Universo GAYFOLK
Por dónde empezar a escuchar Planeta Gayfolk: diez canciones en cinco cajones, de la risa al cuidado
Por Mike Sain't Louis ·

Llegar a Planeta Gayfolk por primera vez se parece un poco a entrar en una fiesta enorme en la que no conoces a nadie. Hay música en todas las habitaciones, cada puerta da a un ambiente distinto y desde el pasillo se oyen a la vez carcajadas, un estribillo en inglés, una copla y alguien que llora en el baño. La tentación es quedarse en la entrada con el abrigo puesto. O darse media vuelta.
La trilogía tiene 275 pistas repartidas en tres discos, y Mike Sain't Louis, que se presenta como «el primer cantautor IA», tardó unos dos años en sacar sus singles y sus videoclips: unas 273 canciones. Son muchas puertas. Para quien prefiere leer el planeta como una novela, con su principio y su final, ya existe la guía de lectura de la trilogía, que recorre los tres discos en orden. Esta nota propone otra cosa, más de andar por casa: entrar por el estado de ánimo. No por dónde empieza la historia, sino por cómo te has levantado hoy.
Son diez canciones agrupadas de dos en dos en cinco cajones: para reír, para bailar, para llorar a gusto, para enfadarse con un ex y para cuidarse la cabeza. Todas tienen letra publicada, videoclip oficial y página propia con descarga gratuita. Y he dejado fuera, a propósito, «Tan Cateto», la canción por la que mucha gente llegó al planeta a través de TikTok: esa ya se encuentra sola. Las letras las escribe Mike; la música y la interpretación vocal se hacen con inteligencia artificial. Lo que sigue son una o dos ideas por canción, nada más, para que la escucha te la quedes tú.
Antes de abrir la primera puerta
Tres avisos de anfitrión, para que nadie se lleve un susto en el recibidor.
El primero: aquí se habla claro. Algunas letras del planeta son sexualmente explícitas, otras llaman a las cosas por su nombre y casi todas tienen pluma. Forma parte de la casa. Si vas a ponerlas en la comida familiar del domingo, mejor escúchalas antes tú solo.
El segundo: el humor y la pena conviven puerta con puerta. Puedes estar riéndote con una canción y que la siguiente te deje callado. No es un descuido del orden, es el carácter del proyecto. Por eso esta ruta separa las canciones en cajones, para que elijas tú la temperatura.
El tercero: muchas canciones mezclan idiomas. Hay castellano de España, inglés, spanglish de pista y algún giro que en Latinoamérica sonará exótico y en Madrid sonará a barrio. Si una palabra no la entiendes, la letra completa está a un clic. Y si no te apetece leer, tampoco pasa nada: el estribillo suele explicarse solo.
Para reír
Hay días en que lo único que pide el cuerpo es una canción que convierta un desastre en sobremesa. El planeta tiene muchas, pero dos funcionan especialmente bien como primera visita, porque se entienden a la primera y no exigen conocer nada de antes.
«3 años de garantía», pista 35 del primer disco, es la historia de un novio comprado por la tele. Lo que la hace tan buena puerta de entrada es el tono: cuenta un amor que se estropea con la misma voz administrativa con la que uno reclama una lavadora, y en esa seriedad está el chiste. Hay un detalle que a mí me hace reír cada vez, y es que el comprador, antes de que nada falle, se porta como un cliente modélico: «Les puse en Google / Una buena opinión». La reseña de cinco estrellas antes del drama. Es perfecta para ponérsela a esa amiga que siempre te cuenta sus rupturas como si fueran incidencias técnicas.
«Croquetas en el crucero», pista 47 del segundo disco, es la de las vacaciones que salen torcidas. Recomiendo escucharla justo antes de unas vacaciones, como vacuna contra las expectativas. Mi momento favorito es cuando aparece la autoridad del barco con toda su pompa: «El capitán me guiñó un ojo travieso / me ofreció una copa y un queso». Una copa y un queso. Es la seducción más modesta de toda la música española, y la letra la cuenta con la solemnidad de un bolero.
Para bailar
El planeta tiene pista, mucha pista. Pero para empezar conviene elegir canciones con estribillo fácil, de las que se aprenden en la segunda vuelta y se gritan en la tercera.
«Flash», pista 21 del primer disco, es una canción corta de frases y larga de repeticiones. Esa es su gracia. Funciona como un mantra de pista: no hace falta entender nada, solo dejarse llevar por la orden del estribillo, «Flash, cámara, acción», que suena a claqueta de cine pero se baila como un pistoletazo de salida. Va muy bien en los auriculares, en ese trayecto de autobús nocturno en el que todavía no has llegado al sitio, pero ya has decidido que la noche va a salir bien.
«Boys Like Us», pista 51 del segundo disco, está entera en inglés, y eso la convierte en una buena carta de presentación para quien escucha desde fuera de España. Es la canción del baile en grupo: tiene un «oh-oh-oh-oh» que cualquiera puede corear aunque no sepa una palabra del idioma, y una idea muy sencilla en la letra, la de brillar a pesar de las miradas. Si la pones en una reunión de amigos, en algún momento alguien levantará los brazos. Y ya que estás, fíjate en cómo la canción se contesta a sí misma: «Oh they wonder / Why we glow». Los demás se preguntan; ellos ya lo saben.
Para llorar a gusto
Hay un tipo de llanto que no es de pena honda sino de desahogo. Ese llanto de domingo por la tarde, con la persiana a media altura y una taza que se enfría en la mesa. El planeta también sabe acompañarlo, y aquí van dos canciones muy distintas para ese rato.
