Cultura pop
«The Queen of Pop»: novena a la Virgen de la pista de baile
Por Mike Sain't Louis ·

Imagina la puerta interior del armario de un dormitorio cualquiera de Móstoles, a principios de los noventa. Ahí hay un altar. No tiene velas, porque la madre del chico pondría el grito en el cielo. Tiene chinchetas. Una foto recortada de la Super Pop, otra del Teletodo, una tercera sacada del encarte de una cinta pirata comprada en el Rastro. En todas sale la misma mujer, con el pelo de un color distinto en cada una.
Se llamaba Madonna. En un país de cofradías, de pasos de Semana Santa y de abuelas que rezan el rosario con la radio puesta, ese nombre no podía ser casualidad.
«The Queen of Pop» es la novena que el planeta le reza. El texto que la acompaña lo dice sin rodeos desde la primera línea: «Este es mi homenaje personal e independiente a la eterna Reina del Pop – Madonna 👑».
Esta crónica se toma la palabra «devoción» al pie de la letra. Y reza.
Primer día: el nombre
Las novenas empiezan invocando el nombre. En España, decir «Madonna» es decir «la Virgen» en italiano, con todas sus letras. La Madonna de los cuadros de Rafael, la de las capillitas de las esquinas de Nápoles, la de las estampitas que las abuelas guardan en el monedero junto al DNI y la tarjeta del Ahorro.
Que una chica de Michigan con ese nombre de pila se convirtiera en la mujer más escandalosa del pop es una de esas ironías que el universo deja caer de vez en cuando para que nos riamos. Madonna Louise Ciccone, nombre de Virgen, se dedicó durante décadas a enfadar a obispos.
Para un chico marica criado entre misas de domingo y catequesis, esa combinación era irresistible. Tenía el aroma de la iglesia y el veneno de lo prohibido en el mismo frasco. Era rezar y pecar a la vez, con música de discoteca de fondo. El planeta, que tiene debilidad por las contradicciones, se arrodilla.
Segundo día: la corona
El título de la canción no se anda con modestias. The Queen of Pop. La Reina. Con mayúscula y con el emoji de la corona al final de la frase del texto, como un sello real en una carta lacrada.
Las Vírgenes de las procesiones también llevan corona. Coronas de plata, de oro, de pedrería, que pesan kilos y que los costaleros sudan por las calles de Sevilla y de Málaga. Hay pueblos de España que se arruinan pagando la corona de su Virgen y no se arrepienten. Es una forma de amor desmedida que solo se entiende desde dentro.
La corona de Madonna no la pagó ningún pueblo. Se la pusieron millones de fans en el mundo, a base de discos comprados, de entradas de concierto, de pósteres arrancados de las revistas. Y la canción la llama «eterna Reina del Pop», con esa palabra, eterna, que también se usa en las oraciones y en las lápidas.
El planeta no discute la coronación. Pero se permite un apunte de barra: en Chueca hay muchas reinas que se creen la del pop. Solo una lo es.
Tercer día: la carta
Hay devociones que se expresan con promesas, con velas, con exvotos de cera colgados en la pared de una ermita. La de esta canción se expresa con una carta. El texto lo dice así: «Una carta de amor de un artista a otra, de la libertad a la rebeldía.»
Una carta de un artista a otra. Fíjate en el género gramatical: un artista, en masculino; a otra, en femenino. Es un detalle pequeño y muy exacto. Quien escribe la carta es un hombre que hace canciones desde fuera de la industria, con sello propio. Quien la recibe es una mujer que lleva cuarenta años en lo más alto de la industria. Dos posiciones que no podrían estar más lejos. Y sin embargo la carta las pone en la misma línea, de artista a artista.
Y luego, el remite y el destino: de la libertad a la rebeldía. La carta sale de la libertad, que es lo que el planeta ha conquistado haciendo lo que le da la gana. Llega a la rebeldía, que es lo que Madonna enseñó a toda una generación. Es como si el alumno le escribiera a la maestra para decirle que la lección se aprendió.
Letanía
Toda novena que se precie tiene su letanía. Esa parte en la que alguien recita una lista larguísima de nombres de la Virgen y el resto contesta a coro. Torre de marfil. Casa de oro. Estrella de la mañana. Las abuelas se la saben de memoria y la recitan sin respirar.

