Planeta Gayfolk

Cultura pop

Eurovisión y la cultura queer: purpurina, fénix y orgullo en las letras del Planeta Gayfolk

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Portada de «Madrid to Benidorm», canción de Mike Sain't Louis

Cada mes de mayo, millones de personas en toda Europa se sientan delante de la televisión para ver un concurso de canciones que, en teoría, es solo eso. En la práctica, para buena parte de la comunidad LGTBI, Eurovisión es otra cosa: una fiesta, un ritual, una excusa para reunirse con amigos, puntuar con la libreta en la mano, discutir de vestuario y gritar cuando aparece una diva sobre una plataforma giratoria. Se ha dicho muchas veces, medio en broma y medio en serio, que Eurovisión es el Mundial de los gais.

Este texto intenta explicar por qué, con un poco de historia y bastante cariño, y cruza esa historia con las letras del Planeta Gayfolk, el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. No porque Mike haya ido a Eurovisión, que no ha ido, sino porque su música comparte con el festival un idioma muy reconocible: la purpurina, el orgullo, el humor, la mezcla de lenguas y ese gusto por lo exagerado que desde hace décadas se llama camp. Las citas de las letras proceden del archivo de letras del Planeta Gayfolk.

Un concurso de canciones que se volvió otra cosa

Eurovisión nació en 1956 como un experimento técnico y político de la Unión Europea de Radiodifusión: conectar en directo a las televisiones públicas de varios países en un mismo programa. España participa desde 1961, y durante décadas el festival fue una cita familiar, de las que se veían en el salón con la abuela.

Para la historia española, los grandes hitos son conocidos. Massiel ganó en 1968, en Londres, con «La, la, la», y al año siguiente Salomé compartió la victoria en un empate a cuatro bandas que obligó a cambiar las reglas. Después llegaron décadas de resultados irregulares, momentos inolvidables por buenos y por malos, como los cero puntos de Remedios Amaya en 1983 con «¿Quién maneja mi barca?», hoy reivindicada como una de las propuestas más valientes que España ha enviado nunca.

Pero en paralelo a esa historia oficial se fue construyendo otra. Desde los años ochenta y noventa, el festival empezó a reunir a un público fiel que lo vivía de otra manera: fiestas en casa, clubes de fans, bares de ambiente con pantalla gigante. Ese público, en buena parte gay, encontró en Eurovisión algo que la televisión de la época casi nunca ofrecía: un espacio donde lo exagerado, lo teatral y lo emocional no solo se toleraban, sino que eran la norma.

Lo camp: tomarse en serio lo exagerado

Para entender la relación entre Eurovisión y la cultura queer hay que hablar de lo camp. La palabra se popularizó gracias a un ensayo de Susan Sontag de 1964, «Notas sobre lo camp», que lo definía como un gusto por el artificio y la exageración, una forma de mirar el mundo como un escenario. Lo camp disfruta de lo que es demasiado: demasiado reluciente, demasiado dramático, demasiado sincero en su artificio.

Eurovisión es, en ese sentido, un templo camp. Vestidos imposibles, coreografías con abanicos, máquinas de viento, fuegos artificiales sobre el escenario, baladas épicas que terminan con un cambio de tono y una nota larguísima. Todo es un poco excesivo, y precisamente por eso es tan querido. Se aplaude la sinceridad del exceso, se celebra a quien lo da todo aunque lo que dé sea un disparate.

El catálogo del Planeta Gayfolk tiene la etiqueta «Camp» entre sus géneros en la web, y la palabra aparece también en el texto que acompaña al videoclip de «Vota Malena Gracia», del primer álbum, que lo presenta como un homenaje a Malena Gracia y a «la ironía camp frente a la codicia y el poder». Es la misma idea que sostiene la cultura eurovisiva: lo exagerado como forma de resistencia, la purpurina como respuesta a lo gris.

