Planeta Gayfolk

Letras

Ganímedes después del mito: Rubens en el Prado, Rosalinda disfrazada, la luna de Júpiter y «Me mola Zeus»

Por ·

Fotograma del videoclip de «Me mola Zeus»: un hombre sin camiseta apoyado en una barandilla de madera frente al mar, en tonos violetas

Hay canciones que empiezan con una frase y canciones que empiezan con un nombre. «Me mola Zeus» empieza con un nombre y unos puntos suspensivos, como quien suspira antes de confesar algo:

Zeus…

Y enseguida baja al suelo, o mejor dicho, a la pantalla del móvil:

me estás jodiendo el algoritmo.

Ese salto, del rey del Olimpo al algoritmo de una red social, es el chiste central de «Me mola Zeus». El dios de la canción no lanza rayos. Sale en las recomendaciones del móvil, lleva unos cascos rotos y aspecto de haber pasado la noche en vela. Se llama Zeus Vargas, un personaje inventado con nombre de divinidad y apellido de barrio.

Este diario ya ha leído la canción como un flechazo con conexión a internet y ha repasado de forma general los mitos y dioses del planeta. Esta entrada se fija en un solo hilo, el más antiguo y el más queer de todos los que salen del nombre de Zeus: el del chico del que el dios se enamoró. Se llamaba Ganímedes, y su historia ha tenido una vida larguísima. Ha pasado por la poesía épica, la filosofía, los talleres de los grandes pintores, un pabellón de caza a las afueras de Madrid y, finalmente, el cielo nocturno, donde hoy da nombre a la luna más grande del sistema solar.

El mito, en pocas líneas

Este diario ya ha contado el mito en su repaso a los amores de la Antigüedad clásica, así que basta con lo esencial. La Ilíada menciona a Ganímedes, hijo del rey Tros de Troya, como el más hermoso de los mortales, y dice que los dioses se lo llevaron al Olimpo para que sirviera el vino de Zeus y viviera para siempre entre los inmortales. El himno homérico a Afrodita añade que su padre lo lloró hasta que el dios le regaló unos caballos maravillosos como compensación.

Platón, en el Fedro, recuerda que Zeus, enamorado de Ganímedes, dio nombre al deseo. Y los poetas romanos fijaron la imagen que ha llegado hasta hoy: Júpiter transformado en águila, bajando a la tierra para llevarse al chico por los aires. Los romanos tenían incluso su propia forma del nombre, Catamitus, que con el tiempo pasó a otras lenguas como palabra despectiva para los jóvenes amantes de hombres mayores.

Lo que interesa aquí es lo que vino después. Porque Ganímedes, a diferencia de tantos personajes mitológicos, no se quedó quieto en los textos antiguos. Cada época lo volvió a vestir a su manera.

Del mito a la pantalla

¿Qué tiene que ver todo esto con una canción sobre un chico de TikTok? Más de lo que parece.

En el mito, el enamorado es todopoderoso y el amado es un mortal que no tiene ni voto. En «Me mola Zeus», la situación se da la vuelta. El que sufre el flechazo no es el dios, sino el protagonista, que ha dejado hasta de comer por mirar una pantalla. Y el que tiene todo el poder es Zeus Vargas, que ni siquiera hace nada para tenerlo. Le basta con una imagen:

tu foto de perfil me da hambre

y no sé si quiero amor o desastre

Es el mismo desequilibrio del mito, pero con los papeles cambiados. Aquí Ganímedes es el que mira desde abajo, y el dios es un chico torpe en la pista, con pinta de despistado, que no parece saber el efecto que causa. El rapto tampoco necesita alas. Lo hace la pantalla:

Apareces en mi “para ti”

El algoritmo de recomendación funciona como el águila de Ovidio. Baja sin que nadie lo llame, elige a alguien y se lo lleva a otro sitio. Y una vez allí, ya no hay forma de volver a casa como si nada.

Miguel Ángel y el regalo a Tommaso

En el Renacimiento, Ganímedes se convirtió en uno de los temas favoritos de los artistas, en parte porque permitía pintar el deseo entre hombres con una coartada clásica. Los humanistas, además, lo leían en clave filosófica: el alma que se eleva hacia lo divino arrastrada por el amor.

