Universo GAYFOLK
Folleto de lujo leído desde un cuarto sin ascensor: «Dubai» con chaqueta metalizada
Por Mike Sain't Louis ·

Neón. Neón por todas partes. Neón hasta en el alma, si el alma admitiera enchufe.
La portada de «Dubai» es un anuncio de colonia de 1987 que se ha tragado un cargador de móvil. Cables luminosos enroscados como serpientes alrededor del protagonista, letras cromadas que brillan en rosa y azul con ese degradado que salía en las carpetas de los institutos de la EGB, y en el centro un chico con chaqueta azul metalizada abierta hasta donde haga falta, el pecho tatuado y la mirada fija en quien mira. No sonríe. No le hace falta.
Tiene cara de acabar de entrar en un club donde la entrada cuesta más que mi alquiler. Y de no pensar pedir perdón por estar ahí.
En este planeta todos vivimos, aunque sea emocionalmente, en un cuarto piso sin ascensor. Y desde ahí, con la bolsa del Lidl todavía en el suelo, el planeta abre el folleto de Dubái. Porque eso es la portada: un folleto de lujo. Y los folletos, ya se sabe, hay que leerlos con lupa.
La letra todavía no se ha publicado (en su página aparece como «próximamente»), así que aquí no hay versos que citar. Hay una ciudad, un título y una chaqueta. Con eso basta para hacer turismo.
Fe de erratas: la tilde que se quedó en el aeropuerto
Antes de seguir, un apunte de profesora de Lengua de instituto, de las que corregían en rojo y con mala leche.
En castellano se escribe Dubái, con tilde en la a. Lo recomiendan los que se dedican a estas cosas, porque así es como lo pronunciamos aquí, con el golpe al final, como quien dice «¡ay!» al pisar un Lego. La canción, en cambio, se llama «Dubai», sin tilde, a la inglesa, como sale en los carteles del aeropuerto y en las pulseras de los hoteles todo incluido.
Y a mí esa tilde perdida me parece un detalle perfecto. El título de la canción ya viene con acento de folleto internacional, de etiqueta de maleta, de nombre que suena más caro cuando le quitas lo que tiene de nuestro. Es como cuando alguien vuelve de un fin de semana en Londres y de repente dice «sorry» en el Carrefour.
En este texto respeto las dos: Dubái cuando hablo de la ciudad, «Dubai» cuando hablo de la canción. Que cada una vaya con su ropa.
Página cero: antes del rascacielos
Hay una página que los folletos nunca incluyen porque no tiene brillo: la de antes.
Antes del petróleo, Dubái era un puerto pequeño de comerciantes y pescadores de perlas. Los buzos bajaban al fondo del golfo aguantando la respiración, con una pinza en la nariz y una cesta atada a la cintura, y subían ostras que luego viajaban a los joyeros de medio mundo. El petróleo apareció en 1966, y lo que vino después ya lo conoces: torres, autopistas, islas inventadas.
Me gusta pensar en esa página cero porque cambia la manera de mirar la portada. Debajo de todo el cromo y todo el neón hay un oficio de aguantar la respiración para sacar del fondo algo que brilla. Y eso, si lo piensas, se parece mucho a lo que hace cualquiera que se haya pasado media vida en el armario: aguantar la respiración, bajar, y subir con algo que reluce.
Perlas antes que petróleo.
Pluma antes que fachada.
Página uno: el edificio más alto del mundo
Todo folleto de Dubái empieza igual. Con una foto del Burj Khalifa tomada desde abajo, para que parezca que el edificio te va a caer encima.
Son 828 metros. Se inauguró en 2010 y desde entonces es el rascacielos más alto del planeta Tierra (el otro planeta, el nuestro, no tiene rascacielos: tiene tacones). Para que te hagas una idea, son más de dos Torres de Cristal de la Castellana puestas una encima de otra, y todavía sobra para una antena. Tiene un mirador en lo alto donde la gente se hace fotos con el horizonte del desierto detrás y luego las sube con un filtro que lo deja todo color melocotón.
Lo que no dice el folleto es lo que se siente al mirar algo tan alto: una mezcla de admiración y de pena por el que limpia los cristales.
Así es la primera página del lujo. Te impresiona. Y si te paras a pensar, también te cansa.
Página dos: la isla con forma de palmera
Pasa la página y aparece la Palm Jumeirah, la isla artificial con forma de palmera que se ve desde el avión. Arena dragada del fondo del mar y colocada con forma de árbol, con su tronco, sus hojas y su media luna alrededor para frenar las olas. Encima, chalets con piscina, hoteles con acuario y restaurantes con estrella.

