Planeta Gayfolk

Relaciones tóxicas

Esquela doble: «La ley de la exageración» entierra en vida a dos narcisistas

Por ·

Portada de «La ley de la exageracion», canción de Mike Sain't Louis

D. E. P.

Así empiezan las esquelas de los periódicos. Una cruz, tres letras, un nombre en mayúsculas y un recuadro negro. Debajo, la familia que lo comunica, el tanatorio, la hora del funeral y una frase de despedida. Rogad a Dios por su alma.

«La ley de la exageración» termina con una frase que podría ir en ese recuadro: «Que dios os tenga en su gloria / ¡Adiós!». La diferencia es que los difuntos no se han muerto. Siguen vivos, con su móvil, con su perfil en las aplicaciones, con su vida. Y la canción los despide igual, con la fórmula de los entierros, con el tono de quien echa la última paletada de tierra.

Dos difuntos vivos. Una esquela doble.

El diario ya escribió sobre esta canción y sobre esa palabra que se lanza para que te calles, exagerado, en la crónica de cuando te llaman exagerado por contar el daño. Hoy el planeta no va a defender el derecho a exagerar, que ya quedó defendido. Hoy va a hacer otra cosa, más de oficio. Va a redactar la esquela. La que la canción deja apuntada en sus últimos versos y no llega a publicar. Con su recuadro negro, su tanatorio y sus deudos.

Que nadie se ofenda. Es humor negro. Y el planeta lo viste de luto con mucho gusto.

El recuadro negro

Las esquelas son un género literario en sí mismas, aunque nadie las estudie en el colegio. Tienen sus reglas, sus fórmulas, su tipografía. En España hay periódicos que llevan más de un siglo publicándolas, y hay gente mayor que todavía abre el diario por esas páginas antes que por la portada, para ver quién se ha muerto en el barrio.

La esquela clásica es solemne. Nombre completo. Fecha. «Falleció en Madrid, a los ochenta y siete años de edad, habiendo recibido los Santos Sacramentos». Y luego la lista: su esposa, sus hijos, sus hijos políticos, sus nietos, sus hermanos, sobrinos y demás familia. Todos ruegan una oración por su alma.

Ahora bien. ¿Cómo sería la esquela de esta canción?

El planeta lo ha intentado y le ha salido algo así: «Dos narcisistas. Fallecieron, en sentido figurado, después de llevarse veinte años de la vida de quien suscribe. Uno, en su modalidad de víctima salvador. El otro, en versión low cost. Ambos narcis de profesión. Quien firma, la ley de la exageración, lo comunica sin dolor y ruega que Dios los tenga en su gloria. Adiós».

Cabe en un recuadro. Y el recuadro, en este caso, es la letra entera de la canción.

Uno y uno son dos

La canción empieza con la cuenta más sencilla del mundo, la que se aprende con los dedos en primero de primaria. Uno y uno son dos.

El planeta la lee en clave funeraria y le encuentra un sentido nuevo: es el recuento de los cuerpos. Uno y uno son dos. Dos difuntos. Dos ataúdes. Dos coronas de flores. Es la primera información que da cualquier parte de defunción: cuántos son.

Y enseguida, la segunda línea, que es la causa de la muerte, o mejor, el motivo del entierro:

«Uno y uno son dos / Dos ladrones me han robado / Veinte años de mi vida del tirón».

Dos ladrones. Veinte años. Del tirón.

Esas tres palabras finales son las que más le gustan al planeta. Del tirón es como se roba un bolso por la calle: alguien pasa en moto, agarra el asa y se lo lleva de un golpe. Es un robo rápido, brutal, sin anestesia. Y la canción aplica esa expresión de suceso de telediario a veinte años de vida. Como si dos décadas pudieran arrancarse de un solo tirón, igual que un bolso. Y de alguna forma, cuando uno lo mira desde el final, es lo que parece: que se fueron de golpe. Que no te diste cuenta de cómo pasaban hasta que ya no estaban.

En una esquela de verdad, debajo del nombre del difunto, a veces se pone lo que dejó: su obra, su legado, su recuerdo imborrable. En esta esquela, lo que se pone es lo que se llevaron.

Los dos ataúdes

Las funerarias tienen catálogos. El planeta lo sabe porque cualquiera que haya tenido que enterrar a alguien se ha sentado alguna vez en un despacho con moqueta, frente a un señor muy amable con traje oscuro, y ha pasado páginas de un álbum lleno de féretros. Pino, roble, caoba. Con herrajes dorados o plateados. Con crucifijo o sin él. Con acolchado de raso blanco o de raso crema. Cada uno con su precio, discretamente impreso en la esquina.

