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Sentencia firme y nombre propio: «I Am Yurena» como recurso de apelación con purpurina

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Portada de «I Am Yurena», canción de Mike Sain't Louis

Juzgado, año 2004. Una demanda por un nombre artístico. De un lado, la compañía de una artista de boleros que se llama Tamara. Del otro, una mujer de Baracaldo que también se llama Tamara en los carteles y que, desde hace cuatro años, sale por la tele con unas uñas que podrían abrir latas. Gana la segunda en primera instancia. Pierde después. Y tiene que cambiarse el nombre.

Hay sentencias que deciden herencias, lindes de fincas y custodias de perros. Esta decidió cómo no podía llamarse una mujer en una portada.

Veintidós años después, en un planeta lleno de neón, una canción le pone la respuesta en la boca y la convierte en estribillo:

«Yo no soy Tamara la mala / Tira de / hemeroteca»

La crónica del planeta abre hoy el expediente de «I Am Yurena». Con papel timbrado, sello de goma y purpurina en los márgenes.

Antecedentes de hecho

Conviene ordenar la causa, porque la canción da por hecho que todo el mundo la conoce, y no es así. Hay gente de veinte años que ha visto la serie de Netflix y no sabe que lo de la serie pasó de verdad. Hay gente de cincuenta que lo vivió y lo ha olvidado entre una hipoteca y un divorcio.

Primero: María del Mar Cuena Seisdedos nace en Baracaldo en 1969 y se cría en Santurce. Eso lo dice la enciclopedia, no la crónica.

Segundo: en torno al año 2000 se hace famosa como Tamara por sus apariciones en Crónicas marcianas, el programa nocturno de Javier Sardà que era a la televisión española lo que un after de polígono es a la vida nocturna: el sitio donde acababa todo lo que no cabía en ningún otro lado. Alrededor de ella se forma un ecosistema de personajes tan grande que la prensa le pone nombre propio: el tamarismo.

Tercero: publica «No cambié», compuesta por Leonardo Dantés, que llega al número uno en España y se queda allí diez semanas. Diez semanas por encima de gente con discográficas grandes, giras, coreógrafos y estilistas. Disco de oro. El primer álbum, «Superestar», trae producciones de Carlos Berlanga y Nacho Canut, que para quien no lo sepa es como decir que te ha vestido la movida madrileña en persona.

Cuarto: llega la demanda, la sentencia, el cambio de nombre. Pasa brevemente por otro nombre, Ámbar. Y llega Yurena, que es el nombre con el que vuelve a la música en 2012 y con el que firma hasta hoy.

Quinto, y aquí entra el planeta: Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escribe un tema que se llama así, «I Am Yurena», y lo mete en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 19 de junio de 2026. La letra es suya; la música y las voces del tema están hechas con herramientas de inteligencia artificial, como pasa en todo el catálogo.

Hasta aquí los hechos. Ahora la vista.

Primera pieza de convicción: el plástico

Las estrofas están en inglés y suenan a decorado de discoteca de principios de siglo. Neón, amor de plástico, romance barato, fantasía. Y una afirmación que no deja resquicio:

Fotogramas del videoclip oficial de «I Am Yurena», de Mike Sain't Louis

«Neon light, plastic love, / Shining fake, high above. / Cheap romance, fantasy, / I am Yurena, all you see.»

«All you see». Todo lo que ves. Es la frase de alguien que ha pasado años escuchando que lo suyo era falso. Falsa la voz, falso el pelo, falso el personaje, falso el número uno, falsa hasta la risa. Y en lugar de defenderse con un certificado de autenticidad, la letra hace lo contrario: pone el plástico en primera fila y lo enciende con neón. Sí, es brillo de mentira. Y está a más altura que tú, «high above».

Esto, en el planeta, tiene nombre técnico. Se llama camp, y el sitio le dedica una página entera, la de camp, y una nota de diario, el camp explicado, para quien necesite la teoría con citas. La versión corta es esta: lo que el buen gusto desprecia por exagerado, artificial o barato, el camp lo coge, le pone una corona y lo pasea por la pasarela. No para burlarse. Para quererlo con todas sus costuras a la vista.

Yurena es una de las grandes figuras de ese territorio en España, junto a una lista larga de nombres que el sitio repasa en su nota sobre los iconos del trash español. La crónica se ahorra la lista. Basta con recordar que hubo una época en la que la televisión de madrugada fabricaba estrellas como una churrería fabrica porras, y que la mayoría se quedaron frías en el papel. Ella no.

Segunda pieza: la corona de plástico

La segunda estrofa repite el decorado y añade un objeto: «Plastic crown, melody». Una corona de plástico.

