Letras
De joto a marico: jerga queer en América Latina leída con las letras castizas del Planeta Gayfolk
Por Mike Sain't Louis ·

Una misma palabra puede ser un insulto en una ciudad, un saludo en otra y una bandera en una tercera. Pocas cosas lo demuestran tanto como el vocabulario queer del español, una lengua que se habla en una veintena de países y que en cada uno ha tenido que inventarse palabras para nombrar lo que no se quería nombrar.
Las letras del Planeta Gayfolk, el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño que se presenta como «el primer cantautor IA», están escritas en el español de Madrid. Dicen marica, loca, pluma y armario, mezclan el castellano con el inglés y de vez en cuando se escapan a Canarias. Este texto cruza el Atlántico para ver qué palabras usan, para lo mismo, en México, en Argentina, en el Caribe o en Chile, y vuelve después a las canciones con otros oídos.
Antes de empezar, una advertencia. Muchas de estas palabras han hecho daño, y siguen haciéndolo cuando se lanzan con desprecio. Aquí se citan para explicarlas, no para repetir el golpe. Y algunas etimologías que circulan por internet son más leyenda que historia, así que se señalan como tales.
Un idioma, muchos diccionarios
Quien haya viajado por América Latina sabe que el español cambia de un país a otro mucho más de lo que parece en los libros. Cambia la manera de llamar al autobús, a la fruta, al dinero y a los amigos. Y cambia, sobre todo, el vocabulario de lo íntimo y de lo prohibido, porque ese vocabulario no se enseña en la escuela, se aprende en la calle.
Con la jerga queer pasa algo especial. Durante mucho tiempo fue una lengua doble: por un lado, las palabras que la sociedad usaba para señalar y castigar; por otro, las que la propia comunidad inventaba para reconocerse sin ser descubierta. Con los años, muchas de las primeras se han recuperado con orgullo y algunas de las segundas han acabado en el habla de todo el mundo.
México: joto y el número 41
En México, la palabra más extendida para insultar a un hombre gay ha sido durante mucho tiempo «joto». Su origen no está claro. Hay una explicación muy repetida que la relaciona con la crujía J de la antigua cárcel de Lecumberri, en Ciudad de México, donde supuestamente se encerraba a los presos homosexuales. Es una historia atractiva, pero los estudiosos no la dan por segura, y conviene tratarla como leyenda urbana.
Lo que sí está documentado es el episodio que convirtió un número en un estigma. En noviembre de 1901, la policía irrumpió en una fiesta privada en una casa de Ciudad de México. Detuvo a 41 hombres, varios de ellos vestidos de mujer. La prensa de la época se ensañó con ellos, el grabador José Guadalupe Posada hizo estampas burlescas del suceso y la noticia se convirtió en un escándalo nacional. Durante décadas, el número 41 se usó en México como insulto y se evitaba en sitios tan dispares como las habitaciones de los hoteles o los dorsales de los equipos.
En 2020 se estrenó una película mexicana, «El baile de los 41», dirigida por David Pablos, que volvió a contar la historia desde dentro. Más de un siglo después, el número ha pasado de ser un chiste cruel a ser una fecha de la memoria LGTBI mexicana.
En las últimas décadas, colectivos y artistas mexicanos han recuperado «joto» como palabra propia, igual que en España se ha hecho con «marica». No es una recuperación completa, ni todo el mundo la comparte, pero ha cambiado el peso de la palabra.
En México, además, la otra gran palabra del insulto, «puto», saltó a los estadios de una forma que dio la vuelta al mundo. Durante años, parte del público de la selección mexicana gritó esa palabra cada vez que el portero rival sacaba de puerta. La FIFA abrió expedientes y multó en varias ocasiones a la federación mexicana por ese grito, y los propios futbolistas y la federación hicieron campañas para pedir que se dejara de corear. El debate dividió al país entre quienes lo veían como folclore inofensivo y quienes recordaban que, para un chaval gay en la grada, no tiene nada de inofensivo.
