Relaciones tóxicas
El móvil en la mesilla: WhatsApp, Grindr y la nube de Movistar como personajes de las letras
Por Mike Sain't Louis ·

Veinte estados vistos. Ni un «me gusta».
Hay una manera muy moderna de sentirse solo, y consiste en mirar quién ha visto tu estado de WhatsApp. No quién te ha llamado, no quién ha venido a verte. Quién ha pasado el dedo por encima de tu foto durante dos segundos y ha seguido con su vida. En «El segundo exacto» esa soledad tiene lista de asistentes:
«20 estados vistos en Whatsapp, mi novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex. / Ni un solo 'me gusta', ni tan solo un comentario»
Es un censo familiar hecho desde la pantalla. El novio, la suegra, la hermana, el suegro y, al final, el ex, que siempre mira. Todos han visto. Nadie ha dicho nada. Y la canción remata con la fecha que lo hace todo más triste y más gracioso a la vez: «y es hoy en YouTube mi primer aniversario». Un aniversario celebrado por veinte personas en silencio.
Este post va de eso: del móvil como personaje de las letras de Mike Sain't Louis. Porque en el Planeta Gayfolk el teléfono nunca está apagado. Vibra en la mesilla, guarda pruebas, sirve para ligar y para bloquear, y a veces es lo único que queda de siete años de relación.
La pantalla que mira sin tocar
Empecemos por lo más cotidiano: la vigilancia. Las letras del planeta están llenas de gente que mira el móvil de otro sin poder tocarlo.
En «Forocoches», del tercer álbum, la noche se organiza alrededor de una red social:
«Mirando tu instagram hoy vuelve la locura»
Y unas horas después, a las dos de la mañana, llega la recaída que cualquiera que haya pasado por una ruptura conoce: «No evité coger el móvil y enviar esos mensajes». No dice qué mensajes. No hace falta. Todo el mundo ha enviado alguna vez esos mensajes, los de madrugada, los que al día siguiente uno relee con la cara entre las manos. La letra lo resume con una imagen muy de la casa, el despertar «entre treinta insultos y reproches», y una pregunta que es al mismo tiempo chiste y diagnóstico: «Ya no distingo si es mi vida o forocoches».
El título es el nombre de un foro de internet muy conocido en España, famoso por sus hilos interminables y su tono bronco. Comparar la propia vida con un hilo de ese foro es reconocer que ya no hay conversación, solo bronca acumulada. El móvil aquí no comunica: amplifica.
Hay un dato más en esa letra que pide hablar en otro registro. «Forocoches» termina con una línea muy dura sobre pensar en la familia si uno muriera. Es una de esas letras del planeta que no esconden el pozo. Si alguien que lee esto está ahí, la línea 024 es gratuita y atiende las 24 horas en España. Al móvil también se le puede dar ese uso.
Bloquear, el verbo del planeta
Si hubiera que elegir un verbo digital para toda la trilogía, sería bloquear. Aparece en todas las direcciones.
En «Buscando el polvo perfecto» bloquea el otro, y lo hace con una crueldad de catálogo:
«Eres gordo, eres calvo, / No eres lo que estoy buscando, / Si no contesto y te bloqueo, / Es porque eres muy feo.»
La letra es una sátira de las aplicaciones de ligar, escrita con la voz de quien rechaza. Gordo, calvo, viejo, con pluma: la lista de motivos de descarte que cualquiera que haya usado Grindr ha leído alguna vez en un perfil. Lo que hace la canción es ponerlos en boca de un personaje y dejarlos sonar tal cual, para que se oigan como lo que son. El remate llega en el estribillo: «¡A todas horas! / ¡Hoy lloras!». La app abierta a todas horas, y alguien llorando al otro lado.
En el «Manual de escape de un narci» bloquear es la salida: «Bloquea su número, bloquea su cara». Y en «La última carta» el bloqueo aparece dentro de una lista de decisiones que suenan a promesa: «Del bloqueo. Del silencio. De no buscarte, no responderte, no caer en tus trampas». Así que el mismo verbo sirve para humillar en Grindr y para salvarse de un narcisista. En el planeta, bloquear es una herramienta. Depende de quién tenga el dedo.
Grinder, con e
Las aplicaciones de ligar tienen su propio capítulo, y la primera cosa que llama la atención es la ortografía. En las letras, Grindr se escribe «Grinder», con la e que la gente pone al decirlo en voz alta. Es un detalle pequeño pero dice mucho: las letras escriben como se habla en la barra, no como se escribe en la tienda de aplicaciones.