Fotogramas del videoclip oficial de «Me mola Zeus», de Mike Sain't Louis

El caso más famoso es el de Miguel Ángel. Hacia 1532 conoció en Roma a Tommaso dei Cavalieri, un joven noble romano, y se enamoró de él. Le escribió cartas y poemas apasionados y le regaló una serie de dibujos de temas mitológicos muy elaborados, hechos expresamente para él. Uno de ellos era un rapto de Ganímedes, con el águila sujetando al joven en el aire. El original se ha perdido, pero se conocen copias, y es uno de los dibujos más comentados de la historia del arte precisamente por lo que dice de su autor.

Más o menos en los mismos años, Correggio pintó su propio Ganímedes para una serie sobre los amores de Júpiter encargada por el duque de Mantua. El chico aparece agarrado por el águila sobre un paisaje, con un perro que ladra desde abajo, el único testigo del rapto.

Rembrandt y el niño que llora

Un siglo después, en 1635, Rembrandt pintó una versión que todavía hoy desconcierta a quien la ve en Dresde. Su Ganímedes no es un joven hermoso, sino un bebé regordete, aterrorizado, que llora a gritos mientras el águila se lo lleva por los aires agarrado de la ropa. Y, en un detalle que se ha comentado muchísimo, el niño se está meando del miedo.

Es una manera radical de quitarle al mito todo su erotismo. Algunos historiadores lo han leído como una interpretación cristiana, en la que Ganímedes representaría el alma de un niño muerto que sube al cielo. Otros lo han leído como una burla de las versiones idealizadas de sus contemporáneos. Sea como sea, la pintura deja algo claro: un mismo relato puede contarse como historia de amor, como alegoría religiosa o como escena de terror, según quién sostenga el pincel.

Esa elasticidad también está en la canción, que pasa del deseo al vértigo sin pedir permiso. Lo que empieza como un capricho de pantalla acaba en el cuerpo, con taquicardia incluida, y el protagonista no sabe muy bien si está viviendo una comedia romántica o una película de miedo.

Un Ganímedes en el Prado

Para ver un Ganímedes desde Madrid no hace falta viajar a Dresde. Basta con ir al Museo del Prado.

Allí está «El rapto de Ganímedes» de Rubens, pintado entre 1636 y 1638. Formaba parte de un enorme ciclo mitológico encargado por Felipe IV para la Torre de la Parada, un pabellón de caza que el rey tenía en los montes de El Pardo, a las afueras de la ciudad. Rubens se encargó de diseñar decenas de escenas basadas sobre todo en las Metamorfosis de Ovidio, y algunas las pintó con su propia mano. El Ganímedes es una de ellas.

El lienzo es alto y estrecho, porque estaba pensado para colgar entre dos ventanas. En él, un joven musculoso y desnudo, muy al gusto del pintor, es levantado por un águila enorme mientras alguien le ofrece la copa. No hay llanto ni miedo. Hay un cuerpo hermoso subiendo hacia arriba en diagonal, que es lo que mejor sabía pintar Rubens.

Hay algo muy del planeta en esa historia. Un rey católico del siglo XVII colgando en su refugio de caza la imagen de un dios que rapta a un chico porque le gusta. Las cortes europeas convivían con estos temas sin ningún escándalo, siempre que vinieran vestidos de mitología. Lo que no se toleraba en la calle se colgaba sin problema en la pared de un palacio.

2017: el Prado lo señala

Durante siglos, el lienzo de Rubens colgó en el museo con una cartela que contaba el mito sin entrar en detalles. Eso cambió en el verano de 2017, cuando Madrid acogió el WorldPride. Entre el 14 de junio y el 10 de septiembre de aquel año, el Prado organizó un itinerario por su propia colección titulado «La mirada del otro. Escenarios para la diferencia». Eran unas treinta obras, casi todas en sus salas de siempre, acompañadas de cartelas nuevas que explicaban lo que la historia del arte había preferido callar sobre el amor entre personas del mismo sexo y las identidades que no seguían la norma.

