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El robo de la Gioconda y el de las joyas de 2025: dos golpes al Louvre leídos con «Louvre»

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Fotograma del videoclip de «Louvre»: una figura con vestido negro de vuelo gira de noche delante de la pirámide de cristal del Louvre iluminada

El Louvre es el museo más visitado del mundo, y también uno de los más vigilados. Aun así, en poco más de un siglo le han robado su cuadro más famoso y una parte de las joyas de la corona de Francia. La primera vez, un operario salió por una escalera de servicio con una tabla de madera bajo la bata. La segunda, cuatro hombres aparcaron un montacargas junto al Sena, subieron hasta una ventana del primer piso y tardaron cuatro minutos en vaciar dos vitrinas. Entre un golpe y otro hay ciento catorce años, y muchas lecciones que el museo aprendió tarde.

«Louvre», la canción de Mike Sain't Louis, no habla de ladrones. Habla de entrar en ese mismo edificio con alas de mariposa y convertirlo en una pista de baile. El texto que Mike escribió para presentarla lo resume con una idea que, leída junto a esta historia, cobra un sentido nuevo: en su universo, el arte no se encierra; «se baila, se llora, se rompe y se comparte». El diario ya ha contado cómo se baila en los sitios donde nadie nos invitó y ha publicado unas notas de escucha. Esta entrada mira el museo desde su lado oscuro: el de las paredes vacías.

Un lunes de cierre en 1911

El lunes 21 de agosto de 1911 el Louvre estaba cerrado al público, como todos los lunes. Era un día de limpieza y mantenimiento, con operarios entrando y saliendo. Uno de ellos era Vincenzo Peruggia, un italiano de veintinueve años nacido en Dumenza, un pueblo de Lombardía, que vivía en el barrio italiano del décimo distrito de París.

Peruggia conocía el museo por dentro. Un año antes, tras una carta amenazante llegada desde Viena, la dirección había encargado a una empresa de cristalería, Cobier, que protegiera con vidrio una docena de sus cuadros más valiosos. El trabajo duró tres meses, y entre los operarios que montaron aquellas cajas estaba él. Sabía cómo se colgaban los cuadros, por dónde se movían los vigilantes y qué puertas daban a las escaleras de servicio.

Según la reconstrucción más citada, entró el domingo por la tarde y pasó la noche escondido en un pequeño almacén junto al Salón Carré, la sala de las grandes obras del Renacimiento. Algunas investigaciones sostienen que le acompañaban dos hermanos, Vincenzo y Michele Lancelotti; él siempre defendió que actuó solo. Por la mañana, con la bata blanca que llevaban los trabajadores del museo, descolgó un cuadro pequeño, lo sacó de su marco y de su caja de cristal en una escalera, lo escondió bajo la ropa y salió a la calle por una puerta lateral.

El cuadro era la Gioconda.

Veintiséis horas sin que nadie mirara la pared

Lo más sorprendente de aquel robo no es cómo se hizo, sino cuánto tardó alguien en darse cuenta. Pasaron unas veintiséis horas. El martes por la mañana el pintor Louis Béroud, que había ido a copiar el cuadro, encontró en la pared los cuatro ganchos de hierro vacíos. Al principio los guardias pensaron que se lo habrían llevado a fotografiar. Cuando quedó claro que no, el museo cerró una semana.

Hay que entender que en 1911 la Gioconda no era todavía la obra más famosa del mundo. Leonardo da Vinci la había pintado a principios del siglo XVI, y los críticos la consideraban una obra maestra desde mediados del XIX, pero el gran público no hacía cola delante de ella. La guía Baedeker de París de 1907 le dedicaba solo un par de frases, mucho menos espacio que a la Venus de Milo o a la Victoria de Samotracia. Y el museo estaba mal protegido: menos de ciento cincuenta vigilantes para un edificio enorme y cientos de miles de objetos. Antes de aquel verano ya habían desaparecido estatuillas sin que se armara un gran escándalo.