La letanía del planeta para su reina sería otra, y se reza en un bar de la calle Pelayo con la caña en la mano. Reina de las hombreras. Señora del corsé de cono. Virgen de la laca. Madre de todas las reinvenciones. Patrona de los que bailan solos en su cuarto con la puerta cerrada. Refugio de los que no sabían todavía cómo decirlo en casa. Abogada de los escandalizados. Consuelo de los que no salen en las revistas. Rubia, morena, pelirroja, platino, según la década.
Y el coro contestaría, con la boca llena de patatas bravas: ruega por nosotras.
El planeta se ríe con la letanía porque es una burrada. Pero hay una verdad debajo, y es que las devociones populares siempre han funcionado así. Se le pone a la imagen todo lo que uno necesita. A la Virgen de los marineros se le pide que el barco vuelva. A la de los enfermos, que baje la fiebre. A la reina del pop, que te deje ser quien eres aunque en tu casa todavía no lo sepan.
Por eso las letanías son tan largas. Porque las necesidades lo son.
Cuarto día: sin imitar
En las procesiones hay una figura que siempre da un poco de miedo: el que se disfraza de santo. El que va de penitente con la túnica demasiado nueva, el que imita la pose de la imagen, el que confunde la devoción con el disfraz. Las abuelas de los pueblos lo detectan enseguida y cuchichean.
La canción se adelanta a ese cuchicheo con una frase que es casi un juramento: «No es imitación, es devoción convertida en arte performativo.»
El planeta entiende la diferencia. Imitar a Madonna es lo que se hace en los concursos de talentos de la tele, con una chica de Albacete con un corsé de cono hecho de cartulina. Tiene su gracia. Pero no es lo mismo que la devoción. La devoción no intenta parecerse a la imagen. Intenta estar a su altura. Y para eso hace falta hacer otra cosa, propia, que no se parezca a nada.
Ese «arte performativo» es la clave. La performance, en el lenguaje del arte contemporáneo, es poner el cuerpo, el gesto y la idea en el mismo sitio. En este caso, la performance es la canción entera: un homenaje que se pone en escena desde el universo propio del planeta, sin pedir permiso a nadie, ni siquiera a la homenajeada.
Quinto día: las tres ofrendas
Todas las novenas tienen sus ofrendas. Flores, cirios, rosarios. La de esta canción ofrece tres cosas, y el texto las enumera así: una mirada «que mezcla estética retro, arte queer y nostalgia electrónica».
La estética retro es la de los ochenta y los noventa que el planeta ama sin disimulo. Hombreras, laca, pendientes de aro, la bola de espejos de una discoteca de la costa con la moqueta pegajosa. Es la estética en la que Madonna se convirtió en lo que es.
El arte queer es la casa del planeta. Maricas, drags, pluma, todo lo que el catálogo de Mike Sain't Louis lleva dentro desde el primer disco. Y es también la casa de Madonna, que durante décadas se rodeó de bailarines gais, de cultura de club y de una estética que salía directamente de los bares de ambiente de Nueva York.
La nostalgia electrónica es la más difícil de explicar y la más fácil de sentir. Es ese sonido de sintetizador que te transporta a una pista de hace treinta años aunque no estuvieras allí. Es la sensación de echar de menos algo que no viviste. El planeta la conoce bien, porque está hecho de esa misma sustancia.
Sexto día: la reina y los escándalos
Ninguna devoción española está completa sin una buena polémica con la jerarquía. Hay Vírgenes que se pelearon con el obispo por un manto, cofradías que se negaron a cambiar el recorrido, pueblos que sacaron la procesión aunque el cura dijera que no.

Madonna tiene un historial de polémicas con la jerarquía que haría palidecer a cualquier hermandad de Triana. El videoclip de «Like a Prayer», con sus cruces ardiendo, provocó en 1989 un escándalo tan grande que Pepsi retiró el anuncio que había rodado con ella. La gira Blond Ambition tuvo protestas del Vaticano en Italia. Cada pocos años, durante décadas, la reina ha encontrado una manera nueva de enfadar a alguien con sotana.