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «Te haces el frío pero estás hirviendo» de «Me mola Zeus»

El recorrido se organizaba en cuatro ideas. Empezaba con las amistades inmortales del mundo clásico, seguía con los artistas perseguidos por sus deseos, pasaba por las apariencias engañosas y terminaba con un apartado titulado «Amar como los dioses», dedicado a esas escenas mitológicas que se pintaban para los palacios de reyes y cardenales mientras, en la calle, las mismas relaciones se castigaban. El Ganímedes de Rubens estaba ahí, a pocos metros de un dibujo de Goya que nombraba sin rodeos a un hombre afeminado de su tiempo.

Los comisarios explicaron que evitaban la palabra homosexual para no caer en un anacronismo, porque el término nace en el siglo XIX, justo cuando terminan las colecciones del museo. No se trataba de inventar un relato, sino de preguntar a los cuadros qué historias contaban sobre lo que se salía de la norma.

Hay algo muy significativo en ese gesto. El mismo lienzo que un rey encargó para su refugio privado pasó, casi cuatro siglos después, a formar parte de un recorrido público que lo leía con orgullo. Ganímedes había vuelto a subir, esta vez desde el armario de la mitología hasta la cartela de un museo nacional.

Un chico en el cielo

Según algunas tradiciones antiguas, la historia de Ganímedes también quedó escrita en las estrellas. Se le identificaba con la constelación de Acuario, el que vierte agua de un cántaro, imagen de su oficio de copero. Y el águila que se lo llevó tendría su propia constelación al lado, la del Águila.

Pero el gran destino astronómico de Ganímedes llegó mucho después. En enero de 1610, Galileo apuntó su telescopio a Júpiter y vio, cerca del planeta, cuatro puntos de luz que cambiaban de posición de una noche a otra. Eran lunas. Fue uno de los descubrimientos que acabaron con la idea de que todo giraba alrededor de la Tierra.

Lo contó pocas semanas después, en marzo de 1610, en un librito publicado en Venecia, el «Mensajero sideral», que se convirtió en un éxito inmediato entre los sabios de Europa. Galileo quiso dedicar las lunas a sus mecenas, los Médici, y las llamó estrellas mediceas. Los nombres que han sobrevivido, sin embargo, son otros. Los propuso el astrónomo alemán Simon Marius, que aseguraba haberlas observado por su cuenta, y la idea, según él mismo contó, se la había sugerido Kepler: ya que el planeta se llamaba Júpiter, sus lunas podían llevar los nombres de sus amores. Galileo nunca aceptó que Marius las hubiera visto por su cuenta y años después lo acusó públicamente de haberle copiado, una disputa de prioridad muy de la época que los historiadores todavía discuten. Lo curioso es que, en esa pelea, el vencedor de la ciencia fue Galileo, pero el vencedor del lenguaje fue Marius. Así nacieron Ío, Europa, Ganímedes y Calisto. Tres amantes femeninas y uno masculino, sin que nadie pareciera escandalizarse.

Durante mucho tiempo esos nombres no se usaron demasiado y los astrónomos preferían numerarlas. Hoy son los oficiales, y el más famoso de los cuatro es, precisamente, el del chico troyano.

La luna más grande

Ganímedes es la luna más grande del sistema solar. Tiene unos 5.270 kilómetros de diámetro, más que el planeta Mercurio. Si girara alrededor del Sol en lugar de alrededor de Júpiter, se la consideraría sin dudar un planeta.

Collage con un detalle de la carátula de «Me mola Zeus» y las carátulas de «La de la capilla sixtina», «Louvre», «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk»

Es, además, la única luna conocida que tiene su propio campo magnético, algo que confirmó la sonda Galileo en los años noventa. Y ese campo magnético sirvió para algo sorprendente. En 2015, la NASA presentó observaciones del telescopio espacial Hubble que estudiaban las auroras de Ganímedes, unas cintas de luz parecidas a las auroras boreales de la Tierra. El modo en que esas auroras se movían cuando cambiaba el campo magnético de Júpiter indicaba que bajo la corteza de hielo había un océano de agua salada, probablemente con más agua que todos los océanos terrestres juntos.

En abril de 2023, la Agencia Espacial Europea lanzó la misión JUICE para estudiar las lunas heladas de Júpiter. Tiene previsto llegar al planeta en 2031 y entrar en órbita alrededor de Ganímedes a finales de 2034. Será la primera nave que orbite una luna del sistema solar exterior.