Con la Gioconda fue distinto. Cuando el Louvre anunció el robo, los periódicos de medio mundo lo llevaron a portada. En París se pegaron carteles con su imagen, se vendieron postales satíricas y se estrenaron números de cabaré sobre el asunto. Cuando el museo reabrió, miles de personas hicieron cola para mirar el hueco. Entre ellas, Franz Kafka y su amigo Max Brod, que estaban de visita en París y anotaron la impresión que les causaba aquella marca de la vergüenza en la pared. Fue, probablemente, la primera vez que la gente hizo cola para ver una obra de arte que no estaba.

El poeta en la cárcel y el pintor en el despacho del juez

La investigación fue un desastre. La policía interrogó a todos los empleados del museo, incluido Peruggia, que dijo que se había enterado por los periódicos y que aquel lunes había llegado tarde a trabajar porque se había quedado dormido después de beber demasiado. Le creyeron. El cuadro estaba a pocos metros, en el doble fondo de un baúl de madera en su habitación.

Fotogramas del videoclip oficial de «Louvre», de Mike Sain't Louis

En cambio, la sospecha cayó sobre la vanguardia artística. Un conocido del poeta Guillaume Apollinaire, el belga Géry Pieret, había robado años antes unas pequeñas esculturas ibéricas del Louvre, y algunas habían acabado en el estudio de Pablo Picasso. Cuando Pieret alardeó del asunto en un periódico tras el robo de la Gioconda, la policía tiró del hilo. Apollinaire fue detenido el 7 de septiembre de 1911 y pasó unos días en la prisión de la Santé. Picasso fue llamado a declarar ante el juez. Ninguno de los dos tenía nada que ver con el cuadro, y los dos quedaron libres, pero el episodio les marcó durante años. Es una paradoja muy de la época: las autoridades buscaron al ladrón entre los artistas raros que querían romper con el arte de los museos, y no en el operario que había montado sus vitrinas.

Florencia, diciembre de 1913

Peruggia guardó el cuadro más de dos años. En diciembre de 1913, cuando el revuelo se había calmado, viajó en tren a Florencia con el baúl y escribió a un marchante, Alfredo Geri, ofreciéndole la obra. Geri quedó con él, llevó consigo al director de la Galería de los Uffizi, Giovanni Poggi, y comprobaron que la pintura era auténtica. Después avisaron a la policía, que detuvo a Peruggia en su hotel.

En el juicio, celebrado en Florencia en 1914, Peruggia sostuvo que había querido devolver a Italia una obra que, según él, Napoleón se había llevado. Era falso: Leonardo llevó el cuadro consigo a Francia y allí lo adquirió el rey Francisco I, siglos antes de Napoleón. Pero el argumento patriótico le valió simpatías en Italia, y la condena fue corta; acabó pasando unos meses en prisión. Antes de volver a París, la Gioconda se expuso en Florencia, Roma y Milán, entre multitudes. Cuando regresó al Louvre, en enero de 1914, más de cien mil personas fueron a verla en los dos primeros días.

El robo había hecho lo que no habían conseguido cuatro siglos de crítica: convertir un retrato pequeño en el cuadro más famoso del planeta. Hoy lo miran millones de personas al año, detrás de un cristal blindado, en una sala que parece diseñada para que nadie pueda tocarlo nunca más.

La sonrisa que todos quieren leer

Como el cuadro desapareció durante más de dos años, también se llenó de teorías. Se dijo que el Louvre lo había estropeado en una restauración y se había inventado el robo; se dijo que Peruggia era solo la cabeza de turco de una banda internacional que vendió copias a coleccionistas ingenuos. Ninguna de esas historias tiene pruebas. Pero ilustran algo que la Gioconda tiene desde entonces: es una pantalla en la que todo el mundo proyecta lo que quiere.

