Cultura queer
Historia del cruising: de las teteras a las apps, y el «te han visto kissing» del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Hay una palabra que en el Planeta Gayfolk sale más veces de lo que parece: cruising. Aparece en una canción que la lleva en el título, pero también en otras donde nadie la espera, metida en mitad de una ruptura, de un entierro simbólico o de una lista de reproches. Casi siempre aparece como chisme. Alguien ha visto a alguien. Alguien se iba de cruising mientras el otro estaba en casa. Y el narrador lo cuenta con la cara de quien acaba de enterarse de algo jugoso en la cola de la panadería.
Detrás de ese chisme hay una historia larga y seria, la de los espacios públicos donde durante décadas se encontraron hombres que no tenían otro sitio. Parques, playas, urinarios, estaciones, cines de sesión continua. Este artículo cuenta esa historia sin moralina, desde la persecución hasta las aplicaciones del móvil, y la pone al lado de las letras de «Que te mola el cruising» y de las otras canciones del planeta que usan la palabra como arma de cotilleo.
Tan cute, tan clean
Empecemos por la canción. «Que te mola el cruising», del primer álbum, es una pieza corta, pegadiza y muy cotilla. El narrador se dirige a alguien que va de inocente por la vida, de chico bueno, de los que parece que nunca han roto un plato. Y le suelta la evidencia con una mezcla de castellano y anglicismos de discoteca:
Tan cute, tan clean, te han visto kissing
El chiste está en la contradicción. El personaje parece limpio, mono, impecable, pero le han visto. No se sabe quién, ni dónde, ni cuándo, pero le han visto, y eso en un barrio o en un ambiente pequeño es suficiente para que todo el mundo se entere antes de la hora de comer. El diario del planeta tiene un análisis de la canción que se titula precisamente «tan cute, tan clean».
Y entre los versos aparece una palabra castiza que conviene rescatar:
el cancaneo
Cancaneo es una de las palabras que en España se han usado para hablar del cruising antes de que el anglicismo se impusiera. Igual que tetera, que durante generaciones sirvió para referirse a los urinarios públicos donde se ligaba. Son palabras de jerga, de las que se decían entre dientes, y que forman parte de un vocabulario que la propia comunidad se inventó para nombrar lo que el resto no quería ver.
Cuando no había otro sitio
Para entender el cruising hay que imaginar un mundo sin bares gais abiertos, sin aplicaciones, sin asociaciones y sin la posibilidad de presentar a tu pareja en una comida familiar. Ese mundo existió en casi todas partes hasta hace muy poco, y en muchos lugares sigue existiendo. En él, los hombres que deseaban a otros hombres tenían que encontrarse donde pudieran, y lo que podían eran los espacios públicos donde se podía estar sin dar explicaciones.
Un parque al anochecer. Una zona de dunas en una playa alejada. Los aseos de una estación de tren. Un cine con sesión continua. Un área de descanso de una carretera. Eran lugares de paso, donde un hombre solo no llamaba la atención, y donde una mirada sostenida un segundo de más podía significar algo. Se desarrolló todo un lenguaje de gestos, de tiempos y de códigos que solo entendían quienes los conocían.
Ese mundo tenía su lado de libertad y su lado de miedo. Libertad, porque era un espacio propio, fuera del control de la familia y del vecindario. Miedo, porque estaba expuesto a la policía, a las agresiones, al chantaje y a la vergüenza pública si alguien te reconocía. Muchos hombres casados, muchos que nunca se dirían gais, pasaban por esos lugares. Y muchos de ellos se llevaron el secreto a la tumba.
El sociólogo de las teteras
En 1970, un sociólogo estadounidense llamado Laud Humphreys publicó un libro que se hizo famoso y polémico a partes iguales: «Tearoom Trade». En la jerga gay de Estados Unidos, tearoom era el nombre de los urinarios públicos donde se ligaba, igual que tetera en castellano. Humphreys estudió esos lugares desde dentro, haciendo de vigilante mientras otros tenían encuentros, y luego siguió a algunos de esos hombres para conocer sus vidas.

Su conclusión más citada fue que una gran parte de los hombres que frecuentaban esos aseos estaban casados con mujeres, tenían hijos y llevaban vidas aparentemente convencionales. El libro rompió muchos prejuicios sobre quién hacía cruising. Pero también se convirtió en un caso clásico de ética de la investigación, porque Humphreys consiguió datos de esos hombres sin su consentimiento. Hoy se estudia en las universidades como ejemplo de lo que no se debe hacer, y al mismo tiempo como una de las primeras miradas académicas a un mundo que nadie quería mirar.
