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Enseñar los dientes: Darwin, los macacos y la evolución de la sonrisa, leídos con «Dientes, dientes»

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Fotograma del videoclip de «Dientes, dientes»: un hombre con guantes de boxeo avanza entre una nube de humo con los colores del arcoíris

Hay un gesto que en casi todo el reino animal significa «aléjate» y que en los humanos significa «hola». Consiste en retraer los labios y dejar a la vista los dientes. Un lobo lo hace antes de morder. Una persona lo hace al entrar en una fiesta.

«Dientes, dientes» vive exactamente en esa contradicción. La canción convierte la sonrisa en un arma defensiva contra la envidia, y su estribillo lo dice con una economía de palabras que ya es marca de la casa:

Dientes, dientes, que es lo que les jode

Dientes, dientes, que es lo que les duele

Este diario ya ha leído la canción como una sonrisa que hace de escudo y ha repasado el origen de la frase en la crónica social española. Esta entrada se pregunta otra cosa, más vieja que cualquier revista del corazón: por qué enseñar los dientes puede ser a la vez una amenaza y una tregua. La respuesta pasa por Darwin, por un primatólogo holandés, por los macacos de rango bajo y por los bebés de seis semanas. Y acaba, como casi todo en el planeta, en una pista de baile.

Un libro con fotografías de caras

En 1872, trece años después de «El origen de las especies», Charles Darwin publicó un libro que hoy se lee menos pero que fue igual de atrevido: «La expresión de las emociones en el hombre y en los animales». Su tesis era sencilla y escandalosa para la época. Las caras que ponemos al sentir miedo, rabia, asco o alegría no son un invento exclusivamente humano. Tienen una historia, y esa historia la compartimos con otros animales.

Para defenderlo, Darwin reunió observaciones de perros, gatos, monos, caballos y niños, incluidos sus propios hijos. Envió cuestionarios a misioneros y viajeros de todo el mundo preguntando si los pueblos que conocían fruncían el ceño o se sonrojaban como los ingleses. Y usó algo muy novedoso para un libro científico: fotografías.

Algunas de esas imágenes procedían del médico francés Guillaume Duchenne, que en los años sesenta del siglo XIX había aplicado pequeñas descargas eléctricas a los músculos de la cara de sus pacientes para ver qué expresión producía cada uno. Darwin hizo con ellas un pequeño experimento casero: enseñó varias fotografías a sus invitados, sin decirles nada, y anotó qué emoción creían ver en cada una. Es uno de los primeros estudios de reconocimiento de expresiones de la historia.

Duchenne es famoso, sobre todo, por haber distinguido la sonrisa que arruga los ojos de la que se queda en la boca, una diferencia que este diario ha comentado a propósito de «Extravaganza» y su sonrisa falsa. Aquí interesa más lo que Darwin hizo con los dientes.

El colmillo del desprecio

En uno de los capítulos del libro, Darwin describe un gesto que todo el mundo reconoce aunque no sepa nombrarlo: esa mueca de desdén en la que el labio superior se levanta solo por un lado de la boca. Y se fija en un detalle muy concreto. Al hacerlo, dice, queda a la vista el colmillo de ese lado, como si la persona estuviera enseñándole el diente a aquel a quien desprecia.

Para Darwin, ese gesto era un resto. Una huella de los tiempos en que nuestros antepasados enseñaban los colmillos de verdad antes de pelear, como hacen todavía los perros o los lobos. El cuerpo conservaría el movimiento aunque ya no tengamos caninos dignos de ese nombre, igual que conservamos el escalofrío o la piel de gallina.

Ahí está el primer sentido de enseñar los dientes: la advertencia. «Mira lo que tengo». En los mamíferos carnívoros, el gesto suele ir con el labio levantado hacia arriba, la nariz arrugada y el cuerpo tenso. Es un aviso para evitar la pelea, porque pelear sale caro incluso para el que gana.