Hay que detenerse en ella, porque es el objeto más camp de toda la letra. Las coronas de verdad pesan, se guardan en vitrinas con alarma y se heredan por ley sálica o por lo que toque. Las de plástico se compran en el chino de la esquina por un euro veinte, vienen en una bolsa con un cartón y una purpurina que se cae al tercer uso, y se ponen en las despedidas de soltera, en los cumpleaños de seis años y en las carrozas del Orgullo. Son coronas que nadie hereda. Se eligen.

Y eso, en una canción sobre un nombre, no es un detalle menor.

Porque el nombre «Tamara» se lo quitaron por herencia de otra, por quién lo registró antes, por la prioridad en un papel. El nombre «Yurena» lo eligió ella. Es la corona de plástico frente a la corona de verdad. La de verdad la tenía otra señora por derecho. La de plástico se la puso ella sola, y le queda mejor.

«Glitter night, plastic tears». Lágrimas de plástico, también. La letra no dice que no se llore. Dice que hasta las lágrimas, aquí, brillan.

El estribillo, leído como un escrito de alegaciones

Luego entra el castellano y el tono cambia de golpe. Ya no es pasarela: es ventanilla de juzgado.

«Yo no soy Tamara la mala». Primera alegación.

En la hemeroteca hay dos Tamaras. Una de boleros, con su repertorio de terciopelo y su carrera de muchos años. Otra que salió de Baracaldo en una época en la que la tele necesitaba carne fresca para las dos de la mañana. Con dos mujeres y un solo nombre en los carteles, era cuestión de tiempo que alguien repartiera adjetivos. La canción recoge el que le tocó, «la mala», y lo devuelve. No soy esa. No soy la de la viñeta. No soy la del chiste de barra.

«Tira de hemeroteca». Segunda alegación, y la más elegante.

En lugar de explicarse, remite al archivo. Que lo mire quien tenga dudas. Es la frase de quien está harta de repetir la misma historia en cada plató, de quien ha contado tantas veces lo del nombre que ya no le apetece volver a hacerlo, y que manda al interlocutor a la biblioteca como quien manda a alguien a la mierda con buenos modales. Es también, curiosamente, el método de la propia crónica, que no se fía de nada que no esté escrito en algún sitio. Tira de hemeroteca. Para todo.

Y luego viene la tercera alegación, que no es elegante en absoluto:

«Y si te molesta / cómeme las tetas / Yo soy Yurena / ¡Yo soy Yurena!»

Ningún abogado firmaría eso en un escrito. Por eso funciona.

Fundamentos de derecho (según el planeta)

La crónica no tiene título de abogada, pero sí tiene opinión. Y la opinión es que esta canción pertenece a una tradición muy concreta del universo GAYFOLK: la del apoyo público a mujeres a las que la tele trató fatal.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Glitter night, plastic tears, Fake desires, empty cheers.» de «I Am Yurena»

No es la primera vez. En el mismo catálogo está «Yo apoyo públicamente a Ylenia Padilla», que hace con otra figura de la telerrealidad lo mismo que esta hace con Yurena: ponerse de su lado sin pedir explicaciones. «Yo sí entiendo a Ylenia Padilla», arranca aquella. Y está «Kaaa-miga», donde aparece La Veneno con su frase inmortal. Son tres mujeres distintas con tres historias distintas, y la crónica no las va a meter en el mismo saco. Pero el gesto del autor es parecido en las tres: coger a alguien a quien el país se rió de ella, no con ella, y darle la vuelta.

Hay un artículo no escrito en el código del planeta que dice algo así: quien fue el chiste de la España de madrugada tiene derecho a una canción de desagravio.

No está en el BOE. Está en Spotify.

Pruebas periciales: el sonido de los dos mil

Lo que pide el texto, por cómo está construido, es una pista de baile de hace veinte años. Frases cortas, rimas de una sílaba, «love» con «above», «fantasy» con «see», un estribillo que se puede gritar con un cubata en la mano sin necesidad de saber inglés. Es la gramática del tecnopop de discoteca de pueblo, de las fiestas de fin de curso en un pabellón municipal con luces de colores alquiladas y un DJ que ponía «No cambié» a las cuatro de la mañana para que la pista explotara.

Y explotaba. Eso lo sabe cualquiera que tuviera quince años en 2001.

La ficha de mikesaintlouis.com lo cuenta con otra imagen: la de una pista gay de principios de siglo en la que sonaba tecnopop sin vergüenza. La crónica añade el ambientador de pino del baño, el suelo pegajoso de calimocho y la máquina de humo que se activaba sola cada diez minutos. Nadie sabía qué era el camp. Todo el mundo lo practicaba.

