Salud mental
La nana que no asusta: Lorca, el coco y «Dreams Drift Afar»
Por Mike Sain't Louis ·

Mmmmmmm.
Así empieza. Sin palabra. Sin nombre. Sin ex. Una eme larga, de esas que se hacen con la boca cerrada y la garganta tranquila, la misma que se le hace a un bebé que no se duerme o a un perro que tiembla con los petardos de las fiestas del pueblo.
Luego viene un «nananana». Y solo después, al final de la línea, una imagen pequeña en inglés:
«Nananana, whispers softly call.»
Eso es «Dreams Drift Afar». Una nana. Para mayores de edad, pero una nana.
En el planeta ya se habló de cómo está hecha: de la voz convertida en textura, de las imágenes de libro de cuentos, de la letra que se aparta para dejar sitio al sonido. Esta crónica va a otro sitio. Va a Madrid, a 1928, a una sala de conferencias en la colina de los chopos, donde un poeta granadino se plantó delante de un público de gente seria y les explicó que en España dormimos a los niños metiéndoles miedo.
Ese poeta era Federico García Lorca. Y lo que dijo aquella tarde sirve, casi un siglo después, para entender por qué una nana del planeta que no asusta a nadie tiene algo de pequeña revolución.
La conferencia de la Residencia
La escena es fácil de imaginar. La Residencia de Estudiantes, en lo alto de la calle del Pinar, con sus pabellones de ladrillo y su jardín de adelfas. Diciembre de 1928. Un público de profesores, estudiantes, alguna señora con estola. Y Lorca, con treinta años, pelo engominado y ganas de contar algo que llevaba tiempo recogiendo por los pueblos.
La conferencia se titulaba «Las nanas infantiles». Lorca había ido por media España apuntando las canciones con las que las madres, las abuelas y las nodrizas dormían a los críos. Y llegó a una conclusión que todavía hoy da un poco de frío: que España usa sus melodías más tristes y sus textos más melancólicos para el primer sueño de sus niños.
No era una metáfora. Lo había comprobado. Comparó las nanas españolas con las de otros países y vio que las de aquí estaban llenas de pena, de amenazas, de personajes que se llevan a los niños que no se duermen.
El planeta, al leerlo, se reconoce un poco. Este país lleva siglos acunando con drama. No es raro que de aquí salgan la copla, la saeta y una cantidad de maricas que lloran en la cocina con la radio puesta.
El coco, ese señor
La figura central de aquella conferencia, y de las nanas españolas en general, es el coco. Ese ser sin forma concreta que viene a por el niño que no se duerme. «Duérmete, niño, que viene el coco, y se lleva a los niños que duermen poco».
Lorca dedicó al coco un buen rato. Le interesaba precisamente que no tuviera cara. Que fuera una amenaza abstracta, una sombra, algo que el niño tenía que imaginar por su cuenta. Y le interesaba lo raro que es dormir a alguien diciéndole que, si no se duerme, se lo va a llevar un monstruo.
Piénsalo un momento. La primera canción que oyen muchos niños en España es, básicamente, una amenaza de secuestro con melodía.
Ahora el planeta hace una pregunta incómoda, de las que se hacen en voz baja en la barra de un bar a las cuatro de la mañana. ¿Cuántos de nosotros crecimos con un coco que sí tenía cara? Para muchos chavales maricas de los ochenta y los noventa, el coco no era una sombra. Era el padre que no podía saberlo. El cura del colegio. Los chicos del recreo. La palabra que se gritaba en el patio. Dormíamos, sí. Pero con un ojo abierto.
Por eso, cuando una nana llega sin coco, se nota. Se nota mucho.
El catálogo de los sustos
Antes de seguir, el planeta propone un repaso rápido, de memoria, de las amenazas que se le han hecho a un niño español para que cierre los ojos. No hace falta haber ido a la Residencia de Estudiantes para conocerlas. Basta con haber tenido abuela.

El coco, ya presentado. El hombre del saco, que en algunas casas era un señor concreto del barrio que recogía chatarra y que no había hecho nada malo en su vida. El sacamantecas, que en el norte daba todavía más miedo. La bruja del cuento. El lobo, siempre. El sereno, en las casas donde todavía había sereno. La Guardia Civil, en las casas de pueblo. El «ya verás cuando venga tu padre», que no es un personaje pero funcionaba igual de bien.
