Planeta Gayfolk

Cultura LGTBI

Iconos LGTBI de Latinoamérica: Chavela Vargas, Juan Gabriel, Lemebel y la música que abrió camino

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Ilustración: un escenario nocturno bajo un cielo violeta con un gran planeta rosa con anillo de neón, una guirnalda de papel picado de colores, una luna creciente, un micrófono antiguo bajo un foco, un poncho rojo con flecos sobre un taburete y un zapato de tacón rosa en el suelo del escenario

Hay una manera muy madrileña de conocer a Chavela Vargas: no en México, sino en un cine de la Gran Vía, a oscuras, en mitad de una película de Almodóvar. Suena «En el último trago» en «La flor de mi secreto» y de pronto la sala entera entiende algo que no sabía que necesitaba entender. Así llegó a mucha gente de aquí. Y así, a través de esa puerta, entró también buena parte de Latinoamérica en el imaginario marica de este lado del océano.

Planeta Gayfolk se escribe en Madrid, pero mira hacia el oeste con mucha frecuencia. Mike Sain't Louis, «el primer cantautor IA», letrista, compositor y productor (la música y la interpretación vocal de sus canciones se hacen con IA), escribe para un público repartido entre Europa y Latinoamérica. Y cuando uno escribe para los dos lados, tarde o temprano tiene que preguntarse quién abrió el camino en el otro.

Una advertencia antes de empezar: aquí no se le pone etiqueta a nadie que no se la pusiera solo. Hay iconos que hablaron claro, hay iconos que eligieron no hablar y hay iconos que el público LGTBI adoptó sin pedirles permiso. Los tres tipos cuentan. Pero no son lo mismo, y el planeta no los va a mezclar.

Chavela Vargas: el poncho rojo y los 81 años

Isabel Vargas Lizano nació el 17 de abril de 1919 en San Joaquín de Flores, en Costa Rica, y se fue a México siendo muy joven. Allí se hizo Chavela. Allí se puso los pantalones, en una época en la que una mujer con pantalones cantando rancheras en una cantina era casi una provocación, y allí se convirtió en una de las intérpretes más reconocibles de la música mexicana, con aquel poncho rojo que acabó siendo parte de su silueta.

Las rancheras son, en principio, canciones de hombres despechados. Canciones de cantina, de tequila, de mujeres que se fueron. Chavela las cantaba sin cambiarles el género. Si la letra hablaba de una mujer, la mujer seguía ahí. No hacía falta explicar nada más. Medio continente lo entendió sin que nadie lo dijera en voz alta.

Durante décadas, su vida amorosa fue un secreto a voces. Se ha contado mucho, y con más leyenda que pruebas, su relación con Frida Kahlo. Pero ella no hizo ninguna declaración pública hasta muy tarde. Con 81 años, hacia el año 2000, lo dijo en una entrevista para la televisión colombiana, con una frase que hoy se cita en todas partes: «Para mí, es un orgullo llevar el nombre de lesbiana». En 2002 publicó sus memorias, «Y si quieres saber de mi pasado», donde volvía sobre su vida sin rebajarla.

Y luego está Madrid. Almodóvar la rescató en los noventa: puso su música en «Kika», en «La flor de mi secreto» y en «Carne trémula», y la presentó ante el público europeo, que la llevó hasta el Olympia de París. En 2003, con 83 años, debutó en el Carnegie Hall de Nueva York. Y en julio de 2012, con 93, volvió a Madrid por última vez para presentar en la Residencia de Estudiantes «La luna grande», su homenaje a Federico García Lorca, recitando poemas suyos sobre la música de sus canciones. Murió unas semanas después, el 5 de agosto de 2012, en Cuernavaca.

Lorca, que vivió en esa misma Residencia en los años veinte, y Chavela, que la llamaba su casa en España, recorriendo los mismos pasillos con casi noventa años de distancia. Dos personas que vivieron su deseo como pudieron. Si el planeta tuviera que elegir una sola imagen para esta nota, sería esa.

Juan Gabriel: lo que se ve no se pregunta

Alberto Aguilera Valadez nació el 7 de enero de 1950 en Parácuaro, Michoacán, y llegó a ser Juan Gabriel, el Divo de Juárez, autor de canciones que en México se cantan en bodas, en entierros, en cantinas y en coches con las ventanillas bajadas: «Amor eterno», «Querida», «El Noa Noa».

