Planeta Gayfolk

Cultura pop

Guitarras que salieron del armario: folk queer en inglés, de Lavender Country a Brandi Carlile, leído con las letras del Planeta Gayfolk

Por ·

Portada de «Boys from the Village», canción de Mike Sain't Louis

Hay una palabra pequeña escondida dentro del nombre de este proyecto. Está ahí desde el primer álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», y casi nadie se para a mirarla: folk. En inglés quiere decir gente, pueblo, lo de todos. Pegada a gay, forma un nombre que suena a broma y a declaración al mismo tiempo, como suenan casi todas las cosas que importan en este planeta.

Este texto se detiene en esa palabra. Repasa medio siglo de folk y country queer en inglés, la música de guitarra acústica, banjo, mesa de cocina y local comunitario que hicieron personas LGTBI cuando la industria no las quería, y lo pone al lado de las letras de Mike Sain't Louis. No se trata de decir que la trilogía GAYFOLK sea folk en el sentido de Nashville o del Greenwich Village. No lo es. Se trata de ver qué comparten dos maneras de contar la vida corriente desde fuera de la norma.

De dónde sale la palabra folk

La palabra tiene fecha de nacimiento conocida. En 1846, el anticuario inglés William Thoms propuso en la revista The Athenaeum el término folk-lore para hablar de las costumbres, creencias, cuentos y canciones del pueblo. Firmó la carta con el seudónimo de Ambrose Merton. Hasta entonces se hablaba de antigüedades populares; él quería una palabra sajona, corta, que pusiera en el centro a la gente.

Desde ese momento, folk es una palabra con dos caras. Por un lado nombra lo heredado, lo que pasa de abuela a nieta sin partitura. Por otro, desde mediados del siglo XX, nombra un tipo de música grabada que se presenta como heredera de esa tradición: guitarra, letras que cuentan historias y una idea de comunidad. En Estados Unidos, el folk de los años cuarenta, cincuenta y sesenta se asoció a sindicatos, a derechos civiles y a la protesta contra la guerra. La guitarra se convirtió en herramienta política.

Lo que casi ninguna historia oficial contaba es que ese pueblo del folk tenía un armario. Las canciones hablaban de mineros, de presos, de soldados, de amantes que se separaban en la estación, pero los amantes eran siempre un chico y una chica. Las personas queer estaban en los coros, en los cafés, en los escenarios, y no estaban en las letras.

Un disco de mil copias en Seattle

En 1973, cuatro años después de Stonewall, salió en Seattle un disco que cambió eso. Se llamaba «Lavender Country», como la banda que lo grabó, y lo encabezaba Patrick Haggerty, un hombre que había crecido en una granja lechera cerca de la ciudad. La banda la formaban también Michael Carr, Eve Morris y Robert Hammerstrom. Hoy se le reconoce como el primer álbum de country abiertamente gay.

No lo publicó ninguna discográfica. Lo financió y lo produjo una organización comunitaria, Gay Community Social Services. Prensaron unas mil copias y las vendieron como pudieron: anuncios en los pequeños periódicos gais impresos a multicopista, librerías, el boca a boca y un apartado de correos al que la gente enviaba el dinero. Haggerty contó años después que no le interesaba hacer carrera: había nacido, dijo, para abrir de una patada la puerta del armario.

El disco tenía diez canciones. Hablaban de amor entre hombres, de deseo, de rabia contra la psiquiatría, contra la policía y contra una sociedad que trataba a los homosexuales como enfermos. Usaban el lenguaje del country, ese género que en Estados Unidos se asocia a la carretera, al rancho y al orgullo de pueblo, y lo daban la vuelta.

Durante décadas, «Lavender Country» fue casi un rumor entre coleccionistas. En 2014, el sello Paradise of Bachelors, de Carolina del Norte, lo reeditó con un cuaderno de notas, fotos inéditas y las letras completas. Después vinieron un documental corto sobre Haggerty, conciertos y una generación joven que descubría que el country también había tenido su orgullo. Haggerty murió en 2022.

