Letras
El gas nuevo: Ramsay y Travers, Georges Claude y los luminosos de Schweppes y Tío Pepe, leídos con «Ataúd de neón»
Por Mike Sain't Louis ·

En junio de 1898, en un laboratorio del University College de Londres, dos químicos encerraron una pequeña cantidad de gas en un tubo de cristal y le aplicaron una descarga eléctrica. El tubo se encendió con un rojo intenso, casi anaranjado, que ninguno de los dos había visto antes. Años después, uno de ellos, Morris Travers, escribió que aquel resplandor carmesí contaba su propia historia y que era algo que nunca olvidaría. Habían encontrado un elemento nuevo, y le pusieron un nombre que decía exactamente eso: neón, del griego neos, nuevo.
Ciento veintiocho años después, el neón sigue siendo sinónimo de noche, de ciudad, de bar abierto a deshoras y de cartel que parpadea. Es también la palabra que convierte una caja fúnebre en un objeto pop en «Ataúd de neón», uno de los temas con los que se cierra la trilogía GAYFOLK. Como sus versos aún no se han hecho públicos, esta entrada no reproduce ni inventa ninguno. Pero el título y el videoclip, con su ataúd que brilla en rosa y azul a hombros de figuras encapuchadas, son una invitación a contar la historia de esa luz. De dónde viene, cómo funciona y por qué Madrid tiene dos luminosos que ya son casi monumentos.
Lo que quedaba en el aire
A finales del siglo XIX la química creía conocer bien el aire. Nitrógeno, oxígeno, algo de vapor de agua y un poco de dióxido de carbono. Pero había un detalle que no encajaba. El físico Lord Rayleigh había notado que el nitrógeno extraído del aire pesaba un poco más que el obtenido a partir de compuestos químicos. La diferencia era pequeñísima, pero constante. Junto a William Ramsay, un químico escocés que trabajaba en Londres, llegó a la conclusión de que en el aire había otro gas escondido. En 1894 lo aislaron y lo llamaron argón, del griego argos, perezoso, porque no reaccionaba con nada.
Si había un gas perezoso, quizá hubiera más. Ramsay y su joven ayudante, Morris Travers, se pusieron a buscarlos. Para ello necesitaban algo que entonces era una novedad: aire licuado. Enfriando el aire a temperaturas bajísimas hasta convertirlo en líquido y dejando luego que se evaporara poco a poco, cada componente se separa a su propio ritmo, porque cada uno hierve a una temperatura distinta. Es lo que se llama destilación fraccionada.
En unas pocas semanas de 1898 la pareja encontró tres elementos. En mayo apareció el criptón, el escondido. En junio, el neón. En julio, el xenón, el extranjero. Todos con nombres griegos, todos presentes en el aire en cantidades minúsculas. El neón, por ejemplo, supone unas dieciocho partes por millón del aire que respiramos. En una habitación normal hay apenas unos mililitros.
Sobre el nombre circula una anécdota familiar. Según la versión más repetida, el hijo de Ramsay, Willie, que tenía trece años, sugirió llamarlo novum, nuevo en latín. Al padre le gustó la idea, pero prefirió la raíz griega, para que hiciera juego con los demás. En 1904 Ramsay recibió el Premio Nobel de Química por el descubrimiento de los gases nobles del aire, y ese mismo año Rayleigh recibió el de Física por su trabajo sobre las densidades de los gases. La pequeña diferencia de peso del nitrógeno había dado para dos premios.
La familia de los gases nobles
El neón tiene sitio fijo en la tabla periódica: es el elemento número diez, en la última columna de la derecha, junto al helio, el argón, el criptón, el xenón y el radón. Los químicos los llamaron gases nobles porque, como la vieja aristocracia, no se mezclaban con nadie. Sus átomos tienen las capas de electrones completas y casi no reaccionan con otros elementos. Durante décadas se pensó que no formaban compuestos en absoluto, hasta que en 1962 el químico Neil Bartlett consiguió obtener un compuesto de xenón, flúor y platino.

