Planeta Gayfolk

Cultura

La casa del Planeta Gayfolk: habitaciones, camas, puertas y vecinas cotillas en las letras de Mike Sain't Louis

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Portada de «La Vecina Cotilla», canción de Mike Sain't Louis

Toda historia necesita un sitio donde pasar. En las novelas puede ser un castillo, un barco o una ciudad entera. En las letras de Mike Sain't Louis, muchas veces es un piso. Uno normal, de los de cualquier barrio, con su habitación, su cocina, su pasillo, su puerta con mirilla y su ventana desde la que se ve la ventana de enfrente.

Las canciones del planeta viajan mucho, al espacio, en crucero o por carretera. Pero cuando hay que contar lo más íntimo, vuelven a casa. Allí se ama, se espía, se llora, se encierra uno, se despierta con un desconocido y se cierra una puerta para no volver a abrirla. Este texto recorre esa casa cuarto a cuarto, como quien enseña un piso a alguien que viene a verlo, sin prisas y abriendo todas las puertas.

La visita empieza por la ventana, porque es por ahí por donde entra el deseo en una de las comedias más reconocibles del primer álbum de la trilogía GAYFOLK: «La vecina cotilla».

La ventana: «La vecina cotilla»

La premisa cabe en el primer verso: «Tengo un vecino que no veas cómo está ¡Qué rico!». No hace falta más presentación. Hay un vecino, está buenísimo y el narrador lo mira desde su casa. La letra va sumando detalles como quien apunta en una libreta: «Hace deporte con sus shorts cortitos no se si me explico», «Cuando se asoma a la ventana ¡yo ya no me ubico!», «Cuando se pone el pijama yo disfruto el momentico».

El estribillo es una confesión que hace reír precisamente porque se dice en voz alta: «Me he convertido en la vecina cotilla». Ese femenino es una de las claves de la canción. La vecina cotilla es un personaje clásico de la vida de barrio en España, la señora que todo lo ve detrás del visillo, que sabe a qué hora llega cada uno y con quién. Que un hombre gay se apropie del título, con cariño y sin pudor, es puro humor marica: coger la figura más castiza del rellano y ponérsela como un vestido.

Y luego está la frase que convierte la comedia en algo más: «Ya no salgo de casa, solo quiero verlo a él». La casa, aquí, es un palco. El narrador no sale porque el espectáculo está en la ventana de enfrente. Es un deseo a distancia, de cristal a cristal, que no necesita tocar para existir. «No necesito peli equis, está en frente de mí y me derrito», resume la letra con su descaro de siempre.

Pero lo que de verdad hace especial a «La vecina cotilla» es un detalle doméstico del final, casi escondido. El narrador está «sentado escuchando el din don / del reloj de pared, que me regaló / el padre de mi ex», esperando «como un niño pequeño / a que lleguen las diez / para volverte a ver». En una canción sobre el vecino guapo se cuela de repente otra historia: la de un ex, y la de un padre que le regaló un reloj. Ese reloj sigue colgado en la pared. La casa guarda objetos que vienen de otras vidas, y la letra lo dice sin subrayarlo. Es la marca de la casa en el planeta: el chiste, y justo detrás, un objeto que pesa.

El balcón: la vecina que opina

Si en «La vecina cotilla» el narrador es la vecina, en «Marica chill», del segundo álbum, la vecina vuelve a su sitio de siempre: el de la que juzga. La letra lo dice en spanglish: «La vecina said: that boy’s too much». Y unas líneas después aparece el escenario clásico de la crítica de barrio: «Si me critican desde el balcón».

Fotogramas del videoclip oficial de «La vecina cotilla», de Mike Sain't Louis

La respuesta es el programa entero de la canción: «Les mando besitos y pongo reggaetón». No hay discusión, no hay drama, no hay portazo. Hay besitos y música alta. «Marica chill» es la canción de alguien que baja a la calle con glitter en la cara y tacones para ir a la playa, y que ha decidido que la opinión del balcón de enfrente no le va a estropear el día. «Porque la vergüenza no se me da», dice el texto.

Entre las dos canciones, el balcón y la ventana dibujan las dos caras de la vida en un bloque. Por un lado, la ventana como sitio de deseo, desde donde se mira con ganas. Por otro, el balcón como tribunal, desde donde se mira con lupa. Las dos cosas son verdad en cualquier barrio, y las letras de Mike las cuentan sin elegir una: se puede ser la vecina cotilla un día y la víctima de la vecina cotilla al siguiente.

