Planeta Gayfolk

Cultura LGTBI

«Aquí todos se conocen»: ser LGTBI en un pueblo, del autobús de las siete al Orgullo con panderetas

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Ilustración: un pueblo en silueta con campanario y ventanas encendidas bajo un enorme planeta rosa con anillo de neón turquesa, guirnaldas de bombillas de colores cruzando un cielo violeta estrellado, una pareja cogida de la mano bajo un corazón rosa, chopos y un tractor con una bandera arcoíris sobre surcos de neón

En un pueblo no hace falta salir del armario. Te sacan. Y casi siempre con buena educación: en la cola de la panadería, un martes cualquiera, mientras te envuelven la barra, alguien pregunta en voz alta si no te echas novia ya, que se te va a pasar el arroz. Detrás, tres señoras que no estaban escuchando escuchan muchísimo.

Es una escena que conoce media España y buena parte de Latinoamérica, cambiando la barra por la tortilla de maíz o el pan amasado. El pueblo es ese lugar donde cualquiera puede decirte a qué hora saliste de casa, con quién vuelves y qué coche ha dormido esta noche en tu puerta. Para una persona LGTBI eso ha sido, durante generaciones, un problema serio. Y también, aunque se cuente menos, una forma rara de compañía.

Esta nota del diario va de eso: del pueblo como escenario, con su plaza, su verbena, su autobús de las siete y su grupo de WhatsApp de las fiestas. Del que se fue, del que se quedó, del que vuelve en agosto y del que ha empezado a montar orgullos entre tractores, panderetas y cocido. Con tres canciones de Planeta Gayfolk en el bolsillo, como quien lleva bocadillo para la romería.

«Aquí todos se conocen»

La frase admite dos lecturas, y ninguna es mentira.

La primera es la de la amenaza. Si aquí todos se conocen, aquí todo se sabe. No hay anonimato, no hay un barrio donde nadie te mire, no hay un bar de ambiente a la vuelta de la esquina. Lo que en una ciudad es una vida privada, en un pueblo es un tema de conversación en la puerta de la iglesia. Y el chico que se pinta las uñas o la chica que no quiere ir de dama de honor en las fiestas saben muy pronto que cualquier gesto viaja más rápido que el coche de línea.

La segunda lectura es la de la red. Si aquí todos se conocen, aquí también te conocen a ti. Eres el nieto de la Eulalia, la hija del que arregla los tractores, el que ayudó a sacar la carroza del barro el año de la tormenta. Esa biografía compartida pesa, pero también protege. Mucha gente LGTBI que vive en pueblos cuenta algo parecido: que a la etiqueta le cuesta más imponerse cuando enfrente hay una persona con nombre, con historia y con una madre que hace las mejores rosquillas de la comarca.

No es un final feliz garantizado. Hay familias que cierran la puerta y vecinos que no la abren nunca. Pero el pueblo no es un bloque. Es una suma de casas, y cada una tiene su propia cerradura.

La maleta y el autobús de las siete

Durante décadas, la salida más conocida fue la del autobús. Hacer la maleta, decir que te ibas a estudiar o a buscar trabajo, y empezar en la capital una vida que en casa no se nombraba. Ese viaje tiene ya nombre propio en los estudios sobre diversidad: sexilio, la marcha forzada o casi forzada por la orientación sexual, la identidad o la expresión de género.

En 2025, la federación FELGTBI+ y la Universidad de Salamanca le pusieron cifras en España. Según su informe, contado por elDiario.es, a partir de 800 entrevistas, un 13 % de las personas LGTBI tuvo que dejar un hogar que de otro modo habría conservado, y otro 21,5 % se lo había planteado en serio. Más de un tercio, en total. El motivo más repetido no era la violencia, aunque también aparecía, sino algo más cotidiano y más agotador: la necesidad de vivir sin esconderse. La soledad salía en casi una de cada cinco respuestas.

Hay un dato del mismo estudio que desmonta un tópico con mucha gracia: entre quienes vivieron ese exilio, el grupo más numeroso, un 43,4 %, venía de ciudades grandes, y solo un 13,5 % del medio rural. Es decir, que el armario no entiende de padrón municipal. Se puede tener un vecino cateto en un cuarto piso con ascensor y una tía comprensiva en una aldea de cuarenta habitantes.