Es una imagen preciosa si se piensa en el mito. El chico que fue arrancado de la Tierra para servir en el cielo será, dentro de unos años, el lugar al que una máquina construida por humanos viaje para hacerle compañía. Casi tres mil años después de la Ilíada, seguimos subiendo hacia Ganímedes.

El dios de la canción

Vuelta a la Tierra, a un cuarto con poca luz y un móvil en la mano. El Zeus de Mike no tiene nada de olímpico, y esa es la gracia. Presume de indiferencia y se le nota todo lo contrario:

Te haces el frío pero estás hirviendo

tu silencio me está sudando

Los dioses griegos ofrecían inmortalidad y caballos que corrían sobre el viento. Zeus Vargas ofrece muy poco: alguna frase suelta, una cita sin grandes planes, un rato de baile. Y funciona igual. El mito y la canción coinciden en eso: el deseo no mide lo que se recibe, mide de quién viene.

También coinciden en el desequilibrio. Ganímedes no elige subir al Olimpo, y el protagonista de la canción tampoco elige enamorarse. Le pasa, como una fuerza que viene de fuera y que se lleva por delante cualquier intento de disimulo:

Zeus Vargas me pone más que el foco

Hay, sin embargo, una diferencia fundamental. En el mito, el amado no tiene palabra. Nadie le pregunta a Ganímedes qué siente. En la canción, el que siente es el que habla. El mortal toma la palabra para contar su versión del rapto. Y lo hace con humor, con exageración y con una franqueza que el mito nunca permitió. El último verso es casi una dedicatoria:

Zeus Vargas, maricón… me tienes a solas

La palabra que Homero nunca habría escrito, la que durante siglos se usó como piedra, aparece aquí con cariño, como un apelativo entre iguales. Esa es la distancia entre el Olimpo y el planeta.

Un nombre para disfrazarse

En la Inglaterra isabelina, el nombre de Ganímedes tenía un significado que el público entendía a la primera. Era el nombre del chico deseado por un hombre, y los dramaturgos jugaron con él sin ningún pudor.

Christopher Marlowe abrió su tragedia «Dido, reina de Cartago», escrita hacia finales del siglo XVI, con una escena sorprendente: Júpiter mimando a Ganímedes sentado en sus rodillas, prometiéndole joyas y regalos mientras el chico se queja de que Juno le pega. Es una apertura que todavía hoy deja a los espectadores con la boca abierta, porque no tiene nada de alegórico.

Shakespeare fue más sutil, y más juguetón. En «Como gustéis», la protagonista, Rosalinda, huye al bosque disfrazada de muchacho, y el nombre que elige para su disfraz es precisamente Ganímedes. Bajo ese nombre se pasa buena parte de la obra enseñando a Orlando, el hombre al que ama, a cortejarla, con el pretexto de que él finja que Ganímedes es Rosalinda. Hay que añadir que en el teatro de la época los papeles femeninos los interpretaban actores varones jóvenes. Es decir: un chico haciendo de mujer que se disfraza de chico con nombre de amante de dios, y al que otro hombre corteja por juego. Pocas escenas del teatro clásico son tan deliciosamente queer.

Ese uso del nombre como contraseña es el mismo que siglos después harían otras comunidades con otras palabras. Un nombre mitológico, un color, una flor, una pregunta aparentemente inocente sobre si alguien es amigo de alguien. Ganímedes fue, durante mucho tiempo, una de esas palabras que permitían decir sin decir.

El poema que mira hacia arriba

En 1774, un Goethe muy joven escribió un poema titulado precisamente «Ganymed». No cuenta el rapto. Cuenta lo que siente el chico mientras sube. Es una mañana de primavera, todo arde de luz y de deseo, y el protagonista se pregunta adónde va, hasta que se deja llevar hacia arriba, abrazado y abrazando, hacia el seno de un padre que todo lo ama. El poema convierte el rapto en un éxtasis voluntario, una fusión con la naturaleza y con lo divino.