Fotogramas del videoclip oficial de «La ley de la exageracion», de Mike Sain't Louis

La canción hace lo mismo con sus dos difuntos. Los describe como quien elige ataúdes:

«Uno víctima salvador / Y el otro la versión low cost / Ambos narcis de profesión».

El primero es el modelo de lujo, por decirlo así. Víctima salvador. Es una combinación muy precisa. El que se presenta como víctima de todo y, a la vez, como el que te salva. El que te cuenta lo mucho que ha sufrido y lo mucho que ha hecho por ti. El que convierte cada discusión en una prueba de lo injusto que es el mundo con él, y cada favor en una deuda eterna. Es el ataúd de caoba con herrajes dorados: aparatoso, solemne, muy convencido de su propio valor.

El segundo es la versión low cost. El de pino. El que hace lo mismo, pero peor. Con menos medios, menos talento, menos estilo. Es una imitación. Y el planeta no puede evitar reírse con esa clasificación, porque tiene algo de crítica de mercado: no solo había dos narcisistas, sino que uno de ellos ni siquiera era original. Era una copia barata del otro.

Y luego, la frase que los une a los dos en el mismo panteón: ambos narcis de profesión. De profesión. Como si fuera su oficio. Como si en la esquela, debajo del nombre, en lugar de «ingeniero» o «maestro jubilado», pusiera «narcisista». Con sus años de servicio y todo.

La oración fúnebre que se tuerce

En los funerales hay un momento en que alguien se levanta y habla del difunto. Un hijo, un amigo, el cura. Se dicen cosas bonitas. Se recuerdan anécdotas. Se perdonan defectos. Es la oración fúnebre, y tiene una regla no escrita: de los muertos no se habla mal.

La canción rompe esa regla con todo el entusiasmo del mundo.

«Y tú un narcisista / que vas de víctima / cuando en verdad / ¡Eres un cabrón!».

El planeta se imagina la escena en la capilla de un tanatorio cualquiera, con las coronas de flores alrededor del féretro, la gente con cara seria, el olor a lirios. Y alguien sube al atril, carraspea, saca un papel doblado y empieza con voz grave: «Y tú, un narcisista que vas de víctima...». La gente asiente, esperando un giro emotivo. «Cuando en verdad...». Pausa dramática. Silencio absoluto. «¡Eres un cabrón!».

Es una de las imágenes más cómicas que el planeta ha podido sacar de una letra. La oración fúnebre que termina en insulto. El elogio que se convierte en ajuste de cuentas. El que se levanta a hablar bien del muerto y aprovecha para decir lo que lleva veinte años callando.

Y aquí está la clave de la canción, la que le da sentido al título: «Sí, yo soy la ley de la exageración». El que habla sabe que le van a llamar exagerado. Que alguien en la última fila va a murmurar «hombre, tampoco es para tanto». Y se adelanta. Se pone él mismo la etiqueta, en mayúsculas, con orgullo, desde el atril del tanatorio. Sí, soy la ley de la exageración. Y aun así, eres un cabrón.

Un apunte más sobre ese título, porque en clave funeraria también funciona. «La ley de la exageración» suena a ley física, como la de la gravedad o la de Murphy. Una ley que se cumple siempre, se quiera o no. Y en un funeral, si uno se para a pensarlo, todo es exageración: las flores, las coronas, los lazos con letras doradas, los elogios del cura sobre alguien a quien apenas conocía, las lágrimas de los parientes que llevaban años sin hablarse con el difunto. Los entierros son el lugar más exagerado de la vida social española. Y la canción, que se declara a sí misma ley de la exageración, encaja ahí como un guante negro.

«Que dios os tenga en su gloria»

Ahora la fórmula final. La que convierte la canción en esquela.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Y tú, un narcisista que vas de víctima...» de «La ley de la exageracion»

«Que dios os tenga en su gloria» es lo que se dice de los muertos. Es lo que dice la abuela cuando nombra al abuelo: «tu abuelo, que en gloria esté». Es lo que se pone en las lápidas, en los recordatorios, en las estampitas que se reparten en los funerales con una foto del difunto sonriendo.

Pero en el castellano de la calle, esa fórmula tiene también un uso irónico que todo el mundo conoce. Se dice de alguien vivo para darlo por perdido. «Ese, que Dios lo tenga en su gloria», se dice del amigo que se casó y desapareció, del vecino que se mudó y no volvió a saludar, del ex que ya no existe para uno. Es una forma de matar a alguien sin tocarlo. De enterrarlo en vida.