Aunque sean discretos, están por todas partes. El helio, el más ligero de la familia después del hidrógeno, infla los globos de los cumpleaños y enfría los imanes de las máquinas de resonancia magnética. El argón, el más abundante en el aire, rellenaba las antiguas bombillas incandescentes para que el filamento durara más y hoy se usa entre los cristales de muchas ventanas para aislar del frío. El xenón ilumina algunos faros de coche y flashes de cámara, y también impulsa los motores iónicos de ciertas sondas espaciales. El neón, además de los rótulos, aparece en algunos láseres y en pequeños pilotos indicadores de aparatos eléctricos.
Hay algo bonito en esa familia de gases que no se mezclan, que pasan desapercibidos durante siglos en el aire que respiramos y que, cuando les das un poco de energía, responden con color. Es casi una metáfora de quien se ha pasado la vida pasando desapercibido y un día, en el ambiente adecuado, empieza a brillar.
Por qué brilla
El truco del neón es elegante. Dentro de un tubo de cristal sellado se introduce el gas a muy baja presión. En cada extremo hay un electrodo. Cuando se aplica una tensión eléctrica alta, los electrones atraviesan el gas y chocan con sus átomos. Cada choque empuja a algunos electrones de esos átomos a un estado de más energía, y cuando vuelven a su sitio devuelven esa energía en forma de luz.
Lo interesante es que cada elemento emite luz solo en unos colores concretos, como una huella dactilar. Es lo que los químicos llaman su espectro. El del neón está dominado por líneas rojas y anaranjadas, y por eso el tubo de Ramsay y Travers brilló con ese rojo que les dejó sin palabras. El helio da un tono rosado y pálido, el argón un violeta azulado, el criptón un blanco grisáceo y el xenón un azul lavanda.
De ahí viene una pequeña sorpresa: la mayoría de los rótulos que llamamos de neón no llevan neón, o no solo neón. Los azules suelen ser tubos de argón con una gotita de mercurio. Muchos rosas, verdes, blancos y amarillos se obtienen con tubos pintados por dentro con polvos fluorescentes, que absorben la luz ultravioleta del gas y la convierten en color visible, o con cristales teñidos. El nombre del primer gas se quedó para toda la familia. Y en los últimos años se llama neón también a tiras flexibles de LED que imitan su aspecto sin tener gas dentro. El ataúd del videoclip, con su mezcla de rosa y azul, sería en realidad una pequeña orquesta de gases.
Un ingeniero en el Salón del Automóvil
El paso del laboratorio a la calle lo dio un ingeniero francés, Georges Claude. A principios del siglo XX Claude se dedicaba a un negocio muy rentable: separar el oxígeno del aire líquido para venderlo a la industria y a los hospitales. En 1902 fundó con Paul Delorme la empresa Air Liquide. Al producir oxígeno a gran escala le sobraban cantidades crecientes de gases raros, entre ellos el neón. Claude se preguntó qué podía hacer con él.
La respuesta fue la luz. Ya existían tubos de descarga, pero se ensuciaban y se apagaban pronto. Claude diseñó electrodos que aguantaban mucho más tiempo y gases mejor purificados. En diciembre de 1910, en el Salón del Automóvil de París, presentó dos largos tubos de neón en el Grand Palais. El público quedó fascinado por aquella luz roja, pero para iluminar casas resultaba demasiado intensa y demasiado roja. A nadie le apetecía cenar como dentro de un horno.
El uso que sí funcionó fue la publicidad. Los tubos de cristal podían doblarse con fuego para formar letras, y un rótulo luminoso se veía desde lejos, incluso con niebla. En la década de 1910 empezaron a aparecer los primeros anuncios en París, y en 1923 la compañía de Claude vendió dos rótulos con la palabra Packard a un concesionario de coches de Los Ángeles. Cuentan que la gente se paraba en la calle a mirarlos. En pocos años las grandes avenidas de Estados Unidos, de Europa y de Asia se llenaron de letras de colores.
La biografía de Claude tiene, eso sí, un final oscuro. Durante la ocupación alemana de Francia apoyó al régimen colaboracionista de Vichy, y en 1945, tras la liberación, fue juzgado y condenado por colaboración. Pasó varios años en prisión. La luz que inventó para los escaparates sobrevivió de largo a su reputación.
