figura. Más adelante hay otro plano parecido: el mismo salón con paredes de colores, un sofá rosa, cuadros de formas redondas, y un torero en el centro mirando a cámara mientras un espejo de la pared devuelve su espalda. Es lo más cerca que el vídeo llega del extraño de la canción. Alguien de pie en tu casa, vestido de una manera que no tiene nada que ver con el sitio, y un espejo que te obliga a mirarlo dos veces.
Creo que el vídeo hace bien en no enseñar la cocina. El chiste de la letra está en la palabra «extraño», no en el sitio. Lo que la canción describe es ese momento de la mañana en que vas a por un café y te encuentras a alguien que no conoces, y el clip lo traslada a un salón con un torero quieto. Es igual de absurdo y se entiende igual de bien.
Un torero le coloca el cuello a otro
El final cambia de tono. Los dos toreros, ahora los dos con traje rojo y oro, están de pie en el dormitorio, uno al lado del otro. Uno le pone la mano en el hombro al otro. En el plano siguiente se acercan y uno le coloca el cuello de la chaquetilla, con las dos manos, mirándolo a la cara, muy cerca. El otro se deja.
Es el gesto que se hace antes de salir a la plaza: alguien te ayuda a ponerte bien el traje. En los toros, vestirse es un ritual que se hace con ayuda, y la ayuda tiene algo de intimidad. Que el vídeo termine con ese gesto me parece la mejor respuesta a toda la confusión anterior. Los dos no saben cómo llegaron hasta allí, ni quién es el otro, ni qué pasó con el garrafón, pero al final uno le arregla el cuello al otro antes de salir. La resaca se queda, pero el trato es bueno.
El último plano repite el cartel del principio: los dos de rojo, de pie en el dormitorio, y encima el título en blanco y amarillo. La historia acaba donde empezó, en el mismo cuarto, con la misma pareja, como si la noche fuera a repetirse.
Dónde vive «Garrafón de China» en el planeta
En el orden de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la canción ocupa el número 22. Justo después viene «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!», y me hace gracia que una canción llena de trajes de luces vaya seguida de otra que presume de vestuario. Entre las dos forman un pequeño bloque sobre la ropa que nos ponemos para la noche y lo poco que dura el efecto.

En la descripción del vídeo en YouTube, además de la letra completa, hay una lista larga de etiquetas. Algunas resumen el clip mejor que cualquier crítica: «#ResacaMortal», «#ExtrañoEnMiCocina», «#CachasDeLaBarra», «#CamiónPorEncima», «#CuelgueMonumental». Otra dice «#SerieB», y es verdad: el vídeo tiene algo de película de serie B, con decorados que cambian sin aviso, personajes que entran y salen y una cabina encendida en una playa que nadie sabe cómo llegó allí.
La canción pertenece a la familia del humor del planeta, la de las letras que se ríen de nuestras noches sin sermonear. Esa familia está en el catálogo de canciones, y tiene mucho de lo que en la web llamo camp español: exagerar lo cotidiano hasta que se vuelve espectáculo, y vestir de gala lo que en realidad es una mañana con dolor de cabeza. Pocas cosas hay más camp que un torero con gafas oscuras tumbado en una colcha rosa.
La letra completa, sin cambios, está en la descripción del propio vídeo en YouTube, por si alguien quiere seguirla mientras mira el clip, y el resto de videoclips del planeta están reunidos en la sala de vídeos.
Toreros en otros vídeos míos
No es la única vez que el traje de luces sale en mis vídeos. En el de «No te vuelvo a mirar más» hay un torero con alas, y «Cada cornada» ya trae el ruedo desde el título. El traje de luces me interesa porque es una prenda cargada de significado, muy masculina en lo que representa y, al mismo tiempo, llena de bordados, brillo, rosa y medias. Ponerla en un dormitorio de neones o en una cama con colcha rosa es una manera de jugar con todo lo que se supone que significa.
En «Garrafón de China» ese juego es muy ligero. No hay drama, ni toro, ni plaza. Hay dos chicos que se han quedado dormidos con la ropa de la fiesta y se despiertan sin saber muy bien quién es quién. El traje de luces aquí es el disfraz que se queda puesto cuando la noche ya ha terminado.
Lo que me llevo del clip
Cuando vuelvo a ver el vídeo me quedo con dos imágenes. La primera es la cabina encendida en la playa, sola, con su luz azul y el mar detrás. Es la imagen más ridícula del clip y, a la vez, la más bonita. Resume la noche entera en un objeto: el sitio donde acaba todo el mundo cuando ya no puede más, convertido en un monumento.
La segunda es el gesto final, la mano que coloca el cuello de la chaquetilla. Después de tres minutos de confusión, de trajes que cambian de color, de recuerdos que no terminan de cargar y de un coche perdido en un desierto rosa, el vídeo acaba con alguien cuidando a otro. Eso no está en la letra, que es pura comedia, pero se lleva muy bien con ella. La canción se ríe de la mañana después; el clip añade que, aunque no te acuerdes de nada, puede que el extraño de tu casa sea buena gente.
Si quieres verlo con esta nota al lado, está en la página del videoclip, la canción se puede escuchar en Spotify y hay fotos y textos sobre el planeta y sobre mí en el apartado de prensa. Y la próxima vez que alguien en la barra te ofrezca algo muy barato, acuérdate de los dos toreros dormidos con el traje puesto. Mejor agua.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en el videoclip de «Garrafón de China»?
Dos chicos con traje de luces que se despiertan en un dormitorio de neones sin saber quién es el otro, un hombre de esmoquin y una figura de rojo con tocado, recuerdos de la noche anterior con fuegos artificiales, tres decorados de resaca con sofás y alfombras de colores, un retrete portátil iluminado en una playa, un todoterreno que cruza un desierto rosa y, al final, un torero que le coloca el cuello de la chaquetilla al otro.
¿Sale la cocina de la canción en el vídeo?
No. El estribillo habla de un extraño en la cocina, pero el clip no enseña ninguna. Lo más parecido es un salón de colores con un torero de pie en el umbral y un espejo que devuelve su figura.
¿Cuándo se estrenó el videoclip de «Garrafón de China»?
Se estrenó en YouTube el 29 de marzo de 2025 y dura tres minutos y cuarenta y seis segundos. Se puede ver en la página del videoclip de la web de Planeta Gayfolk.
¿En qué disco está «Garrafón de China»?
Es la canción número 22 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Mike Sain't Louis, justo antes de «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!».
¿Quién escribió «Garrafón de China»?
La letra, la composición y la producción son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. Los personajes de la canción, el pavo, el cachas de la barra y el extraño de la cocina, son inventados.