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Halloween queer: pelucas, catrinas y huesos de santo para ser otro una noche al año

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Ilustración: una calabaza rosa con sonrisa de neón y un antifaz de lentejuelas flotan sobre un planeta fucsia con anillos, bajo un cielo violeta con murciélagos y estrellas

El sábado es Halloween. Lo sabes porque el chino de la esquina ha sacado las calabazas de plástico al escaparate y porque tu grupo de amigas lleva dos semanas discutiendo por WhatsApp quién va de qué. Uno jura que este año va de monja. Nadie le cree.

Hay quien todavía tuerce el gesto con esta fiesta. Que si es americana, que si nos la han colado las series, que si aquí lo nuestro son los buñuelos y el cementerio. Tienen razón a medias. Lo nuestro también son los buñuelos. Pero para mucha gente queer, Halloween lleva décadas siendo otra cosa: la única noche del año en la que nadie te pregunta por qué vas vestido así.

El planeta tiene debilidad por esa noche. Y por las dos que vienen detrás, que son de otra familia pero se le parecen mucho. Así que esta nota va de las tres: de la calabaza, del Tenorio y de la catrina. De disfrazarse, de recordar y del derecho, tan pequeño y tan enorme, a ser otro durante unas horas.

La noche en que el armario se abre solo

Piensa en lo que significa un disfraz para alguien que todavía no ha salido del armario. El resto del año, cada gesto se vigila. Todo puede delatarte. Todo puede convertirse en un comentario en la cena o en un mote en el instituto.

Y de repente llega una noche en la que la regla se invierte. Esa noche se espera de ti que te pongas una peluca, que te pintes los labios, que te subas a unos tacones o que salgas a la calle con unas alas de purpurina. Y si alguien pregunta, la respuesta está preparada: «Es un disfraz». Nadie insiste. Es Halloween.

Muchas personas LGTBI cuentan alguna versión de esta historia. La primera vez que se vistieron de mujer fue en una fiesta de disfraces. La primera vez que un chico se maquilló los ojos fue con la excusa del vampiro. La primera vez que una chica se puso traje y bigote fue para ir de Charlot. El disfraz funcionó como un probador con cortina: un sitio seguro donde ensayar una identidad sin tener que firmarla todavía. Algunas se quitaron la peluca al llegar a casa y no volvieron a ponérsela. Otras descubrieron esa noche quiénes eran y ya no se la quitaron nunca.

Hay una ironía preciosa en todo esto. La fiesta que la cultura popular dedica a los monstruos, a lo raro y a lo que da miedo fue adoptada con entusiasmo por la gente a la que durante siglos se había llamado exactamente eso: monstruos, raros, gente que daba miedo. Si nos van a llamar monstruos, que al menos sea con buen maquillaje.

De Nueva York a West Hollywood: la calle como pasarela

En Estados Unidos, esa intuición íntima se convirtió con los años en algo muy público. Algunas de las celebraciones de Halloween más famosas del país crecieron en barrios con una vida gay muy visible.

En Nueva York, el desfile de Halloween del Greenwich Village nació en los años setenta como una iniciativa de barrio, con marionetas gigantes y vecinos disfrazados, y fue creciendo hasta convertirse en una cita multitudinaria. El Village era, y sigue siendo, uno de los barrios con más historia queer de la ciudad, a pocas calles del Stonewall Inn. No es casualidad que su fiesta de disfraces tuviera desde el principio tanta pluma, tanto exceso y tanto sentido del espectáculo.

En la otra costa, West Hollywood celebra cada año una enorme fiesta callejera de Halloween en Santa Monica Boulevard, el corazón de su vida LGTBI. Es una pasarela sin entrada, donde el público también es el espectáculo.

Lo que tienen en común esas fiestas es una idea muy camp: que la calle puede ser un escenario. Que una acera cualquiera, con sus farolas y sus papeleras, se convierte en pasarela si alguien camina por ella con suficiente actitud. España tiene su propia versión de esa idea, y se llama Orgullo. Pero Halloween añade un matiz: aquí no hace falta reivindicar nada. Basta con jugar.