La mueca del que no quiere pelea

El segundo sentido lo describió con detalle, un siglo después, el primatólogo holandés Jan van Hooff. En 1972 publicó un estudio comparativo sobre las expresiones faciales de distintos primates en el que proponía algo que hoy se enseña en las facultades: la sonrisa y la risa humanas no tienen un único origen, sino dos.

Fotogramas del videoclip oficial de «Dientes, dientes», de Mike Sain't Louis

Por un lado está una expresión que los especialistas llaman mueca de dientes descubiertos en silencio. El animal retrae las comisuras de los labios hacia atrás, enseña los dientes apretados y no emite ningún sonido. En muchas especies de macacos es, sobre todo, un gesto de los individuos de rango bajo hacia los de rango alto. Viene a decir: «No voy a atacarte, no soy una amenaza, tranquilo». Es una señal de apaciguamiento, casi una disculpa preventiva.

Por otro lado está la cara de juego: la boca abierta y relajada, a veces con una especie de jadeo rítmico, que los primates jóvenes ponen cuando juegan a pelearse. Esa expresión significa «esto es de broma», y según van Hooff sería el origen de la risa.

En algunas especies más tolerantes y en los chimpancés, la mueca de dientes descubiertos ha ido ganando además otros usos: reconciliarse después de un conflicto, tranquilizar a otro, reforzar una amistad. Es decir, ha pasado de significar solo «me rindo» a significar también «estamos bien». Y en los humanos, esa evolución habría llegado hasta el final: la sonrisa se ha convertido en el saludo universal.

Lo fascinante de la teoría es que explica por qué la sonrisa humana tiene algo de ambiguo. Puede ser cálida, pero también nerviosa, servil o tensa. Sonreímos cuando estamos contentos, pero también cuando tenemos miedo de molestar, cuando nos regañan, cuando no sabemos qué decir. Esa sonrisa incómoda que se escapa en el peor momento sería, en el fondo, la vieja mueca del macaco que intenta evitar el mordisco.

Los músculos de una tregua

Vista de cerca, una sonrisa es un pequeño trabajo de ingeniería. El músculo principal se llama cigomático mayor: nace en el pómulo y se engancha en la comisura de los labios, de modo que al contraerse tira de ella hacia arriba y hacia fuera. Junto a él trabaja el risorio, cuyo nombre viene precisamente del latín que designa la risa, y que estira la boca hacia los lados. Cuando la sonrisa es amplia, los labios se separan y aparecen los dientes de arriba, a veces también los de abajo.

Si a eso se suma el músculo que rodea el ojo, el que forma las patas de gallo, la sonrisa se vuelve de las que parecen sinceras. Si no, se queda en la boca. Pero en ambos casos el movimiento básico es el mismo que el de la mueca del macaco: comisuras hacia atrás, dientes a la vista, sin sonido. Lo que cambia es todo lo demás: la mirada, el contexto, la historia entre las dos personas.

Y esto tiene una consecuencia muy práctica. Una sonrisa se puede hacer a voluntad. No hace falta sentir nada para ponerla, igual que no hace falta tener frío para tiritar a propósito. Esa es la puerta que abre la canción: si la sonrisa se puede fabricar, también se puede usar como herramienta.

Dos gestos, una canción

Con estas dos ideas en la cabeza, el estribillo de Mike se lee de otra manera. «Dientes, dientes» no es una sonrisa de apaciguamiento. No pide perdón ni intenta calmar a nadie. Pero tampoco es un gruñido. Es algo intermedio, muy humano y muy calculado: una sonrisa que se ofrece precisamente porque se sabe que va a molestar.

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «Dientes, dientes, que es lo que les duele» de «Dientes, dientes»

Dientes, dientes, así su rabia muere

Dientes, dientes, así su odio no muerde

El último verso es especialmente bonito si se piensa en todo lo anterior. El odio del otro queda convertido en un animal que intenta morder, y la sonrisa propia es lo que lo desarma. No se le enseña el colmillo, se le enseña la sonrisa entera, y con eso basta. Es la estrategia del macaco listo: no pelear, pero tampoco agachar la cabeza.