Collage con un detalle de la carátula de «Louvre» y las carátulas de «Paris Restera Gris», «Carla Bruni», «Ya no nos gusta La Oreja de Van Gogh»

El planeta también tiene sus lecturas. Leonardo da Vinci fue denunciado de forma anónima en Florencia en 1476, con veinticuatro años, junto a otros jóvenes, por mantener relaciones con un muchacho; la acusación de sodomía se archivó por falta de pruebas. Nunca se casó, y vivió durante décadas rodeado de sus discípulos. Los historiadores discuten con prudencia qué se puede afirmar sobre su vida afectiva, y conviene respetar esa prudencia. Lo que sí es seguro es que, en el siglo XX, la Gioconda se convirtió en un juguete para quienes querían jugar con el género y con la solemnidad. Marcel Duchamp, que por aquellos años se inventó un alter ego femenino llamado Rrose Sélavy, le pintó bigote y perilla en 1919 y la tituló con un juego de letras que, leído en francés, es una broma subida de tono. Andy Warhol la multiplicó en serigrafías en 1963, como si fuera una lata de sopa o una estrella de cine. Cada generación le ha dado la vuelta a esa sonrisa.

Detrás del cristal

Después del robo, el museo empezó a proteger la Gioconda como a ningún otro cuadro, y los incidentes posteriores le dieron la razón. En 1956 un visitante le lanzó una piedra que rompió el cristal y arrancó una pequeñísima mota de pintura cerca del codo izquierdo, que todavía hoy se puede ver si uno se acerca mucho a una buena reproducción. Fue la única vez que un ataque le dejó una marca. A partir de entonces se colocó tras un vidrio cada vez más grueso, y ese cristal la salvó en los episodios siguientes: un aerosol de pintura roja durante su exposición en Tokio en 1974, una taza de té lanzada por una visitante en 2009, una tarta aplastada contra la vitrina en 2022 por un hombre que había llegado en silla de ruedas y con peluca, y la sopa que le arrojaron dos activistas climáticas en enero de 2024.

Hoy el cuadro vive en una caja climatizada con cristal antibalas, en la sala de los Estados, delante de una barrera que mantiene al público a varios metros. Es la obra más protegida del museo, y también la más incómoda de ver: la gente hace cola durante largo rato para pasar delante unos segundos. Por eso el plan de reforma anunciado por el presidente Macron en enero de 2025 prevé darle una sala propia, con un acceso separado, para que deje de colapsar el resto del edificio.

La ironía es evidente. El robo de 1911 se produjo porque nadie miraba la Gioconda. Un siglo después, el problema es que la miran tanto que casi no se puede ver.

Un cuadro que no volvió

El Louvre aprendió mucho de 1911, pero no lo suficiente. En mayo de 1998, a plena luz del día, alguien descolgó de una sala un pequeño paisaje de Camille Corot, «El camino de Sèvres», y se lo llevó cortado de su marco. Nunca ha aparecido. Aquel robo obligó a revisar a fondo la seguridad del museo. Durante unos años pareció que funcionaba.

Domingo, 19 de octubre de 2025

El domingo 19 de octubre de 2025, poco después de que el museo abriera sus puertas a las nueve de la mañana, un camión con una plataforma elevadora aparcó junto a la fachada que da al Sena. Cuatro hombres vestidos de operarios, con chalecos reflectantes, desplegaron la escalera mecánica hasta un balcón del primer piso. Dos de ellos subieron, cortaron la ventana con una radial y entraron en la galería de Apolo, la sala dorada donde se guardan los restos de las joyas de la corona francesa.

Amenazaron a los vigilantes, que desalojaron la sala siguiendo el protocolo, cortaron el cristal de dos vitrinas y cogieron ocho piezas del siglo XIX: una diadema y un broche de la emperatriz Eugenia, esposa de Napoleón III; un collar y unos pendientes de esmeraldas de la emperatriz María Luisa; una diadema, un collar y un pendiente del aderezo de zafiros de las reinas María Amelia y Hortensia; y el llamado broche relicario. Según la policía, estuvieron dentro unos cuatro minutos. A las 9:38 huían en dos motos. Intentaron quemar el camión, pero un empleado del museo lo impidió.

En la huida se les cayó la corona de la emperatriz Eugenia, que apareció dañada cerca del museo. El resto del botín, valorado en unos 88 millones de euros, desapareció. No hubo heridos. El museo cerró ese día y los siguientes, y devolvió el importe de las entradas.