Muxes: un tercer género en Oaxaca
No toda la historia mexicana es de persecución. En las comunidades zapotecas del istmo de Tehuantepec, en el estado de Oaxaca, y sobre todo en la ciudad de Juchitán, existe desde hace mucho una figura reconocida por la propia comunidad: las muxes.

Son personas asignadas como hombres al nacer que asumen roles, vestimentas y oficios considerados femeninos, y que a menudo se describen como un tercer género. Su presencia es parte de la vida local, y cada año, en noviembre, se celebra en Juchitán una gran fiesta, la Vela de las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro, que reúne a muxes y a sus familias.
Juchitán es también un lugar muy fotografiado. En los años ochenta, la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide pasó largas temporadas allí y publicó en 1989 el libro «Juchitán de las mujeres», con imágenes de la vida cotidiana de la ciudad, incluidos retratos de muxes que hoy forman parte de la historia de la fotografía latinoamericana. Desde entonces, documentales, reportajes y exposiciones han llevado la palabra muxe a medio mundo, no siempre con el respeto que merece una comunidad que no se exhibe, sino que simplemente vive.
El caso de las muxes recuerda que la manera de entender el género y el deseo no es universal. Lo que en un sitio se castiga, en otro se celebra con fiesta y con traje. Y la palabra muxe, que procede del zapoteco, no tiene equivalente exacto en castellano. Es una de esas palabras que solo se entienden si se conoce la comunidad que la usa.
Clóset y armario
Hay una diferencia que cualquiera nota en cuanto oye hablar a alguien de México, de Colombia o de Venezuela: allí no se sale del armario, se sale del clóset.
La expresión viene del inglés «to come out of the closet». En España se tradujo y se convirtió en «salir del armario». En buena parte de América se adoptó la palabra inglesa adaptada, clóset, que allí también nombra el ropero empotrado de las casas. El diccionario académico recoge clóset como palabra propia del español de América.
En el planeta el armario aparece varias veces, y no siempre con sentido figurado. En la canción «Buscando el polvo perfecto», del primer álbum, hay una línea que suena a lo que tantas veces se oye en el patio de un colegio: «Tienes pluma y eres afeminado». En Madrid se dice pluma; en otras partes de América se diría que alguien «se le nota» o que es amanerado. La experiencia, sin embargo, es la misma a los dos lados del océano: alguien señala desde fuera lo que uno todavía no ha decidido contar.
Argentina: puto, trolo y torta
En Argentina el vocabulario es otro. El insulto clásico contra los hombres gays es «puto», una palabra que en España se usa sobre todo como intensificador y como parte de expresiones malsonantes. En el Río de la Plata, en cambio, tiene un sentido muy concreto, y se ha oído durante décadas en las gradas de los estadios.
Junto a «puto» está «trolo», una palabra muy argentina, de origen discutido, que también nombra al hombre homosexual. Y para las mujeres lesbianas se usa con frecuencia «torta», que en México y en otros países tiene variantes parecidas como «tortillera», palabra que también se oye en España.
Como en México, parte de la comunidad ha hecho suyas estas palabras. Y Argentina es, además, un país que ha cambiado mucho en poco tiempo. En 2010 se convirtió en el primer país de América Latina en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo, y en 2012 aprobó una Ley de Identidad de Género que permite cambiar el nombre y el sexo en los documentos sin necesidad de diagnósticos médicos ni de cirugías, una de las más avanzadas del mundo en su momento.
Travesti como bandera
Hay una palabra que en España y en América significa cosas distintas. En el español de España, «travesti» se usa sobre todo para hablar de un hombre que se viste de mujer, a menudo en un espectáculo, y hoy se prefieren términos como mujer trans o artista drag según el caso.