Buñuelos, huesos de santo y un Tenorio que no se acaba nunca

Ahora volvamos a casa, que en España el 1 de noviembre es otra película.

Todos los Santos huele a castañas asadas en un cucurucho de papel de periódico y a flores frescas en los cementerios. Es el día de ir a ver a los que ya no están, de limpiar la lápida, de cambiar los crisantemos, de encontrarte con la prima a la que no ves desde el entierro anterior y comentar lo mucho que ha crecido la niña.

Y es, sobre todo, una fiesta de pastelería. En las confiterías aparecen los buñuelos de viento, redondos y huecos, rellenos de crema, de nata o de trufa. Y aparecen los huesos de santo, esos cilindros de mazapán rellenos de yema que imitan, con un humor muy castellano, un hueso pequeño. Hay que reconocerle el mérito a una tradición que te invita a comerte un hueso de dulce el mismo día en que vas al cementerio. Eso es camp antes de que existiera la palabra.

Luego está el teatro. «Don Juan Tenorio», el drama de José Zorrilla estrenado en 1844, se representa por estas fechas desde hace generaciones, en teatros grandes, en salones parroquiales y en plazas de pueblo. Es una obra de fantasmas: estatuas que hablan, un cementerio de noche, una cena con los muertos y un seductor que se salva por los pelos gracias al amor de doña Inés.

Mirado con ojos del planeta, el Tenorio es un festival de vestuario. Capas que ondean, golas, terciopelos, monjas, fantasmas con sábana y un galán que presume de sus conquistas como un influencer de la época. No hace falta forzar mucho la lectura para ver ahí una noche de disfraces con texto en verso.

Día de Muertos: altares para la familia que uno elige

Al otro lado del Atlántico, el 1 y el 2 de noviembre se celebra en México el Día de Muertos, que no es Halloween ni pretende serlo. La UNESCO reconoce estas fiestas indígenas dedicadas a los muertos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, y basta ver un altar para entender por qué.

Un altar de muertos es una pequeña escenografía del cariño. Tiene la foto de la persona recordada, velas, papel picado de colores, flores de cempasúchil con su naranja intenso, pan de muerto, calaveritas de azúcar con nombres escritos y la comida y la bebida que le gustaban. La idea es que esos días los difuntos vuelven de visita, y hay que recibirlos bien.

Y luego están las catrinas: calaveras vestidas con sombreros de plumas y vestidos de gala, que hoy recorren desfiles y calles maquilladas en miles de caras. La muerte arreglada para salir de fiesta. Pocas imágenes son tan camp y tan tiernas a la vez.

Para mucha gente LGTBI, el Día de Muertos tiene una capa más. Porque la familia que se recuerda no siempre es la de sangre. Es también la familia elegida: las amigas que te acogieron cuando en casa te cerraron la puerta, el compañero de piso que te prestó su vestido, la drag veterana que te enseñó a pegarte las pestañas, el novio que no pudiste presentar a nadie. En muchos altares hay fotos de personas que no tuvieron un entierro con su nombre completo ni con su pareja en primera fila.

Y está la generación del sida. Durante los años ochenta y noventa, el VIH se llevó a muchísimos hombres gays, mujeres trans y personas de la comunidad, a menudo en silencio, con vergüenza impuesta y sin que sus familias quisieran nombrar la causa. Hubo amigos que velaron a sus amigos uno detrás de otro. Proyectos como el gran edredón conmemorativo del sida, con sus paneles cosidos a mano con nombres, nacieron precisamente para que esas vidas no desaparecieran sin rastro. Un altar con la foto de un amigo muerto en el 91 es, en el fondo, el mismo gesto: decir su nombre en voz alta, ponerle su canción, servirle su copa.

El planeta no tiene nada gracioso que añadir aquí. Solo esto: recordar también es una forma de orgullo.

Drag, o el disfraz que no se quita al amanecer

Hay un punto en el que el disfraz de Halloween y el drag se tocan, y otro en el que se separan.