«Boys from the Village»: el rancho como disfraz

Hay una canción del Planeta Gayfolk que se entiende mejor después de conocer a Lavender Country. Se llama «Boys from the Village», pertenece al segundo álbum, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», y su letra todavía no está publicada en la web. Lo que sí se puede mirar es su portada.

La imagen parece sacada de un calendario de feria agrícola. Cae la tarde sobre un campo abierto, el cielo se pone naranja y, al fondo, se adivinan un granero de tablones y las aspas de un molino. Delante, un muchacho posa como en un anuncio de vaqueros de los setenta: bigote poblado, gafas de piloto, la camisa tejana desabrochada casi entera, los tirantes cruzando el torso, una hebilla enorme y, sobre el pecho, un corazón alado tatuado. No sonríe. Mira a cámara con las manos metidas en los bolsillos, sabiéndose observado. Las letras del título imitan los carteles de rodeo, y la palabra village hace un doble juego: puede ser la aldea, y puede ser también el barrio neoyorquino donde empezó todo en 1969.

Ese guiño es exactamente el gesto de Haggerty. El vaquero, la camisa de cuadros, la hebilla y el granero eran símbolos de una masculinidad que se pensaba heterosexual por definición. Basta con mirarlos dos veces, con otra intención, para que digan otra cosa. La cultura queer lleva décadas haciendo eso con los uniformes: el marinero, el obrero, el policía, el cowboy. No se trata de burlarse del campo. Se trata de recordar que en el campo también había chicos que miraban a otros chicos.

«Caravan Tonight» y la primera gran discográfica

Un año después de Lavender Country, en 1974, la discográfica Mercury publicó «Caravan Tonight», el primer disco de Steven Grossman. Grossman era un autor y guitarrista de folk de la costa este, de poco más de veinte años, y fue el primer artista abiertamente gay en sacar un álbum con una gran compañía estadounidense. Mercury tenía entonces en su catálogo nombres como Rod Stewart o los Allman Brothers.

Fotogramas del videoclip oficial de «Boys from the Village», de Mike Sain't Louis

Lo curioso es que la portada no decía nada. Ni la cubierta ni la contracubierta mencionaban la orientación de su autor. Quien cogía el disco en una tienda veía a un chico con aspecto de folkie, sin brillos ni disfraces. Lo que lo delataba eran las letras: canciones sobre salir del armario ante los padres, sobre el amor entre hombres, incluso una crítica a cierta manera de ligar en el ambiente. Grossman escribió las once canciones.

El disco no vendió lo que esperaba la compañía y no hubo un segundo álbum con Mercury. Grossman siguió componiendo y tocando, y murió en 1991 por una enfermedad relacionada con el sida. Una copia de «Caravan Tonight» se conserva hoy en los archivos de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Su historia enseña algo que sigue vigente: una cosa es que te dejen entrar y otra que te dejen ser visible. Grossman entró en la gran industria, pero con la portada muda. Las letras, en cambio, no callaban. Esa tensión entre el envoltorio y lo que se dice dentro es muy reconocible para cualquiera que haya tenido que elegir cuánto enseñar en una cena familiar.

La música de las mujeres: sellos propios, estudios propios

Mientras tanto, en otra parte del mapa, un grupo de mujeres decidía que no iba a pedir permiso a nadie. En 1973, Alix Dobkin publicó «Lavender Jane Loves Women» con su propio sello, Women's Wax Works. Se considera el primer álbum producido e interpretado íntegramente por lesbianas. Ese mismo año se fundó en Washington un colectivo que se llamaría Olivia Records.

Olivia es el nombre central de lo que en Estados Unidos se llamó women's music, la música de las mujeres. No era un estilo concreto, aunque el folk y el pop acústico dominaban. Era una manera de organizarse: mujeres que componían, grababan, mezclaban, fotografiaban, distribuían y organizaban conciertos, todo dentro de una red propia. Entre sus primeras artistas estaban Meg Christian, con «I Know You Know» en 1974, y Cris Williamson, cuyo «The Changer and the Changed», de 1975, se convirtió en uno de los discos independientes más vendidos de su época.

