Planeta Gayfolk

Relaciones tóxicas

La ley del hielo y el doble check: lo que cuesta un mensaje en «El castigo más duro»

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Portada de «El Castigo Más Duro», canción de Mike Sain't Louis

«Que ni vales ni un mensaje.»

Un mensaje. No una cena, no una escapada a Roma, no un anillo. Un mensaje de WhatsApp, que cuesta cero euros, que se escribe con el pulgar en el metro, que no requiere ni ducharse. La canción mide el desprecio en la unidad más barata que existe. Y por eso duele tanto.

Si alguien te dice que no vales un piso, te ríes. Si alguien te hace sentir que no vales un «ok», te quedas sin suelo.

Esta crónica va de esa unidad de medida. Del mensaje que no llega. Del silencio que se usa como un látigo. En el diario hay una nota anterior sobre la frase que da título a la canción y sobre las palabras con pinchos. Aquí la lupa va a otro sitio: a lo que no se dice, a la pantalla del móvil y a una mañana concreta.

Palabras que no salen

Hay que empezar por el principio, aunque sea rápido, porque la canción abre con un problema de garganta. «No me salen las palabras / Tienen pinchos y destrozan.»

Es curioso que una canción sobre el silencio empiece con alguien que tampoco puede hablar. Los dos callan. Pero no es el mismo silencio. El del otro es un arma. El del narrador es una herida. Uno calla porque quiere. El otro calla porque si abre la boca sale sangre, literalmente, en la imagen de la letra: «De Mi boca. me Sale tanta sangre / la gente que pasa cerca se cree / que soy un vampiro que llora bajo la luz de la luna».

Ese vampiro llorón es una de las imágenes más camp del catálogo. Un Drácula con rímel corrido, sentado en un banco del parque del Oeste a las tres de la mañana, con la boca roja y los ojos peor. La gente pasa, le mira de reojo, cambia de acera. Nadie se para a preguntar.

Y tiene gracia porque en otra canción del planeta, «Como en la matanza de Texas», el vampiro es el malo. Aquí el que parece vampiro es la víctima. La sangre en la boca no es de nadie más. Es suya.

La gente que pasa cerca

Hay un detalle en el vampiro llorón que se escapa a la primera: «la gente que pasa cerca se cree». La escena tiene público. No es un llanto en la intimidad del cuarto, con la puerta cerrada y la almohada mordida. Es un llanto en la calle.

Y eso es muy de ciudad grande. En Madrid se llora en el metro, en la línea 6 dando vueltas sin bajarse, en un banco de la Gran Vía con los auriculares puestos, en la cola de la farmacia de guardia. Se llora en público porque no hay otro sitio. El piso es compartido, el compañero está en el salón, en el baño hay cola. La calle es el único lugar donde se puede estar solo rodeado de gente.

Lo que hace la gente que pasa es interpretar. No pregunta: se cree. Se cree que es un vampiro. Es decir, construye una historia rara para no tener que mirar la verdadera, que es mucho más simple y mucho más incómoda. Un hombre llora porque le han roto. Eso no tiene gracia, así que mejor pensar que es un loco disfrazado.

Esa mirada ajena que no ayuda es pariente del silencio del ex. Los dos dejan al narrador solo. Uno a propósito y la otra por costumbre.

Esperar un rato

«Tengo que esperar un rato / Hasta que este dolor tan intenso en el pecho / Me deje respirar por completo.»

Fotogramas del videoclip oficial de «El castigo más duro», de Mike Sain't Louis

Ese «tengo que esperar un rato» es la frase más honesta que se puede decir de un ataque de angustia. No hay remedio inmediato. No hay frase mágica. Hay que esperar. Sentarse en el borde de la cama, apoyar las manos en las rodillas y contar.

Quien lo haya vivido sabe que el dolor de pecho de una ruptura es físico. No es metáfora. Aprieta como una mano. Y la canción no lo adorna: lo pone ahí, en tres versos sin rima bonita, como quien rellena un parte de urgencias.

Luego llega el humor, porque en este planeta el humor llega siempre. Pero primero hay que respirar.

La máscara de Saw

El primer chiste es de cine gore. «Hay palabras que si salieran de golpe / Se activaría la máscara ínter craneal / de la peli de Saw versión completa sin censurar.»