Sobre la grabación hay que decir lo que se dice siempre en este diario, porque es verdad y porque hay quien todavía se confunde: Mike Sain't Louis no pone la voz. La letra es suya, el concepto es suyo, la producción es suya, y la música y las voces se fabrican con herramientas de IA, entre ellas Suno. Que una canción sobre el plástico tenga una voz sintética no es una contradicción. Es casi una declaración de principios. «Shining fake, high above».

Otrosí digo: por qué las estrofas van en inglés

Hay un detalle del expediente que casi nadie comenta y que la crónica considera prueba de cargo a favor del autor. Las estrofas de «I Am Yurena» están en inglés, y el estribillo en castellano. ¿Capricho? Puede. Pero hay una coincidencia que merece constar.

Cuando la artista vuelve a la música en 2012, ya con el nombre definitivo, lo hace con una tanda de sencillos de baile en inglés. Uno se llama «Go». Otro se llama «Around the World». Con ellos hace gira por Europa y Asia, y en 2016 los junta en su segundo álbum de estudio, que se titula precisamente así, «Around the World». Es decir: la etapa Yurena, la del nombre elegido, nace hablando inglés de discoteca. La etapa Tamara, la del nombre perdido, era castellano de verbena y de Crónicas.

La canción del planeta reproduce esa frontera con una precisión de notario. El inglés, «I am Yurena, all you see», pertenece a la mujer que volvió con otro nombre y salió de gira por medio mundo. El castellano, «Yo no soy Tamara la mala», pertenece a la que tuvo que dar explicaciones en España. Dos idiomas para dos etapas. Y en medio, el puente que las une, que es la exclamación final.

Si el autor lo hizo a propósito, la crónica no lo sabe y no lo va a inventar. Si no lo hizo a propósito, peor para la casualidad, que le ha salido redonda.

No cambié, sigo siendo la misma

Hay dos títulos que, puestos uno al lado del otro, cuentan la historia entera sin necesidad de canción. El primero es el del gran éxito, «No cambié». El segundo es el del documental de 2025, «Sigo siendo la misma». Entre uno y otro hay un cuarto de siglo, una sentencia, un cambio de nombre, una pausa en la carrera, varios realities y una serie de Netflix. Y los dos dicen lo mismo con otras palabras: aquí sigo, igual que antes.

Collage con un detalle de la carátula de «I Am Yurena» y las carátulas de «Kaaa Miga», «Yo apoyo públicamente a Ylenia Padilla»

La paradoja es deliciosa. La mujer a la que obligaron a cambiar lo más visible, el nombre, lleva veinticinco años repitiendo que no ha cambiado. Y tiene razón. Cambia la etiqueta del bote; el contenido es el de siempre.

«I Am Yurena» se coloca, sin decirlo, en esa misma línea. No hay en la letra un antes y un después, una conversión, una versión mejorada de nadie. Hay una afirmación de presente: «Yo soy Yurena». Ni fui ni seré. Soy. Es el tiempo verbal de quien ya no tiene que dar explicaciones a nadie, y la crónica lo envidia un poco, porque ella sí tiene que darlas, con fuentes y enlaces, en cada párrafo.

Hay una manera de leer todo esto con cinismo: que el país se ha reído y luego ha hecho caja con el arrepentimiento. Y hay otra, la del planeta, que prefiere quedarse con la mujer de Santurce plantada delante de un juzgado, perdiendo el nombre y no perdiendo nada más.

Testigos de la defensa: Los Javis, Vigalondo y una actriz con peluca

El caso de Yurena tuvo en 2025 una revisión de condena muy particular. Netflix estrenó «Superestar», una serie sobre su vida y sobre el tamarismo, dirigida por Nacho Vigalondo, producida por Javier Calvo y Javier Ambrossi y protagonizada por Ingrid García-Jonsson. El mismo año se estrenó el documental «Sigo siendo la misma». Todo eso está en la enciclopedia, con sus fechas.

Lo interesante, para la crónica, es el orden de los acontecimientos. Primero el país se ríe. Luego el país olvida. Luego el país produce una serie de prestigio con actores de primera fila y la ve en un sofá de Ikea con una manta, emocionado, preguntándose cómo pudo reírse tanto. Es la secuencia completa del arrepentimiento cultural español, que suele llegar con veinte años de retraso y con plataforma de pago.

La canción del planeta no espera a la serie. Ni la cita, ni la necesita. Sale de otro sitio: del cariño de alguien que creció con esa tele, que la recuerda con sus luces y sus sombras, y que decide que una mujer que tuvo que cambiarse el nombre por orden judicial merece un estribillo que lo repita a gritos.