Muy cerca estaba Holly Near, que había fundado en 1972 su propio sello, Redwood Records, y que unió la canción política, el pacifismo y, años después, la salida pública del armario. Alrededor de estas artistas crecieron festivales de música de mujeres, librerías, programas de radio y una red de distribución que llegaba a ciudades pequeñas donde una chica lesbiana podía comprar por correo un disco que le decía que no estaba sola.

Ese movimiento también tuvo sus debates internos, algunos duros, sobre quién cabía dentro y quién no. Pero su lección principal sigue en pie: si las puertas están cerradas, se puede construir otra casa. Hoy esa idea tiene otro nombre, autoedición, sello propio, y es la manera en que trabajan miles de artistas independientes.

El sello propio del planeta

La relación con el Planeta Gayfolk aquí es directa. Todas las canciones de la trilogía se publican bajo el sello propio MIKE SAIN'T LOUIS. Cada ficha de single lo dice así, y ofrece además la descarga gratuita y directa, sin registro ni pago. No hay una gran discográfica detrás ni un departamento de marketing que decida qué portada es demasiado explícita.

Eso no convierte a Mike en heredero de Olivia Records, y sería injusto comparar a una red de mujeres que se jugaron su sustento en los setenta con un proyecto actual que trabaja con herramientas de inteligencia artificial. Pero sí hay una línea común: decidir uno mismo qué se cuenta y cómo, sin que nadie quite el pronombre de la letra ni rebaje el título.

En la presentación de «Hetero», Mike lo resume con una frase que podría colgarse en la pared de cualquier estudio casero: «GayFolk sin maquillaje, sin poesía y sin vergüenza». La women's music no habría usado esas palabras, pero habría entendido la intención.

Janis Ian y el tiempo que tarda una verdad

Hay historias que enseñan que salir del armario no siempre coincide con el momento del éxito. Janis Ian publicó «Society's Child» siendo adolescente, a mediados de los sesenta, una canción sobre una pareja interracial que muchas emisoras se negaron a pinchar. En 1975 llegó «At Seventeen», sobre las chicas que no encajan en el instituto, que le dio un Grammy y se convirtió en una de las canciones más conocidas de su generación.

Collage con un detalle de la carátula de «Boys from the Village» y las carátulas de «Verde», «Tan paleto», «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK»

Ian hizo pública su orientación en 1993, con el disco «Breaking Silence», cuyo título ya lo decía todo. Habían pasado casi treinta años desde su primera canción. Su caso recuerda que muchas personas LGTBI construyen primero una vida, una carrera o una familia, y solo después encuentran el momento y el lugar para decirlo con sus propias palabras, cada una a su ritmo.

En el planeta, ese tiempo largo de la verdad aparece en otra clave. «Me rindo» recuerda una vida compartida con una lista de cosas corrientes: «los viajes al pueblo, el paseo con los perros, las navidades». Es una lista folk en el sentido más simple, la de las cosas pequeñas que forman una biografía. Lo que la canción revela es que, a veces, esas cosas no eran lo que parecían. Ian tardó décadas en decir su verdad; el personaje de la canción tarda una ruptura en entender la del otro.

k.d. lang y el country que no supo qué hacer

En 1992, k.d. lang, una artista canadiense que había empezado en el country con una estética de vaquera alternativa, contó en la revista The Advocate que era lesbiana. Unos años antes, su disco «Absolute Torch and Twang» le había dado un Grammy en una categoría de country. En 1992 publicó «Ingénue», con «Constant Craving», un disco ya más cerca del pop adulto.

Su salida del armario se convirtió en noticia internacional. Fue un momento en el que una figura con éxito masivo hablaba sin rodeos, y en el que la industria del country, muy conservadora, quedaba retratada. Durante muchos años, Nashville siguió siendo un sitio difícil. La primera gran estrella del country comercial que salió del armario de forma pública, Chely Wright, lo hizo en 2010.