En Argentina, en Chile y en otros países del sur, en cambio, «travesti» es para mucha gente una identidad política. La activista argentina Lohana Berkins, que murió en 2016, defendió con fuerza esa palabra como nombre propio, frente a la idea de que había que traducirla a términos importados. Para ella y para muchas compañeras, decirse travesti era nombrar una historia concreta de pobreza, de persecución policial y de lucha.
Es un buen ejemplo de por qué no se pueden traducir las palabras queer de un país a otro sin más. La misma palabra puede ser un término anticuado en Madrid y una bandera en Buenos Aires.
Colombia y Venezuela: marica, marico
Si en algún sitio la palabra marica ha perdido casi del todo su filo, es en Colombia. Allí, entre amigos y amigas, se usa como vocativo cariñoso o como muletilla, con independencia de la orientación de quien habla o de quien escucha: «¡Ay, marica, qué susto!», «¿Qué más, marica?». Cualquiera que haya visto una serie colombiana lo ha oído decenas de veces.
En Venezuela pasa algo parecido con la forma masculina, «marico», que puede ser insulto o saludo según el tono. Y para nombrar a las mujeres lesbianas, en Venezuela y en parte de Colombia se oye «arepera», una palabra que juega con la arepa, el alimento más cotidiano de la región.
Este uso desactivado contrasta con lo que pasa en España, donde marica todavía puede doler mucho según quién lo diga y cómo. Las letras del planeta juegan en esa frontera. «Marica chill», del segundo álbum, usa la palabra como un nombre propio y un estado de ánimo: «Marica chill, sin pena, sin stress», «Marica chill, sin culpa, sin plan». Y añade una línea que lo resume todo: «Que me llamen loca, that's my brand». El insulto se convierte en marca registrada.
El Caribe: pato, pájaro y bugarrón
En el Caribe hispano hay un pequeño zoológico de palabras. En Puerto Rico, al hombre gay se le ha llamado «pato». En Cuba, «pájaro». En la República Dominicana y en otros lugares de la región se usa «bugarrón» para nombrar a un hombre que tiene relaciones con otros hombres, normalmente en un papel activo, pero que no se considera homosexual ni se presenta como tal.
Lo de los animales tiene su lógica en la historia de los insultos: comparar a alguien con un ave suele apuntar a la ligereza, a los movimientos, a algo que se considera poco viril. En España también hay ejemplos, como mariposa o mariposón, que el catálogo del planeta conoce bien.
Hay un detalle divertido en una canción del segundo álbum. «Croquetas en el crucero» cuenta unas vacaciones desastrosas por el Mediterráneo y, en medio del cotilleo, suelta una frase de toda la vida: «Un pajarito me ha dicho». En Madrid es la manera clásica de decir que te has enterado de algo. Oída en La Habana, la frase tendría un segundo sentido inesperado. La misma canción termina, por cierto, con alguien que acaba en misa «con un reggaetonero», un personaje que también viene del Caribe.
Perú y Chile: cabro, cola y loca
En Perú, a los hombres gays se les ha llamado «cabro», otra palabra del corral. En Chile, una de las más comunes es «cola», y también se usa mucho «maricón», con todo su peso.

Pero la palabra que mejor conecta las dos orillas del océano es «loca». Se usa en España, en México, en Argentina y en Chile para nombrar al hombre gay afeminado, primero como burla y después como orgullo. El escritor chileno Pedro Lemebel la convirtió en tema central de sus crónicas sobre la vida en Santiago, y la defendió como identidad, no como defecto.
En el planeta, la loca aparece en varias canciones, siempre con alegría. En «Malena», del primer álbum, el estribillo repite «Loca, loca por un beso tuyo» y mezcla el castellano con el inglés: «Loca, loca, can't escape your fuego». Y en «Marica chill», como ya se ha visto, la palabra se reivindica como marca. Es exactamente lo que hacían las locas de Lemebel: quedarse con el insulto y ponérselo de vestido.
El pajubá: la lengua secreta de Brasil
Fuera del español, pero muy cerca, Brasil tiene una de las jergas queer más ricas del mundo. Se llama pajubá o bajubá, y nació sobre todo entre las travestis brasileñas como lengua de reconocimiento y de protección frente a la policía.