«Marica chill», del segundo álbum, podría ser el retrato de cualquier fan de Eurovisión preparándose para la gran noche:

Hoy me levanté con glitter en la cara

Glitter en la cara, abanico en la mano, short transparente y una actitud que la propia letra resume en una frase que serviría de lema para cualquier fiesta eurovisiva: «Que me llamen loca, that's my brand». Que me llamen loca: esa es mi marca.

Las victorias que fueron más que victorias

Eurovisión tiene un puñado de momentos que la comunidad LGTBI recuerda como propios, porque fueron mucho más que un resultado en una tabla de puntos.

Fotogramas del videoclip oficial de «Madrid to Benidorm», de Mike Sain't Louis

En 1998, Dana International ganó el festival representando a Israel con «Diva». Fue la primera artista trans en ganar Eurovisión, en una época en la que la visibilidad trans en la televisión europea era casi inexistente. El título de la canción, además, era toda una declaración de principios.

En 2014, Conchita Wurst ganó representando a Austria con «Rise Like a Phoenix». Su imagen, un vestido de gala, una melena larga y una barba perfectamente cuidada, dio la vuelta al mundo y provocó tanto entusiasmo como polémica. La canción era una balada épica sobre renacer de las cenizas, y la frase del título se convirtió en un pequeño himno.

En 2024, Nemo ganó representando a Suiza con «The Code», una canción sobre su identidad no binaria. Fue la primera vez que una persona abiertamente no binaria ganaba el festival.

Cada una de esas victorias se vivió en bares, casas y plazas de toda Europa como algo personal. No ganaba solo un país: ganaba una forma de estar en el mundo que muchas personas habían tenido que esconder.

El fénix: renacer en la pista

La imagen del ave fénix, el pájaro mitológico que arde y renace de sus propias cenizas, es una de las más queridas por la cultura queer. Habla de volver a empezar después de una ruptura, de una salida del armario, de una pérdida, de una época oscura. La victoria de Conchita Wurst la fijó para siempre en la memoria eurovisiva.

En el Planeta Gayfolk, el fénix tiene su propia canción. «Tattoo de fénix», del primer álbum, convierte el mito en un tatuaje y el renacimiento en un baile:

Un ave fenix llevo tatuado en el pecho vuelo entre beats, en el club despecho

La letra no tiene la solemnidad de una balada épica. Es pura pista: volumen, ritmo, «el ambiente se enciende, Ave Fenix ardiente». Pero la idea es la misma. El protagonista viene del despecho, del corazón roto, y renace bailando. Si las grandes baladas eurovisivas cuentan el renacimiento con una nota larguísima y fuegos artificiales, esta canción lo cuenta con un tatuaje y un «Agarrame de la cintura bien fuerte papito». Dos maneras de decir lo mismo: que de las cenizas se sale.

Mezclar idiomas para llegar a todos

Uno de los grandes debates históricos de Eurovisión ha sido el idioma. Durante unos periodos, las normas obligaban a cada país a presentarse en su lengua oficial; en otros, se permitió la libertad total, y el inglés se convirtió en el idioma dominante. Muchas de las propuestas más recordadas de los últimos años juegan precisamente con la mezcla: estrofas en la lengua propia y un estribillo en inglés, o al revés.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Madrid's heart beats loud, we're here to stay. Every color, every hue,» de «Madrid to Benidorm»

España ha participado en ese juego con propuestas como «SloMo», con la que Chanel quedó tercera en 2022, una canción en spanglish que devolvió a España a lo más alto de la clasificación después de muchos años.

El Planeta Gayfolk vive en esa mezcla desde el principio. «Madrid to Benidorm», del tercer álbum, está escrita en inglés y tiene todo el aire de un himno de orgullo pensado para corear en una plaza llena:

Let's dance under the rainbow, Madrid to Benidorm,

Bailemos bajo el arcoíris, de Madrid a Benidorm. La letra une la capital, con su Orgullo multitudinario, y Benidorm, la ciudad de la costa alicantina que celebra su propio Orgullo, uno de los más conocidos de la costa, y que, desde 2022, ha dado nombre al Benidorm Fest, el festival de RTVE que durante varios años sirvió para elegir la canción española de Eurovisión. Usar el inglés para celebrar a dos ciudades españolas es exactamente el gesto eurovisivo: hablar de lo propio en el idioma que entiende todo el mundo.