Indigo Girls: dos guitarras y un activismo

En el folk rock de los ochenta y noventa, el nombre más claro es Indigo Girls, el dúo de Amy Ray y Emily Saliers, de Georgia. Su disco de 1989 les dio el Grammy al mejor álbum de folk contemporáneo en la gala de 1990. Las dos son lesbianas y lo han dicho siempre en público.

Lo interesante de Indigo Girls es la mezcla de armonías de dos guitarras con un activismo constante: derechos LGTBI, causas indígenas, medio ambiente, conciertos benéficos. Durante años fueron uno de esos grupos que se escuchaban en residencias universitarias, coches de segunda mano y campamentos de verano. Para muchas chicas que crecían en pueblos del sur de Estados Unidos, eran la prueba de que se podía ser lesbiana, tener éxito y no pedir perdón.

Ani DiFranco, desde Buffalo, llevó la idea de Olivia un paso más allá en los noventa: fundó en 1990 su propio sello, Righteous Babe Records, rechazó ofertas de grandes compañías y construyó una carrera enorme desde la independencia. DiFranco es bisexual y siempre ha escrito sobre ello sin esconderlo.

Brandi Carlile y el centro del escenario

Hoy, el folk y el americana tienen una figura queer en el centro mismo de la industria. Brandi Carlile, de Washington, es abiertamente lesbiana desde muy joven. En la gala de los Grammy de 2019 ganó tres premios, entre ellos el de mejor álbum de americana por «By the Way, I Forgive You», y su canción «The Joke» se llevó dos más en la categoría de raíces americanas.

«The Joke» habla de los chicos y las chicas a los que se ríe en el colegio por no encajar, y les dice que la broma, al final, es para quien se ríe. Es una canción folk en el sentido más clásico, una historia contada a la gente, con una idea queer en el centro sin necesidad de explicarla. Carlile ha producido discos para artistas veteranas y ha formado el grupo The Highwomen con otras compositoras, y su presencia ha cambiado lo que se considera posible dentro de un género que hace veinte años casi no admitía una pareja del mismo sexo en un videoclip.

Ese mismo 2019, el año de los Grammy de Carlile, un chico de Atlanta llamado Lil Nas X mezcló country y rap en «Old Town Road», que pasó diecinueve semanas en el número uno de la lista Billboard Hot 100, un récord. Al final del mes del Orgullo de ese año contó en público que era gay. El cowboy, otra vez, cambió de significado delante de todo el mundo. Ese mismo año, Orville Peck, un artista enmascarado con flecos y sombrero, publicó «Pony» con Sub Pop y se convirtió en otro icono del country queer.

Lo que el folk y el planeta comparten

Leída esta historia, se ve qué tiene que ver con las letras de Mike Sain't Louis. No es el sonido. La trilogía GAYFOLK se mueve entre el pop, la rumba, lo electrónico, la copla y el camp. Lo que comparte con Lavender Country, con Olivia o con Indigo Girls es la idea de que una canción puede contar la vida de alguien corriente que no aparece en las canciones corrientes.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Boys from the Village», de Mike Sain't Louis

Esa vida corriente, en el planeta, tiene acento de Madrid y de pueblo. Tiene vecinos que juzgan, aplicaciones de ligue, plazas en fiesta, croquetas y gofio. Tiene el habla de la calle. Y tiene, como el folk de protesta, una rabia que se dirige a quien señala.

«Tan paleto» es la más clara en ese sentido. Su arranque podría estar en un disco de Lavender Country traducido al castellano: «Que te molesta que vayamos de la mano / Y me señalas con el dedo de juez acusador». La respuesta del personaje es una negativa rotunda a dar explicaciones: «No voy a aceptar consejos de ningún espectador». Su pareja, «Tan cateto», sigue el mismo dedo hasta el final. La canción protesta clásica señalaba al patrón, al juez o al general; aquí el poder que se señala es el del vecino que tapa los ojos a sus hijos cuando dos hombres se besan.

La plaza, las palmas y el cajón

El folk anglosajón tiene la guitarra y la mesa de cocina. El folk del planeta tiene la plaza. En «Verde», una de las canciones de «El día de la liberación», la escena es una fiesta popular: «Guitarras y cajones, la noche se enciende». Un poco más adelante, «La plaza se llena de un perfume especial».