Hay algo profundamente camp en construir una isla con forma de planta. Es la versión inmobiliaria de ponerse un sombrero de frutas como Carmen Miranda. Nadie lo necesita. Todo el mundo lo mira.
Y ahí el planeta, que no tiene nada en contra de lo exagerado (al contrario, lo exagerado es su lengua materna), se siente como en casa. Una ciudad que hace una palmera con arena del mar es una ciudad que ha entendido el drag sin saberlo.
Lo que pasa es que el drag, cuando lo hace una drag, es un comentario. Cuando lo hace un fondo de inversión, es otra cosa.
Página tres: nieve en el centro comercial
Aquí el folleto se pone surrealista y yo me pongo contento.
En Dubái hay un centro comercial con pista de esquí dentro. Ski Dubai, en el Mall of the Emirates. Fuera hay cuarenta y tantos grados y arena; dentro, nieve, telesilla, pingüinos y gente con forro polar comprado en la tienda de al lado. Sales de una tienda de bolsos, te pones unas botas de esquí, bajas una pista roja y vuelves a por un helado.
Eso es exactamente lo que haría una loca con dinero ilimitado y ningún sentido del ridículo. Y por eso a mí me encanta y me da un poco de miedo a la vez.
Compárese con la experiencia madrileña de la nieve: Filomena, enero de 2021, la Gran Vía convertida en pista de fondo, la gente bajando en trineo por la calle de Alcalá y un señor esquiando delante de la Puerta del Sol. Gratis, inesperada, caótica, y con un buen trozo de la ciudad sin poder salir de casa durante días. Nadie la pidió. Todos la fotografiamos.
Una ciudad compra la nieve y la mete en un centro comercial. La otra se la encuentra un sábado por la mañana y se pone a hacer muñecos con la escoba.
Ya sabéis en cuál prefiere vivir el planeta. Aunque no tenga ascensor.
Página cuatro: el postureo de alto voltaje
El diario del planeta ya habló de las ciudades del catálogo, y definió Dubái con una frase muy corta: lujo de rascacielos en el desierto. Pero en la tele y en las redes de este país, Dubái significa otra cosa. Significa postureo.
Significa ese chico de Instagram que de repente aparece con un Lamborghini alquilado por horas, gafas de sol a las once de la noche y un batido de proteínas en la mano. Significa la influencer que anuncia que se va «a vivir allí por temas de trabajo», y todos sabemos que el trabajo se llama Hacienda. Significa las fotos en el desierto con un halcón en el brazo y el pie de foto en inglés aunque la madre sea de Getafe.
Dubái es, en el imaginario de cualquier español con móvil, el sitio donde se va a fingir que se es rico.
Y la portada de la canción coge ese imaginario y lo lleva al límite: tanto brillo que roza la parodia. La chaqueta azul metalizada no es de lujo de verdad: es lujo de disfraz de Carnaval, de traje de presentador de gala de Nochevieja, de vestuario de grupo de los ochenta que se gastó el presupuesto en hombreras. Los cables de neón no son decoración de hotel de cinco estrellas: son la tira de LED que te compras en el chino para el cabecero de la cama.
Esa es la gracia. Tomarse en serio el glamour y reírse de él al mismo tiempo, sin decidir cuál de las dos cosas pesa más.
Página cinco: lo que no sale en el folleto
Y ahora la página que los folletos se saltan.
En los Emiratos Árabes Unidos, las relaciones entre personas del mismo sexo están penalizadas por la ley. No es un detalle de color. Es la realidad legal de un país donde un chico como el de la portada, con su pecho tatuado y su chaqueta abierta y esa mirada de saber exactamente quién es, tendría que medir mucho dónde y con quién se hace las fotos.
El folleto te vende la palmera, la nieve, el rascacielos y la pista de esquí. No te vende la mano de tu novio en la calle.
Por eso la portada de «Dubai» funciona como una pequeña provocación. Pone en el centro del decorado de lujo justo lo que ese decorado no quiere mostrar: un cuerpo con pluma, tatuado, mirando de frente. Es como colarse en una gala de etiqueta con un abrigo de plumas rosa. Nadie te ha invitado. Has entrado igual.
Y en la gala, alguien murmura.
Esa es otra forma de lujo. La de existir donde no te esperan.
Página seis: el Dubái de los pobres
Todo país tiene su versión barata de lo que admira. Y España, para los rascacielos, tiene Benidorm.