«Saw» es de 2004, la dirigió James Wan y convirtió a un muñeco con triciclo en un icono de las noches de videoclub. En la saga hay una trampa famosa, una especie de máscara metálica que se engancha a la mandíbula y que, si no te la quitas a tiempo, te abre la cabeza. Es de esas imágenes que se quedan grabadas aunque hayas visto la película tapándote los ojos con un cojín.

El verso lo usa como amenaza contenida. Si el narrador dijera todo lo que piensa, de golpe, la cosa acabaría en carnicería. «Versión completa sin censurar». Como los DVD de los dos mil que venían con la pegatina de «escenas inéditas».

Es un chiste, pero es un chiste sobre contenerse. Sobre tener dentro una rabia tan grande que hay que guardarla bajo llave para no hacer daño. La otra cara del silencio del narcisista: el silencio del que podría destrozar con palabras y decide no hacerlo.

Borrar la nube

«Estos siete años los tendré que borrar del iPhone, Google fotos, Movistar cloud, One Drive.»

La lista de servicios ya se comentó en su día y es la parte más citada de la canción, así que aquí solo un apunte. Fíjate en lo que falta. No dice «borraré sus mensajes». Dice borrar fotos. Nubes. Copias de seguridad. Todo lo que guarda la imagen.

Y los mensajes no aparecen en la lista porque, en esta canción, los mensajes son justamente lo que no hay. No se pueden borrar los mensajes que nunca llegaron.

Luego «usar la función de bloquear el rostro». Ese verso tiene una lectura doble que da escalofríos. Bloquear el rostro es el reconocimiento facial del teléfono. Pero también es lo que hace uno con la cara cuando no quiere que se le note nada. Ponerla de piedra. Bloquearla. Que el otro no vea que te ha dolido.

El moreno guapete

Viene después el pasaje hablado, que es puro teatro de bar. Alguien pregunta: «¿Oye y el moreno guapete de estos siete años?». Y la respuesta es de las que se ensayan en la ducha: «Era un holograma, me despidieron de la empresa y no pude pagarlo».

Lo que se celebra en ese trozo es la venganza de la ironía. Siete años de relación reducidos a una suscripción que se ha dejado de pagar. Como Netflix. Como el gimnasio que nunca pisaste. Ahora el ex «es un bloque de cemento», y si tienes pasta te lo reactivan, con extras: «exígeles que quieres sexo al menos una vez a la semana y ya de paso, el doble que de pene marcaba».

Ahí se cuela, entre risas, un dato que no es chiste. Sexo una vez a la semana como exigencia mínima. Lo que se pide al servicio técnico es lo que no había. El negocio del holograma revela la avería de la relación.

Y entonces llega la frase que corta todo: «aparte de tonterías».

Aparte de tonterías

Tres palabras que funcionan como un interruptor.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «ha estado aplicando el castigo más duro que un narcisista puede aplicar» de «El castigo más duro»

Hasta aquí, la canción ha sido una sucesión de imágenes exageradas: vampiros, máscaras de Saw, hologramas, bloques de cemento. Todo muy de plató, muy de función de cabaret. Y de repente: «aparte de tonterías, / lloro porque no entiendo nada».

Es el momento en que el cómico se quita la peluca en mitad del número y dice la verdad con la cara lavada. El público, que venía riéndose, se calla.

Esa transición dice mucho de cómo se hace humor desde el dolor. Las tonterías no son mentira. Son una manera de aguantar. Pero llega un punto en que no alcanzan y hay que soltarlo tal cual: no entiendo nada.

Y lo que no entiende es concreto. No es «la vida» ni «el amor». Es una mañana.

La primera mañana

«Me hizo dejar de quererle de la noche a la mañana / y no fue fácil, por la primera mañana le seguía queriendo / pero a la vez me estaba muriendo viendo como a él no le afectaba nada.»

Este es para muchos el verso central, y tiene una precisión de reloj. La expresión hecha es «de la noche a la mañana». Lo de siempre, lo que dice todo el mundo. Pero la canción la desmonta. Porque a la mañana siguiente, la primera mañana, todavía le quería.

O sea: no fue de la noche a la mañana. Fue de la noche a la mañana y un poco más. La frase hecha miente, y la letra la corrige sobre la marcha, como quien se da cuenta de que ha exagerado y vuelve atrás.

En esa primera mañana caben dos cosas a la vez. Querer a alguien y estar muriéndose por él. Mirar su cara tranquila mientras la tuya está hecha polvo. Desayunar con alguien a quien no le pasa nada. Esa es la imagen: dos tazas de café en la misma mesa, una caliente y otra helada.