En mayo de 1990 dio cuatro conciertos en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, acompañado por la Orquesta Sinfónica Nacional. Hubo quien protestó: el crítico Víctor Roura dijo que iba a convertir Bellas Artes en un palenque. Y hubo quien le defendió, como el escritor Carlos Monsiváis, que señaló el tono homófobo de muchas de esas quejas, además del clasismo de quienes creían que la música popular no pintaba nada en un templo de la alta cultura. Juan Gabriel llenó las cuatro noches. Con lentejuelas.

Alrededor de 2002, en el programa «Primer Impacto», el periodista Fernando del Rincón le preguntó directamente si era gay. Él le devolvió la pregunta, «¿A usted le interesa mucho?», y luego soltó la frase que se ha quedado para siempre: «Dicen que lo que se ve no se pregunta, amigo».

Esa respuesta no es un sí. Tampoco es un no. Juan Gabriel nunca se puso públicamente ninguna etiqueta, y el planeta no se la va a poner ahora. Lo que sí hizo fue algo que, en aquel momento, en aquella televisión, tenía muchísimo mérito: negarse a pedir perdón por la pregunta. Su pluma estaba en el escenario, en cada giro de cadera, en cada lentejuela, en cada traje imposible. No la escondía. Tampoco la explicaba.

Por eso es un icono para el público LGTBI latinoamericano, aunque no se definiera: porque enseñó que uno puede ser visible sin rendir cuentas. Murió el 28 de agosto de 2016 en Santa Mónica, California, y aquella frase sigue apareciendo en camisetas, en pancartas y en conversaciones de sobremesa a los dos lados del Atlántico.

Pedro Lemebel: unos tacones en la estación Mapocho

Hay iconos que cantan y hay iconos que escriben. Pedro Lemebel, nacido en Santiago de Chile en 1952, escribía crónicas como quien canta boleros: con rabia, con ternura y con una cantidad de adjetivos que haría desmayarse a un corrector de estilo.

En 1986, en plena dictadura de Pinochet, leyó su manifiesto «Hablo por mi diferencia» en una reunión clandestina de la izquierda en la estación Mapocho de Santiago. Fue con tacones. La izquierda que se oponía al dictador no siempre aceptaba a los maricas en sus filas, y Lemebel se lo dijo a la cara. En 1987 fundó con el poeta Francisco Casas el colectivo Yeguas del Apocalipsis, que hizo de la performance un arma política. En 2001 publicó su primera novela, «Tengo miedo torero», una historia de amor entre una travesti mayor y un joven guerrillero, con boleros sonando de fondo en cada página. Murió el 23 de enero de 2015, de un cáncer de laringe.

Y aquí vuelve a aparecer Madrid. El Museo Reina Sofía conserva desde 2013 una obra de Lemebel titulada como su manifiesto: un autorretrato con una hoz y un martillo dibujados en la cara, en una caja de luz, acompañado de la grabación de once minutos de su voz leyendo el texto. Es decir, a unos pasos de Atocha, en un museo nacional, hay un marica chileno hablando por su diferencia todos los días, a la hora en que abren las puertas.

Ney Matogrosso y Ricky Martin: dos maneras de salir a escena

En Brasil, en 1973, un grupo llamado Secos & Molhados publicó su primer disco. La discográfica prensó al principio unas mil quinientas copias, que se agotaron en diez días, y al cabo de un año se calculaba que había vendido alrededor de un millón. Su cantante, Ney Matogrosso, salía al escenario con el torso desnudo, plumas, maquillaje y una forma de bailar que en plena dictadura militar era una provocación. Los censores, según se ha contado después, estaban tan pendientes de su androginia que no prestaron la misma atención a las letras, que eran poemas de autores brasileños con más filo del que parecía. Ney recibió cartas anónimas con amenazas. No se quitó el maquillaje.

Casi cuarenta años después, el 29 de marzo de 2010, Ricky Martin publicó un mensaje en su web, en inglés y en español, en el que se definía como un hombre homosexual afortunado. Para mucha gente nacida en los ochenta y en los noventa, eso fue un terremoto. El chico de los pósteres, el de la camiseta ajustada, el que había puesto a bailar a medio mundo con «Livin' la vida loca», decía en voz alta lo que tantos chavales no se atrevían a decir en casa.