Una humillación nacional

La reacción en Francia fue de escándalo. El presidente Emmanuel Macron habló de un ataque a la historia del país, y políticos de todos los partidos hablaron de humillación. Pronto se supo que una parte de las salas de esa zona no tenía cámaras, que el museo llevaba años pidiendo dinero para renovar instalaciones envejecidas y que el propio Macron había anunciado ese mismo año un plan de reforma del Louvre de entre setecientos y ochocientos millones de euros, con refuerzo de la seguridad incluido.

Collage con un detalle de la carátula de «Louvre» y las carátulas de «Sunset Boulevard», «La de la Capilla Sixtina», «Boys from the Village»

Los investigadores detuvieron a los cuatro sospechosos principales en los diez días siguientes. Todos vivían en Aubervilliers, al norte de París, donde se perdió la pista de las joyas en las imágenes de una cámara de un trastero. Un año después, en octubre de 2026, los cuatro seguían en prisión a la espera de juicio, pero las joyas no habían aparecido. Los expertos en recuperación de arte temen que se hayan desmontado, que los diamantes se hayan vuelto a tallar y que el oro se haya fundido, porque una pieza tan conocida es imposible de vender entera. Siguen registradas en la base de datos de Interpol de obras robadas, y los especialistas recuerdan que a veces una pieza tarda décadas en volver.

Cómo se busca una obra robada

Cuando desaparece una obra de arte, la búsqueda no depende solo de la policía del país. Interpol mantiene una base de datos de obras robadas, con fotografías y descripciones, que pueden consultar policías, aduanas, casas de subastas y coleccionistas de todo el mundo, y en la que siguen apareciendo las joyas de la galería de Apolo. Italia creó en 1969 una unidad de los Carabinieri dedicada en exclusiva a proteger el patrimonio cultural, la primera de su tipo, y otros países la imitaron después. Existen además registros privados, como el británico Art Loss Register, que las casas de subastas consultan antes de vender una pieza.

El problema es que una obra muy famosa es, al mismo tiempo, muy fácil de reconocer y muy difícil de vender. Nadie puede colgar en su salón una Gioconda robada sin que se sepa. Por eso, según los expertos, muchas obras robadas no acaban en la mansión de un coleccionista secreto, como en las películas, sino en circuitos ilegales donde se usan como moneda de cambio o como garantía entre delincuentes. Y por eso las joyas son un botín más peligroso para el patrimonio que los cuadros: se pueden desmontar, y lo que se desmonta deja de ser reconocible.

A veces, sin embargo, hay finales felices. Los especialistas recuerdan el caso de la Bóveda Verde de Dresde, en Alemania, asaltada en 2019, donde la policía consiguió recuperar después una gran parte de las joyas. Y la propia Gioconda tardó más de dos años en volver. Por eso, aunque el tiempo juega en contra, los investigadores del Louvre siguen hablando de recuperar las piezas, no de darlas por perdidas.

Lo que se roba cuando se roba arte

Entre 1911 y 2025 cambió casi todo: la tecnología, el turismo, la seguridad. Pero los dos golpes comparten algo. En los dos casos, los ladrones no entraron por la puerta de los visitantes. Entraron por donde entran los que trabajan: la escalera de servicio, la bata blanca, el chaleco reflectante, el camión de obras. El museo vigilaba a quien venía a mirar, y se olvidó de quien venía a arreglar.

Ficha de la canción «Louvre» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Y en los dos casos el robo cambió el valor de lo robado. La Gioconda se volvió icono por haber desaparecido. Las joyas de la galería de Apolo, que muchos visitantes pasaban de largo camino de la Gioconda, ocuparon durante semanas los telediarios de todo el mundo. Lo que nadie miraba se volvió de repente lo más mirado.

Hay una diferencia importante, eso sí. La Gioconda volvió entera, y hoy la ven millones de personas. Las joyas, si se han desmontado, no volverán nunca tal como eran. Un cuadro robado puede regresar a la pared. Un diamante tallado de nuevo es otra piedra. Por eso los museos insisten tanto en que el arte robado no se pierde solo para un país, sino para todo el mundo.