Eso no quita que el pueblo tenga sus dificultades: menos asociaciones, menos referentes y una distancia que, a los dieciséis años y sin carnet, parece un océano.

La plaza, la verbena y la silla de enea

Si hay una semana al año en la que el pueblo se mira al espejo, son las fiestas patronales. La orquesta en el escenario de chapa, la charanga por las calles, las peñas con su camiseta del año, el pasodoble a las dos de la madrugada y la plaza convertida en salón de baile al aire libre. Todo el pueblo está allí.

Y en esa plaza, durante mucho tiempo, había una regla no escrita sobre quién bailaba con quién.

«Tan cateto» no ocurre en una verbena, pero podría. La canción se dirige a alguien que mira y juzga a dos hombres que van de la mano, y el narrador le contesta sin bajar el volumen:

«No voy a aceptar consejos de ningún espectador»

En una ciudad, ese espectador suele ser un desconocido. Le sueltas la frase y no lo vuelves a ver. En un pueblo, el espectador tiene nombre, apellidos y sitio fijo en la plaza: lleva cuarenta años sentado en la misma silla de enea durante la verbena, y conoce a tu abuela desde la escuela. La canción adquiere así otra temperatura. Plantarle cara al que mira cuando ese que mira va a estar mañana en la cola del médico es mucho más valiente de lo que parece en el papel.

También tiene algo de liberador. Las fiestas son, por definición, el momento en que el pueblo se permite lo que no se permite el resto del año. Disfraces, carrozas, hombres vestidos de novia en el desfile de las peñas. El camp lleva siglos colándose en las fiestas de los pueblos sin pedir permiso, solo que nadie lo llamaba así. Lo que reclama hoy mucha gente es que esa licencia no dure solo una semana y no vaya siempre disfrazada de broma.

Agosto, el teletrabajo y la vuelta

El pueblo tiene una población oficial y una población de agosto. La segunda puede multiplicar por diez a la primera.

Ahí aparece una figura cada vez más frecuente: el que se fue con veinte años y regresa con cuarenta, acompañado. Al principio lo presenta como «un amigo». Al tercer verano, la madre ya le pone cubierto sin preguntar. Al quinto, el amigo tiene opinión sobre el riego de los tomates y ganas de discutir con el cuñado sobre la paella. Ese proceso, lento y lleno de silencios, es una de las formas más tiernas de aceptación que existen. No hay discursos. Hay un plato más en la mesa.

Y luego están los que vuelven para quedarse. El teletrabajo, el precio de los alquileres en las ciudades, el cansancio del ruido o el deseo de cuidar a unos padres mayores han llevado a mucha gente de vuelta a sitios que dejó en la adolescencia. Volver siendo quien eres, después de haberte ido para poder serlo, es un viaje con mucha carga. Algunos descubren que el pueblo ha cambiado más de lo que imaginaban; otros, que no ha cambiado nada, pero ellos sí.

Orgullos con panderetas, cocido y tractores

Lo más bonito de los últimos años es que ya no hace falta elegir entre el pueblo y el Orgullo. El Orgullo ha empezado a ir al pueblo.

En Galicia, el festival Agrocuir da Ulloa, en Monterroso (Lugo), nació hace más de una década con otro nombre, Agrogay, y mezcla talleres, baile tradicional, conciertos y fútbol en un entorno que lucha también contra la despoblación. En Lalín, la tierra del cocido, desde 2016 se celebra el Cocido do Orgullo. Hay pocas declaraciones de principios más gallegas que reivindicar la diversidad con un plato de lacón delante.

En León, el festival La Cuireño, en Barrillos de Curueño, ha reunido corros de panderetas y jotas, sesiones de DJ, mercadillos y un bingo musical, con acampada en las eras del pueblo con permiso de la junta vecinal. Ese detalle administrativo es maravilloso: el Orgullo, tramitado como se tramita cualquier fiesta de pueblo.

En Castilla-La Mancha, Carcelén, en Albacete, con menos de quinientos habitantes, celebró en 2022 su primer Orgullo con un pasacalles con música y agua y un manifiesto leído en la plaza del Castillo. Quien lo organizaba explicaba que en esos pueblos faltan referentes y que todavía cuesta expresar los sentimientos.