Son dos maneras de salir a escena. Una es la del cuerpo que provoca sin explicarse, con la cara pintada en un país con militares en el poder. La otra es la de la estrella mundial que ya no puede más con el secreto y lo cuenta por escrito. Las dos abrieron camino. Las dos, cada una en su década, le dijeron a alguien de un barrio lejano que no estaba solo.

Paulina Rubio y Mon Laferte: iconos adoptados

Luego están los iconos que el público LGTBI elige por su cuenta.

Paulina Rubio es uno de esos casos. La Chica Dorada lleva décadas siendo una presencia fija en las pistas gays de México, de España y de medio continente, con su melena, su descaro y sus estribillos para gritar con los brazos en alto. En junio de 2024 fue la madrina de la marcha del Orgullo de Tijuana, dio un concierto en la avenida Revolución y terminó envuelta en la bandera. Nadie le pidió que explicara su vida privada. No hacía falta. Hay alianzas que se demuestran subiéndose al escenario.

Mon Laferte, chilena afincada en México, pertenece a otra generación y a otro tono, más de bolero roto y de canción con las tripas fuera. En 2017, en una entrevista con la revista madrileña «Shangay», antes de sus conciertos en España, dijo que creía que todo el mundo es bisexual y que es la sociedad la que hace que la gente diga que no. También habló de igualdad de derechos y del proyecto de ley de matrimonio igualitario que se discutía entonces en Chile. Otra vez, fíjate, una conversación latinoamericana que se tiene en una revista de Madrid.

Cómo mira el planeta hacia el oeste

Las letras de Mike Sain't Louis están escritas desde Madrid, con su puntillo, sus bares y sus vecinas de balcón. Pero muchas de ellas están pensadas para que se entiendan igual en Monterrey que en Valencia, en Santiago que en Bilbao. Y algunas hablan ya un idioma que no es de un solo sitio.

En «Marica chill» hay un verso que resume bien esa actitud:

«Hablo Spanglish con quien quiera escuchar / Y si no entienden, pues lo van a gozar»

No es un verso sobre Latinoamérica. Es un verso sobre no pedir permiso para hablar como uno habla, que es justo lo que hicieron Chavela con sus rancheras sin cambiar el pronombre, Juan Gabriel con sus lentejuelas o Lemebel con sus tacones en una estación de tren: la cultura LGTBI no viaja en un solo sentido, y muchas veces llegan de allí la valentía y las palabras que aquí aún no se atrevían.

Y en «Soy marica sideral», la canción en spanglish del planeta que más se acerca a una declaración de principios, aparece otra idea que parece escrita para esta galería de retratos:

«No me cambio ni me escondo, / tu aplauso equivale a morder.»

El aplauso que muerde. Esa frase la entenderían muy bien los que llenaron Bellas Artes mientras otros protestaban, o la mujer que esperó a los 81 años para decir su nombre en la tele. El aplauso no siempre es cariño. A veces es la condición que te ponen para dejarte en paz. Los iconos de esta nota aprendieron a recibir los aplausos sin dejar que les mordieran.

Una deuda de ida y vuelta

España tiene la costumbre de mirarse en Latinoamérica como quien mira a una prima lejana. Con cariño, con algo de paternalismo y con muy poca memoria de todo lo que ha recibido. La cultura LGTBI española debe mucho más de lo que reconoce a los boleros, a las rancheras, a las telenovelas, a las crónicas chilenas y al pop mexicano. Y Latinoamérica, a su vez, ha encontrado en Madrid un escenario: la Residencia de Estudiantes para Chavela, el Reina Sofía para Lemebel, una revista madrileña para Mon Laferte.

Planeta Gayfolk quiere estar en medio de ese ir y venir. No como un sitio que explica nada, sino como un sitio más donde suenan canciones para quien las quiera. Sus temas están en Spotify y en Deezer, y se pueden descargar gratis desde esta web. Que lleguen a una habitación de Guadalajara, de Medellín o de Lima es, para un proyecto escrito en Madrid, la mejor manera de devolver algo de lo que llegó de allí.

Porque al final, eso es un icono: alguien que estuvo antes, que se arriesgó más de la cuenta y que dejó la puerta un poco más abierta de lo que la encontró. Chavela a los 81. Juan Gabriel con una frase. Lemebel con tacones. Ney con plumas. Ricky con una carta. Paulina con una bandera. Mon con una entrevista.

El planeta les debe una canción. Y, de momento, les deja esta nota.

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