Ficha de la canción «Me mola Zeus» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Décadas después, Franz Schubert le puso música en un lied para piano, uno de los más conocidos de su repertorio. Y escultores como el danés Bertel Thorvaldsen hicieron su propio Ganímedes junto al águila, ya no como víctima, sino como un joven tranquilo que da de beber al pájaro de su copa.

Ese giro, del rapto al deseo propio, es importante. Durante siglos, el mito se contó desde fuera, desde los ojos del dios o del espectador. Goethe lo cuenta desde dentro. Ganímedes ya no es el objeto que se llevan, sino alguien que quiere subir.

«Me mola Zeus» está más cerca de Goethe que de Homero. Su protagonista no se resiste. Se deja llevar con los ojos abiertos, sabiendo que puede salir mal, y lo cuenta él mismo:

baila… no digas nada… solo baila…

Divinidades de andar por casa

El planeta de Mike está lleno de figuras que se elevan y se derrumban. Hay divas, reinas del pop, santos de pega y pedestales que se rompen. Hay un homenaje declarado a «The Queen of Pop», y hay una canción sobre una mujer con nombre de bóveda vaticana, «La de la capilla sixtina», que conecta sin querer con el mismo Miguel Ángel que dibujó a Ganímedes para Tommaso. Y hay un videoclip, «Louvre», en el que un museo solemne se convierte en pista de baile y el arte clásico se mira con alas de mariposa.

«Me mola Zeus» hace algo parecido con la mitología: la saca del museo y la lleva al dormitorio. El nombre del dios queda reducido a un apodo de ligue. Y, al hacerlo, recupera algo que el mito tuvo desde el principio y que los siglos intentaron disimular: que la historia de Zeus y Ganímedes es, antes que nada, la historia de un enamoramiento entre dos hombres.

Notas para escucharla

La canción forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK, y tiene videoclip oficial, con cuerpos tatuados, neones rosas y la energía de una noche que empieza. Se puede escuchar en Spotify. La información sobre los discos y sobre su autor, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, está en la página de prensa. Y quien quiera seguir con el planeta como lugar al que escapar tiene «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», la canción que le dio nombre.

Una propuesta: escucharla una noche despejada de invierno, cuando Júpiter se ve alto en el cielo como un punto de luz intensa que no parpadea. A simple vista no se distinguen sus lunas, pero con unos prismáticos bien sujetos a veces aparecen alineadas a su lado, diminutas. Una de ellas es Ganímedes. El chico más guapo de Troya sigue ahí arriba, dando vueltas alrededor de su dios. Y aquí abajo, en una pantalla, otro Zeus sigue estropeando algoritmos.

Preguntas frecuentes

¿Quién era Ganímedes en la mitología griega?

Un joven troyano, hijo del rey Tros, al que la Ilíada llama el más hermoso de los mortales. Los dioses se lo llevaron al Olimpo para que fuera el copero de Zeus. En versiones posteriores, como la de Ovidio, es el propio Zeus quien lo rapta transformado en águila, y la historia se cuenta abiertamente como una historia de amor entre el dios y el chico.

¿Dónde se puede ver «El rapto de Ganímedes» en Madrid?

En el Museo del Prado. Lo pintó Rubens entre 1636 y 1638 para la Torre de la Parada, el pabellón de caza de Felipe IV en los montes de El Pardo. Su formato alto y estrecho se explica porque iba colgado entre dos ventanas.

¿Por qué una luna de Júpiter se llama Ganímedes?

Galileo descubrió las cuatro grandes lunas de Júpiter en 1610. Los nombres que usamos hoy los propuso el astrónomo Simon Marius, a sugerencia de Kepler, a partir de los amores de Zeus, que en Roma era Júpiter. Ganímedes es la mayor de todas y la luna más grande del sistema solar.

¿Qué es «Me mola Zeus»?

Una canción de Mike Sain't Louis sobre un flechazo moderno con un tal Zeus Vargas, un chico que aparece en el «para ti» de las redes y desordena el algoritmo y la cabeza del protagonista. Está en el disco «El día de la liberación».

¿Zeus Vargas es una persona real?

No. Como todos los nombres propios que aparecen en las letras del Planeta Gayfolk, es un personaje inventado.

Más notas

Apoyar en Ko-fi