Planeta Gayfolk

Relaciones tóxicas

Crítica de estreno: «El narcisista», el musical que su propia letra promete hacer famoso

Por ·

Portada de «El Narcisista», canción de Mike Sain't Louis

«Y es que este musical se va a hacer famoso.»

No todas las canciones se atreven a hacerse su propia crítica. Esta sí, y a mitad de letra. Se llama a sí misma musical, se augura la fama y explica por qué: porque va a contar la verdad. Con esa promesa en el programa de mano, el planeta no tenía más remedio que ir al estreno. Platea, fila siete, libreta en la rodilla y caramelo de menta en el bolsillo para no toser en las partes tristes.

Esta es la crónica de esa noche. La obra se llama «El narcisista». Dura lo que dura una canción. Y tiene más dramaturgia de la que parece.

El cartel

En la puerta del teatro, el cartel. Uno lo imagina en la Gran Vía, entre el musical del rey león y el de la novicia de los Alpes, con letras rojas y una frase de la crítica debajo. La frase que el propio espectáculo elige como reclamo es su primer verso:

«El narcisista odia a quien le ama, / el narcisista nunca te ha querido ni amado.»

Es un arranque sin anestesia. Ni obertura instrumental ni presentación de personajes. Diagnóstico en la primera línea. Los grandes musicales empiezan con un número que te cuenta de qué va el mundo de la obra; este te lo cuenta en catorce palabras. El narcisista odia a quien le ama. Siéntese usted, que esto va en serio.

Y, sin embargo, el cartel tiene algo de verbena. La repetición de «el narcisista», dos veces seguidas, como quien anuncia al malo de la función desde un altavoz de feria. Pasen y vean. Aquí está el monstruo.

Reparto

Como en todo buen programa de mano, conviene repasar el reparto antes de que se apaguen las luces.

El narcisista. Protagonista sin aparecer nunca en escena. Se le nombra todo el rato, pero no habla ni una vez. En el teatro clásico a esto se le llama personaje ausente, como el Godot al que esperan los vagabundos de Beckett. Aquí no se le espera: se le describe.

El narrador. Habla en dos personas a la vez. A veces dice «tú» y a veces dice «yo». «Lo has intentado hasta con un lanzallamas», le dice al espectador. «Dejarme moribundo desnudo», dice de sí mismo. Es un truco escénico interesante: el protagonista se desdobla, se mira desde fuera y desde dentro, como quien se habla en el espejo del camerino antes de salir.

Los compañeros. Coro. Aparecen para escuchar la versión del narcisista y para sonreír mientras el otro se hunde. No tienen frase propia. Tienen gesto.

El psicólogo. Personaje mencionado. No sale, pero se le cita como prueba de cargo en el chisme del narcisista. Volveremos a él.

El karma. Personaje de segundo acto. Entra tarde, como las divas.

Primer acto: el número del hielo

El primer gran número es el estribillo, y es un acierto de producción. Toma un recurso de dibujos animados y lo planta en mitad de una tragedia doméstica:

«Lo has intentado hasta con un lanzallamas, / pero está frozeeeeeeeeen / su corazón está congelado.»

Lanzallamas. Para derretir un corazón. La exageración es de las que hacen reír en el patio de butacas, y la vocal alargada de «frozen» es pura comedia musical. Cualquiera en la sala piensa en la película de la princesa de hielo con la canción que hizo llorar a medio planeta en 2013. El planeta Gayfolk le roba la palabra y la pone en la boca de un señor que ha intentado de todo con su ex. Incluso maquinaria de bombero.

Lo que en la película era un poder mágico, aquí es un defecto de fábrica. La reina de hielo congelaba cosas sin querer y sufría por ello. El narcisista de esta obra no congela nada: está congelado él, y le da igual.

Como crítico, apunto una cosa en la libreta. El diario ya reseñó el lanzallamas en su nota sobre la batalla por contar la historia, y lo hizo bien. Pero en directo, con la repetición, el número gana otra capa. A la tercera vez que escuchas «frozen frozen frozen», ya no te ríes del lanzallamas. Te ríes de ti, que también lo intentaste con mechero.

La escenografía del lodo

Pasemos a la escenografía, que en esta obra es sencilla y brutal. Barro. Mucho barro. «Por dejarme moribundo desnudo mientras me ahogaba en el lodo».