El oficio del tubo
Detrás de cada letra de neón hay un oficio artesanal que todavía hoy se aprende con años de práctica. El rotulista trabaja con tubos rectos de cristal que calienta sobre llamas de gas hasta que se ablandan. Entonces los dobla siguiendo un dibujo a escala real que tiene sobre la mesa, a menudo al revés, porque las letras se miran por el otro lado. Mientras dobla, sopla suavemente por un extremo del tubo con una goma, para que el cristal no se aplaste en la curva y mantenga el mismo diámetro.

Cuando la pieza está terminada, se le sueldan los electrodos, se hace el vacío en su interior, se calienta el tubo con una descarga para limpiar las impurezas y, por último, se rellena con una pizca de gas y se sella. Si todo ha salido bien, el tubo puede durar muchos años. Es un trabajo lento, delicado y caro, y por eso la llegada de la iluminación LED, más barata y resistente, ha ido arrinconando a los talleres tradicionales. En muchas ciudades hay hoy un movimiento de recuperación de rótulos antiguos y de artistas que vuelven a trabajar el cristal a mano.
Del cristal al cine
El cine entendió pronto lo que el neón podía hacer por una película. Bastaba un rótulo parpadeante al otro lado de la ventana de un hotel barato para contar la soledad de un personaje sin necesidad de diálogo. El cine negro estadounidense de los años cuarenta y cincuenta lo usó una y otra vez: luces rojas que se encienden y se apagan sobre la cama de un detective cansado, letras que se reflejan en el asfalto mojado.
Más tarde, la ciencia ficción convirtió la ciudad de neón en una imagen del futuro. En «Blade Runner», de Ridley Scott, estrenada en 1982, Los Ángeles es una metrópolis permanentemente nocturna, lluviosa y cubierta de anuncios gigantes en varios idiomas. Aquella estética, mezcla de pasado y futuro, sigue presente en videoclips, portadas de discos y videojuegos. Una parte del planeta GAYFOLK bebe de ese imaginario de noches eléctricas.
Dos luminosos de Madrid
Madrid tuvo en el siglo XX sus propias noches de neón. En la Puerta del Sol, las azoteas se cubrieron de anuncios de bebidas, bancos y cámaras de fotos. Por la noche, las bombillas y los tubos de colores llegaban a tapar la arquitectura. De todo aquello sobreviven sobre todo dos piezas que hoy los madrileños defienden como parte del paisaje.
La primera es la botella de Tío Pepe. El personaje lo creó en 1935 el publicista Luis Pérez Solero para la bodega jerezana González Byass: una botella de fino con chaquetilla roja, sombrero cordobés y guitarra, acompañada del lema «Sol de Andalucía embotellado». En 1936 se instaló un primer rótulo de la bodega sobre el antiguo Hotel de París, en el extremo de la plaza junto a la calle de Alcalá, y en 1958 se montó el gran luminoso con la botella. Durante más de medio siglo presidió manifestaciones, celebraciones y retransmisiones de las campanadas de Nochevieja.
En 2009 el Ayuntamiento autorizó conservarlo por su valor como rótulo histórico. En 2011 hubo que desmontarlo para rehabilitar el edificio, y durante unos meses pareció que no volvería. Finalmente se trasladó al número 11 de la plaza, sobre el edificio de la antigua Fonda de los Príncipes, entre las calles Preciados y del Carmen. Se volvió a encender el 8 de mayo de 2014. Cambió de azotea, pero no de plaza.
La segunda es el luminoso de Schweppes, en lo alto del edificio Carrión, el que todo el mundo llama Capitol, en la esquina de Gran Vía con la plaza del Callao. El edificio, proyectado por Luis Martínez-Feduchi y Vicente Eced y terminado en 1933, es una de las grandes obras del racionalismo madrileño, con su proa curva que parece un transatlántico. En su remate hubo primero un anuncio de tabaco, y en 1972 llegó el cartel de Schweppes, que en 2022 cumplió medio siglo.
El luminoso se convirtió en icono pop en 1995, cuando Álex de la Iglesia rodó en él el clímax de «El día de la bestia», con sus protagonistas colgando de las letras gigantes sobre la Gran Vía. En 2018 la Comunidad de Madrid declaró el edificio Bien de Interés Cultural, pero la protección no incluyó el cartel, lo que abrió un pequeño debate sobre si debía seguir allí. El Gobierno regional aseguró entonces que no tenía intención de retirarlo. El diario ya exploró la relación entre el cine de miedo y la cultura LGTBI en cine de terror y cultura queer; pocas películas españolas de terror tienen un escenario final tan madrileño.