Siete años

La cifra vuelve dos veces en la letra: «Estos siete años» y «el moreno guapete de estos siete años». No es un número cualquiera.

En la cultura popular, siete años es el plazo de la crisis. Billy Wilder rodó en 1955 «La tentación vive arriba», con Marilyn Monroe y el vestido blanco sobre la rejilla del metro, y el título original en inglés hablaba justamente del picor de los siete años, ese momento en el que, según el tópico, los matrimonios empiezan a mirar hacia otro lado. Siete son también los años de mala suerte por romper un espejo.

La canción no cita nada de eso, pero el número trae la mochila puesta. Siete años es tiempo suficiente para tener una vida montada. Para compartir cuenta de Netflix y plan de datos. Para que las fotos ocupen gigas en cinco nubes distintas. Para que la suegra te felicite el cumpleaños.

Y siete años es también el tiempo exacto que tarda una persona en convencerse de que lo que pasa en casa es normal. Que el silencio es carácter. Que la frialdad es timidez. Que una vez a la semana es pedir demasiado.

Borrar siete años no es borrar fotos. Es borrar una costumbre.

La ley del hielo

Y ahora sí, el castigo. La letra lo define con un nombre técnico: «ha estado aplicando el castigo más duro que un narcisista puede aplicar».

Collage con un detalle de la carátula de «El castigo más duro» y las carátulas de «Como en la matanza de Texas», «Not your supply»

Hay un nombre popular para esto en castellano, la ley del hielo. Dejar de hablar. Dejar de contestar. Estar en la misma casa, en la misma cama, y comportarse como si el otro fuera un mueble. En inglés lo llaman silent treatment, que suena a tratamiento de spa y es todo lo contrario.

Lo que tiene de cruel el silencio como castigo es que no deja huella. Nadie puede acusarte de haber dicho nada malo, porque no has dicho nada. Es un maltrato sin frase. Y quien lo sufre empieza a rellenar el hueco con sus propias culpas: qué he hecho, qué dije, en qué momento.

La canción lo resume en cuatro escalones que bajan como una escalera de sótano:

«el hacerte creer / que no vales nada / que ni vales ni un mensaje / que no eres nada para nadie».

Fíjate en la progresión. Primero, no vales nada. Luego, la medida concreta: ni un mensaje. Y al final se amplía al mundo entero: no eres nada para nadie. El silencio de una persona acaba sonando como el silencio de todos.

El doble check

Vuelta a la unidad de medida.

Hay pocas cosas más modernas y más crueles que el doble check azul. El mensaje ha llegado. Ha sido leído. Y no hay respuesta. Antes, cuando alguien no contestaba una carta, siempre podías pensar que se había perdido en Correos. Ahora no. La tecnología te confirma, en tiempo real, que te han ignorado.

Luego está el «en línea». Ves que está conectado. Ves que está escribiendo a otros. Ves que su última conexión fue hace dos minutos. Y tu mensaje sigue ahí, con sus dos rayitas azules, como una carta abierta tirada en el suelo del portal.

«Que ni vales ni un mensaje» suena distinto cuando se piensa en todo eso. No es solamente que no te escriba. Es que puede hacerlo, que está ahí con el móvil en la mano, y elige no hacerlo. Cada minuto de silencio es una decisión.

Y quien recibe el silencio lo sabe. Lo sabe por los checks. Lo sabe por el «en línea». La pantalla, que iba a acercarnos, se convierte en el chivato de que no importas.

Hay quien, por eso, quita la confirmación de lectura. Ya no ves si ha leído. Te quedas con una rayita gris, como en los tiempos de Correos. Es una forma de autoprotección muy pequeña, de bolsillo: elegir no saber. Pero el silencio sigue. Solo cambia el color de las rayitas.

Lloro porque no entiendo

El estribillo vuelve, y en la segunda vuelta una vocal se estira hasta el infinito: «lloro porque no entiendo naaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaada».

Esa vocal alargada es el lamento de copla metido en una canción de pop. Es el ay de las folclóricas, el quejío que no cabe en una sílaba. Y está en la palabra justa: nada. Lo que se alarga es el vacío.

No entender es la parte más agotadora de este tipo de relaciones. Si hubiera una razón, aunque fuera mala, aunque fuera injusta, se podría discutir. Pero no la hay. O si la hay, no se dice. El narcisista que aplica el silencio no explica, porque explicar sería darte algo. Y la idea es no darte nada.

