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Ballroom y voguing: de Harlem a Madrid y Ciudad de México

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Ilustración: una pasarela rosa con luces de candilejas avanza en perspectiva hacia un planeta fucsia con anillo dorado que asoma en el horizonte, bajo una bola de espejos y focos que cruzan un cielo violeta estrellado; a ambos lados, filas de sillas vacías y, al fondo de la pasarela, un pequeño trofeo dorado

Imagina un salón alquilado en Harlem a las tres de la madrugada. Sillas plegables pegadas a la pared, un DJ en una esquina, una mesa larga con cuatro jueces que fingen aburrimiento. En el centro, un pasillo vacío. Alguien coge el micrófono y canta, más que anuncia, la siguiente categoría. Y por ese pasillo avanza una chica de diecinueve años, negra o puertorriqueña, a la que su familia echó de casa hace seis meses, vestida como si fuera la consejera delegada de un banco de Wall Street. Maletín, gafas, traje sastre. Nadie en esa sala ha pisado un consejo de administración. Si los jueces se lo creen, se lleva el trofeo.

Eso es el ballroom. Una competición, una fiesta y una casa, todo a la vez. Y al planeta, que vive de pasarelas imposibles, le debe más de lo que parece.

Antes de los focos: Harlem y la pataleta de Crystal

Los bailes de disfraces y de travestismo existían en Nueva York desde el siglo XIX. La logia Hamilton de Harlem organizaba uno desde la segunda mitad de aquel siglo (la fecha que suele citarse es 1869), y en los años veinte llegó a reunir a miles de personas. Pero aquellos concursos tenían un problema que nadie en el escenario se molestaba en disimular: los jurados preferían a las concursantes blancas y los rasgos europeos. Las reinas negras y latinas lo tenían muchísimo más difícil, por mucho que brillaran.

En 1967, en el certamen Miss All-America Camp Beauty, una de ellas se hartó. Se llamaba Crystal LaBeija. Cuando anunciaron que la ganadora era una reina blanca, Crystal montó un escándalo delante de todo el mundo y acusó al concurso de estar amañado. La escena quedó grabada en el documental The Queen (1968). No fue una rabieta. Fue una enmienda a la totalidad.

Poco después, Crystal y Lottie LaBeija fundaron la House of LaBeija, que la tradición considera la primera casa del ballroom (las fuentes dudan entre 1968 y principios de los setenta; el planeta no va a desempatar). La idea era sencilla y revolucionaria: si sus bailes no nos quieren, montamos los nuestros.

Casas, madres y apellidos de alta costura

Una casa del ballroom no es un edificio. Es una familia. La dirige una madre, a veces también un padre, que suele ser una mujer trans, una drag o un hombre gay con años de pasarela a la espalda. Debajo están los hijos y las hijas: chavales que en muchos casos han sido expulsados de su casa de verdad por ser maricas, bolleras o trans, y que encuentran en la casa del ballroom comida, consejos, un sofá donde dormir y alguien que les enseña a caminar.

Los nombres de las casas lo dicen todo. Muchas tomaron apellidos de grandes firmas de moda y cosmética, como Saint Laurent, Revlon o Gucci, y otras se inventaron los suyos: LaBeija, Xtravaganza, Ninja, Ebony, Dupree. Quien entra adopta el apellido: si la sociedad no te da nada, tú te pones el nombre más caro del escaparate.

En los años ochenta y noventa, con la epidemia del sida arrasando Nueva York y la indiferencia institucional en máximos, esas familias elegidas fueron muchas veces lo único que había. Madres que enterraban a sus hijos e hijos que cuidaban a sus madres en hospitales donde nadie más iba. El ballroom tiene purpurina, pero debajo de la purpurina hay duelo, y mucho.

Por eso, cuando se dice que el ballroom fue un refugio para personas negras y latinas LGTBI y trans, no es una frase de folleto. Eran las personas expulsadas por partida doble: por el racismo de la escena gay blanca y por la homofobia y la transfobia de sus propios barrios. El salón alquilado era el único lugar del mundo donde ser exactamente lo que eras te podía hacer ganar.

Las categorías: el arte de ser creíble

En un ball se compite por categorías, y la lista es larguísima. Está la pasarela, que premia el modo de caminar. Está el face, donde solo cuenta la cara. Y está la más fascinante de todas, la realness.