Y una más, que muchos maricas de este país recordarán sin necesidad de explicación: el «si sigues así, ya verás lo que dice la gente». Esa no se decía para dormir. Se decía a cualquier hora. Y no dormía a nadie.
Este catálogo no es una crítica a las abuelas, que bastante hicieron. Es una constatación. Durante generaciones, el miedo fue la herramienta favorita para que los niños se portaran bien, se callaran y se durmieran. Lorca lo vio en la música. Cualquiera lo podía ver en la vida.
Una nana sin sustos rompe esa costumbre. Aunque sea en una canción de tres minutos.
Lo que no tiene «Dreams Drift Afar»
Si se lee la letra entera de la canción con la conferencia de Lorca al lado, lo primero que salta a la vista es lo que falta.
No hay coco. No hay lobo. No hay hombre del saco. No hay madre que se va a lavar al río y no vuelve. No hay amenaza de ningún tipo. Ni siquiera hay un niño al que dormir.
Hay susurros que llaman, sombras que caen, estrellas que parpadean y suspiran, un cielo con luna. Todo el repertorio de la noche, pero sin el miedo de la noche:
«Nananana, under the moonlit sky.»
Esa línea, con su luna de cuento de Disney, haría reír a cualquier abuela de Jaén que hubiera aprendido las nanas que recogía Lorca. Le parecería poca cosa. Demasiado dulce. Una nana sin pena es, para la tradición española, casi una contradicción.
Y precisamente por eso es interesante. Porque el planeta, que en el resto del catálogo no se priva de un solo drama, aquí decide quitar el miedo. Como si dijera: ya tuvisteis bastante coco. Esta noche no viene nadie.
La nana del caballo grande
Lorca no se quedó en la teoría. Unos años después de aquella conferencia escribió «Bodas de sangre», y en el primer acto metió una nana que es de las más inquietantes de la literatura española. La del caballo grande, «que no quiso el agua». Una suegra y una mujer duermen a un niño hablando de un caballo herido, de sangre, de agua negra entre las ramas.
Quien haya visto la obra en un teatro sabe el efecto que hace. El público está escuchando lo que parece una canción de cuna, y de repente se da cuenta de que le están anunciando una tragedia. La nana como profecía.
Esa es la tradición. La nana española no solo duerme: avisa. Cuenta lo que va a pasar. Prepara al niño para un mundo con cuchillos.
La nana del planeta hace lo contrario. No avisa de nada. No profetiza. El último verso de cada estrofa es siempre el mismo:
«Nananaaaa, dreams drift afar.»
Los sueños se alejan flotando. No se los lleva nadie. No se ahogan. No se rompen. Flotan y se van. Es la diferencia entre que te quiten algo y dejarlo ir.
Para quien ha vivido años con un coco con cara, esa diferencia es enorme.
Lorca, también
Hay algo que en un diario como este no se puede dejar sin decir, porque sería una trampa contar a Lorca como si fuera un folclorista con gafas y nada más.

Federico García Lorca era homosexual. Lo sabían sus amigos, lo sabían muchos en Madrid, y lo dejó escrito, a su manera, en una parte de su obra. En agosto de 1936, al comienzo de la guerra, lo detuvieron en Granada y lo asesinaron. Tenía treinta y ocho años. Sus restos todavía no se han encontrado.
El hombre que se pasó años recogiendo las nanas tristes de España, que explicó como nadie el miedo que metemos a los niños para dormirlos, fue víctima de un miedo mucho más grande que el coco. Uno con nombre, con fusil y con uniforme.
Esta sección no tiene chiste. No le corresponde.
Lo que sí tiene es una pregunta. ¿Qué nana le habría gustado oír a Lorca de niño, en la Vega de Granada, si hubiera podido elegir? No lo sabemos. Pero al planeta le gusta pensar que alguna sin coco.
Las nanas de la cebolla
La otra gran nana de la literatura española también se escribió en una cárcel, y también tiene que ver con el miedo.
Miguel Hernández, preso en 1939, recibió una carta de su mujer, Josefina, en la que le contaba que en casa solo tenían pan y cebolla para comer, y que con eso se alimentaba ella y con eso daba el pecho a su hijo. Hernández le contestó con unos versos que hoy se saben de memoria varias generaciones: las «Nanas de la cebolla». «La cebolla es escarcha / cerrada y pobre». Un padre que no puede abrazar a su hijo y le manda, desde una celda, una nana para que se ría.