Palabras que se encienden en los museos
A partir de los años sesenta, el neón dejó de ser solo cosa de anuncios y entró en las galerías. Para muchos artistas, aquella luz comercial, asociada a bares y moteles, era justo lo que hacía falta para hablar de la vida moderna sin solemnidad.

Una de las pioneras fue la artista Chryssa, nacida en Atenas y afincada en Nueva York, que a principios de los años sesenta empezó a trabajar con letras luminosas inspirada por los anuncios de Times Square. Poco después, el estadounidense Bruce Nauman colgó en la ventana de su estudio una espiral de neón con una frase: el verdadero artista ayuda al mundo revelando verdades místicas. Era de 1967, y nadie sabía muy bien si hablaba en serio o se burlaba del arte. Esa ambigüedad, a medio camino entre el mensaje y el chiste, es una de las grandes virtudes del neón.
En 2005 el artista Glenn Ligon, una de las figuras clave del arte afroamericano y abiertamente gay, presentó «Warm Broad Glow», una obra en la que las palabras negro sunshine aparecen en neón pintado de negro por delante, de modo que la luz solo asoma por detrás, como un halo. La expresión procede de «Tres vidas», un libro de Gertrude Stein de 1909, y Ligon la usó para hablar del racismo escondido en el lenguaje. La obra es una lección de cómo una luz puede iluminar y ocultar a la vez.
Desde entonces el neón con letras escritas a mano se ha convertido casi en un género propio. En museos, tiendas y casas se leen frases de amor, de deseo o de rabia trazadas en tubos de colores. La tipografía del rótulo de bar ha pasado a ser también la de la confesión íntima.
Luz para la noche queer
Para muchas generaciones de personas LGTBI, el neón ha sido la luz de la libertad nocturna. Los letreros de los bares, los rótulos de las discotecas y las flechas luminosas que señalaban un sótano marcaban los lugares donde, durante unas horas, se podía ser uno mismo. En el planeta GAYFOLK la noche es casi un personaje, como recuerda el diario en la noche como ritual, y el barrio tiene su mapa en Madrid y Chueca en las canciones.
En Las Vegas, la ciudad que llevó el neón al exceso, existe desde 1996 un museo dedicado a rescatar rótulos antiguos de casinos, moteles y capillas de bodas. Su parte más famosa es un enorme patio al aire libre, el llamado cementerio de neones, donde cientos de letreros jubilados descansan amontonados. Es un sitio extrañamente emotivo: letras gigantes que ya no anuncian nada, flechas que no apuntan a ningún sitio, estrellas apagadas que fueron la promesa de una noche inolvidable. Un camposanto de luces.
Un ataúd que brilla
Esa es, en el fondo, la paradoja que condensa el título de «Ataúd de neón». El ataúd es lo más serio del mundo, el objeto que cierra una historia. El neón es lo más frívolo, la luz del anuncio, de la fiesta y del bar. Juntarlos es un gesto profundamente camp, una manera de mirar el final con brillo, ironía y un poco de purpurina. El diario ya leyó ese contraste en la órbita de «Ataúd de neón».

El videoclip lo convierte en imágenes. Hay figuras con capas oscuras y máscaras de pico, que recuerdan a los médicos de la peste, cargando a hombros una caja luminosa. Hay niebla, luna llena, un ataúd rosa y azul sobre un montículo de tierra, rayos violetas que cortan el cielo y una escena en la que las figuras rodean una caja iluminada en rojo. Es un entierro, pero parece un desfile. La trilogía juega a menudo con esa estética, que el diario repasa en su análisis de la estética retrofuturista.
Leído así, el título habla de algo que muchas personas conocen: hay finales que hay que celebrar. Despedirse de una etapa, de una relación que hacía daño o de una versión de uno mismo que ya no sirve puede doler y, a la vez, iluminar. Enterrar con luces es una forma de decir que lo que se acaba no se lleva todo.
Enterrar con luces
Mike Sain't Louis ha contado que durante muchos años vivió relaciones con personas narcisistas que le hicieron mucho daño, y que escribir canciones fue su manera de contar lo que había pasado y de darle forma a lo que sentía. Hoy sigue un tratamiento psiquiátrico y psicológico, y habla de su proceso para dar visibilidad al abuso narcisista. En un catálogo así, una imagen como la de un ataúd luminoso puede leerse como un ritual: dar sepultura a lo que dolió, pero hacerlo con brillo, con humor y rodeado de gente.