Fotogramas del videoclip oficial de «El narcisista», de Mike Sain't Louis

Moribundo, desnudo, ahogándose, en el lodo. Cuatro condiciones en una sola línea. Si fuera una ópera, el tenor estaría tirado en el suelo del escenario cubierto de pintura marrón y la orquesta tocaría en tono menor. La imagen tiene algo de cuadro de Goya, de esos de las pinturas negras donde dos hombres se pelean hundidos en el fango hasta las rodillas.

Y luego, la segunda parte de la escena: «porque sonreíais mientras me hundía en el barro».

Sonreíais. Plural. Aquí entra el coro. El narcisista no es el único que mira cómo el otro se ahoga: hay un público. Los compañeros, los conocidos, quienes sean. Sonríen. La crueldad del espectáculo no está en el que empuja, está en los que miran y no hacen nada. En una sala de teatro, esta línea incomoda, porque el público también está mirando. Durante un segundo, el patio de butacas se convierte en el coro que sonríe.

Es un efecto de distanciamiento que no esperaba encontrar en una canción de pop alternativo. Lo apunto como lo mejor de la noche.

Vestuario: ninguno

Una crítica teatral seria siempre dedica un párrafo al vestuario. En esta obra, el diseñador lo tuvo fácil: el protagonista está desnudo. Lo dice la letra, «moribundo desnudo», y no es un detalle menor.

Desnudo, en la tradición del melodrama, significa indefenso. Sin armadura, sin traje de gala, sin la americana que te pones para que no se te note lo que te tiembla. Es la imagen de alguien a quien le han quitado todo, hasta la ropa, y lo han dejado en el barro delante de un público que sonríe. Si uno lo piensa, es la pesadilla de cualquier actor: salir a escena sin vestuario y sin texto.

Y, sin embargo, hay algo de reivindicación en esa desnudez. El planeta Gayfolk no tiene problema con los cuerpos al aire; su galería de cartelería está llena de torsos, tirantes y toallas de neón. Aquí la desnudez es otra cosa, claro: es la de la herida. Pero el narrador no se tapa. Se presenta así, embarrado, en la primera fila del escenario. Que lo vean. Que vean lo que le hicieron. Hay más valentía en esa desnudez que en todos los trajes de lentejuelas de la temporada.

Tú y yo en el mismo papel

Otra cosa que la crítica tiene que señalar, porque es lo más original del libreto, es la gramática. La letra salta de «tú» a «yo» sin avisar. «Lo has intentado hasta con un lanzallamas», le dice a alguien. «El narcisista nunca te vio como un artista», le dice a alguien. Y en medio, «por dejarme moribundo», «yo estoy desesperado». ¿A quién habla?

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «El narcisista odia a quien le ama, el narcisista nunca te ha querido ni amado.» de «El narcisista»

La lectura más sencilla es que el narrador se habla a sí mismo en segunda persona, como hace mucha gente cuando se da ánimos delante del espejo. «Venga, que tú puedes.» «Lo intentaste todo.» Es una manera de tomar distancia de lo que te ha pasado: contártelo como si le hubiera pasado a otro.

Pero hay otra lectura, más teatral, y es la que me quedo para esta crónica. El «tú» es el público. Es cualquiera que esté sentado en la platea y haya vivido algo parecido. La obra se dirige a la sala y le dice: tú también lo intentaste con un lanzallamas, a ti tampoco te creyó cuando dijiste que no podías más. Y de repente el espectador deja de ser espectador y pasa a ser personaje. El musical no solo cuenta la historia de su autor. Le presta el papel a quien lo necesite.

Esa es una de las razones por las que este tipo de canciones funcionan tan bien en el catálogo. No son diarios cerrados. Son trajes de función que se pueden alquilar.

El chisme del intermedio

Toda obra tiene una escena de pasillo. La de esta es un chisme de máquina de café:

«Y ya ha contado a sus compañeros que eres muy falso, / que no me hagan caso / que voy hasta a un psicólogo».

Esto es teatro costumbrista puro. El narcisista va por la oficina, o por el grupo de amigos, o por el bar de siempre, contando su versión. Que el otro es falso. Que no le hagan caso. Y la prueba definitiva, el argumento que cierra el chisme: que va al psicólogo.

Hay que pararse aquí, porque es de una mala leche finísima. Ir al psicólogo, que es lo más sensato que puede hacer alguien que ha salido mal de una relación, se convierte en el discurso del narcisista en una prueba de locura. «Ese va al psicólogo», dicho con media sonrisa, en voz baja, como quien revela que alguien tiene antecedentes. La letra lo pone en boca del villano y deja que el público saque sus conclusiones.