Grinder sale en «Buscando el polvo perfecto», que es su canción oficial, con un consejo que un «follamigo que tuve en Toledo» le da a la voz de la letra: «Si buscas casarte esta no es la aplicación». Es probablemente la frase más sensata que se ha dicho nunca sobre Grindr, y está en una canción.
Sale en «Mi novio de Albacete», como prueba de la infidelidad: «Tú por grinder, yo disfrazado». Y en la misma canción aparece otra aplicación, Wapo, que es menos conocida fuera del ambiente pero muy reconocible dentro: «Te ha faltado tiempo para poner en Wapo», con su remate impublicable. El novio no ha esperado ni a que se enfríe la nota del retrete.
Y sale en «Croquetas en el crucero», donde la app sirve para organizar unas vacaciones que salen fatal: «me apunté por Grinder con un portero». En el planeta, Grindr es una agencia de viajes que nunca acierta.
Lo bonito es que la canción que da nombre al primer álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», comparte esa misma letra del polvo perfecto pero le pone la promesa del planeta al final: «No hay grinder ni aplicaciones, tampoco hay complejos». El paraíso queer de la trilogía se define, entre otras cosas, por no tener cobertura para Grindr. Es una utopía muy concreta.
El selfie con efecto
Hay un gesto digital que en las letras se convierte en la prueba definitiva del desamor: hacerse un selfie y ponerle un filtro mientras el otro llora.
En «El impostor» la escena tiene una estructura de juicio. La letra pregunta «¿Queréis saber / Por qué / me enteré / después / de seis años / de que / nunca estuvo / enamorado de mí?», y la respuesta es una imagen:
«Porque mientras yo / llevaba llorando / una semana / sabiendo día / tras día / cosas dolorosas / él se estaba / haciendo / una foto de / selfie y / añadiéndola / un efecto»
Las líneas cortísimas, de dos o tres palabras, hacen que la escena se lea a cámara lenta. Y el detalle del efecto es lo que la vuelve insoportable. Hacerse una foto, vale. Lo grave es que se tomó el tiempo de elegir un filtro. Esa pequeña dedicación estética, en mitad del dolor ajeno, lo dice todo.
La misma escena reaparece, con más detalle, en «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca»: el selfie en el que «saliste muy guapo», la madre recortada de la foto y, por si fuera poco, «un efecto en blanco y negro». El blanco y negro, que es el filtro de la nostalgia y de las fotos serias, aplicado por alguien que, según la letra, no sentía nada. Hay una crueldad muy de esta época en eso: la tristeza convertida en estética para Instagram.
En «El impostor» hay otro detalle del móvil que remata el retrato. Mientras todo se derrumba, al otro «solo le preocupaba tener / La línea de su móvil / Operativa». Y al final, en lugar de una conversación, llega un audio: «tuvo / el valor de enviar / un audio». El audio de WhatsApp, ese invento para no tener que mirar a nadie a la cara, como forma de cerrar seis años.
Siete años en la nube
Ahora la canción más dolorosa del capítulo, y la más precisa en cuanto a tecnología. «El castigo más duro», del segundo álbum, contiene una línea que es una lista de servicios digitales y, al mismo tiempo, un duelo:

«Estos siete años los tendré que borrar del iPhone, Google fotos, Movistar cloud, One Drive y usar la función de bloquear el rostro»
Hay que leerla despacio. Siete años no se borran de un sitio: se borran de cuatro. Del teléfono, de la nube de Google, de la nube de la compañía telefónica y de la de Microsoft. Cualquiera que haya intentado borrar a alguien de su vida digital sabe que es exactamente así, que las fotos están duplicadas en lugares que uno ni recordaba haber activado. La letra lo enumera como quien hace el inventario de una mudanza.
Y el final de la frase es extraordinario: «usar la función de bloquear el rostro». Es una función real de algunos programas de fotos, que permite que una cara deje de aparecer en los recuerdos automáticos. Pero dicho en una canción suena a otra cosa: a querer bloquear una cara de la memoria, no solo del teléfono. La tecnología como metáfora del olvido que no llega.
La misma letra contiene el diagnóstico central de la ley del hielo, la definición seca del castigo: «el hacerte creer / que no vales nada / que ni vales ni un mensaje». Ni un mensaje. En una época en la que mandar un mensaje no cuesta nada, que alguien te haga sentir que no vales ni eso es la medida exacta del desprecio.
El algoritmo y el «para ti»
Hay una canción del tercer álbum que convierte el enamoramiento en un problema técnico. Se llama «Me mola Zeus», y su primera línea es una queja que suena a soporte informático:
«Zeus… / me estás jodiendo el algoritmo. / Y me mola.»