Por eso el narrador repite «no entiendo nada» varias veces. No porque sea tonto. Porque no hay nada que entender del lado del otro, y él sigue buscando.

Tal vez la puta edad

Hay un verso escondido en el pasaje hablado que merece su propio rincón: «Tal vez será la puta edad y ya que pase lo que tenga que pasar y que opinen de ti hasta en alemán».

Ficha de la canción «El castigo más duro» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Es una frase de alguien que está cansado. Que ya no tiene veinticinco años para pasarse noches enteras intentando arreglar algo que el otro ha roto a propósito. «La puta edad», dicho con desgana, con un suspiro, como quien se sienta después de subir cuatro pisos sin ascensor.

Y luego, «que opinen de ti hasta en alemán». No hay explicación en la letra de por qué alemán, y no hace falta. Es la exageración castiza de toda la vida: que se entere hasta el Papa, que lo sepa medio Benidorm, que lo comenten en las noticias de Berlín. Que se sepa. El silencio del otro se combate con ruido, aunque sea en otro idioma.

Esa es la única venganza que se permite la canción. No es pegar, no es insultar. Es contarlo.

Siete años y una canción

La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía. La parte del anhelo, de la distancia, de las ganas de llegar a un sitio donde vivir sin pedir permiso. Encaja. Esta canción es la de alguien que todavía no ha llegado. Que está en la estación, con la maleta hecha y los siete años en el bolsillo, esperando un tren que no sabe cuándo pasa.

Tiene su videoclip oficial, de algo más de tres minutos, en la página del vídeo. Y el contexto del proyecto, con su manera de trabajar, está en la sala de prensa: letra de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño, y música y voces hechas con inteligencia artificial.

Hay otra canción del mismo universo que va por el lado contrario del mismo problema, «Not your supply», la de dejar de ser gasolina para alguien así. Si «El castigo más duro» es estar dentro del hielo, aquella es empezar a salir de él.

Lo que se dice cuando no se dice

Se puede escuchar esta canción como una lista de agravios. Pero hay otra manera, más útil.

Escúchala fijándote en todo lo que el narrador no hace. No manda un mensaje desesperado. No suplica. No insulta en directo. Decide no insistir más. Borra. Bloquea. Se toma su rato para respirar. Contiene la máscara de Saw. Hace un chiste con un holograma. Y luego llora, porque llorar no es rendirse.

Todo eso es también silencio, pero de otro tipo. Un silencio que no castiga a nadie. Que protege. Que se guarda las palabras con pinchos para no destrozar a quien no se lo merece, ni siquiera a quien sí se lo merece.

El silencio del narcisista es una puerta cerrada en tu cara. El del narrador es una puerta que se cierra desde dentro, para poder dormir.

Para ponerla de madrugada

Si te toca esta canción en mal momento, que te toque entera. Que llegues al estribillo y a esa vocal que no se acaba. Que te rías con el holograma y te calles con el «aparte de tonterías».

Y luego, si quieres, abre la ficha del single, que tiene la letra y los enlaces de escucha. O ve a Spotify y déjala sonar mientras miras esa conversación de WhatsApp con dos rayitas azules.

No contestes. No hace falta.

Un mensaje

La crónica acaba donde empezó, con la unidad de medida.

Un mensaje no vale nada. Es gratis. Es un pulgar. Y precisamente por eso, quien te lo niega te está diciendo algo enorme. Te está diciendo que ni siquiera merece la pena el gesto más barato del mundo.

La canción no le contesta con otro mensaje. Le contesta con una canción entera. Con vampiros, con Saw, con hologramas, con siete años borrados de cinco nubes distintas y con una vocal que no se acaba.

Hay castigos que se devuelven con silencio. Este se devuelve con letra.

Y la letra sí llega.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es «el castigo más duro» según la canción?

La propia letra lo define: «el hacerte creer / que no vales nada / que ni vales ni un mensaje / que no eres nada para nadie».

¿En qué disco está?

En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía GAYFOLK.

¿Qué es la máscara de Saw que se menciona?

La letra habla de una «máscara ínter craneal / de la peli de Saw», en referencia a la trampa en forma de máscara de la película de terror «Saw» (2004).

¿Quién la ha hecho?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se han hecho con herramientas de inteligencia artificial.

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