Cualquiera que haya pasado por ahí sabe que esta es una de las armas favoritas de este tipo de gente: convertir tu cuidado en tu estigma. Tú intentas arreglarte y él lo usa para desacreditarte. Es de manual. Y el planeta tiene su propio manual, del que hablaremos en otra crónica.

El giro: «pero no contaba con algo»

Y entonces, el giro dramático. Toda obra tiene uno y este llega anunciado como en los folletines: «pero no contaba con algo el narcisista vanidoso».

Vanidoso. Ese adjetivo es casi tierno al lado de lo que podría haber sido. El planeta insulta con creatividad cuando quiere, y aquí elige un adjetivo de catecismo, de los siete pecados capitales. La vanidad. Como si el narcisista fuera un personaje de auto sacramental, de esos que salían en los teatros del Siglo de Oro con un cartel colgado del cuello que decía su vicio.

¿Y con qué no contaba? Con el musical. Con esta canción. Con que el otro, el del psicólogo, el del lodo, iba a escribir. Que iba a coger todo aquello y convertirlo en un número con lanzallamas y vocales alargadas. Que la víctima tenía una herramienta que el villano no había previsto: un cuaderno.

Este es, me parece, el corazón de la obra, y por eso se llama a sí misma musical. No es vanidad del autor. Es la única venganza disponible para quien no tiene más poder que el de contar. El narcisista tenía el chisme de la máquina de café. El narrador tiene un escenario.

Segundo acto: entra el karma

Después del intermedio, la obra cambia de tono. Entra el personaje más esperado, y lo hace con una frase de abuela:

Collage con un detalle de la carátula de «El narcisista» y las carátulas de «Manual de escape de un narci», «En un musical gay», «El Descarte del Narcisista»

«¿Recuerdas lo que te dije sobre el karma? / Pues aquí lo tienes.»

«Pues aquí lo tienes.» Esa frase la ha dicho cualquier madre española al ver al niño caerse después de haberle avisado de que no corriera con los cordones desatados. Es la frase del «ya te lo dije» elevada a ley cósmica. El karma, en el planeta, no es una doctrina oriental con incienso y cuencos tibetanos. Es tu tía con los brazos cruzados en la puerta de la cocina.

El diario tiene una nota dedicada a karma y justicia emocional para quien quiera la versión ensayística. Aquí, en la crítica, basta con señalar que el karma entra en escena con la puntualidad de un actor que sabe que tiene la mejor frase. Ahora lo malo que has hecho se está volviendo contra ti, canalla.

Canalla. Otra palabra de folletín. Ni insulto moderno ni taco de barrio. Canalla, como en los melodramas de los años cuarenta, cuando la heroína abofeteaba al villano bajo la lluvia. Que el planeta elija ese registro en el segundo acto es un acierto: le da a la venganza un aire antiguo, de justicia de novela por entregas.

El terrorista

En el segundo acto hay otra línea que hay que subrayar, porque es la más rara y la más precisa del libreto: «El narcisista nunca te vio como un artista, / sino como un terrorista».

Rima pobre, artista y terrorista, de las que en un taller de escritura te tacharían en rojo. Y, sin embargo, funciona. Porque lo que dice es muy exacto. Para quien necesita controlar la versión de la historia, alguien que escribe es una amenaza. No un creador: un peligro. Alguien con un artefacto que puede estallar en cualquier momento. La canción es la bomba.

Quien conozca el resto del catálogo sabe que esta obsesión con la autoría, con quién tiene derecho a contar qué, recorre toda la trilogía. Hay canciones contra los haters que dicen que las letras son basura, hay canciones sobre la IA, hay canciones donde la escritura es la única tabla de salvación. «El narcisista» es una de las piezas centrales de esa línea.

El aria del «no puedo más»

Todo musical tiene su gran aria, el momento en el que el protagonista se planta en el centro del escenario, se le apaga todo menos un foco y suelta la nota larga. Aquí está:

«No voy a aguantar máaaaaaaaaaaas / No puedo máaaaaaaaaaaas».

Las vocales alargadas en el planeta son casi siempre cómicas. Esta no. O no del todo. La letra explica que el narcisista nunca creyó esa frase cuando se la dijeron. Es decir, que el «no puedo más» ya se dijo antes, en la vida real, y no sirvió. Ahora se repite en el escenario, con foco y con vocal estirada, para que esta vez alguien lo escuche.

Este es el momento de la noche en que la fila siete se quedó en silencio. Lo apunto en la libreta sin chiste.