El rellano y la portería

En el planeta, los vecinos no son solo los de enfrente. Están también en la escalera. En «La casa de los mil cadáveres», una de las letras más rabiosas del catálogo, el reproche al ex empieza por la comunidad de propietarios: «Has comprado al portero por medio pollo / y al vecino del tercero por uno entero». El chiste del pollo se explica unas líneas después, y no tiene nada que ver con un asado.

La misma letra menciona «al marido de la del chalet de la esquina» y remata con una referencia que cualquier espectador español entiende: «Te crees que esto es la que se avecina». «La que se avecina» es la comedia de televisión sobre una comunidad de vecinos, y nombrarla aquí convierte el bloque entero en un plató. El portero, el del tercero, el marido de la del chalet: todo el edificio queda implicado en la historia, como en una serie de sobremesa.

Lo que hace la letra es muy de barrio. En los bloques todo se sabe, y lo que no se sabe se cuenta igual. El edificio es una red de rumores, de favores y de miradas, y el narrador lo describe con la precisión de quien ha bajado mil veces la basura y ha saludado al portero.

La habitación: cuatro paredes

Ninguna estancia de la casa aparece tanto en las letras como la habitación. Y no siempre como un lugar bonito.

El ejemplo más claro está en «Entre cuatro paredes», del primer álbum, cuyo título ya es una descripción arquitectónica. La letra empieza con una frase que cualquiera que haya tenido una mala temporada reconoce: «No me apetece salir de la habitación». Y sigue: «Y estoy sólo entre estas cuatro paredes / Siempre apartado entre tanta gente».

Esa última línea es de las más precisas del catálogo. Las cuatro paredes no son solo las del cuarto. Son también las que uno lleva encima cuando sale y está rodeado de gente. La habitación se vuelve una manera de estar en el mundo. Y la letra recorre esa estrechez como quien camina por un pasillo sin final: «Cada paso que doy en este túnel estrecho».

Hay una salida, pequeña, al final: «No, pero algo en mí pide respirar / Tal vez algún día logre despertar». La habitación no se abre del todo, pero alguien, dentro, empieza a buscar la ventana.

Si quien lee esto lleva tiempo sin ganas de salir de su cuarto, conviene decirlo sin rodeos: pedir ayuda funciona. En España, el teléfono 024 atiende gratis y a cualquier hora a personas con pensamientos de suicidio o en crisis, y para emergencias está el 112. Fuera de España, el número de emergencias local.

La habitación aparece también como celda en «Tu mendigo», del segundo álbum, y como recuerdo que no se va en «Ruido en mi mente», donde «el pasado se sienta al filo de mi cama». Esa imagen es muy de casa: el pasado no como una idea abstracta, sino como alguien sentado en el borde del colchón, mirando.

La puerta: llaves prestadas y marcos con olor

Una casa se define también por sus puertas, y en las letras del planeta las puertas casi siempre cuentan cómo empieza o cómo termina una relación.

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «No necesito peli equis, está en frente de mí y me derrito» de «La vecina cotilla»

La más dura está en «Tu mendigo». La letra arranca con un gesto que parece generoso: «Me abriste la puerta / con llave prestada, / y dijiste que era mi refugio». Y enseguida le da la vuelta: «pero era una celda alquilada». Todo el vocabulario de la vivienda está ahí, pero torcido. La llave no es propia, el refugio es una celda, y la celda, encima, es de alquiler. Unos versos más adelante llega el inventario del cuarto: «Me ofreciste un rincón / con alfombra manchada / y un silencio lleno de / amistad interesada».

Es una de las formas más claras que tiene el catálogo de explicar una relación de dependencia sin usar palabras técnicas. No hace falta hablar de control ni de manipulación. Basta con describir el piso: un rincón, una alfombra con manchas, una llave que no es tuya. Y el final lo cierra con la imagen de la habitación convertida en cárcel: «y en cautiverio sigo estando en esa habitación».

La otra puerta importante es la de la salida, y está en «No te vuelvo a mirar más», del segundo álbum. Después de un repaso implacable a alguien que pedía silencio y gritaba «hasta el techo», la letra deja una de las imágenes más delicadas del planeta: «Dejé tu olor pegado al marco de la puerta, / y cerré despacio para no dar la vuelta».

No hay portazo. Hay un cierre lento, casi educado, para no tener la tentación de mirar atrás. Y el olor del otro se queda pegado al marco, como una mancha de humedad que no sale. Esa forma de despedirse, cerrando despacio, dice mucho de cómo las letras de Mike entienden el final de algo: a veces el gesto más firme es el más silencioso.

La cama: deseo, desconocidos y almohadas

En la cama del planeta pasan cosas muy distintas, y las letras no esconden ninguna.