No es un caso aislado. Buena parte del catálogo salta de un idioma a otro con la soltura de una candidatura eurovisiva. Hay canciones con estrofas en inglés y estribillo en castellano, otras con un coro en inglés y versos en spanglish, y otras escritas enteras en inglés con un título que cualquiera puede repetir aunque no hable el idioma. Esa mezcla no responde a ninguna norma de concurso, sino a la manera en que se habla hoy en muchas pistas de baile de Madrid, de Benidorm o de cualquier ciudad europea: con palabras de aquí y de allá, sin pedir permiso a ninguna academia. Eurovisión lleva décadas demostrando que una canción puede viajar por todo un continente sin perder su acento, y el Planeta Gayfolk juega a lo mismo a su escala.

Las divas y el arte de reinventarse

Eurovisión ha sido siempre una fábrica de divas, y la cultura queer tiene debilidad por ellas. La diva es bastante más que una artista con talento: es alguien que se reinventa, que sobrevive a los fracasos, que vuelve cuando nadie la espera y que convierte su propia historia en espectáculo. Loreen, la única mujer que ha ganado el festival dos veces, en 2012 y en 2023, es el ejemplo perfecto.

El Planeta Gayfolk tiene su propio panteón de divas, muchas de ellas salidas de la televisión española y de la cultura popular. En «I Am Yurena», del tercer álbum, la letra adopta la voz de una diva que se reivindica frente a su propio pasado mediático:

Neon light, plastic love, Shining fake, high above.

Luz de neón, amor de plástico, brillar de mentira en lo más alto. La canción abraza lo artificial con el mismo entusiasmo con que el público eurovisivo abraza el plástico, las lentejuelas y el brillo. Y después grita, en castellano, «¡Yo soy Yurena!», con la rotundidad de una diva que no necesita presentación.

En «Boys Like Us», del segundo álbum, el himno es colectivo. Es una canción de orgullo en inglés, con un estribillo de tres palabras y un «Oh-oh-oh-oh» pensado para que lo repita un estadio entero, y con versos como «We wear our heels / And stand tall» que podrían describir a medio escenario de cualquier final eurovisiva.

El insulto convertido en estribillo

En 2024, España envió a Eurovisión a Nebulossa con «Zorra», una canción que tomaba un insulto dirigido históricamente a las mujeres y lo convertía en grito de orgullo. La propuesta generó debate, peticiones de retirada y defensas apasionadas, y se convirtió en uno de los fenómenos culturales del año en España.

Ese gesto, recoger el insulto del suelo y ponérselo como una corona, es una de las estrategias más antiguas de la cultura queer, y el Planeta Gayfolk lo practica constantemente. En «Soy marica sideral», del segundo álbum, la protagonista ha oído que la llaman «exagerada, / teatral y emocional», tres adjetivos que podrían describir a medio festival, y responde sin bajar la cabeza:

Y si no sabes mirarme, no es mi pluma el problema.

Es la misma lógica de «Zorra»: lo que se señala como defecto se devuelve como orgullo. Desde títulos como ese hasta letras enteras construidas sobre palabras que otros usaron para herir, el catálogo comparte con «Zorra» la idea de que la mejor forma de desactivar una palabra es gritarla uno mismo. O, en el caso de este catálogo, escribirla y ponerla en el centro del estribillo.

Destino Eurovisión

Hay una canción del catálogo que menciona el festival por su nombre. «La dieta del cucurrucho», del primer álbum, es una larga discusión de pareja llena de referencias a la cultura pop española, con apariciones de Paco León y Eduardo Casanova. En un momento de euforia, la letra suelta estos versos:

Collage con un detalle de la carátula de «Madrid to Benidorm» y las carátulas de «Tattoo de fénix», «Marica chill», «I Am Yurena»

¡Qué liberación! ¡Tenía esta canción! Guardada en un cajón Destino Chueca Destino Eurovisión

La gracia está en la geografía. Chueca y Eurovisión, el barrio madrileño de ambiente y el gran festival europeo, aparecen como dos destinos equivalentes, dos sitios donde una canción guardada en un cajón por fin puede salir. En el Planeta Gayfolk, Eurovisión no es un concurso al que presentarse, sino un lugar imaginario de liberación, como el propio planeta.