Le llaman la Manhattan del Mediterráneo, y lo dicen en serio. Tiene una de las mayores concentraciones de rascacielos por habitante del mundo, un skyline que de noche, desde la playa de Poniente, parece una ciudad de película. El Gran Hotel Bali fue durante años el hotel más alto de España. Y luego, bajando a pie de calle, tiene ingleses con la cara roja, bingos, tiendas de toallas con banderas y bares con karaoke donde a las cuatro de la tarde ya suena Camilo Sesto.
El planeta le tiene a Benidorm un amor sin condiciones, y lo ha dejado claro en «Madrid to Benidorm», que es la autopista con purpurina en el salpicadero. Benidorm es el Dubái que nos podemos permitir: rascacielos, playa, noche, exceso y nadie que te pida el carné de buena conducta.
Si en Dubái el lujo es tener una isla con forma de palmera, en Benidorm el lujo es tener toalla en primera fila a las ocho de la mañana. Y te lo digo: cuesta más lo segundo.
Página siete: las otras ciudades del catálogo
Dubái no es la única ciudad del planeta. El catálogo de Mike Sain't Louis está lleno de títulos con coordenadas, y verlos todos juntos es como mirar un panel de salidas de aeropuerto en Barajas a medianoche.
Está «Amsterdam», que durante décadas fue el destino de la libertad para muchos maricas europeos, con sus canales y sus bicicletas y la primera ley de matrimonio igualitario del mundo, en 2001. Está «Barcelona», con su Mediterráneo y su noche. Está «Madrid», que es desde donde se construye todo. Está «Sunset Boulevard», que es Hollywood con nostalgia de estrella acabada. Está «Louvre», que es París metido en un museo.
Cada ciudad es un disfraz distinto. Ámsterdam es el disfraz de la libertad tranquila. Hollywood, el de la estrella que ya no recibe llamadas. París, el de la cultura con alas. Dubái es el disfraz del lujo.
Y en el planeta, los disfraces no son mentiras: son personajes. Te pones uno, lo exprimes, te ríes con él, y al acabar la noche lo cuelgas en la percha.
Página ocho: los vecinos de discografía
En la página de singles de la web, «Dubai» tiene dos vecinos que no podrían ser más distintos.
Antes está «Dreams Drift Afar», que es casi lo contrario del neón: una pieza suave, de sueño que se aleja, de nana que no asusta. Después está «Flash», que por el nombre ya promete otra luz, la del fogonazo, la del flash de la cámara del fotógrafo de discoteca que te pilla con los ojos cerrados.
Sueño, neón, fogonazo. Es la secuencia de una noche entera. Primero sueñas con salir. Luego sales y todo brilla. Luego alguien te hace una foto que preferirías no ver el lunes.
Las tres están en «El día de la liberación», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK. El disco donde caben un funeral con luz rosa, un apocalipsis con cresta y un club de Dubái con cables de colores. Liberación es eso: que te quepa todo.
Página nueve: la chaqueta, por dentro
Volvamos al chico, que está ahí esperando con cara de no tener prisa.
La chaqueta azul metalizada es, posiblemente, la prenda más importante de toda la portada. Es una chaqueta de las que no se compran en una tienda normal. Se compran en una tienda de disfraces, en una boutique de Chueca con nombre en inglés o en una web china que te la manda en un sobre de plástico tres semanas después. Es una chaqueta para que te vean.
La lleva abierta, sin nada debajo, enseñando los tatuajes. Y eso convierte el lujo en otra cosa. El lujo de Dubái es de traje cerrado, de túnica blanca impecable, de reloj de oro que asoma por el puño de la camisa. Esto es lujo de cuerpo: la idea de que lo más caro que llevas es tu propia piel y lo que has decidido pintar en ella.
La mirada fija, sin sonrisa, completa el cuadro. No pide aprobación. No vende nada. Está.
En un sitio donde todo el mundo posa para gustar, el que no posa para gustar es el más peligroso de la fiesta.
Equipaje de mano para un Dubái de tres minutos
Como no hay facturación, todo tiene que caber en la mochila de cabina. El planeta ha hecho la lista y la ha revisado dos veces, como hace tu madre la víspera de cualquier viaje aunque sea a Talavera.