Redadas y escándalo público
En la España franquista, el cruising era peligrosísimo. Los encuentros en espacios públicos podían castigarse como escándalo público en el Código Penal, y desde la reforma de 1954 de la Ley de Vagos y Maleantes, y después con la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970, la homosexualidad en sí misma podía llevar a un hombre a prisión o a un centro de internamiento. La policía conocía los lugares de encuentro y hacía redadas. Ser detenido en un parque o en unos aseos podía significar perder el trabajo, la familia y la reputación de golpe.
El diario del planeta tiene un texto sobre la memoria de la generación anterior, la que vivió esos años. Muchas de esas historias empiezan en un parque o en una estación. No porque esos hombres fueran especialmente atrevidos, sino porque no tenían alternativa.
Esa persecución no fue exclusiva de España. En el Reino Unido, en Estados Unidos y en buena parte de Europa, la policía usaba agentes de paisano para provocar encuentros y luego detener a los hombres que respondían. En muchos casos, los nombres de los detenidos se publicaban en la prensa local. El cruising tiene, por tanto, una historia de castigo que no conviene olvidar cuando se hace un chiste sobre él.
Una película que encendió la calle
En 1979, el director William Friedkin rodó en Nueva York una película titulada precisamente «Cruising», con Al Pacino en el papel de un policía que se infiltra en el ambiente de los bares de cuero para investigar unos asesinatos. Durante el rodaje hubo protestas en la calle: activistas gais intentaron sabotear las grabaciones con silbatos y ruido, porque temían que la película presentara a la comunidad como un mundo violento y sórdido.
La película se estrenó en 1980 y fue muy criticada en su momento. Con los años se ha revisado, y hoy hay quien la ve como un documento extraño de una época y de unos lugares que desaparecieron poco después, con la llegada del sida. Lo interesante es la discusión que provocó: quién tiene derecho a contar la vida de una comunidad y cómo se cuenta lo que pasa en los márgenes sin convertirlo en un decorado de terror.
Hampstead Heath y la reina de las salidas sonadas
En Londres, el gran parque de Hampstead Heath ha sido durante décadas uno de los lugares de cruising más conocidos de Europa. Tan conocido que forma parte de la cultura popular británica, de las novelas, de los chistes y de las guías del ambiente. Es un ejemplo de cómo algunos de estos espacios llegaron a ser casi instituciones, tolerados a medias por las autoridades y defendidos por quienes los usaban.

Y luego está el episodio más famoso de todos. En abril de 1998, George Michael fue detenido en unos aseos públicos de un parque de Beverly Hills, en Los Ángeles, por un policía de paisano. La noticia dio la vuelta al mundo. El artista, que hasta entonces no había hablado públicamente de su orientación sexual, reaccionó de una manera que nadie esperaba: unos meses después publicó «Outside», una canción de baile con un videoclip que parodiaba su propia detención, con urinarios convertidos en pista de discoteca y policías que se besaban.
Fue una de las respuestas más camp de la historia del pop. Convertir la humillación en una fiesta, reírse del escándalo en lugar de esconderse. Es exactamente la actitud que tienen las letras del planeta cuando hablan de cruising: nada de vergüenza, mucho humor y algo de mala leche.
Se iba de cruising
En otras canciones del planeta, la palabra aparece como reproche de pareja. En «Un puñetazo al día», el narrador repasa una relación que parecía perfecta y suelta la explicación de por qué nunca discutían:
Nosotros nunca estábamos en crisis, porque se iba de cruising,
Es un chiste amargo. La pareja no tenía crisis porque uno de los dos resolvía sus inquietudes fuera de casa. El planeta no juzga el cruising en sí, sino la mentira: el problema no es lo que hacía el otro, es que lo hacía a escondidas mientras el narrador se quedaba en casa creyendo que todo iba bien.
En «La música me está salvando», la palabra vuelve con la misma ironía, cuando el narrador describe lo que hace un personaje:
Haciendo tu actividad favorita: El cruising
El diario del planeta analiza esa canción en un texto propio. Y en «Me hago una folclórica engañada» aparece otra escena cotidiana del mismo género: alguien que se prepara a conciencia el día antes de salir de cruising, y un narrador que no da crédito. En todas, el cruising funciona igual: como prueba de que alguien no es lo que dice ser.
