Planeta Gayfolk

Relaciones tóxicas

Tienda de caretas de segunda mano: «Hipócritas» y el muestrario completo del teatro barato

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Portada de «Hipócritas», canción de Mike Sain't Louis

Persiana a medio subir, olor a goma y a naftalina, un timbre que suena cuando empujas la puerta. Bienvenido a la tienda.

Aquí no se venden disfraces nuevos. Para eso están las grandes superficies en febrero, con sus bolsas de plástico y sus fotos de niños sonrientes vestidos de pirata. Aquí se venden caretas usadas. Caretas que alguien se puso durante años, con las que fue a cenas, a bodas, a cumpleaños y a terapia de pareja, y que un día se le cayeron al suelo en mitad de una frase. Alguien las recogió, las limpió un poco y las puso en el estante con su etiqueta.

El inventario de la tienda lo dicta una canción: «Hipócritas». El texto que la acompaña en la web es una lista de clientes habituales. «Los que van de seres luminosos mientras esconden toda la mierda detrás de una sonrisa». Los que dan lecciones que no cumplen. Los que «fingen moral, fingen cariño y fingen humanidad… hasta que se les cae la careta y asoma lo que realmente sois: puro teatro barato».

Puro teatro barato. Ahí está el nombre de la tienda, pintado en el escaparate.

El diario ya contó cómo la rabia se convierte en límite en esta canción, que es la parte de dentro, la del que aguanta. Hoy el planeta se pone detrás del mostrador y hace inventario de la parte de fuera. Careta por careta. Con precio, estado de conservación y advertencias de uso.

Pasen y miren. No se toca sin preguntar.

Estante uno: la careta de ser luminoso

Es la que más se vende y la que peor se conserva.

Tiene una sonrisa de oreja a oreja pintada a mano, ojos entornados como de estampita y un brillo en las mejillas que, de cerca, resulta ser purpurina de chino. Su dueño habitual habla de energía, de vibraciones, de soltar, de fluir. Pone frases de taza de desayuno en su perfil. Comparte amaneceres. Dice «te mando luz» a quien está pasando un mal momento y luego, en privado, cuenta ese mal momento a otros como si fuera una película de sobremesa.

Estado de conservación: regular. La goma está dada de sí de tanto quitársela y ponérsela según quién esté delante.

Advertencia de uso: no exponer a situaciones reales. En cuanto le toca acompañar a alguien en algo feo de verdad, un hospital, una mudanza a las siete de la mañana, una noche de llanto, la purpurina se cae a puñados y debajo aparece la cara de alguien que tiene mucha prisa.

El texto de la canción no se anda con rodeos con esta careta. Dice que quienes la llevan no son «profundos ni inteligentes ni especiales». Dice algo peor: que son previsibles. Y es verdad. Uno aprende a ver venir al ser luminoso igual que ve venir a la vecina del quinto que solo baja al portal cuando hay ambulancia.

Estante dos: la careta de consejero

Viene con gafas de pasta incorporadas y un pañuelo al cuello. Se vende mucho en tiendas de barrio de Chamberí y en grupos de WhatsApp de antiguos alumnos.

Su portador tiene una solución para todo lo tuyo y ninguna para lo suyo. Te dice cómo tienes que llevar tu relación, tu trabajo, tu dinero, tu duelo y tu peso. Te recomienda libros que no ha leído. Te recomienda paciencia mientras él la pierde con el camarero. Te dice que hay que ser coherente con la boca llena de incoherencia.

«Los que se pasan la vida dando lecciones que ni ellos mismos cumplen». Así describe la canción a este cliente. Y el planeta añade una observación de dependiente veterano: el consejero nunca te pregunta cómo estás. Te dice cómo deberías estar. Son preguntas distintas. La primera abre una puerta; la segunda la tapia.

Hay un detalle de esta careta que los clientes nuevos no ven. Las gafas de pasta no tienen cristales. Son solo montura. El consejero no ve mejor que tú; ve menos, porque no se mira. Se pasa el día señalando la paja en el ojo ajeno con una montura vacía, como esos señores que en las bodas se ponen gafas de sol dentro del salón para parecer interesantes. Si un día alguien le pide que aplique a su vida uno solo de los consejos que reparte, se queda callado un rato largo, se ajusta la montura y cambia de tema. Suele hablar del tiempo. O de la subida de la luz. Cualquier cosa menos de él.

Estado de conservación: impecable por fuera. Por dentro tiene marcas de mordiscos, de tanto apretar los dientes cuando alguien le devuelve uno de sus consejos.