Se tocan en la técnica. Peluca, base, contorno, pestañas, relleno de caderas, tacones, y un personaje que se construye por capas delante de un espejo con bombillas. Cualquiera que se haya disfrazado en serio una noche de octubre ha rozado, aunque sea un poco, el oficio de una drag.

Se separan en la intención. El disfraz de Halloween se lleva para esconderse un rato. El drag se lleva para enseñarse más. Una drag no se pone una máscara para que no la reconozcan: se pone una cara nueva para que la vean entera. Por eso tantas artistas drag dicen que el personaje no es una mentira, sino una verdad subida de volumen.

Halloween, en ese sentido, es una especie de jornada de puertas abiertas del drag. La noche en que el resto del mundo prueba lo que algunas hacen cada fin de semana. Y en que más de un chico que solo quería ir de bruja descubre que se siente mejor con las pestañas puestas que sin ellas.

El planeta rosa también se disfraza

PLANETA GAYFOLK lleva el disfraz en su ADN. Es un planeta rosa con anillos, un universo retrofuturista con naves de neón, cielos violetas y portadas que parecen carteles de cine de serie B. Es camp de principio a fin: se coge lo exagerado, lo hortera y lo kitsch, y se trata con todo el cariño del mundo.

Y en ese universo las máscaras aparecen a menudo. En el videoclip de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» desfilan una máscara blanca, un payaso en un callejón mojado y un cura bajo la lluvia, como invitados a un velatorio de película de miedo. Es una canción sobre quién iría a tu entierro, y el vídeo la viste de noche de Halloween sin que nadie se lo pidiera.

Los fantasmas también tienen su sitio. En «Ruido en mi mente» la casa encantada está dentro de una cabeza, con relojes parados, espejos partidos y un verso que podría escribirse en la puerta de cualquier pasaje del terror: «Mis propios fantasmas no dejan de gritar». Son los fantasmas que no se compran en ningún bazar de disfraces. Los que vienen de serie.

Y luego está el disfraz más moderno de todos: la inteligencia artificial. Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», escribe sus letras, y la música y la interpretación vocal de sus canciones están hechas con IA, con herramientas como Suno. En cierto modo, la IA es su máscara de lentejuelas: una voz prestada que dice palabras propias. Él mismo se ríe de la idea en «Mi último ex era una IA disfrazada», donde la protagonista, después de una ruptura, llega a una conclusión de lo más lógica: «¿Entonces mi último ex era una I A disfrazada?». La canción habla de un novio que nunca miente, que siempre contesta con sinceridad y que solo tiene un defecto: no puede dar besos, abrazos ni polvazos. Un disfraz perfecto, salvo en lo importante.

Ahí está, en el fondo, la gracia de todo el universo GAYFOLK. Una máscara que no oculta, sino que señala. Una voz artificial que cuenta cosas muy humanas: desamores, venganzas, polvos, vecinas cotillas, entierros con poco público y discotecas con mucho.

Esta noche, sé otro (y luego vuelve, si quieres)

Así que este fin de semana tienes tres fiestas en una. El sábado, la calabaza y la purpurina. El domingo, los buñuelos, los huesos de santo y quizá un Tenorio en el teatro del barrio. Y entre el domingo y el lunes, si te pilla cerca un altar de muertos, una vela para quien ya no está y una foto de esa persona que te enseñó a ser tú.

Ponte la peluca. Píntate la cara de catrina. Ve de monja, de vampiro, de Rocío Jurado o de calabaza con tacones. Ensaya esa versión de ti que todavía no te atreves a sacar en un martes cualquiera. Y si te gusta cómo te queda, que nadie te diga que el disfraz se devuelve a medianoche. El derecho a ser otro una noche al año tiene una cláusula escondida: a veces, esa otra persona eras tú desde siempre.

Para la banda sonora, el planeta te lo pone fácil. Las canciones de Mike Sain't Louis se escuchan y se descargan gratis en gayfolkplanet.com, y también están en Spotify y en Deezer. Hay máscaras, fantasmas, entierros con mala uva y novios artificiales para toda la noche. Que empiece la fiesta.

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