Despedirse de una etapa no siempre es fácil, y a veces hace falta ayuda para hacerlo. Si estás pasando un momento difícil, en España puedes llamar al 024, gratuito y disponible a cualquier hora, o al Teléfono de la Esperanza, 717 003 717. En otros países, findahelpline.com reúne las líneas de apoyo disponibles. Pedir ayuda también es una forma de encender una luz.
El gas que mueve los chips
La historia del neón tiene un capítulo reciente que poca gente conoce. Además de iluminar rótulos, el neón es imprescindible en la fabricación de chips. Los láseres que se usan para grabar los circuitos microscópicos de los semiconductores funcionan con mezclas de gases en las que el neón es el componente principal.
Durante décadas, buena parte de ese neón ultrapuro se purificaba en Ucrania, en plantas heredadas de la industria del acero soviética. En marzo de 2022, tras la invasión rusa, la agencia Reuters informó de que las dos principales empresas ucranianas del sector, con sede en Mariúpol y Odesa, habían detenido su producción. Entre las dos suministraban aproximadamente la mitad del neón de calidad para semiconductores del mundo. La industria tuvo que buscar alternativas y acelerar el reciclaje del gas.
Es una vuelta curiosa a la historia de Ramsay y Travers. El gas nuevo que encontraron en el aire de Londres, y que Claude convirtió en anuncio, acabó siendo una pieza clave de los teléfonos y los ordenadores con los que hoy escuchamos música.
Notas para escucharla
El ataúd luminoso pertenece a «El día de la liberación», el álbum que cierra la trilogía y que tiene su propio recorrido comentado en esta guía del diario. Está disponible en Spotify, y quien quiera saber más de Mike Sain't Louis, madrileño que escribe las letras, compone y produce sus temas, tiene su biografía y sus fotos en la sección de prensa.
Un plan para acompañarla: una noche cualquiera, sube a la plaza del Callao o a la Puerta del Sol cuando se encienden los luminosos. Busca la botella con sombrero y las letras sobre el Capitol. Piensa que ese brillo empezó como un hilo rojo en un tubo de laboratorio hace ya ciento veintiocho años. Luego ponte los auriculares y deja que suene la canción mientras caminas Gran Vía abajo. Algunas despedidas se hacen mejor con luces.
Preguntas frecuentes
¿Quién descubrió el neón?
Lo descubrieron en junio de 1898 los químicos William Ramsay y Morris Travers en el University College de Londres, al separar los componentes del aire licuado. Ese mismo año identificaron también el criptón y el xenón. Ramsay recibió el Premio Nobel de Química en 1904 por el descubrimiento de los gases nobles del aire.
¿Qué significa la palabra neón?
Viene del griego neos, que significa nuevo. Según la versión más repetida, el hijo de Ramsay, que entonces tenía trece años, propuso llamarlo novum, nuevo en latín, y su padre prefirió la forma griega.
¿Todos los rótulos de neón llevan neón?
No. El neón puro da una luz rojo anaranjada. Los azules y muchos otros colores se consiguen con argón y una pequeña cantidad de mercurio, o con tubos recubiertos por dentro de polvos fluorescentes. Por costumbre se llama neón a todos esos tubos de descarga de gas, y hoy también a muchas tiras de LED que solo lo imitan.
¿Desde cuándo está el cartel de Schweppes en la Gran Vía?
El luminoso de Schweppes se instaló en 1972 sobre el edificio Carrión, también llamado Capitol, en la esquina de Gran Vía con la plaza del Callao. Antes ocupaba ese lugar un anuncio de tabaco. El edificio fue declarado Bien de Interés Cultural en 2018, aunque la protección no incluye el cartel.
¿De qué trata «Ataúd de neón»?
Es un single de Mike Sain't Louis incluido en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. Su letra todavía no está publicada, así que este post no cita versos. Su videoclip muestra un ataúd luminoso de tonos rosa y azul llevado a hombros por figuras encapuchadas entre la niebla, una imagen que mezcla duelo y fiesta.