El texto de la canción no menciona ninguna de estas polémicas. No le hace falta. Las resume todas en una palabra que aparece al final del texto en inglés: «rebellion». La rebeldía no es un adorno del homenaje. Es su razón de ser. Lo que el chico del altar en el armario aprendió de Madonna no fue a bailar. Fue a no pedir perdón.
Y eso, en un barrio de Madrid de hace treinta años, era una lección de supervivencia. Pedir perdón era lo que se esperaba de un chico con pluma. Perdón por cómo hablas, perdón por cómo andas, perdón por no querer jugar al fútbol en el recreo, perdón por la carpeta forrada de fotos de chicas que no eran tu novia. Una mujer que le plantaba cara al Vaticano desde un escenario, con un micrófono de diadema y un corsé, le enseñaba a ese chico que había otra forma de estar en el mundo. Más ruidosa. Más cansada, seguramente. Pero mucho más suya.
El planeta, que de pedir perdón sabe un rato, se lo agradece todavía.
Séptimo día: los bailarines del fondo
Hay una parte de la historia de Madonna que para el público queer tiene un peso especial, y el planeta la cuenta porque forma parte de su propia mitología. «Vogue», el gran éxito de 1990, salió de la cultura de los ballrooms de Nueva York, donde chicos negros y latinos, muchos de ellos gais y trans, competían en pasarelas improvisadas imitando las poses de las revistas de moda.
Madonna llevó aquello a la radio de todo el mundo. Hay quien lo celebra como una forma de visibilidad y hay quien lo critica como una apropiación. El planeta no va a resolver ese debate en una crónica. Lo que sí sabe es que, en un dormitorio de un barrio de Madrid, un chico que no conocía la palabra ballroom vio aquel videoclip en blanco y negro y entendió algo sobre sí mismo que todavía no tenía nombre.
Esa es la devoción que reza esta novena. No la del marketing. La de los que estaban en el fondo de la pista.
El diario del planeta ya dedicó una nota a por qué el público queer adora a las divas. Esta crónica añade solo una cosa: a veces la diva es lo único que hay en la pared.
Octavo día: el productor
En el catálogo de Mike Sain't Louis hay otra canción donde Madonna aparece, y aparece por una razón muy distinta. Se titula «El productor de Madonna no compra en Mercadona», y su letra menciona a Mirwais, el productor francés que trabajó con ella en discos como «Music». La canción lo usa como argumento en una discusión muy del planeta: la de quienes le dicen al letrista que usar tecnología en la música no vale.
Las dos canciones son caras de la misma estampita. En una, Madonna es la reina a la que se le escribe una carta de amor. En la otra, Madonna es el ejemplo que se le pone a los haters: si la reina lleva décadas usando máquinas y sigue con su corona, que no vengan a dar lecciones.
Ese segundo uso tiene mucho sentido dentro del proyecto. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y las escribe sin IA. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno. En un planeta así, una reina del pop que se pasó la vida reinventándose con la tecnología de cada época es más que un ídolo. Es un precedente.
Noveno día: el forastero
La novena termina, como todas, con una petición. La de esta canción está escrita en inglés, al final del texto, y dice que en el mundo del planeta el legado de Madonna «meets the outsider spirit of independent pop rebellion».
El espíritu outsider del pop independiente. Es una expresión que el catálogo conoce bien, porque tiene una canción entera llamada «Outsider Radical» dedicada a crear sin pedir permiso. Lo que pide la novena es que esos dos mundos se encuentren. La reina del centro y el forastero de la periferia. La que tiene la corona y el que tiene un altar con chinchetas.
En las procesiones de pueblo hay un momento en que la Virgen pasa por delante de la casa de alguien que no puede salir a la calle, un enfermo, una anciana en silla de ruedas, y los costaleros la giran hacia la ventana. Es el momento más emocionante de la procesión. La imagen se detiene y mira a quien no podía ir a verla.
El planeta pide eso. Que la reina se gire hacia la ventana.
Exvotos
En las ermitas de los pueblos de España hay paredes enteras cubiertas de exvotos. Piernas de cera de quien se curó de una cojera. Fotos de bebés que nacieron bien después de un parto difícil. Trenzas de pelo de novias que cumplieron una promesa. Muletas colgadas de un clavo. Cada objeto es un gracias de alguien que pidió algo y lo recibió.