«Voy a olvidarme de ti», pista 73 del primer disco, es una versión: la letra es de una sevillana de María de la Colina, y Mike la trae al planeta como productor. Es la canción para quien llora con dramatismo, a lo grande, con palmas imaginarias. Toda la letra es una lista de propósitos que se repiten como si repetirlos bastara para cumplirlos, y hay uno que lo resume todo: «Voy a apagar este fuego». Ya sabemos que no se apaga así, de un día para otro. Pero cantarlo ayuda.
«Hoy es el último adiós», pista 98 del tercer disco, es lo contrario: llanto seco, casi sin palabras. Una sola frase que vuelve y vuelve hasta que se queda en un adiós suelto. Mi consejo para escucharla por primera vez es no quitarla al terminar y dejar que el disco siga, porque la pista siguiente, la 99 y última de la trilogía, es «El día de la liberación». Del adiós a la fiesta, sin pausa. Pocas veces el orden de un disco consuela tanto.
Para enfadarse con un ex
El cabreo con un ex tiene mala fama, pero tiene su utilidad: muchas veces es el primer síntoma de que uno empieza a quererse un poco más. El planeta tiene un catálogo entero de canciones para ese momento. Aquí van dos que, además, se escuchan bien juntas.
«Al fuego», pista 63 del tercer disco, es el enfado que empieza por uno mismo. Antes de insultar al otro, la letra se insulta a sí misma, y lo hace con una gracia que desarma. Es una canción muy breve, de dos estrofas que se repiten, y precisamente por eso funciona como desahogo rápido: dura lo que dura un portazo. Es buena para gritarla en el coche con las ventanillas subidas, que nadie tiene por qué enterarse.
«Tu mendigo», pista 60 del segundo disco, es el enfado lento, el que llega cuando por fin entiendes cómo funcionaba aquello. Aquí no hay chiste fácil. Hay una persona que repasa la relación con la cabeza fría y descubre que el problema nunca fue suyo. Hay un verso que me parece de los más certeros del catálogo para describir a alguien que te hacía pequeño: «te ofendía mi alegría». Si alguna vez te molestaron tus ganas de reír, ya sabes a quién dedicársela.
Para cuidarse la cabeza
El último cajón es el más delicado. En Planeta Gayfolk hay muchas canciones que hablan de salud mental sin rodeos, y su autor ha escrito en este diario sobre la suya con mucha franqueza. Para empezar propongo dos que se complementan: una que describe el ruido y otra que enseña una salida.
«Ruido en mi mente», pista 18 del segundo disco, es para las noches en que no quieres una canción que te anime, sino una que te entienda. A veces consuela más que alguien ponga en palabras exactas lo que pesa, y esta letra lo consigue con imágenes muy físicas: «Y el aire pesa como un ladrillo gris». Te recomiendo escucharla con la letra abierta en otra pestaña, despacio, sin prisa por llegar al final.
«No Contact», pista 65 del segundo disco, es la otra cara: una canción de pista sobre cortar el contacto con alguien que te ha hecho daño. Mezcla castellano e inglés y va rápida, así que funciona bien para caminar deprisa o para el gimnasio, cuando hace falta sacar fuera lo que se ha acumulado dentro. Tiene además la honestidad de no pintar la decisión como algo fácil: «Aunque tiemble, I won’t fall». Temblar está permitido. Caerse, no tanto.
Una cosa importante. Estas canciones acompañan, pero no sustituyen a nadie. Si estás pasando por un momento muy malo, habla con una persona de confianza y busca ayuda profesional. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratis y a cualquier hora; si hay una emergencia, al 112. En Latinoamérica y en el resto de Europa, llama al número de emergencias de tu país. Pedir ayuda también es cuidarse la cabeza.
Dónde escucharlas, y una invitación
Todo el planeta está en Spotify y en Deezer, así que basta con buscar a Mike Sain't Louis y crear una lista con estas diez. Si prefieres tener los archivos, cada canción tiene su propia página en esta web, con su portada y un botón de descarga gratuita: no hay que pagar, no hay que registrarse y no se pide el correo. Los enlaces de esta nota llevan directamente a esas páginas. Y en la sección de letras están los textos completos, para quien quiera leer mientras escucha.
Si te apetece montar una sola lista con las diez, propongo este orden, pensado como una tarde que se convierte en noche: empieza por «Croquetas en el crucero» y «3 años de garantía», para entrar riéndote; baja luego a «Voy a olvidarme de ti» y «Ruido en mi mente», que es cuando el sol se va; sube el enfado con «Tu mendigo» y «Al fuego»; suelta lastre con «No Contact»; sal a la pista con «Flash» y «Boys Like Us»; y cierra con «Hoy es el último adiós», dejando que suene después, si la tienes a mano, «El día de la liberación». Son diez canciones y una propina. Más o menos lo que dura una buena previa.
Un consejo de orden práctico: no hace falta seguir esta ruta de principio a fin. Elige el cajón que te pida el día y quédate ahí un rato. Si te gusta lo que oyes, cada canción tiene vecinas en su disco: aquí te he dicho en cuál vive y en qué pista, así que basta con mirar las de al lado. Desde ahí, el camino ya es tuyo. Hay quien acaba recorriendo la trilogía entera en orden y hay quien se queda para siempre en un solo cajón, y las dos cosas valen.
Y si después de estas diez quieres más, la invitación es sencilla: vuelve otro día, con otro humor, y abre otra puerta. El planeta está hecho para eso, para que cada visita sea distinta según cómo llegues. La fiesta sigue en todas las habitaciones. Quítate el abrigo, que aquí nadie te pide explicaciones.