Locomía, abanicos y la estética del exceso

Si hubiera que buscar un antecedente español de la estética eurovisiva más desatada, muchos pensarían en Locomía, el grupo de los abanicos gigantes y las hombreras imposibles que triunfó a finales de los ochenta y principios de los noventa. Su imagen, mezcla de moda, coreografía y exageración, es hoy un icono camp reconocible para varias generaciones.

«Discutiendo con la IA», del tercer álbum, los cita expresamente. La letra es una discusión interminable con una inteligencia artificial, y en mitad del bucle aparece la banda sonora:

discutiendo con la IA mientras escucho a Locomía

Más adelante, la letra remata con un «Sin abanicos y sin más lavatomías». La referencia funciona porque todo el mundo sabe qué trae a la cabeza Locomía: abanicos, exceso, pista. Es el mismo repertorio visual que Eurovisión ha convertido en tradición.

2026: el año sin España

Eurovisión 2026 se celebró en Viena, en mayo, y fue la septuagésima edición del festival. Fue también la primera sin España desde 1961. RTVE anunció en diciembre de 2025 que se retiraba después de que la Unión Europea de Radiodifusión decidiera mantener a Israel en el concurso, citando la situación humanitaria en Gaza. Las televisiones públicas de Países Bajos, Irlanda, Eslovenia e Islandia tomaron la misma decisión. La edición la ganó Bulgaria, con Dara y «Bangaranga».

RTVE mantuvo el Benidorm Fest, que en 2026 se celebró por primera vez como festival con entidad propia, desligado de la elección de la candidatura eurovisiva.

Para mucha gente, el año sin festival fue extraño. Las fiestas de mayo cambiaron de formato, los bares de ambiente buscaron otras excusas y los debates de siempre, sobre vestuario, puestas en escena y votaciones, se trasladaron a otros escenarios. Lo que demostró esa ausencia es hasta qué punto Eurovisión se ha convertido en algo más que un programa de televisión: es un ritual comunitario, y cuando falta, se nota.

La noche de la final, paso a paso

Quien haya ido alguna vez a una fiesta de Eurovisión sabe que la noche tiene su liturgia. Hay quien imprime fichas de puntuación para cada invitado, quien prepara comida temática de los países participantes, quien lleva meses estudiando las apuestas y quien solo viene por las votaciones. Hay normas no escritas: no se habla durante la balada favorita de la anfitriona, se grita en el cambio de tono, se abuchea en broma al vecino que puntúa mal.

Ficha de la canción «Madrid to Benidorm» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Todo empieza con el desfile de banderas, cuando los artistas atraviesan el escenario uno tras otro. Sigue con las actuaciones, cada una con sus tres minutos de gloria, y llega al gran momento de suspense colectivo: las votaciones. Durante décadas, la frase «douze points», doce puntos en francés, ha sido la más esperada de la noche, y el país que no recibía ninguno se convertía en protagonista involuntario, como le ocurrió a España en 1983.

Esa liturgia se parece mucho a la manera en que se escucha un álbum conceptual como los de la trilogía GAYFOLK. Hay un recorrido por etapas, hay personajes que entran y salen, hay momentos de euforia y momentos de bajón, y hay una idea que lo une todo. No es casual que el primer álbum se presente como el descubrimiento de un planeta y el tercero como «El día de la liberación»: cada disco es una noche, con su desfile, sus actuaciones y su desenlace.

Una velada eurovisiva con el Planeta Gayfolk

Para quien quiera organizar una fiesta en mayo con banda sonora propia, el catálogo ofrece canciones para cada momento de la noche. Esta lista no tiene nada de oficial; es una manera de escuchar las canciones con el espíritu del festival.