De los matorrales al móvil
En marzo de 2009 apareció Grindr, la primera gran aplicación de ligue para hombres basada en la geolocalización. Con ella, y con todas las que vinieron después, el cruising cambió de lugar. Ya no hacía falta ir a un parque a mirar quién andaba por ahí. El móvil enseñaba a qué distancia estaban los demás. La mirada sostenida se convirtió en un mensaje, y el código de gestos en una foto de perfil.
Muchos pensaron que los lugares de cruising desaparecerían. No fue así del todo. Algunos se vaciaron, otros siguieron funcionando, y para cierta gente el encuentro en un espacio físico conserva algo que la aplicación no da: el azar, el anonimato real, la ausencia de perfil. Las apps, además, trajeron sus propios problemas, como la presión por la imagen o las quedadas trampa. El diario del planeta habla de las apps de ligar y la autoestima.
Lo curioso es que el chisme sobrevivió a la tecnología. En «Que te mola el cruising», a alguien le han visto. Hoy podría haber sido una captura de pantalla de una aplicación, enviada a un grupo de amigas. El canal cambia, pero el «te han visto» sigue siendo el mismo.
Dunas, playas y bañadores de marca
En España, uno de los escenarios clásicos del cancaneo ha sido la playa. Las zonas nudistas apartadas, las dunas, los pinares que hay detrás de la arena, las calas a las que solo se llega andando. Durante el día son playas como cualquier otra, con sus sombrillas y sus neveras. Pero en algunos rincones, a ciertas horas, se convierten en otra cosa, y todo el que lo sabe lo sabe.

El planeta conoce bien ese paisaje. En «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», el narrador se queja de que su ex usa sus bañadores caros para lucirse precisamente ahí:
en la playa nudista y en la zona de cancaneo
El reproche tiene una lógica doméstica irresistible. No le molesta tanto lo que haga el otro como que lo haga con su ropa, con sus bañadores de marca, los buenos. Es el cruising visto desde el cajón de la ropa interior, y es uno de los momentos más divertidos de todo el primer álbum.
La playa tiene además una particularidad: mezcla a todo el mundo. Familias, jubilados, turistas, parejas, grupos de amigos y hombres que buscan otra cosa comparten el mismo kilómetro de costa. Esa convivencia, a veces tensa, a veces indiferente, es también parte de la historia. Muchas playas que hoy son conocidas por su ambiente LGTBI empezaron siendo simplemente el sitio donde la gente iba a encontrarse lejos de las miradas.
Los cines de sesión continua
Hubo un tiempo en que el cine también fue un lugar de encuentro. Los cines de barrio con sesión continua, donde se podía entrar a cualquier hora y quedarse viendo la misma película dos o tres veces, ofrecían algo muy valioso: oscuridad, anonimato y la excusa perfecta para estar allí. Las últimas filas tenían su propia vida, ajena a lo que pasaba en la pantalla.
Muchos de esos cines cerraron con la llegada del vídeo doméstico y de los multicines de centro comercial. Con ellos desapareció una parte de la geografía secreta de las ciudades, que solo conocían quienes la usaban. Algunos hombres mayores todavía recuerdan las salas por su nombre, como quien recuerda un bar que ya no existe. Esa memoria rara vez se ha escrito, porque casi nadie quería admitir que había estado allí.
También había estaciones de tren y de autobús, áreas de descanso en las carreteras, parques junto al río y paseos marítimos en invierno. Cada ciudad tenía su mapa, y ese mapa se transmitía de boca en boca, nunca por escrito. Quien llegaba nuevo a una ciudad tardaba poco en enterarse, porque siempre había alguien dispuesto a contárselo bajito, con una mezcla de picardía y de cuidado, como quien pasa una dirección importante.
Lo que se perdió y lo que queda
Cuando se habla del cruising desde fuera, suele hacerse con morbo o con desprecio. Pero quienes lo han vivido lo cuentan a menudo de otra manera. Hablan de la emoción del encuentro, del alivio de saber que no estaban solos, de la complicidad silenciosa con desconocidos que compartían el mismo secreto. También hablan del miedo, de las agresiones y de la policía. Las dos cosas son verdad a la vez.
Con la libertad llegaron otros espacios: bares, saunas, asociaciones, aplicaciones, la posibilidad de tener pareja a la vista de todos. Para muchos, el cruising dejó de ser necesario. Para otros sigue siendo una elección, una forma de vivir el deseo que no pasa por el perfil ni por la cita formal. El planeta no da lecciones sobre eso. Lo que hace es reírse de la mentira y del santurrón que va de limpio, y dejar que cada uno decida cómo vive lo suyo.