La canción es una rumba festiva y desenfadada, con mucho humor, y no pretende ser solemne. Pero su escenario es puramente folk: instrumentos que se tocan en corro, palmas, una plaza, una celebración colectiva. Y hay un verso que conecta directamente con la idea de tierra y pertenencia que recorre toda la música de raíz: «De todos los colores de mi tierra natal».

La diferencia con el folk de Haggerty o de Williamson es de tono, no de fondo. En los setenta, salir a la plaza siendo queer era un acto de valentía. En las letras del planeta, la plaza ya se da por ocupada, y se celebra. Eso también es historia: si hoy se puede escribir una rumba en la que la fiesta es de todos, es porque antes alguien grabó mil copias en Seattle y las vendió por correo.

Un planeta de gente corriente

El título que da nombre a la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», tiene una canción con el mismo nombre. Empieza como una sátira feroz de las aplicaciones de ligue y sus filtros crueles, y termina en una utopía. En ese planeta, dice la letra, «No hay grinder ni aplicaciones, tampoco hay complejos», y sobre todo «Y las personas allí no son simples objetos».

Esa es, probablemente, la definición más honesta de lo que significa folk en GAYFOLK. No es un estilo de guitarra. Es la idea de un pueblo, una comunidad, en la que las personas cuentan como personas. El folk de protesta lo decía de los trabajadores. Lavender Country lo decía de los hombres gais de Seattle. Olivia Records lo decía de las lesbianas que compraban discos por correo. El planeta lo dice de cualquiera que haya sido reducido a una foto en una aplicación.

En la presentación del videoclip de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», Mike describe ese lugar como un planeta donde «los raros no tuviéramos que pedir perdón por serlo». Es casi la misma frase que repetían, con otras palabras, las canciones de la women's music y las de Lavender Country: un sitio, aunque sea imaginario, en el que no haya que explicarse.

El western que no se rodó

El country y el western comparten una iconografía que el planeta visita más de una vez. Además de la portada de «Boys from the Village», el tercer álbum incluye un título como «Mejor hierba que guerra», que juega con el viejo lema pacifista de los sesenta, el mismo de los festivales de folk y de las protestas contra la guerra de Vietnam. Su letra no está publicada todavía, así que aquí solo se puede señalar el título y el guiño.

Ficha de la canción «Boys from the Village» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Ese juego con los símbolos tiene una tradición larga en la cultura queer. Durante décadas, el cine de vaqueros fue el reino del hombre duro y solitario, y precisamente por eso se convirtió en un territorio favorito para la mirada gay, que veía en esas amistades de frontera algo que el guion no decía. El cowboy queer de Lil Nas X o de Orville Peck no nació de la nada: viene de un siglo de miradas cruzadas en la sala oscura.

Qué queda del folk en la era de la inteligencia artificial

Puede parecer extraño hablar de folk en un proyecto cuya música y voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. El folk se asocia a lo artesanal, a lo hecho a mano, al dedo sobre la cuerda. Esa objeción tiene sentido y merece una respuesta seria.

La respuesta está en las letras. Mike Sain't Louis es letrista, compositor y productor musical, y se presenta como «el primer cantautor IA». Lo que él escribe son historias de gente: el vecino que juzga, el ex que mentía, la amiga sincera, el follamigo de Toledo, la plaza en fiesta. La herramienta con la que luego se graba la canción cambia, como cambió cuando el folk pasó de la mesa de cocina al estudio, o cuando Bob Dylan enchufó la guitarra eléctrica en Newport en 1965 y una parte del público se sintió traicionada.

Cada generación del folk ha tenido su discusión sobre la autenticidad. Lo que sobrevive, al final, es la historia que se cuenta. Las mil copias de Lavender Country se grabaron con muy pocos medios; lo que las hizo importantes fue que nadie más estaba diciendo aquello.