  • Llegada de invitados: «Marica chill», para entrar con glitter en la cara y abanico en la mano.
  • Desfile de banderas: «Madrid to Benidorm», un himno de orgullo en inglés que pasa de una ciudad a otra bajo el arcoíris.
  • Primera actuación con fuegos artificiales: «Tattoo de fénix», para bailar el renacimiento.
  • El momento diva: «I Am Yurena», con su neón, su plástico y su «¡Yo soy Yurena!».
  • La balada colectiva: «Boys Like Us», con su «Oh-oh-oh-oh» listo para que lo repita todo el salón.
  • El momento de la réplica: «Soy marica sideral», para quien critique el vestuario.
  • Las votaciones: «Discutiendo con la IA», porque siempre hay alguien que discute cada punto como si le fuera la vida en ello.
  • El cierre: «La dieta del cucurrucho», con su «Destino Chueca / Destino Eurovisión», para salir de casa y seguir la fiesta en el barrio.

Ninguna de estas canciones se ha presentado a un festival, pero todas comparten con él la idea de que una canción de tres minutos puede ser un pequeño espectáculo completo.

Por qué todo esto importa

Se podría pensar que hablar de Eurovisión en un diario dedicado a las letras de un catálogo es una frivolidad. No lo es. La cultura popular es el lugar donde muchas personas LGTBI encontraron por primera vez una imagen de sí mismas que no era una burla. Una diva sobre un escenario, una artista trans ganando ante millones de espectadores, una persona barbuda con vestido de gala y una balada sobre renacer: para alguien que veía el festival a escondidas en un pueblo, esas imágenes eran una ventana.

El Planeta Gayfolk nace de esa misma tradición. Sus canciones mezclan idiomas, celebran a las divas, recogen insultos y los convierten en estribillos, se ríen de lo gris y abrazan la purpurina. No compiten en ningún festival, pero hablan su idioma. Y el planeta imaginario que da nombre a la trilogía, un lugar donde no hay que explicarse, se parece mucho a lo que Eurovisión ha sido para tanta gente durante una noche al año.

Ficha

«Madrid to Benidorm» pertenece a «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los datos sobre Eurovisión proceden de información pública, incluida la cobertura de RTVE. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Por qué Eurovisión es tan popular entre el público LGTBI?

Por una mezcla de razones: su estética exagerada y camp, la celebración de las divas, la posibilidad de ver a artistas abiertamente LGTBI en una de las mayores audiencias televisivas del mundo y victorias simbólicas como las de Dana International en 1998, Conchita Wurst en 2014 o Nemo en 2024.

¿Participó España en Eurovisión 2026?

No. RTVE anunció en diciembre de 2025 que se retiraba del festival tras la decisión de la UER de mantener a Israel en el concurso. Fue la primera ausencia de España desde 1961. La edición de 2026, celebrada en Viena, la ganó Bulgaria con Dara y «Bangaranga».

¿Qué canción del Planeta Gayfolk menciona Eurovisión?

«La dieta del cucurrucho», del primer álbum de la trilogía GAYFOLK, incluye los versos «Destino Chueca / Destino Eurovisión», en una letra llena de guiños a la cultura pop española.

¿Qué relación hay entre el ave fénix y la cultura queer?

El fénix, el pájaro que renace de sus cenizas, es una imagen muy querida por la comunidad LGTBI como símbolo de volver a empezar. Conchita Wurst ganó Eurovisión en 2014 con «Rise Like a Phoenix», y en el Planeta Gayfolk la imagen aparece en «Tattoo de fénix».

¿Mike Sain't Louis ha participado en Eurovisión?

No. Mike Sain't Louis es letrista, compositor y productor musical madrileño, autor de la trilogía GAYFOLK; la música y las voces de sus canciones se crean con herramientas de inteligencia artificial. Este texto habla de la cultura eurovisiva, no de una candidatura.

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