Una chaqueta metalizada, azul o del color que encuentres en el fondo del armario del Carnaval de 2014. Un rollo de tira LED del bazar de la esquina, de esos de cinco metros que se pegan con cinta y se despegan a la semana. Unas gafas de sol para la noche, que es cuando más se necesitan si quieres que nadie te vea las ojeras. Un móvil con batería, porque aquí no se ha venido a vivir, se ha venido a documentar. Y un táper con croquetas de tu tía, porque el lujo está muy bien, pero a las tres de la mañana nadie quiere caviar.
Lo que no hace falta llevar: crema solar, adaptador de enchufe, euros cambiados a dírhams ni un novio con cuenta en Suiza.
Con eso estás listo. El avión despega cuando pulses el triángulo.
Página diez: las condiciones de uso
Toda oferta de viaje tiene su letra pequeña, y esta también.
El viaje a Dubái que propone la canción no requiere pasaporte, ni visado, ni maleta facturada, ni hacer cola en Barajas detrás de una despedida de soltero con camisetas a juego. Es una excursión de tres minutos, que es lo que dura más o menos el videoclip. Se hace desde el sofá, con el móvil o con el ordenador, y no hay que pasar el control de seguridad descalzo.
La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial, como en todo el catálogo; la letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, escrita sin IA. Así lo cuenta la sección de prensa, sin trampa ni cartón. La canción está en Spotify, en YouTube y en las demás plataformas, y se descarga gratis desde la web.
Es decir: el único viaje de lujo de tu vida que te va a salir gratis.
Aprovéchalo.
El ascensor que no tenemos
Un último inciso antes de la página final, porque el título de esta crónica lo promete.
El Burj Khalifa tiene algunos de los ascensores más rápidos del mundo; suben decenas de pisos en lo que tardas en mirar el móvil. En los edificios de Lavapiés, de Tetuán, de Carabanchel, hay escaleras de madera que crujen, descansillos con macetas de la vecina y un olor a cocido los domingos que sube planta por planta como un ascensor invisible. Subir cuatro pisos con la compra es el gimnasio que no pagas. Y en el tercero siempre hay una señora que te pregunta si has visto qué calor hace.
Ese es el contraste que la canción pone sobre la mesa sin decirlo. El lujo vertical del folleto y la vida vertical de verdad, la de las escaleras.
Y te digo una cosa: en ningún ascensor del mundo te pasa lo que te pasa en un descansillo de Madrid a las once de la noche, cuando te cruzas con el vecino guapo que baja la basura en chanclas.
Última página: volver a casa
Todos los folletos acaban con una foto del atardecer y una frase en cursiva. Este también, pero a su manera.
El planeta ha leído el folleto de Dubái página a página y ha llegado a una conclusión que no es una moraleja, sino una lista. Le gusta el rascacielos, porque es exagerado. Le gusta la palmera, porque es absurda. Le gusta la nieve en el centro comercial, porque es carne de programa de la tele de madrugada. No le gusta lo que no sale en las fotos: la ley que castiga, el trabajador que limpia los cristales a ochocientos metros y el influencer que se va a vivir allí para no pagar el hospital donde lo atendieron de pequeño.
Y le encanta la chaqueta. La chaqueta, sobre todo.
Porque al final, la mejor manera de entender esta portada no es como una postal de Dubái, sino como un chico de aquí que se ha disfrazado de Dubái para una noche. Se ha puesto el azul metalizado, ha enchufado los cables de neón del chino, ha encendido el anillo de luz del móvil y ha decidido que esta noche su cuarto sin ascensor es el piso ochenta del rascacielos más alto del mundo.
Y lo es. Durante tres minutos, lo es.
Luego apaga el neón, cuelga la chaqueta y baja la basura.
Así es el lujo en este planeta.
Preguntas frecuentes
¿Está publicada la letra de «Dubai»?
Aún no: en gayfolkplanet.com/letras aparece como «próximamente». Esta crónica no cita versos de la canción; habla de su portada, de su título y de la ciudad que nombra.
¿En qué disco está «Dubai»?
En «El día de la liberación», uno de los tres álbumes de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿Cómo es la portada de «Dubai»?
El título va en letras cromadas con brillo rosa y azul de los ochenta, rodeado de cables de neón enroscados. En el centro, un chico con chaqueta azul metalizada abierta y el pecho tatuado mira a cámara sin sonreír.
¿Quién hace «Dubai»?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Escribe sus letras sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Hay otras ciudades en el catálogo?
Sí: «Amsterdam», «Barcelona», «Madrid», «Madrid to Benidorm», «Louvre» o «Sunset Boulevard», entre otras. El diario les dedicó una nota, «Las ciudades del planeta».