Por qué esta historia importa hoy

Contar esta historia tiene un sentido que va más allá de la curiosidad musical. Muchas personas LGTBI que crecen en pueblos, en España o en cualquier otro sitio, siguen sintiendo que la cultura popular de su entorno no habla de ellas. Las fiestas, la música de la plaza, las canciones del coche, todo parece pensado para otra gente.

Saber que en 1973 un chico criado en una granja lechera grabó un disco de country sobre amar a otros hombres, o que un grupo de mujeres montó su propia discográfica para que las lesbianas de ciudades pequeñas pudieran oírse en un disco, cambia la manera de mirar esa cultura popular. No era de otros. También era nuestra, aunque nos la hubieran escondido.

Esa es una de las cosas que el Planeta Gayfolk intenta hacer con su nombre: reclamar lo popular, lo folk, lo de todos, también para quienes han sido señalados en la plaza. Por eso las letras están llenas de pueblos, de verbenas, de refranes y de vecinas. No como decorado, sino como territorio compartido.

Una lista para escuchar con las letras al lado

Quien quiera seguir el hilo puede montarse una pequeña lista. Empezar con «Lavender Country», de 1973, y escuchar después «Caravan Tonight», de Steven Grossman. Pasar a «Lavender Jane Loves Women» y a «The Changer and the Changed». Seguir con «At Seventeen», de Janis Ian, con el primer disco de Indigo Girls y con «The Joke», de Brandi Carlile.

Y entre canción y canción, abrir la sección de letras de la web y leer «Tan paleto», «Verde» o «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». Las distancias son enormes: de idioma, de época, de sonido. Pero en todas aparece la misma escena de fondo: alguien que no salía en las canciones decide escribir la suya.

Medio siglo después de aquel apartado de correos de Seattle, el folk queer ya no necesita esconder la portada. El planeta tampoco.

Ficha

Esta lectura parte de «Boys from the Village», tema del segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», disponible en Spotify. Mike Sain't Louis firma las letras como letrista, compositor y productor musical, y se define como «el primer cantautor IA»: música y voces salen de herramientas de inteligencia artificial. Quienes aparecen en las letras son personajes de ficción, y de las personas reales citadas aquí solo se recogen hechos públicos de su carrera, tomados de fuentes abiertas. Para datos oficiales sobre el proyecto, la sala de prensa está siempre abierta.

Preguntas frecuentes

¿Cuál se considera el primer disco de country abiertamente gay?

El álbum «Lavender Country», publicado en Seattle en 1973 por la banda del mismo nombre que encabezaba Patrick Haggerty. Lo financió la organización Gay Community Social Services, se prensaron unas 1.000 copias y en 2014 lo reeditó el sello Paradise of Bachelors.

¿Qué fue la women's music?

Un movimiento de los años setenta en Estados Unidos en el que mujeres, muchas de ellas lesbianas, crearon sus propios sellos, estudios, distribuidoras y festivales. Su nombre más conocido es Olivia Records, fundado en 1973, con discos de Meg Christian y Cris Williamson.

¿Quién fue Steven Grossman?

Un autor y guitarrista de folk de la costa este de Estados Unidos. Su disco «Caravan Tonight», editado por Mercury en 1974, está considerado el primer álbum de un artista abiertamente gay en una gran discográfica. Murió en 1991 por una enfermedad relacionada con el sida.

¿Por qué el proyecto de Mike Sain't Louis se llama GAYFOLK?

Porque mezcla lo gay con lo popular: el pueblo, la plaza, la rumba, la copla, el habla de la calle. La trilogía GAYFOLK no imita el folk anglosajón de guitarra acústica, pero comparte su idea de fondo: contar en canciones la vida de la gente corriente, aquí desde una mirada queer.

¿Qué canciones del Planeta Gayfolk se relacionan con el folk y el country?

«Boys from the Village» juega con la estética del western rural en su portada, «Verde» habla de guitarras, cajones y una plaza en fiesta, y «Tan paleto» responde al vecino que señala a una pareja que va de la mano, como hacían las canciones de protesta.

Más notas

Apoyar en Ko-fi