Y apunto también otra cosa, por si alguien de la producción lee esta crónica. Esa nota larga no necesita orquesta. Funcionaría igual con un piano desafinado en un bar de Chueca a las dos de la mañana, con cuatro amigos borrachos en la barra y la camarera apagando las luces. Hay frases que no dependen del arreglo. Dependen de que alguien, alguna vez, las haya dicho de verdad y nadie le hiciera caso.

La verdad real

El final del segundo acto tiene una frase que podría ser el lema de todo el catálogo: «pero la verdad real / no esa versión de la historia que te has inventado».

Ficha de la canción «El narcisista» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La verdad real. Pleonasmo, dirían los puristas: si es verdad, ya es real. Pero cualquiera que haya salido de una relación con alguien que manipula sabe que el pleonasmo es necesario. Porque hay dos verdades circulando: la que se cuenta en la máquina de café y la que pasó. Y hace falta un adjetivo de más para distinguir la buena.

«Desesperado por que se haga famoso este musical / y salga a la luz toda la verdad.» Aquí la obra vuelve a hablar de sí misma, y ya no como broma. Quiere ser famosa no por el aplauso, sino por la verdad. Que se escuche lo bastante para tapar el chisme. Es una ambición rara para una canción de pop, y es exactamente la ambición que el planeta tiene desde el principio, tal como la describe su página de proceso creativo: componer como forma de pensar, de ordenar recuerdos y elaborar pérdidas.

Puesta en escena y música

Como en toda crítica, hay que hablar de la producción. La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, cosa que el proyecto declara abiertamente en la página del artista. El videoclip oficial está en la web, en su página de vídeo, y el diario le dedicó una entrada con una frase que resume la trama en dos líneas: primero te pone en un pedestal, luego te lo quita.

Musicalmente, la estructura es la de un número que vuelve una y otra vez a su estribillo, con el chiste del frozen repetido hasta que deja de ser chiste. La repetición final, tres estribillos seguidos, funciona como la ovación que no termina: el público ya se sabe la letra y la corea con los actores.

El lugar en la cartelera

Dentro de la temporada, que es el álbum «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», esta obra ocupa la pista 79 de 90. Se puede ver la programación completa en la página del álbum. Está en el tramo final, donde el disco ya ha soltado la mayor parte de su rabia y empieza a ordenar las cuentas. Unas pistas más allá llegan «El impostor», «Ni con un palo» y «Manual de escape de un narci». Es el último pasillo antes de la salida del teatro, y todo en él huele a ajuste de cuentas.

Si la temporada tuviera un musical hermano, sería «En un musical gay», que lleva la palabra en el título. Pero aquel es una fiesta y este es un juicio. Conviene no confundirlos en taquilla.

Taquilla

Valoración del crítico, que para eso hemos venido. Libreto: exagerado, con rimas de feria y una intuición dramática muy fina. Interpretación: la vocal alargada como recurso cómico y como grito, las dos cosas a la vez. Escenografía: lodo, hielo y un lanzallamas. Coro: inquietante. Villano: ausente, que es la mejor manera de que no pueda defenderse.

¿Se hará famoso este musical, como promete? La crítica no tiene bola de cristal. Lo que sí puede decir es que el propio acto de escribirlo ya es la victoria que la letra anuncia. El narcisista contaba con el chisme. No contaba con el escenario. Y el escenario ya está montado, con su foco y su cartel.

Para quien quiera entrada, está en Spotify y se descarga gratis desde su ficha. Para quien quiera los datos de la producción, el centro de prensa tiene fechas, discos y contacto.

Un último consejo de acomodador. Si vas con alguien que se parece demasiado al protagonista ausente, siéntate en el pasillo. Por si hay que salir antes del segundo acto.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se habla de un musical?

Porque la letra se llama así a sí misma: «Y es que este musical se va a hacer famoso». El narrador confía en que la canción saque a la luz «la verdad real» frente a la versión que ha contado el otro.

¿Qué significa el «frozen» del estribillo?

Es la imagen central de la canción: el corazón del narcisista «está congelado», y ni con un lanzallamas se derrite. La palabra en inglés se alarga en el estribillo hasta el chiste.

¿En qué disco está «El narcisista»?

En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primera parte de la trilogía GAYFOLK, como pista 79 de 90.

¿Es una canción autobiográfica?

La web de Mike Sain't Louis explica que muchas de sus letras son autobiográficas. La letra es suya; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.

Más notas

Apoyar en Ko-fi