La canción juega además con una paradoja que la biología explica bien. Si sonreír es, en origen, decir «no soy una amenaza», sonreír a quien te envidia es negarle lo que busca. El envidioso quiere ver daño, quiere ver que ha hecho mella. La sonrisa le dice lo contrario. Por eso le duele.

Las caras que entiende todo el mundo

Darwin estaba convencido de que las expresiones básicas eran universales, comunes a todos los pueblos. Durante buena parte del siglo XX, sin embargo, muchos antropólogos sostuvieron lo contrario: que cada cultura aprendía sus propias caras, igual que aprende su idioma.

El psicólogo estadounidense Paul Ekman se propuso comprobarlo. A finales de los años sesenta viajó a las tierras altas de Papúa Nueva Guinea para trabajar con los fore, una comunidad que entonces tenía muy poco contacto con la cultura occidental, sin cine ni revistas. Les contaba pequeñas historias, como la de alguien que se encuentra con un amigo o la de alguien cuyo hijo ha muerto, y les pedía que eligieran la fotografía de la cara que correspondía. En 1971 publicó, con Wallace Friesen, los resultados: los fore reconocían la alegría, la tristeza o la rabia en caras de desconocidos con una coincidencia muy alta.

Desde entonces el debate ha seguido, y hoy muchos investigadores matizan esa universalidad y subrayan cuánto influyen el contexto y la cultura en cómo leemos una cara. Pero la sonrisa sigue siendo, de todas las expresiones, la que mejor se reconoce en casi cualquier parte. Es probablemente la primera palabra del idioma humano que no necesita traducción.

La primera sonrisa

Hay una prueba todavía más íntima de que la sonrisa viene de serie. Los recién nacidos sonríen a veces mientras duermen, con una sonrisa refleja que no va dirigida a nadie. Hacia las seis semanas aparece otra distinta, la que los pediatras llaman sonrisa social: el bebé mira una cara y sonríe en respuesta. Es uno de los primeros grandes hitos del desarrollo, y aparece también en bebés ciegos de nacimiento, que nunca han visto sonreír a nadie.

Esa sonrisa temprana tiene una función evidente. Un bebé humano depende por completo de los adultos durante años, y la sonrisa es una de sus pocas herramientas para conseguir atención y cuidado. Funciona como un premio para quien lo cuida. Es, otra vez, una señal de vínculo, la heredera más tierna de la mueca que apacigua.

Lo que la canción hace es usar esa misma herramienta en sentido contrario. No sonríe para que la quieran, sino para que la dejen en paz.

Oro, plata, fénix y rata

La letra de «Dientes, dientes» es muy breve, pero en sus primeros versos monta toda una jerarquía, casi un ranking de corral. Primero el podio: el que habla se queda con la medalla de oro y al otro no le alcanza ni para el segundo puesto. Después, el bestiario: de un lado un pájaro mitológico, del otro un roedor de alcantarilla.

Collage con un detalle de la carátula de «Dientes, dientes» y las carátulas de «Extravaganza», «Tattoo de Fénix», «Hipócritas»

Es curioso, porque eso también es muy de primates. Buena parte de las expresiones que estudiaba van Hooff tenían que ver con el rango: quién sonríe a quién, quién aparta la mirada, quién se acerca primero. La envidia, en ese sentido, es una emoción de jerarquía. Se envidia al que se percibe por encima.

La canción le da la vuelta al esquema. El que habla se coloca arriba, en el oro y en el fénix, el pájaro mitológico que renace de sus cenizas y que tiene su propia canción en el planeta, «Tattoo de Fénix», leída en este diario como un renacer en la pista de baile. Y al envidioso le toca la rata, el animal que en el imaginario popular vive escondido, mira desde abajo y muerde a traición.