En Extremadura, el BolloVera de Losar de la Vera, en Cáceres, apuesta por actividades para todas las edades, de los críos a los mayores. Y en la misma lista oficial de turismo aparecen el AgrOrgullo de Barcenillas, en Cantabria, con tractores decorados con los colores del arcoíris, y el Orgullo Rural de la Sierra, en la Sierra Norte de Madrid.

Ninguno se parece a una gran manifestación urbana, y esa es la gracia. Juegan en otra liga, la de la comida popular, la jota y la abuela que se acerca a mirar y acaba con una bandera en la mano.

De Juchitán a la vereda

En Latinoamérica la palabra pueblo cambia de forma según el país: el rancho, la vereda, la aldea, el caserío, el pueblito de la sierra. La experiencia se parece mucho. También allí el éxodo hacia la capital ha sido para muchas personas LGTBI la única salida, y también allí el «aquí todos se conocen» funciona a la vez como amenaza y como abrazo.

Hay un ejemplo que siempre conviene recordar. En Juchitán, en el istmo de Oaxaca, en México, las muxes, personas a las que la cultura zapoteca reconoce fuera del binario de género, celebran desde 1976 la Vela de las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro. Se celebra cada noviembre, dura tres días e incluye desfile de carros, misa, baile y coronación de una reina. Es decir, la estructura exacta de unas fiestas patronales, con huipiles bordados y tacones de purpurina. Nació como respuesta a la persecución y hoy reúne a miles de personas.

Eso no significa que allí todo sea fácil: el machismo sigue presente y hay muxes rechazadas en su propia casa. Pero la vela demuestra algo que vale para cualquier pueblo de cualquier país: la tradición no es enemiga de la diversidad por naturaleza. Depende de quién tenga sitio en la procesión.

Lo que el planeta le debe al pueblo

Planeta Gayfolk lleva el pueblo en el nombre. Folk es la gente, lo popular, lo que se canta en la plaza. Y en su catálogo hay una canción que lo dice sin rodeos: «Un pueblo es», la adaptación que hizo Mike Sain't Louis de la canción de María Ostiz de 1977. Es una canción ajena, con letra de otra autora, y por eso la tomamos con respeto. Pero tiene un verso que sirve para cualquier alcalde, cualquier tertuliano y cualquier campaña institucional:

«Con una frase no se gana un pueblo»

Leído desde un pueblo pequeño y desde una vida LGTBI, el verso tiene una segunda lectura. La aceptación no llega por decreto ni por un cartel con el arcoíris colgado en el balcón del ayuntamiento durante una semana. Llega por la convivencia lenta, la de la cola de la panadería, la del plato de más en la mesa y la de la vecina que un día deja de preguntar por la novia y empieza a preguntar por él. A un pueblo se le gana frente a frente, como dice también la canción, y eso vale en las dos direcciones.

Junto a ella está «Boys from the Village», que aún no tiene la letra colgada, y por eso esta nota no reproduce ningún verso suyo. Pero al título le basta con cuatro palabras. Chicos del pueblo, en plural. No el chico raro del pueblo, ese solitario de tantas novelas, sino varios. Una cuadrilla. Y una cuadrilla, en un pueblo, es casi una institución.

Porque al final ese es el cambio. Durante mucho tiempo, ser LGTBI en un pueblo era ser el único, o creer que lo eras. La soledad de ese único no es un tópico literario: es real, y todavía hoy hay adolescentes que la viven con el móvil como única ventana. Si es tu caso, en el diario hay una serie de salud mental con textos y teléfonos de ayuda, y contárselo a alguien de confianza, o pedir cita con un profesional, ya es empezar a salir de ahí.

Pero el pueblo también tiene una libertad que la ciudad no conoce. La del cielo entero por la noche, sin farolas. La del río en agosto. La de no tener que elegir entre tus raíces y tu vida.

Hay pueblos que ya bailan pasodobles entre dos chicos en la verbena y nadie para la orquesta. Hay otros en los que todavía no. Pero cada vez que alguien vuelve en agosto con su novio, o monta un Orgullo con panderetas en las eras, el mapa cambia un poco.

Y el espectador de la silla de enea, aunque siga mirando, ya no tiene la última palabra.

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