Porque eso es lo extraordinario de aquel poema. En medio del hambre y de la cárcel, el padre le pide al niño que se ría. Que se ría mucho, que su risa le hace libre.
El planeta, cuando lee eso, piensa en todo su catálogo. En la manía de reírse de lo que duele. En el chiste que se hace para no llorar. Las nanas de Hernández son, en cierto modo, la abuela de todo el humor triste de este país.
«Dreams Drift Afar» no tiene risa. Pero comparte con la nana de la cebolla una idea muy sencilla: que a alguien que lo está pasando mal se le puede dar algo pequeño. Un murmullo. Una luna de cuento. Un rato.
La eme
Volvamos a la eme del principio, porque es la parte más curiosa de la letra.

Cada estrofa empieza con una tira larguísima de emes: «Mmmmmmm mmmmm mmmmmmmmm mmmm». En una página parece un error de imprenta, o un niño que se ha quedado dormido encima del teclado. Pero cualquiera que haya dormido a alguien sabe que esa es la primera nana del mundo. Antes de cualquier letra, antes del coco, antes de Lorca, está la boca cerrada haciendo un sonido grave y continuo, que el bebé siente en el pecho de quien lo tiene en brazos.
Ese sonido no dice nada. No asusta. No avisa. Solo vibra.
Hay quien lo ha hecho sin saberlo mil veces. La madre que tararea con la boca cerrada mientras plancha en la cocina de un tercero sin ascensor de Carabanchel. El abuelo que hace «mmm» delante del televisor cuando le gusta una copla del programa de los sábados. El chico que, en el autobús nocturno que va de Cibeles a su barrio, se apoya en la ventanilla y murmura algo sin letra para no quedarse dormido y pasarse la parada. Todos ellos están haciendo lo mismo que hace la primera línea de esta canción. Ninguno lo llamaría música.
La canción sí lo llama. Y lo pone en primer lugar, antes que cualquier palabra, como quien pone el plato principal antes del aperitivo.
Aquí hay una pequeña broma que el planeta se hace a sí mismo. Un proyecto que presume de insultos creativos, de nombres propios, de marcas de supermercado y de ex con ficha completa, publica una canción cuya palabra más repetida es una consonante sola. Si alguien quería saber si este planeta sabe callarse, ahí tiene la respuesta: sabe, pero le cuesta. Tanto que cuando lo hace lo convierte en single.
Nanas para el insomnio de mayores
Lorca hablaba de niños. La canción no. «Dreams Drift Afar» está en un disco de adultos, «El día de la liberación», cuya ficha completa está en la página del álbum, «El día de la liberación», y llega a gente que tiene hipoteca, resaca, ansiedad o las tres cosas a la vez.
El insomnio de los mayores no tiene coco. O sí, pero el coco de los mayores tiene otra forma. Es el móvil en la mesilla. La última conexión de alguien. El correo del jefe a las once de la noche. El ruido de dentro de la cabeza, que el planeta ya retrató sin anestesia en «Ruido en mi mente». Y la sensación, tan conocida, de estar tumbado mirando al techo de un piso de alquiler mientras la cabeza repasa conversaciones de hace diez años.
Para ese coco, las nanas tradicionales no sirven. Una nana que avisa de tragedias es lo último que necesita alguien que ya tiene la tragedia en la cabeza. Hace falta lo contrario. Algo que no cuente nada.
El diario tiene una entrada dedicada a insomnio y salud mental, escrita sin metáforas, para quien necesite información y no poesía. Y conviene decirlo aquí, sin rodeos: si el insomnio dura semanas o viene con angustia, eso se habla con un profesional. Una canción acompaña. No cura.
Instrucciones para dormir a un adulto
Y como el planeta no sabe estar serio mucho rato, aquí van unas instrucciones para usar esta nana con alguien mayor de edad. Cinco pasos, como en los muebles de Ikea, y con el mismo riesgo de que sobren piezas.
Primero: elegir al adulto. Sirve el novio que vuelve de un turno de noche en el hospital, la amiga que se ha quedado a dormir en el sofá después de la boda de su prima, el compañero de piso que llora bajito con la puerta cerrada. No sirve el ex. Al ex no se le duerme. Al ex se le bloquea.
Segundo: apagar las luces del techo y dejar solo una lamparita, a ser posible de las de bola de sal del Himalaya que venden en todos los mercadillos de Malasaña y que no sirven para nada más que para esto.