En realness no gana quien más brilla, sino quien mejor pasa desapercibida. Hay que parecer un ejecutivo, un estudiante de universidad privada, un militar, un chico duro de barrio. La medida del éxito es poder salir a la calle a plena luz del día con esa ropa y que nadie te identifique como marica o como trans. Es decir, que nadie te pegue.

Un concurso cuya nota máxima consiste en sobrevivir. Es a la vez una parodia feroz del poder y un entrenamiento para esquivarlo: se premia a quien ha estudiado tan bien el mundo que le rechaza que puede ponérselo como un abrigo.

Las categorías se dividen además según quién camina: butch queens (hombres gays), femme queens (mujeres trans), butches y otras etiquetas que cambian de una ciudad a otra. Y hay un lenguaje propio, con palabras como shade, chop (cuando un juez te elimina) o ten, la puntuación perfecta.

El voguing: old way, new way y vogue femme

Dentro de los balls nació una danza. Su origen es una leyenda con varias versiones. Una atribuye la invención a Paris Dupree, que habría empezado a imitar en una pista las poses de las modelos de la revista Vogue. Otra la sitúa en la cárcel de Rikers Island. Lo que nadie discute es el nombre: viene de la revista, de esas modelos congeladas en la página que los chicos de Harlem copiaban con una ironía muy seria.

Con los años, el voguing se ordenó en tres estilos principales:

  • Old way. El original, anterior a 1990. Líneas rectas, simetría, poses que recuerdan a jeroglíficos egipcios y a las artes marciales. Se bailaba muchas veces como un duelo entre dos rivales.
  • New way. Llega a partir de los noventa y es más acrobático. Ángulos complicados, cajas y figuras que se dibujan con las manos, las muñecas y los brazos, influencias de la gimnasia y la contorsión.
  • Vogue femme. Cristaliza hacia mediados de los noventa y es el que la mayoría tiene en la cabeza cuando piensa en voguing. Tiene cinco elementos básicos: las manos, la pasarela (catwalk), el duckwalk (caminar en cuclillas como un pato, y no, no es fácil), los giros y caídas (spins and dips) y el trabajo de suelo. Se baila con una feminidad exagerada y gloriosa.

Si has visto a alguien deslizarse por el suelo enmarcándose la cara con las manos como si fuera un cuadro, eso es vogue femme. Y si lo has intentado en el pasillo de casa, enhorabuena: ya eres parte de la historia, aunque sea con un tobillo en peligro.

1990, el año en que el mundo se enteró

Durante décadas, todo esto ocurrió lejos de las cámaras. Hasta que llegaron dos cosas casi a la vez.

La primera fue Paris Is Burning, el documental de Jennie Livingston. Rodado durante unos siete años en la segunda mitad de los ochenta, se estrenó en el festival de Toronto en septiembre de 1990 y ganó el gran premio del jurado al mejor documental en Sundance en 1991. Por él pasan Pepper LaBeija, Dorian Corey, Angie Xtravaganza, Willi Ninja (al que llamaban el padrino del voguing) y Venus Xtravaganza, una joven trans que soñaba con una vida tranquila de clase media y que fue hallada estrangulada durante el rodaje. Su asesinato nunca se resolvió.

El documental no está libre de polémica. La escritora bell hooks criticó que convirtiera los balls en un espectáculo para la mirada blanca. En 2016 entró en el registro nacional de cine de Estados Unidos. Es imprescindible y es una pregunta incómoda sobre quién cuenta las historias de quién.

La segunda fue «Vogue», de Madonna, publicado también en 1990. La coreografía del videoclip la firmaron José Gutiérez Xtravaganza y Luis Camacho Xtravaganza, dos bailarines de la escena, que luego salieron de gira con ella en el Blond Ambition Tour. Millones de adolescentes, de Valladolid a Guadalajara o Medellín, aprendieron con ella a enmarcarse la cara con las manos sin saber muy bien de dónde venía el gesto. El planeta ya le rezó una novena a la reina, así que aquí solo apunta lo justo: el gesto venía de Harlem.

Casi tres décadas después, Pose (FX, 2018-2021), creada por Steven Canals, Brad Falchuk y Ryan Murphy, devolvió el ballroom de los ochenta a las pantallas con un elenco amplio de intérpretes trans como MJ Rodriguez, Indya Moore y Dominique Jackson. Billy Porter, que interpretaba a Pray Tell, el maestro de ceremonias, ganó en 2019 el Emmy al mejor actor protagonista de drama: fue el primer hombre negro abiertamente gay en conseguirlo.