Es el flechazo de la era de TikTok. Antes uno se cruzaba con alguien en el autobús. Ahora alguien aparece una y otra vez en tu pantalla porque la aplicación ha decidido que te interesa, y cuando te quieres dar cuenta ya no sabes si te gusta él o si te gusta lo que el algoritmo te enseña de él. La letra lo dice con precisión de usuario: «Apareces en mi "para ti" / con esa cara de no haber dormido». El «para ti» es la pestaña de recomendaciones de TikTok, y que el amor llegue por ahí tiene su ironía: nadie lo ha elegido, ni siquiera tú.
Luego viene la parte de la obsesión, que también es muy digital: «llevo tres días sin comer / de viendo tu TikTok con los ojos rojos». Los ojos rojos de mirar la pantalla a oscuras, que son los ojos de llorar y los de no dormir a la vez. Y una línea que cualquiera ha pensado alguna vez delante de un perfil ajeno: «tu foto de perfil me da hambre / y no sé si quiero amor o desastre». Zeus Vargas, el personaje, no mira. El algoritmo sí.
En la misma trilogía hay otra canción con TikTok en el título, «I want to be a TikTok star», que mira la plataforma desde el otro lado, el de quien publica: «I want to be a TikTok star, / but I keep shining from afar». Querer brillar en la aplicación y acabar brillando de lejos. Es la confesión de cualquiera que sube cosas a internet sabiendo que casi nadie las va a ver, y que lo hace igual.
Enterarse tarde, a propósito
Frente a toda esta pantalla encendida, hay una letra que propone lo contrario: llegar tarde a las noticias. En «Como a mi chihuahua», entre una lista de confesiones, aparece esta:

«prefiero enterarme por Twitter dos meses más tarde»
Es una forma de protección muy de estos tiempos. La letra explica antes que no ve las noticias porque le afectan demasiado las injusticias y ver llorar a la gente. Así que deja que las desgracias lleguen con retraso, filtradas por una red social, cuando ya han perdido su filo. No es indiferencia. Es dosificar el mundo para poder seguir en él. El móvil, que en tantas canciones sirve para enterarse de todo, aquí sirve para enterarse de menos.
Las ubicaciones
Y queda el uso más inquietante del teléfono: el rastro. En «Igual que en las pelis slasher», una letra que convierte un acoso en escena de película de terror, con pijama y bata incluidos, la voz pregunta en voz alta cuánto pagaría alguien por una información muy concreta:
«todas sus ubicaciones, horas, fechas, mensajes»
Es el móvil como expediente. Todo lo que hacemos deja un rastro, y en el planeta ese rastro sirve para desmontar las mentiras del «moreno de las dos caras». La misma idea aparece en «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda», donde el otro calla porque sabe que se sabe todo, «incluso las ubicaciones». El teléfono, que tanto le sirvió para esconderse, acaba siendo el que lo delata. Hay una justicia poética muy del siglo XXI en eso: el chivato lo llevaba en el bolsillo.
El móvil de la suegra
Hay un uso del teléfono en las letras que es puro sainete. En «Carta de recomendación» la voz de la letra avisa a la siguiente víctima de un detalle doméstico: el ex «te aconsejará que no la cojas nunca el teléfono» a su madre. Y luego reproduce la frase textual, con el ex «que le da mucho al alpiste allí en El Médano» diciendo: «Nada, nada, no lo cojas, mejor pasa».
La escena es reconocible para cualquiera: el móvil vibrando en la mesa, el nombre de una madre en la pantalla y alguien que le da la vuelta al aparato. Es una de esas pequeñas groserías que solo se ven desde dentro de una pareja, y la letra las convierte en advertencia. Si no coge el teléfono a su madre, a ti tampoco te lo cogerá.
En «Toxina coreana» el móvil sirve para otra cosa, para clasificar. «Te tengo en el móvil como la embotada», dice la letra, y cualquiera que haya guardado a alguien en la agenda con un apodo en lugar de con su nombre sabe de qué va. La agenda del teléfono como registro secreto de lo que pensamos de la gente.
Cuando nadie abre el WhatsApp
Y hay un uso del móvil en las letras que pide bajar la voz.
«El día más ideal» es una letra escrita entera en mayúsculas, con forma de despedida, y una de las más duras de la trilogía. Se puede leer completa en su página de letra. En ella hay un inventario de cosas que no se han hecho, entre ellas una muy de esta época: «Y TAMPOCO HE BORRADO LAS FOTOS DEL IPHONE». Y al final, la escena de alguien que llama a la madre porque otra vez no se ha presentado a trabajar, y la madre que responde:
«TAMPOCO HA LEÍDO MIS MENSAJES / Y NI HA ABIERTO EL WHATSAPP»
Es una de esas líneas en las que el móvil funciona como un pulso. El doble check gris, sin volverse azul, como señal de que algo no va bien. Todos conocemos el pequeño vértigo de ver que alguien no ha leído un mensaje en horas. Esta letra lleva ese vértigo hasta el final.