Tercero: quitarle el móvil. Con cariño, pero con firmeza. Si se resiste, recordarle que la última conexión de nadie va a cambiar en las próximas siete horas.
Cuarto: poner la canción a un volumen bajo, de los que obligan a contener la respiración para oír. La eme del principio tiene que sonar casi como un ventilador lejano.
Quinto: no decir nada. Ni «ya verás como mañana estás mejor», ni «tienes que cuidarte más», ni ninguna de esas frases que se dicen para quedarse tranquilo uno mismo. La nana ya dice lo que hay que decir, que es casi nada.
Si a los tres minutos el adulto sigue despierto, se puede volver a poner. Si se duerme, sal de puntillas. Y apaga la lamparita, que la sal del Himalaya también gasta luz.
La lengua de lejos
Queda una cuestión que a Lorca le habría hecho gracia. La nana del planeta está en inglés.

Las nanas que él recogió estaban en el castellano de cada comarca, con sus palabras de pueblo, sus diminutivos y sus giros. Para él, la lengua de la nana era la lengua más íntima posible, la de la madre o la nodriza pegada a la cuna.
«Dreams Drift Afar» hace al revés. Elige una lengua de lejos. Unas pocas palabras en inglés que suenan a película, a cuento de otro país, a sitio donde no hay que dar explicaciones. Y en eso hay algo muy de este colectivo. Cuántos maricas de pueblo aprendieron a sentirse en otra lengua antes que en la suya. Con las canciones de Madonna, de Pet Shop Boys, de Kylie, de lo que se pinchara en la discoteca de la capital de provincia. Esas palabras en inglés, que muchas veces no entendíamos del todo, fueron nuestras nanas de adolescencia. Un idioma donde no estaba el coco del patio.
Una nana en inglés, en un catálogo casi todo en castellano, tiene algo de eso. De refugio en otro idioma.
La ficha de la nana
Si Lorca hubiera recogido esta nana en uno de sus viajes, la habría apuntado en una ficha más o menos así.
Procedencia: un planeta llamado Gayfolk, situado, según sus propios mapas, entre Madrid, Benidorm y una noche de insomnio.
Autor de la letra: Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que escribe sus letras sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno; él no pone la voz en ningún tema. Los datos oficiales están en la sección de prensa.
Estructura: murmullo largo, «nananana», imagen breve en inglés. Cuatro veces por mitad, con un estribillo que se alarga.
Personajes que dan miedo: ninguno.
Personajes que consuelan: la luna, las estrellas, unos susurros sin dueño.
Moraleja: no tiene. Es la única nana de la colección sin moraleja.
Observaciones del recopilador: se recomienda escucharla con la luz apagada y sin mirar el móvil. Si el oyente se duerme antes del final, la nana ha cumplido.
Apaga la luz
El videoclip oficial está en la página del vídeo de «Dreams Drift Afar», aunque esta es de esas piezas que funcionan mejor con los ojos cerrados. Se puede poner en Spotify desde la cama. Y en el catálogo hay más canciones de noche y de calma, como «Nana para adultos», para quien quiera hacerse una lista de las que no asustan.
En aquella conferencia de 1928, Lorca apuntó también que muchas de esas nanas venían de mujeres pobres, que dormían a los niños con la pena que tenían a mano. Que la tristeza de la cuna venía de la tristeza de la casa.
El planeta se queda con esa idea y le da la vuelta. Si la nana sale de la casa, a lo mejor esta casa, por una noche, está tranquila. No hay coco. No hay caballo herido. No hay cebolla. Hay una eme larga, una luna de cuento y unos sueños que se van flotando sin que nadie se los lleve.
Duérmete.
Que esta noche no viene nadie.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Dreams Drift Afar»?
Es una nana para adultos casi sin palabras. Cada estrofa alterna un murmullo largo, un «nananana» y una imagen breve en inglés, como «whispers softly call» o «under the moonlit sky», y cierra con la idea de que los sueños se alejan flotando.
¿Por qué la letra está en inglés?
La letra mezcla murmullos con frases muy cortas en inglés. Funciona como una lengua lejana, de sueño, que deja la atención en el sonido más que en el significado.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», uno de los tres álbumes de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿Quién la ha escrito?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Qué dijo Lorca sobre las nanas?
En su conferencia «Las nanas infantiles», de 1928, Federico García Lorca defendió que España dormía a sus niños con las melodías más tristes y con figuras que dan miedo, como el coco.