Muchas de sus palabras proceden del yoruba y de otras lenguas africanas, llegadas a Brasil con la población esclavizada y conservadas en religiones afrobrasileñas como el candomblé, en cuyos terreiros la comunidad LGTBI encontró a menudo un lugar de acogida. Algunas de esas palabras, como «babado», que se usa para hablar de un cotilleo o de una noticia sabrosa, han pasado al portugués de todo el país.
En 2018, el examen nacional de acceso a la universidad de Brasil, el ENEM, incluyó una pregunta sobre el pajubá como ejemplo de variedad lingüística. La pregunta provocó una gran polémica política, lo que demuestra que hablar de estas palabras sigue siendo, en muchos sitios, un asunto que incomoda.
Lo que el planeta toma prestado
Las letras del Planeta Gayfolk no usan casi ninguna de estas palabras americanas. Su vocabulario es el del Madrid de hoy, con mucho inglés de por medio. Pero hay pequeñas puertas abiertas hacia el otro lado del océano.
La más clara es una palabra que viaja entre Canarias y el Caribe. En «Como a mi chihuahua», del segundo álbum, aparece la línea «y tú no me dabas ni un beso ni antes de coger la guagua». En Canarias, como en Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana, la guagua es el autobús. En Chile, en cambio, la guagua es un bebé. Es un buen recordatorio de que el español de las islas y el del Caribe comparten historia, emigración y palabras.
Otra puerta es el culebrón. En «Narci de cutre culebrón», del segundo álbum, el estribillo repite «Se descubrió el pastel narci de cutre culebrón». La palabra culebrón se popularizó en España para nombrar las telenovelas latinoamericanas, venezolanas y mexicanas sobre todo, que llenaron las tardes de la televisión en los ochenta y noventa. Muchas personas queer crecieron viendo esos melodramas, con sus villanas, sus gemelas perdidas y sus giros imposibles, y aprendieron de ellos una manera de contar el drama propio con exceso.
Y está el reggaetón, el género nacido entre Panamá y Puerto Rico que durante años se asoció con letras machistas y homófobas, y que en tiempos recientes ha abierto sitio a artistas y públicos queer. En 2020, Bad Bunny apareció vestido de drag en el vídeo de «Yo perreo sola». En «Marica chill», el personaje responde a las críticas de la vecina de una manera muy concreta: «Les mando besitos y pongo reggaetón». Una pequeña venganza caribeña desde un balcón madrileño.
Spanglish a ambos lados
Hay algo que las letras del planeta comparten con buena parte de la cultura queer latina de Estados Unidos: el spanglish. «Soy marica sideral», del segundo álbum, mezcla las dos lenguas en casi cada verso: «No vine a salvar tu mood, / vine a tomar mi space», «I don't ask for permission, / mi vida no es un test».

En ciudades como Nueva York, Miami o Los Ángeles, la comunidad LGTBI latina lleva décadas hablando así, saltando de un idioma a otro en la misma frase. La cultura del ballroom neoyorquina, donde participaron muchas personas puertorriqueñas y dominicanas, dejó palabras en inglés que hoy se usan en todo el mundo. El spanglish del planeta no viene de ahí, sino del Madrid de las redes sociales, pero el gesto es parecido: usar las dos lenguas para tener más sitio donde ser uno mismo.
La canción lo dice con una imagen muy suya: «Soy silencio con tacones, / soy marica sideral». Y remata con una línea que vale para cualquier variedad del español: «Y si no sabes mirarme, / no es mi pluma el problema».
Las palabras viajan con la gente
Las jergas no se quedan quietas, porque la gente tampoco. Madrid es hoy una de las ciudades europeas con más población latinoamericana, y eso se nota en el ambiente LGTBI de la ciudad: en los bares, en las fiestas, en los grupos de amigos y en las aplicaciones de citas conviven el «¡ay, marica!» colombiano, el «qué onda» mexicano y el «tío» madrileño en la misma conversación.