Estante tres: la careta de víctima

Esta está en la zona de oferta porque hay muchas. Es la careta más fabricada del mercado. Viene con una lágrima de silicona pegada debajo del ojo izquierdo, que no se seca nunca.

El que la lleva te hace daño y, cuando te quejas, llora él. Te miente y, cuando lo descubres, el ofendido es él porque «no confías». Te deja tirado y, cuando se lo dices, te explica lo mucho que ha sufrido él por tener que dejarte tirado. Es una careta muy útil para darle la vuelta a cualquier conversación en tres frases.

Aquí el planeta se pone serio un momento, porque esta careta tiene nombre técnico. Se llama luz de gas, y el diario tiene una nota entera dedicada a cómo funciona el gaslighting. Lo que hace la careta de víctima es exactamente eso: reescribir lo que pasó hasta que dudas de si lo viviste tú o te lo has inventado.

El catálogo de Mike lo dice mejor que cualquier manual. En «Me rindo», después de recordar los viajes al pueblo, el paseo con los perros y las navidades, aparece la pregunta que hace cualquiera que acaba de ver caer esta careta:

«¿Todo eso eran tomas falsas de La que se avecina o de Caso cerrado?»

Tomas falsas. Eso es lo que queda cuando se cae la careta de víctima. Un montón de escenas que creías de verdad y que, vistas desde fuera, parecen ensayos. La Doctora Polo dictando sentencia, Antonio Recio gritando en el portal, y tú en mitad del plató preguntándote en qué momento te dieron el guion.

Estado de conservación: la lágrima de silicona está muy gastada. El resto, como nuevo. Se ha usado mucho, pero siempre para lo mismo.

Estante cuatro: la careta de mejor amigo

Esta es cara. No por el material, que es plástico como las demás, sino por lo que cuesta descubrirla.

Viene con los brazos abiertos. Literalmente: se vende con dos brazos de foam a los lados, listos para el abrazo. Su portador está en todas las fotos de tu cumpleaños, conoce a tu madre, te presta el cargador del móvil y sabe tu contraseña del wifi. Es el primero en escribir cuando pasa algo. Es el último en irse de la fiesta.

Y es el que cuenta lo que le contaste. A otros. Con detalles.

El texto de «Hipócritas» habla de quienes fingen cariño. No dice «fingen amor» ni «fingen amistad», dice «fingen cariño», que es una palabra más pequeña y por eso duele más. El cariño es lo de todos los días: el mensaje de buenos días, la croqueta que te guardan, el «¿has llegado bien?». Que eso sea fingido es lo que deja el cuerpo frío.

Advertencia de uso: esta careta no se cae de golpe. Se resbala. Primero un comentario raro que te llega de rebote. Luego un silencio en el grupo cuando entras. Luego una foto en la que no estás. Cuando por fin cae del todo, uno ya llevaba meses sospechando y llamándose paranoico.

Estante cinco: la careta de moralista

Se vende con alzacuellos opcional y un dedo índice extensible, de los que se estiran para señalar.

El moralista está siempre escandalizado por algo: por la ropa de uno, por las letras de otro, por lo que pasa en Chueca un sábado por la noche, por lo que dicen las canciones, por cómo hablan los jóvenes. Y luego, en su casa, con la persiana bajada, hace exactamente lo mismo que critica, o cosas peores, que es lo que suele pasar.

«Hipócritas» lo deja escrito: fingen moral. La palabra «moral» en boca de esta gente es como un traje prestado. Les queda grande de hombros y corto de mangas, y se les ve el reloj de oro debajo del puño.

El planeta tiene una relación larga con esta careta. Casi todo lo que es camp nació, en parte, para burlarse de ella. Lo explica la nota del diario sobre el camp: exagerar lo que el moralista oculta, sacarlo al escenario con plumas y lentejuelas, hasta que se vea lo ridículo que es esconderlo. Una drag con mantilla hace más contra el moralista que mil columnas de opinión.

Estante seis: la careta de «yo solo digo»

Esta es pequeñita, casi un antifaz. Cabe en el bolsillo y se pone en un segundo, justo antes de soltar algo feo.

«Yo solo digo que…». «No te lo tomes a mal, pero…». «Te lo digo por tu bien». «Es que soy muy sincero». El portador de esta careta ha descubierto que cualquier crueldad, si va precedida de una de estas fórmulas, sale de la boca con salvoconducto. Te puede decir que estás más gordo, que tu novio no te quiere, que tus canciones dan vergüenza ajena o que tu madre siempre le pareció un poco ordinaria. Y si te molestas, la culpa es tuya, porque él «solo decía».