El escándalo de enseñar los dientes

Hoy parece imposible imaginar una foto de grupo sin dientes a la vista, pero durante siglos sonreír abiertamente en un retrato se consideró de mal gusto. En la pintura europea, los personajes que enseñan los dientes suelen ser campesinos borrachos, locos, niños o figuras cómicas. La gente respetable posaba con la boca cerrada, y la buena educación aconsejaba no abrirla demasiado en público.

Por eso causó tanto revuelo un autorretrato que la pintora francesa Élisabeth Vigée Le Brun presentó en el Salón de París de 1787, en el que aparece abrazada a su hija con una sonrisa suave que deja ver un poco los dientes. Algunos críticos de la época lo encontraron afectado e impropio de una dama. El historiador británico Colin Jones dedicó un libro entero a ese momento, en el que sostiene que en el París del siglo XVIII hubo una auténtica revolución de la sonrisa, ligada a la nueva sensibilidad y también a los avances de la odontología, y que después se apagó durante décadas.

La fotografía tardó en recuperar la sonrisa. En los primeros retratos, los tiempos de exposición eran largos y mantener una sonrisa inmóvil resultaba difícil, pero además pesaba la costumbre: un retrato era algo solemne. La sonrisa obligatoria para la cámara, esa que hoy se pide con una palabra que obliga a estirar la boca, se generalizó ya bien entrado el siglo XX, con las cámaras de aficionado y la publicidad.

Visto así, «Dientes, dientes» recoge una tradición muy moderna. La sonrisa como imagen pública, la que se ofrece al objetivo aunque por dentro se esté librando una batalla, es un invento reciente. Y la frase que la canción toma prestada nació justamente delante de las cámaras.

Debería ponerte en tratamiento

La segunda estrofa cambia de tono y aporta un diagnóstico seco, de los que tanto le gustan a Mike:

Debería ponerte en tratamiento

El verso siguiente remata la idea imaginando lo agotador que debe ser vivir así, pendiente de lo ajeno. Hay mucha verdad en esa ironía. Los psicólogos que han estudiado la envidia la describen como una emoción dolorosa para quien la siente, una mezcla de inferioridad, resentimiento y deseo de que el otro pierda lo que tiene. No es un placer. Es un malestar que busca alivio, y a veces lo busca en el daño ajeno.

Y luego llega el verso que convierte la canción en algo más que una pullita:

Me controlas cada movimiento

Ahí la envidia deja de ser un sentimiento y se vuelve conducta: vigilancia, control, seguimiento. Mike perdió veinte años de su vida en dos relaciones con parejas narcisistas que, cuando quedaron al descubierto, pusieron a su gente en su contra. Sus canciones fueron la forma que encontró de contar su versión, y la visibilidad del abuso narcisista se ha convertido en una de sus causas. Sin necesidad de poner nombres, este verso suena a esa experiencia: sentirse observado, medido, juzgado en cada paso.

Frente a eso, la respuesta de la canción es casi una técnica:

¡Don’t Worry! Este es el procedimiento

El procedimiento es sonreír. No dar explicaciones, no entrar al trapo, no dejar que se note la herida. En psicología se habla a veces de no alimentar la reacción, de no ofrecer al que provoca el drama que espera. Es lo que hace el estribillo.

Cuando la sonrisa se convierte en obligación

Conviene, sin embargo, separar dos cosas. Una es la sonrisa que se elige como respuesta en un momento concreto, como la de la canción. Otra es la sonrisa que se mantiene siempre, por miedo, para que nadie note nada. La primera puede ser una forma de dignidad. La segunda puede acabar siendo una cárcel.

Ficha de la canción «Dientes, dientes» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La propia mueca del macaco lo explica. En origen, enseñar los dientes así es un gesto de quien se siente vulnerable y quiere evitar el golpe. Cuando alguien sonríe todo el tiempo para no molestar, para no provocar, para que el otro no se enfade, puede que esté haciendo exactamente eso: apaciguar a quien tiene poder sobre él. Muchas personas que han vivido relaciones de control reconocen esa sonrisa aprendida, la que se pone por defecto aunque por dentro todo duela.