«¡Yo soy Yurena!». Con exclamación. Con la exclamación que le faltó a la sentencia.

Un nombre no es un trámite

Aquí la crónica deja de bromear un momento.

Ficha de la canción «I Am Yurena» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

El nombre propio es lo primero que te dan y lo último que te quitan. Está en el carné, en la lista de clase, en la tarjeta sanitaria, en la puerta del buzón y en la lápida. Que te lo cambien desde fuera es una forma muy concreta de violencia, aunque sea legal, aunque esté bien fundamentada, aunque la otra parte tuviera razón en el papel. En el caso de Yurena se trataba de un nombre artístico y de una disputa comercial, y la crónica no va a decir que la justicia se equivocó, porque no lo sabe. Pero sí sabe que hay mucha gente, dentro y fuera del colectivo, para la que el nombre es una pelea de verdad.

Gente a la que en el instituto llamaban de otra manera. Gente que lleva años pidiendo en la oficina que no la nombren con el nombre del registro. Gente que ha tenido que corregir a su propia madre mil veces en la cena de Nochebuena.

La ficha del autor lo dice con una línea limpia: la canción es también para cualquiera que haya tenido que pelear para que la llamen como toca.

Que la llamen como toca. Eso es todo.

Fallo

Visto lo anterior, la crónica del planeta, constituida en tribunal de guardia con tacón y abanico, falla:

Que debe reconocerse a la artista conocida como Yurena el derecho a llamarse como le dé la gana, y a cualquiera que se moleste por ello, la posibilidad de acogerse a la tercera alegación del estribillo, la de las tetas, sin necesidad de recurso.

Que debe constar en acta que el plástico, el neón y la corona del chino son pruebas válidas de identidad en el territorio GAYFOLK.

Que la hemeroteca queda a disposición de las partes.

Y que la canción se puede escuchar en Spotify, ver en su videoclip oficial y descargar gratis desde la ficha del single. Los medios que quieran el expediente completo del autor, con biografía, fotos y discos, lo tienen en la página de prensa.

Contra este fallo no cabe recurso. Si te molesta, ya sabes.

Diligencia final: lo que se queda fuera del expediente

Todo expediente deja cosas fuera. Esta crónica deja fuera los cotilleos, las peleas de plató que no vienen a cuento y las teorías de bar sobre quién tenía razón en aquel juzgado de 2004. La canción también las deja fuera, y hace bien. No es un reportaje. Es un grito de pista.

Lo que sí se queda dentro es una imagen pequeña, de esas que no salen en la hemeroteca. Una chica de quince años en un pueblo cualquiera, en 2001, con una cinta de casete grabada de la radio, bailando «No cambié» delante del espejo del armario de su madre con una toalla en la cabeza como si fuera una peluca. Nadie la ve. Ella se siente superestrella.

Veinticinco años después, esa chica tiene cuarenta y tantos, una hipoteca y un hijo adolescente que se avergüenza de ella. Pone «I Am Yurena» en el coche, sube el volumen y grita el estribillo con la ventanilla bajada en un semáforo de la Castellana.

El conductor del autobús de la EMT que está al lado la mira, primero con cara de no entender nada y luego, cuando llega la parte de la hemeroteca, con media sonrisa. Un repartidor de Glovo se une al grito sin quitarse el casco. La señora del Mini rojo de delante toca el claxon dos veces, que en el idioma del tráfico madrileño puede significar «arranca, que está verde» o «yo también me la sé». Nadie lo sabrá nunca.

El semáforo cambia. La purpurina, imaginaria, se queda en el salpicadero.

El hijo se hunde en el asiento.

Ella no cambió.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «I Am Yurena»?

Es un homenaje camp a Yurena. Las estrofas en inglés hablan de neón, amor de plástico y una corona de purpurina, y el estribillo en español responde a quien la confunda o la juzgue: «Yo no soy Tamara la mala / Tira de hemeroteca».

¿Por qué Yurena se llamaba antes Tamara?

Según Wikipedia, María del Mar Cuena Seisdedos se dio a conocer como Tamara en torno al año 2000. En 2004 la compañía de la artista de boleros Tamara la demandó por el nombre artístico y, tras perder el pleito, tuvo que cambiarlo. Desde su vuelta a la música en 2012 firma como Yurena.

¿En qué disco está «I Am Yurena»?

En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. La ficha del single la fecha el 19 de junio de 2026.

¿Quién ha hecho la canción?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿Es una canción oficial de Yurena?

No. Es un tema de Mike Sain't Louis dedicado a ella como figura de la cultura pop española, dentro de su universo GAYFOLK.

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