Es la careta favorita de las sobremesas de Navidad. Se vende en packs de seis, con turrón de regalo.

Lo que tiene de hipócrita no es la sinceridad, que a veces hace falta, sino la dirección. Esta careta solo es sincera hacia fuera. Si le dices tú algo a él, aunque sea con la mitad de dureza, se quita el antifaz de golpe y aparece la careta de víctima del estante tres. Son de la misma fábrica. Muchas veces vienen en la misma caja.

Estado de conservación: excelente. Se usa mucho pero se gasta poco, porque quien la lleva casi nunca recibe lo mismo que da.

El escaparate: el carnaval, donde las caretas no mienten

Antes de pasar a la trastienda, una parada en el escaparate, que es la parte de la tienda que el planeta más quiere.

Ahí no hay caretas de hipócrita. Hay caretas de carnaval. Plumas de Venecia, antifaces de lentejuela, una peluca de chirigota gaditana con su tipo completo, un sombrero de copa de comparsa, una cara de Lola Flores en cartón pluma con los ojos recortados. Son caretas igual de falsas que las del interior. Y sin embargo no engañan a nadie.

La diferencia es sencilla. En carnaval todo el mundo sabe que es carnaval. Quien sale a la calle en Cádiz con un tipo de chirigota no dice que es así de verdad. Dice: mírame, voy disfrazado, y con este disfraz voy a decirle las cuarenta al alcalde, al obispo y al vecino del tercero. La careta de carnaval sirve para decir la verdad. La del hipócrita sirve para esconderla.

El planeta GAYFOLK vive en el escaparate. Lo exagerado, lo camp, las alas de mariposa, el traje de luces rosa chicle, la drag de Benidorm: todo eso es careta, si se quiere, pero careta a la vista. Mike lo dejó escrito en sus reglas de la casa: con humor también se dice la verdad, y lo camp, lo exagerado y lo cotidiano son formas serias de hablar de la vida. Una lentejuela no miente. Lo que miente es la sonrisa de estampita del estante uno.

Por eso los hipócritas se ponen tan nerviosos con el carnaval, con el Orgullo, con las drags. No les molesta el disfraz. Les molesta que alguien se disfrace a la vista de todos y, aun así, diga más verdades que ellos con la cara lavada.

La trastienda: caretas de cine

Detrás de una cortina de terciopelo, al fondo de la tienda, hay una sección que no se enseña a todo el mundo. Es la de caretas de película de terror. El planeta, que tiene debilidad por el género, la visita a menudo.

Aquí está la máscara blanca de Michael Myers en «La noche de Halloween», la cara inexpresiva que no cambia nunca, haga lo que haga quien la lleva. Está la máscara de Ghostface de «Scream», con la boca abierta en un grito eterno, que se vendía en todas las tiendas de disfraces de los noventa. Está la careta de cerdo de «Saw». Y en una vitrina aparte, con cierta repugnancia, la de cuero de Leatherface, de «La matanza de Texas», que en el catálogo de Mike tiene su propia canción.

Lo que tienen en común todas estas caretas de cine es que no se mueven. Da igual lo que pase: la cara de fuera es siempre la misma. El asesino puede estar llorando o riendo debajo, y tú no lo sabrás nunca. Esa es la fuente del miedo.

Y eso, exactamente eso, es lo que más miedo da de un hipócrita de verdad. No los gritos. La cara quieta. La sonrisa que no cambia cuando le cuentas que estás mal. El gesto de comprensión que es idéntico al de hace un año, cuando le contaste otra cosa. El diario dedicó una nota al cine de terror y la cultura queer, y una de sus ideas viene al pelo: a quien ha tenido que esconderse le resulta muy fácil reconocer a otro que se esconde. Por eso los maricas entendemos tan bien las películas de máscaras.

Y luego está la frialdad, que es la máscara sin máscara. En «Ni con un palo», el texto describe al narcisista que castiga sin tocar, sin mirar, sin acercarse. Dos frases lo resumen todo:

«No es rechazo, es cálculo. / Es saber que el otro sufre y quedarse quieto.»

Quedarse quieto. Como Michael Myers al fondo del jardín. Esa quietud es la careta más cara de la tienda, y no está a la venta.