No hay chiste que añadir aquí. Lo que sí se puede añadir es esto, que es práctico: si alguien que quieres no abre el WhatsApp y te preocupa, llama, ve, pregunta. Y si eres tú quien no quiere abrirlo, en España el 024 responde a cualquier hora, gratis. En una emergencia, el 112.
El aniversario en YouTube
Volvamos al principio, a «El segundo exacto», porque es la canción que mejor resume cómo funciona el móvil en el planeta. La letra empieza con la voz de un hater que repite lo de siempre: «Eso es inteligencia artificial, / le das a un botón y ya está». Y contesta con una pregunta que nadie ha sabido responder:

«¿Será que podrá la inteligencia artificial escoger el segundo exacto donde rompiste a llorar?»
Es la pregunta de quien hace canciones con herramientas digitales y se cansa de que le digan que la máquina lo hace todo. La máquina pone el sonido, de acuerdo. Pero el segundo exacto, el del llanto, lo elige quien escribe. Las letras de Mike, como recuerda la sala de prensa, están escritas sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. El móvil, el ordenador y la nube son el taller. El llanto es suyo.
Y luego vienen los veinte estados vistos, el aniversario en YouTube sin un comentario. La misma tecnología que le sirve al hater para burlarse es la que le sirve a quien escribe para publicar. El mismo teléfono que muestra quién ha mirado sin decir nada es el que lleva la canción a quien la necesita. Se puede escuchar en Spotify, desde el mismo móvil, claro.
Lo que dice la pantalla
Si se juntan todas las apariciones del teléfono en las letras, sale un retrato bastante exacto de cómo se quiere y cómo se rompe en esta época. Se liga por una app que se escribe con e. Se rompe por audio. Se vigila por Instagram. Se recae a las dos de la mañana con mensajes que no se deberían mandar. Se mide el cariño en estados vistos y en «me gusta» que no llegan. Y se borra a alguien de cuatro nubes distintas, con la esperanza de que la función de bloquear el rostro funcione también por dentro.
Lo que no hay en las letras es nostalgia del mundo sin móvil. Nadie dice que antes todo era mejor. El planeta acepta el teléfono como acepta Mercadona o los Cien Montaditos: como parte del decorado de la vida. Lo único que pide es que se use con un poco de vergüenza. Que se coja el teléfono a la madre. Que no se ponga filtro mientras el otro llora. Que no se bloquee a nadie por calvo.
Hay, además, una lección de oficio escondida en todo esto. Las letras que mejor funcionan del capítulo son las que nombran la cosa exacta: no «las redes» sino Instagram, no «una app» sino Grinder con e, no «la nube» sino Movistar Cloud y OneDrive, no «me escribió» sino «un audio». Lo genérico no duele. Lo concreto sí, porque es lo que de verdad tenemos en la mano a las dos de la mañana. Quien quiera escribir sobre el desamor de esta época puede empezar por abrir su propio móvil y mirar qué apps tiene en la primera pantalla. Ahí está la letra.
Y si se puede, que al menos alguien deje un «me gusta» en el aniversario.
Todas las citas de este post están en letras publicadas que se pueden leer en el archivo de letras. Las personas que aparecen en ellas son personajes.
Preguntas frecuentes
¿Qué canción habla de los estados vistos en WhatsApp?
«El segundo exacto», del primer álbum: «20 estados vistos en Whatsapp, mi novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex. / Ni un solo 'me gusta', ni tan solo un comentario».
¿Qué canciones hablan de Grindr?
«Buscando el polvo perfecto», que retrata los rechazos de la aplicación, «Mi novio de Albacete» y «Croquetas en el crucero». En las letras aparece escrita como «Grinder». «Mi novio de Albacete» también nombra la app Wapo.
¿De qué trata «El castigo más duro»?
De la ley del hielo de un narcisista: hacer creer al otro «que no vales nada / que ni vales ni un mensaje». También incluye la decisión de borrar siete años de fotos del iPhone, Google Fotos, Movistar Cloud y OneDrive.
Si una letra o este post te remueve algo, ¿a quién llamar?
En España, la línea 024 de atención a la conducta suicida es gratuita y funciona las 24 horas. En una emergencia, llama al 112.
¿Quién escribe estas letras?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Las letras son suyas, sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.