A quién pertenece un museo

La canción de Mike se coloca en un lugar curioso de esta historia. No roba nada. Lo que hace es ocupar el museo de otra manera: entrar en el templo del arte con alas de mariposa y bailar donde se supone que hay que guardar silencio. En el videoclip oficial, que puede verse en la página del vídeo, hay figuras con vestidos de vuelo girando de noche delante de la pirámide de cristal, una bailarina de rojo, salas llenas de espejos y luces, dos hombres que se dan la mano frente al palacio. Mike explica que no está grabado en París, aunque lo parezca, porque el Louvre ahí funciona como símbolo.

Ese símbolo es el del arte como algo que pertenece a todo el mundo, también a quienes durante siglos no salían en los cuadros, o salían escondidos. Los dos robos del Louvre muestran el reverso: la tentación de llevarse el arte a un sitio privado, a un baúl o a un taller de joyería clandestino, donde ya nadie lo verá. Frente a eso, la canción propone justo lo contrario: entrar, mirar, bailar y compartir. Un museo no se protege solo con cristales blindados. También se protege haciendo que la gente sienta que ese lugar es suyo.

Para quien siempre ha sentido que en ciertos sitios no le esperaban, esa idea tiene algo de reparación. Los museos fueron durante mucho tiempo lugares donde el deseo entre personas del mismo sexo aparecía disfrazado de mito, de alegoría o de amistad. Entrar en ellos con alas, como propone «Louvre», es reclamar el derecho a mirar esas obras sin pedir permiso.

París en el catálogo

París aparece varias veces en el planeta de Mike. El diario repasa ese mapa en París y el Louvre. Está «París restera gris», sobre el viaje que nunca se hizo, que el diario lee como el viaje que no hicimos, y está «Carla Bruni», con su postal en sepia junto al Sena. Y hay un guiño a la pintura en «Ya no nos gusta La Oreja de Van Gogh», que toma el nombre de un grupo que a su vez lo tomó de un pintor. Todas comparten una manera de mirar las ciudades y los museos: con admiración, con ironía, y sin pedir perdón por estar allí.

Notas para escucharla

«Louvre» forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el disco de la trilogía GAYFOLK dedicado a los lugares, reales e imaginados. Se puede escuchar en Spotify. La información sobre su autor, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y sobre el resto de sus discos está en la página de prensa.

Una propuesta para escucharla: la próxima vez que entres en un museo, cualquier museo, busca una pared vacía o una vitrina con un cartelito de «obra en préstamo». Piensa en el hueco de la Gioconda en 1911, en Kafka mirando los cuatro ganchos, en la vitrina rota de la galería de Apolo. Y luego ponte la canción en los cascos y recorre la sala despacio, como si fuera tuya. Porque, en cierto modo, lo es.

Preguntas frecuentes

¿Quién robó la Gioconda?

La robó Vincenzo Peruggia, un operario italiano que había trabajado en el museo para la empresa de cristalería encargada de proteger con vidrio algunas obras. Se la llevó el lunes 21 de agosto de 1911, día de cierre, escondida bajo la ropa. La guardó en su habitación de París durante más de dos años y fue detenido en Florencia en diciembre de 1913, cuando intentó venderla.

¿Es verdad que detuvieron a Picasso por el robo de la Gioconda?

La policía detuvo al poeta Guillaume Apollinaire en septiembre de 1911 e interrogó a Pablo Picasso, porque un conocido de ambos había robado pequeñas esculturas del Louvre años antes. Los dos eran inocentes del robo del cuadro y quedaron libres.

¿Qué se robó en el Louvre en octubre de 2025?

El 19 de octubre de 2025 cuatro hombres disfrazados de operarios entraron en la galería de Apolo por una ventana, usando un montacargas, y se llevaron ocho joyas del siglo XIX de las coronas francesas, valoradas en unos 88 millones de euros. La corona de la emperatriz Eugenia se les cayó en la huida y se recuperó dañada.

¿Se han recuperado las joyas del Louvre?

Un año después, en octubre de 2026, los cuatro principales sospechosos estaban en prisión a la espera de juicio, pero las siete joyas restantes seguían sin aparecer y figuraban en la base de datos de obras robadas de Interpol.

¿De qué trata «Louvre»?

Es una canción de Mike Sain't Louis del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». Su videoclip imagina entrar en un museo solemne con alas de mariposa y convertirlo en pista de baile, como símbolo de un arte que no se encierra.

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