El mostrador: lo que dicen los que devuelven caretas

A esta tienda también viene gente a devolver. No los hipócritas, que nunca devuelven nada, sino los que convivieron con ellos y se quedaron con la careta en la mano cuando cayó.

Llegan con cara de cansancio. Dejan la careta sobre el mostrador y suelen decir una frase parecida: «Me habéis tomado por tonto demasiados años». Es literal del texto de la canción, y el planeta la ha oído tantas veces detrás de este mostrador imaginario que ya la reconoce por el tono antes de que acaben.

Algunos están furiosos. Otros, sorprendentemente tranquilos. La canción entiende a los dos. Dice que es «un ajuste de cuentas», «un ya está bien», y que no va a endulzar nada. Y lo que no endulza, lo dice con palabras que en este diario reproducimos tal cual porque son suyas: hipócritas, cínicos, gente mísera, «y las críticas os las metéis por el culo. Literal».

Literal. Con punto. Mike no es de eufemismos cuando se le acaba la paciencia.

Al lado de esa rabia hay otra canción del catálogo que funciona como el ticket de devolución. En «La música me está salvando», después de un estribillo de verbena, llega la pregunta que todo devolvedor de caretas quiere hacer alguna vez:

«¿Te esperabas esto en tu plan de acción, / Mentiroso cabrón?»

Plan de acción. El hipócrita siempre tiene uno. Lo que no espera es que el otro también acabe teniendo el suyo.

La cara de debajo

Hay una pregunta que se hace todo el que trabaja en una tienda de caretas: ¿qué cara tenía debajo el que traía esta?

Casi nunca es una cara monstruosa. Eso sería demasiado fácil, demasiado de película. Lo que suele haber debajo es una cara pequeña. Asustada. Con miedo a no gustar, a quedarse sola, a que la vean como es. La careta de ser luminoso tapa a alguien que no se aguanta. La de consejero tapa a alguien que no sabe qué hacer con su vida. La de moralista tapa deseos que no se atreve a mirar.

El planeta no lo cuenta para disculparlos. No hay disculpa para el que te hizo dudar de tu memoria. Lo cuenta porque entenderlo quita miedo. El hipócrita no es un gigante. Es alguien con una goma demasiado apretada detrás de las orejas.

El texto de «Hipócritas» lo dice desde otro sitio, sin compasión y con razón: «Aquí se os ve. Aquí no podéis manipular. Aquí no mandáis vosotros». Esas tres frases son el cartel de la puerta de la tienda. Y luego, la última línea, que es la que el planeta enmarcaría encima de la caja registradora:

«Esto no es rabia. Es libertad».

Horario de cierre

Son casi las nueve y hay que bajar la persiana. Antes, una última vuelta por los estantes.

Ahí siguen todas. La de ser luminoso con su purpurina de chino. La de consejero con sus gafas de pasta. La de víctima con su lágrima de silicona. La de mejor amigo con los brazos de foam abiertos. La de moralista con el dedo estirado. Y al fondo, detrás del terciopelo, las de cine, quietas, mirando a la nada.

Ninguna tiene a nadie dentro ahora. Sin una cara detrás, una careta es un trozo de plástico con agujeros. Da hasta un poco de risa. Uno se pregunta cómo pudo dar tanto miedo algo tan barato.

Pues por eso. Porque era barato y nadie se fijaba.

La canción hace lo que hace la luz del fluorescente cuando se enciende de golpe en una tienda cerrada: deja ver el material. Plástico, goma, purpurina. Teatro barato, como dice el texto. Y quien lo ha visto así una vez ya no vuelve a confundirlo con una cara.

Si te ha tocado alguna de estas caretas en la vida, ya sabes dónde devolverla. La tienda está abierta en Spotify y en la página de prensa están las fichas, las fechas y los créditos, por si alguien pide el ticket.

Se aceptan devoluciones. No se hacen reembolsos.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Hipócritas»?

De la gente que va de luminosa y da lecciones que no cumple, y del momento en que se le cae la careta. El texto que la acompaña en la web la define como un ajuste de cuentas contra quien finge moral, cariño y humanidad.

¿En qué disco está «Hipócritas»?

En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single la fecha el 23 de mayo de 2026.

¿Quién ha hecho la canción?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿Qué otras canciones hablan de caretas y engaños?

«Me rindo» se pregunta si todo fueron tomas falsas de una serie, «Ni con un palo» describe el castigo frío de un narcisista y «La música me está salvando» se despide de un mentiroso a ritmo de verbena.

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