Si te reconoces ahí, si sientes que llevas mucho tiempo fingiendo que estás bien, merece la pena contarlo a alguien de confianza o a un profesional. En España, el 024 atiende cualquier malestar emocional, de forma gratuita y a cualquier hora. Y si hay peligro inmediato, el 112.

Una sonrisa contra la careta

En el planeta de Mike hay muchas sonrisas, y casi ninguna es inocente. En «Extravaganza», la sonrisa es la de la otra, la falsa, la que tapa una careta, como recoge la lectura de la careta que se cae sola. En «Hipócritas», el videoclip va dirigido a quienes esconden lo que son detrás de una sonrisa. En «Dientes, dientes», la sonrisa es la propia y es de verdad, aunque se use como arma.

Es una diferencia importante. La sonrisa falsa de los otros intenta engañar. La sonrisa de la canción no engaña a nadie: todo el mundo sabe lo que significa. Es más bien una declaración pública. «Sé lo que haces y no me afecta», o por lo menos, «esto no lo vas a ver en mi cara».

En el videoclip oficial esa idea tiene forma física. Hay cuerpos que salen de nubes de humo rosa entre montañas y un hombre con guantes de boxeo que avanza entre humo de todos los colores del arcoíris. Es la imagen perfecta de la canción: alguien preparado para pelear que, en lugar de golpear, decide brillar.

Notas para escucharla

«Dientes, dientes» forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK, el mismo en el que están «Extravaganza» y «Tattoo de Fénix». Se puede escuchar en Spotify. La información sobre los discos y sobre su autor, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, está en la página de prensa.

Una propuesta para escucharla: justo antes de entrar en un sitio donde sabes que te van a mirar mal. Una boda con familia complicada, una reunión de trabajo tensa, una cena con alguien que nunca se alegra de lo tuyo. Ponla en el ascensor o en el portal, repite el estribillo por dentro y entra con la cara que te dé la gana. Darwin lo habría anotado en su cuaderno. Van Hooff lo habría reconocido enseguida: es la vieja mueca de los primates, pero esta vez sin miedo.

Preguntas frecuentes

¿De dónde viene la sonrisa humana?

La hipótesis más aceptada, formulada por el primatólogo Jan van Hooff en 1972, es que la sonrisa procede de una expresión de los primates llamada mueca de dientes descubiertos en silencio, que en muchas especies sirve para apaciguar y mostrar que no se tiene intención de atacar. La risa, en cambio, vendría de otra expresión distinta, la cara de juego con la boca abierta y relajada.

¿Enseñar los dientes es una amenaza?

Depende de cómo se enseñen. En muchos mamíferos, levantar el labio para mostrar los colmillos es una advertencia. Retraer los labios hacia atrás, con los dientes juntos, es en cambio una señal de sumisión o de calma en muchos primates. La sonrisa humana se parece mucho más a la segunda.

¿Qué dijo Darwin sobre la sonrisa?

En «La expresión de las emociones en el hombre y en los animales», de 1872, Darwin defendió que las expresiones faciales tienen una historia evolutiva compartida con otros animales. Describió, por ejemplo, la mueca de desprecio en la que el labio superior se levanta por un lado y deja ver el colmillo, como resto de un gesto de amenaza.

¿De qué trata «Dientes, dientes»?

Es una canción de Mike Sain't Louis sobre responder a la envidia con una sonrisa. El estribillo repite «Dientes, dientes, que es lo que les jode» y convierte esa frase, muy conocida en la crónica social española, en una especie de conjuro. Está en el disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk».

¿Sonreír cuando estoy mal me hace daño?

Sonreír para protegerse en un momento concreto es humano. Lo que conviene vigilar es la sonrisa obligatoria, la que se mantiene siempre para que nadie note nada. Si sientes que llevas mucho tiempo fingiendo que estás bien, hablar con alguien de confianza o con un profesional ayuda, y en España el 024 atiende cualquier malestar emocional, gratis y a cualquier hora.

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