Si la reina del pop tuviera ermita, la pared de los exvotos sería la más rara del mundo. Habría cintas de casete con la carátula escrita a mano. Entradas de conciertos en Barcelona y Madrid. Camisetas de giras con el cuello dado de sí. Una peluca rubia de una despedida de soltera en Benidorm. Una carta de un chico de Valladolid que salió del armario a los dieciséis años con una canción de fondo. Un pendiente de aro de una drag que se lo quitó en su último show. Y, en una esquina, una foto recortada de la Super Pop con cuatro agujeritos de chincheta.
«The Queen of Pop» es un exvoto más en esa pared. Uno hecho de música. El texto lo llama «homenaje personal e independiente», y las dos palabras son importantes. Personal, porque sale de una devoción propia y no de un encargo. Independiente, porque lo cuelga en la pared un artista sin discográfica, con su propio sello, que no le debe nada a nadie.
Es el tipo de exvoto que no tiene precio. Ni lo paga ninguna marca ni lo patrocina ninguna radio. Se cuelga y ya está. Como se hacía antes.
La procesión por Chueca
Si «The Queen of Pop» tuviera procesión, saldría de la plaza de Chueca un sábado de julio, durante el Orgullo. El paso lo llevarían costaleros con arnés de cuero y gafas de sol. Delante, una banda de cornetas tocando versiones de los ochenta. Detrás, cientos de penitentes con abanicos y purpurina.
En el paso no iría una talla. Iría una foto recortada de la Super Pop, ampliada a tamaño real, con las chinchetas oxidadas en las esquinas. Las abuelas del barrio saldrían a los balcones, como salen siempre, sin saber muy bien si persignarse o aplaudir. Y harían las dos cosas.
Es una imagen inventada, claro. El planeta se ríe de sí mismo imaginándola, porque sabe que es una burrada. Pero las burradas son la forma que tiene este diario de decir la verdad. Y la verdad es que para mucha gente la devoción por Madonna ocupó el sitio que en otras casas ocupaban las Vírgenes. Con el mismo fervor. Con el mismo altar en la pared.
La cofradía del planeta
«The Queen of Pop» no reza sola. El catálogo tiene una pequeña cofradía de divas con canción propia. Está «Free Britney», que toma prestado el grito de una de las campañas de fans más famosas del pop. Está «I Am Yurena», con nombre de diva en el título. Y está la reflexión del planeta sobre lo camp, que tiene página propia en la sección Camp, donde se explica por qué estas mujeres y no otras ocupan los altares de este universo.
En el diario hay una crónica anterior sobre esta misma canción, devoción, no imitación, escrita desde otro ángulo. Esta novena es su hermana pequeña, la que se toma la devoción al pie de la letra.
Fin de la novena
«The Queen of Pop» forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. Que la carta de amor a la reina esté en el disco de la liberación tiene su lógica: Madonna fue, para muchos, el primer permiso para liberarse.
Se puede escuchar en Spotify, y el texto completo, en inglés y en castellano, está en la sección de letras del planeta. Para los datos oficiales del proyecto, la sala de prensa tiene la ficha completa.
Volvamos al armario imaginario de Móstoles. Han pasado más de treinta años. La madre del chico vendió el piso y los nuevos dueños pintaron el dormitorio de blanco. Las fotos de la Super Pop se perdieron en alguna mudanza.
Pero en la puerta interior del armario, si alguien se fijara con una linterna, todavía se verían cuatro agujeritos de chincheta. Formando un rectángulo. Del tamaño exacto de una reina. Los nuevos dueños nunca se han preguntado qué estuvo colgado ahí. Tampoco hace falta. Hay agujeros que solo entiende quien los hizo.
Amén.
Preguntas frecuentes
¿A quién está dedicada «The Queen of Pop»?
A Madonna. El texto que acompaña a la canción la presenta como «mi homenaje personal e independiente a la eterna Reina del Pop – Madonna».
¿Es una imitación de Madonna?
No. El propio texto lo aclara: «No es imitación, es devoción convertida en arte performativo». Es una carta de amor de un artista independiente a una artista gigante.
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 19 de junio de 2026.
¿Quién la ha escrito?
El texto es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrito sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.