Está la cama del deseo sin complicaciones, como en «Me mola Zeus», donde el texto celebra: «y en mi cama ya estás bailando». Está la cama del que llega tarde, en «Hetero», que se resume en tres frases secas: «Quedamos. Llego. Y ya tiene a otro en la cama».

Está también la cama como territorio de lo prohibido, en «El anillo de casado», del primer álbum. Ahí el deseo tiene una condición muy concreta: «Me apetece tenerte en la cama y que te quites el anillo». El anillo es lo único que sobra en el colchón, y la letra lo pide sin rodeos. Un poco más adelante, el narrador deja clara su filosofía doméstica sobre lo que pasa entre esas sábanas: «Si pasa por mi cama y lo disfruto para mí es pasado». La cama, en esta canción, no es un lugar de promesas. Es un lugar de paso, y quien entra sabe que al día siguiente será historia. Es otra manera, muy del planeta, de contar el deseo sin pedir permiso a nadie.

Y está la cama de la resaca, la más cómica de todas, en «Garrafón de China», del segundo álbum. La letra empieza como empiezan tantas mañanas de domingo: «Esta mañana, me he levantado / con un pavo que no sé ni quién es al lado». El culpable está identificado desde el principio: «El cachas de la barra nos vendió garrafón». Y luego la casa se va llenando de pruebas: «No recuerdo como llegó este tío a mi cama», «Ha acabado desnudo en mi habitación».

El golpe de gracia es doméstico: «Y ahora tengo a un extraño en mi cocina». La cocina, el sitio más cotidiano del piso, donde se hace el café de la mañana, ocupada por alguien que no se sabe ni cómo se llama. Es una imagen de comedia perfecta porque cualquiera puede verla: el desconocido abriendo armarios, buscando las tazas, y el dueño de la casa en el umbral con la cabeza a punto de «explotar de la resaca».

Y por último, la almohada, que en las letras del planeta es el objeto que más tarda en olvidar. En «Voy a olvidarme de ti», del primer álbum, entre la lista de cosas que hay que borrar aparece esto, repetido: «Voy a olvidar mi deseo / y el olor de tu almohada». Igual que el marco de la puerta de «No te vuelvo a mirar más», la almohada guarda el olor del otro. En la casa del planeta, los muebles tienen memoria.

El pasillo: el mueble donde se deja la maría

Hay un rincón de la casa que casi nunca sale en las canciones de nadie y que en el planeta tiene un papel estelar: el mueble del pasillo.

Collage con un detalle de la carátula de «La vecina cotilla» y las carátulas de «Entre cuatro paredes», «Garrafón de China», «Tu mendigo»

En «Vas a escuchar un disco muy raro», del segundo álbum, la letra recibe al oyente como quien recibe una visita en la puerta de casa, con normas de entrada: «Si vienes con prejuicios, échate a un lado. / Deja la bolsa de maría en el mueble del pasillo, / y ve corriendo a chivarte a tu tía Chumino».

Es una bienvenida muy concreta. No dice «deja tus problemas fuera» ni nada parecido. Dice dónde se deja la bolsa: en el mueble del pasillo, ese sitio de toda casa española donde acaban las llaves, las cartas del banco, las monedas sueltas y los folletos de pizzería. Meter ahí la bolsa de maría es convertir un objeto prohibido en parte del mobiliario. Y la tía con mote inventado, a la que hay que ir a chivarse, completa la escena familiar.

Esa entrada funciona casi como el recibidor de todo un disco. Antes de escuchar, hay que pasar por el pasillo y dejar los prejuicios con el resto de cosas que estorban.

La casa con vistas

Hay casas en el planeta que son más deseo que vivienda. En «La dieta del cucurrucho», del primer álbum, la letra cuenta una pelea de pareja por celos, y en medio aparece el piso que se compartía: «éramos tan felices con la casa con vistas a la Supernova».

Una casa con vistas a una supernova es exactamente el tipo de piso que solo puede existir en la trilogía GAYFOLK. Mezcla el lenguaje del anuncio inmobiliario, el «con vistas a» de todos los portales de alquiler, con el espacio exterior que recorre los tres discos. Y al mismo tiempo dice algo muy terrenal: había una casa, había felicidad, y ahora hay tensión en el ambiente. La discusión, por cierto, también pasa por los cuartos: «¿No me puedes explicar viniendo a la habitación…?».

Por el lado contrario, la casa vacía de después. En «Un puñetazo al día», del primer álbum, la letra cuenta la celebración simbólica del «entierro» de un exmarido con dos amigos, y de todo lo vivido solo queda esto: «un vacío tan frío en esta casa». Siete años de convivencia caben en una sola línea sobre un piso que de repente sobra.