Lo que dice la ley hoy
En España, la homosexualidad dejó de ser perseguida a finales de los años setenta, y el delito de escándalo público desapareció del Código Penal. Eso no significa que el sexo en espacios públicos sea legal sin más. Si hay menores delante, puede ser delito de exhibicionismo. Y la Ley de Seguridad Ciudadana de 2015 considera infracción leve la exhibición obscena cuando no llega a ser delito, con multas económicas. Además, muchas ordenanzas municipales regulan el uso de parques y playas.

La diferencia con el pasado es enorme. Hoy no se castiga a nadie por ser gay, y las normas se aplican, en teoría, igual a cualquier persona, sea cual sea su orientación. Pero quienes trabajan en salud sexual y en asociaciones LGTBI siguen recordando algunas cosas básicas: cuidar la salud, hacerse pruebas con regularidad y estar atentos a la seguridad personal, porque los lugares apartados también atraen a quien busca agredir o robar.
Salud sin sermones
Hablar de cruising sin hablar de salud sexual sería quedarse a medias. No para sermonear, sino porque es parte de la historia. La llegada del sida en los años ochenta golpeó con fuerza a los hombres que tenían encuentros con varias parejas, y la respuesta de la propia comunidad fue la que inventó buena parte de la prevención moderna: el uso del preservativo como norma colectiva, la información de igual a igual, los repartos de material en los propios lugares de encuentro.
Hoy existen herramientas que entonces no existían, como la profilaxis previa a la exposición o los tratamientos que hacen que una persona con el virus controlado no lo transmita. Los centros de infecciones de transmisión sexual y las asociaciones ofrecen pruebas rápidas, a menudo gratuitas y confidenciales. El diario del planeta tiene un texto de salud sexual sin tabúes con información práctica.
El chisme como forma de memoria
Puede parecer raro que una canción de humor sirva para hablar de una historia tan cargada. Pero el chisme ha sido siempre una forma de memoria en la comunidad LGTBI. Durante décadas, la información circulaba de boca en boca: qué bar era seguro, qué parque tenía policía, quién había sido detenido, quién era de los nuestros aunque estuviera casado. El cotilleo era una red de supervivencia antes de ser un pasatiempo.
«Que te mola el cruising» recoge ese tono. El narrador no denuncia a nadie ante la autoridad; se lo dice a la cara, con un tonito de vecina, entre risas. Es una forma de complicidad. Te han visto, todos lo sabemos, deja de hacerte el santo. Y en esa complicidad hay algo de la vieja red de información que permitió a tantos hombres encontrarse sin que el mundo exterior se enterara.
Fliping en el planeta
La canción repite una expresión que resume toda esta historia en una palabra: «Yo estoy fliping». Es la reacción de quien no da crédito. Y realmente, mirado desde hoy, hay mucho de lo que flipar. Que durante décadas encontrarse con otro hombre en un parque pudiera costarte la libertad. Que un sociólogo se hiciera famoso espiando urinarios. Que una película provocara protestas en la calle. Que una estrella del pop convirtiera su detención en una canción de baile. Y que hoy, en un planeta inventado, todo eso quepa en un estribillo cotilla de tres minutos.
El primer álbum de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», está lleno de canciones así, que se ríen de lo que antes daba miedo. La página de prensa recoge sus fechas y su contexto. Y «Que te mola el cruising» está en Spotify, lista para que alguien la ponga en una fiesta y mire, con mucha intención, a quien va de santo.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el cruising?
Es la búsqueda de encuentros sexuales entre hombres en espacios públicos o semipúblicos, como parques, playas, áreas de descanso o urinarios. En España también se ha llamado cancaneo, y a los urinarios donde se ligaba se les llamaba teteras.
¿Por qué el cruising ocupa un lugar en la historia gay?
Porque durante mucho tiempo fue casi la única forma de encontrarse para hombres que no podían vivir su deseo abiertamente. En muchos países, también en la España franquista, esos encuentros se perseguían con leyes de escándalo público y peligrosidad social.
¿De qué trata «Que te mola el cruising»?
Es una canción de humor del primer álbum de la trilogía GAYFOLK en la que el narrador pilla a alguien que presume de inocente, «tan cute, tan clean», y le recuerda que le han visto en plena faena.
¿Este artículo recomienda hacer cruising?
No recomienda ni condena nada. Cuenta su historia y cómo aparece en las letras. Si lo practicas, conviene cuidar la salud sexual, saber dónde hacerse pruebas y tener en cuenta que el sexo en la vía pública puede acarrear sanciones.
¿Los personajes de estas canciones existen?
No. Los nombres y personajes de las letras de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, son inventados.