Parte de esa migración tiene una razón dolorosa. En varios países de la región, ser abiertamente gay, lesbiana o trans sigue siendo peligroso, y España recibe cada año solicitudes de asilo de personas que huyen de la persecución por su orientación sexual o su identidad de género. Asociaciones madrileñas de apoyo a personas LGTBI migrantes y refugiadas acompañan esos procesos, que suelen ser largos y difíciles.
El resultado, en el día a día, es un español queer cada vez más mezclado. Palabras que hace veinte años solo se entendían en un país circulan hoy por todas partes gracias a las series, a las redes sociales y a la gente que se muda. El planeta, con su mezcla de castizo, canario e inglés, es un ejemplo pequeño de esa mezcla.
Un pequeño diccionario de ida y vuelta
Si alguien quisiera hacer un diccionario de bolsillo para cruzar el océano, podría empezar así.
En Madrid, salir del armario. En Ciudad de México, salir del clóset.
En Madrid, una marica con pluma. En Buenos Aires, un trolo amanerado. En La Habana, un pájaro. En San Juan, un pato. En Lima, un cabro. En Santiago, una cola o una loca.
En Bogotá, marica es también lo que le dices a tu mejor amiga cuando te cuenta algo increíble.
En Juchitán, muxe, una palabra que no se traduce.
En Buenos Aires, travesti, una palabra que no se cambia.
En São Paulo, un babado, que es lo que en Madrid llamaríamos un salseo.
Y en todas partes, loca, que ha pasado de insulto a apellido.
Palabras que se recuperan
Lo que une a todas estas palabras es su biografía. Casi todas nacieron para señalar y casi todas han tenido que ser recuperadas por la gente a la que señalaban. Ese proceso nunca está terminado: una misma palabra puede ser cariño en boca de una amiga y agresión en boca de un desconocido.
Las letras del Planeta Gayfolk están en ese proceso, con el vocabulario de su ciudad y de su tiempo. Por eso conviene leerlas enteras, en la sección de letras de la web, y no solo por los titulares. Una palabra fuera de contexto puede parecer un insulto; dentro de la canción, a menudo es lo contrario.
Ficha
«Marica chill» pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los personajes de las letras son inventados; las figuras públicas citadas aparecen solo con datos conocidos de su trayectoria. Los datos sobre el vocabulario y la historia de cada país proceden de fuentes públicas; las etimologías dudosas se señalan como tales. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Qué fue el Baile de los 41?
Una redada policial en una fiesta privada de Ciudad de México en noviembre de 1901. Detuvieron a 41 hombres, varios de ellos vestidos de mujer, y el número 41 se convirtió durante décadas en México en un insulto y en una cifra que se evitaba.
¿Qué significa muxe?
Es el nombre que reciben, en las comunidades zapotecas del istmo de Tehuantepec, en Oaxaca, las personas asignadas como hombres al nacer que asumen roles y formas de vida considerados femeninos. Se suele describir como un tercer género reconocido por la propia comunidad.
¿Por qué en América se dice clóset y en España armario?
Porque la expresión viene del inglés «to come out of the closet». En buena parte de América se adaptó la palabra inglesa como clóset, que allí también nombra el ropero empotrado, y en España se tradujo por armario.
¿Qué es el pajubá?
Una jerga del portugués de Brasil asociada a la comunidad travesti y LGTBI, con muchas palabras de origen yoruba y de otras lenguas africanas llegadas a través de las religiones afrobrasileñas. Algunas, como babado, han pasado al habla general.
¿Qué tiene que ver esto con las letras del Planeta Gayfolk?
Las letras están escritas en el español de Madrid, con palabras como marica, loca o pluma. Compararlas con el español de América ayuda a ver que cada comunidad ha tenido que inventar, sufrir y recuperar su propio vocabulario.