Lo que la casa dice de las letras

Si se recorre la casa entera, de la ventana a la cocina, aparece una idea que se repite en todo el catálogo: lo doméstico no es un decorado, es una forma de hablar de lo que duele y de lo que divierte sin tener que explicarlo.

Ficha de la canción «La vecina cotilla» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Decir «estoy deprimido» es menos fuerte que «no me apetece salir de la habitación». Decir «era una relación de control» es menos claro que «me abriste la puerta con llave prestada». Decir «me cuesta olvidarte» es menos concreto que «el olor de tu almohada». Decir «la noche se me fue de las manos» es menos gracioso que «un extraño en mi cocina».

Las letras de Mike hacen con la casa lo mismo que hacen con las marcas del supermercado, los programas de la tele o los mensajes del móvil: usan algo que todo el mundo conoce para que el sentimiento se entienda a la primera. Cualquiera ha estado en un pasillo con un mueble lleno de trastos, en una habitación de la que no quería salir o en un balcón desde el que alguien opinaba de los demás.

También hay un orgullo de barrio en todo esto. La casa del planeta no es una mansión ni un loft de revista. Es un piso de bloque, con portero, con vecino del tercero, con vecina en el balcón y con la ventana de enfrente demasiado cerca. Es la casa de mucha gente queer que vive en pisos normales, en barrios normales, con vecinos que miran. Y las letras la cuentan sin vergüenza y con mucha gracia.

Plano de la casa

Para quien quiera recorrerla con calma, este es un plano posible de la casa del planeta, cuarto a cuarto:

  • La ventana: «La vecina cotilla», el deseo de cristal a cristal.
  • El balcón: «Marica chill», la crítica que se responde con besitos y reggaetón.
  • La escalera: «La casa de los mil cadáveres», el portero, el del tercero y la comunidad como plató.
  • La habitación: «Entre cuatro paredes», donde no apetece salir.
  • La puerta: «Tu mendigo» y «No te vuelvo a mirar más», la llave prestada y el cierre lento.
  • La cama y la cocina: «Garrafón de China», el extraño de la mañana siguiente.
  • La almohada: «Voy a olvidarme de ti», el olor que no se va.
  • El pasillo: «Vas a escuchar un disco muy raro», el mueble donde se deja la bolsa.
  • El salón con vistas: «La dieta del cucurrucho», la casa con vistas a la Supernova.

Todas las letras publicadas están en el archivo de letras, para quien quiera entrar en cada cuarto con el texto completo delante.

Apagar la luz

La casa del planeta es pequeña, ruidosa y está llena de gente. Hay vecinos guapos, vecinas que opinan, porteros comprados, extraños en la cocina y relojes regalados por el padre de un ex. Hay habitaciones de las que no se quiere salir y puertas que se cierran despacio para no volver.

Pero sobre todo es una casa donde se vive. Con sus manchas en la alfombra y su mueble del pasillo, con su ventana que da a la ventana de enfrente. Las letras de Mike no la convierten en metáfora grandiosa. La dejan como es, y por eso funciona: todo el mundo sabe lo que es esperar a que den las diez para asomarse otra vez.

Ficha

«La vecina cotilla» pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los nombres y personajes de las letras son inventados. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «La vecina cotilla»?

De alguien que se ha enamorado a distancia del vecino de enfrente y lo espía desde casa: los shorts cortitos, la ventana, el pijama. El estribillo lo admite sin vergüenza: «Me he convertido en la vecina cotilla». Es una comedia sobre el deseo de balcón a balcón, con un final más tierno de lo que parece.

¿En qué disco está «La vecina cotilla»?

En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK.

¿Qué canción habla de despertar con un desconocido en casa?

«Garrafón de China», del segundo álbum. Cuenta una resaca después de un fiestón con alcohol adulterado, un tío que no se sabe quién es en la cama y, para rematar, «un extraño en mi cocina».

¿Qué significa la «llave prestada» de «Tu mendigo»?

Es la imagen de un refugio que no era tal. La letra dice «Me abriste la puerta / con llave prestada, / y dijiste que era mi refugio, / pero era una celda alquilada». La casa ofrecida se convierte en encierro.

¿Por qué hay tantas vecinas en las letras?

Porque la vecina es el público más cercano que existe. En «La vecina cotilla» el narrador se convierte en una; en «Marica chill» la vecina opina y le critican desde el balcón, y la respuesta es mandar besitos y poner reggaetón.

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