De Harlem a Madrid, Barcelona y Ciudad de México

El ballroom ya no es solo neoyorquino. Tiene escenas propias en Europa y en América Latina.

En Madrid, la escena empezó a crecer a mediados de la década pasada, y una de las figuras clave es la coreógrafa Silvi ManneQueen, conocida como Mother Spain, organizadora de las primeras competiciones en el país. En agosto de 2020, Veranos de la Villa convirtió el patio de Conde Duque en una pista con un kiki ball (una competición de carácter amateur) en el que participaron cuarenta personas de siete casas españolas. Las categorías eran puro castizo: chulapos y chulapas, la movida madrileña, Cibeles y Neptuno, el oso y el madroño. Al planeta, que se siente en casa entre chulapas con pluma, aquello le parece gloria bendita.

En Barcelona, el Mercat de les Flors acogió en diciembre de 2025 el Royal Gucci Ball, dentro del festival de cultura urbana Hop, con cerca de trescientos participantes llegados de todo el mundo. Lo presentó Jayce, madrina de la Gorgeous House of Gucci, que es de Cerdanyola del Vallès y cofundadora de Ballroom Encounters, una plataforma que crea espacios seguros para la comunidad queer y racializada en Cataluña.

En Ciudad de México, la House of Apocalipstick, fundada el 18 de marzo de 2015 por Victoria Letal y Franka Polari, activistas desde los noventa, se considera la segunda casa de vogue del país; sus primeras prácticas fueron en 2014, en La Purísima. La House of Jotas lleva un nombre que remite a la crujía J del antiguo palacio de Lecumberri, donde se encerraba a los presos homosexuales: un insulto carcelario convertido en apellido de familia. Y en 2023, el Festival CulturaUNAM organizó VogueArte en la explanada de La Espiga, con casas como la Iconic House of Ninja México o la House of Pank. Allí las casas pueden estar lideradas por madres, padres o «xadres».

Lo que el planeta aprende de la pasarela

Planeta Gayfolk no es una casa del ballroom, ni lo pretende. Pero el universo de Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA, bebe de la misma idea: ocupar un espacio que nadie te ha dado y caminarlo como si fuera tuyo.

Hay dos canciones del catálogo que parecen escritas para un jurado. La primera es «Licenciada en derecho», que es, en el fondo, una categoría de executive realness con banda sonora. Una mujer que camina por la ciudad con los libros de leyes en el bolso y los tacones en el asfalto, y que lo resume así: «Lights, camera, acción, watch me while I slay». Ese slay no está ahí por casualidad: es una de las palabras que el pop tomó prestadas del vocabulario de los balls.

La segunda es «Soy marica sideral», que contiene probablemente el verso más ballroom de todo el planeta: «Soy silencio con tacones, / soy marica sideral». No grita, no pide permiso, simplemente camina y deja que el resto mire. Es la actitud de quien sale a la pasarela sabiendo que ya ha ganado algo por el simple hecho de estar allí.

Quien quiera leerlas enteras las tiene en el apartado de letras; para escucharlas, Spotify y Deezer, o la descarga gratuita desde la propia web.

Y eso es lo que el ballroom enseña a cualquiera que quiera escuchar: nunca ha sido solo un baile. Es una forma de organizarse cuando todo lo demás falla: una familia para quien no la tiene, un trofeo para quien nunca ha ganado nada, un apellido de alta costura para quien solo ha recibido insultos. Nació de la exclusión y la convirtió en estética.

Se ha hecho famoso, se ha comercializado en parte y se ha discutido mucho, pero sigue funcionando como funcionaba en aquel salón de Harlem: alguien canta una categoría, alguien sale al pasillo y, durante unos minutos, el mundo entero tiene que mirarle.

Si alguna vez tienes la ocasión de ir a un ball, ve. Siéntate, aplaude, chasquea los dedos cuando toque y no te pongas a grabar con el flash a la cara de nadie. Y si el maestro de ceremonias anuncia una categoría abierta y te tiemblan las piernas, recuerda que todo esto empezó con una reina que, en 1967, se negó a aplaudir un resultado injusto. Y mira todo lo que vino después.

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