La canción usa esa fórmula con los dos sentidos a la vez. Hay rencor, claro. Pero también hay una cierta paz. Porque mandar a alguien a la gloria es, al fin y al cabo, mandarlo lejos. Fuera de tu vida. A un sitio donde ya no puede robar nada.

Y luego, el remate: «¡Adiós!». Con exclamación. No un adiós triste, de pañuelo en la estación. Un adiós de portazo. De «ahí te quedas». De quien se da la vuelta y sale del tanatorio sin esperar al final de la misa.

El velatorio

Entre la esquela y el entierro, en España, está el velatorio. Y cualquiera que haya pasado una noche en un tanatorio de Madrid sabe que es uno de los lugares más raros y más humanos que existen.

Hay una sala con un cristal, y detrás del cristal está el difunto. Hay sofás de escay, una mesa baja con pañuelos de papel y una caja de bombones que alguien ha traído y nadie se atreve a abrir. Hay familiares que lloran y familiares que hablan de fútbol en voz baja. Hay primos que no se veían desde la última boda. Y hay, siempre, una cafetería en la planta baja con croquetas, tortilla y café de máquina, donde la gente baja a desahogarse y acaba riéndose de alguna anécdota del muerto. El refranero lo dijo hace siglos con toda su crudeza: el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

El planeta se imagina el velatorio de esta canción y le sale una escena de comedia coral. Dos salas contiguas, una para cada narcisista. En la del víctima salvador, mucha gente, muchas flores, coronas con lazos que dicen «Tus amigos no te olvidan». En la de la versión low cost, una corona solitaria comprada en la gasolinera. Y en el pasillo, entre las dos salas, quien escribió la canción, con un café en la mano, saludando a los conocidos. «¿Y tú de qué los conocías?». «Uf, es largo de contar. Veinte años».

Y en la cafetería, a las tres de la mañana, alguien pide una ración de croquetas y brinda con un vaso de agua. No por los difuntos. Por los veinte años que ya no se pueden robar, porque ya se los llevaron.

«Para mí estás muerto»

Hay una frase de telenovela que todo el mundo ha oído alguna vez, dicha por una actriz con hombreras y lágrimas de glicerina: «Para mí estás muerto». Se dice al hijo que traicionó a la familia, al amante que se fue con la hermana, al socio que vació la cuenta del negocio. Es el destierro definitivo. No te mato, pero te borro.

Collage con un detalle de la carátula de «La ley de la exageracion» y las carátulas de «Ataúd de neón», «El luto del puto», «Hoy es el último adiós»

La canción del planeta es esa frase convertida en canción entera. Pero con una diferencia importante. En la telenovela, la frase se dice con dolor, con la voz rota, y el público llora. Aquí se dice con un insulto y una carcajada. No hay hombreras ni glicerina. Hay un «¡Eres un cabrón!» a pleno pulmón y un «¡Adiós!» de portazo.

Es la versión de barrio del destierro. La que se dice en la puerta del bar, no en el salón de la mansión. Y al planeta le gusta mucho más, porque es más honesta. Nadie entierra a un narcisista con lágrimas de glicerina. Lo entierra con alivio, y con ganas de contarlo.

Hay además algo liberador en decidir uno mismo cuándo alguien está muerto para uno. No esperar a que pida perdón, ni a que reconozca nada, ni a que cambie. Hacer la esquela, publicarla y pasar página. Las esquelas reales las publica la familia cuando ya no hay remedio. Esta la publica la víctima cuando decide que ya no hay nada más que esperar.

La repetición como funeral

Hay un detalle formal que el planeta quiere señalar porque tiene que ver con los ritos.

La canción repite su bloque entero tres veces. Uno y uno son dos, los ladrones, los veinte años, los narcisistas, el cabrón, la gloria, el adiós. Tres veces, sin apenas cambios.

En muchos ritos funerarios, las fórmulas se repiten. Las oraciones de los rosarios, las letanías, los responsos. Se dicen una vez y otra y otra, hasta que pierden el sentido literal y se convierten en otra cosa: en un ritmo, en un consuelo, en una forma de pasar el tiempo hasta que el dolor baja. La repetición es parte del duelo.

La canción tiene algo de eso. Repetir «que dios os tenga en su gloria, adiós» tres veces es como rezar un responso por dos difuntos vivos. No para que descansen en paz. Para que quien reza descanse.

Lo que no se entierra

Y ahora, el giro. Porque en este planeta siempre llega.

Ficha de la canción «La ley de la exageracion» con su carátula: letra y producción de Mike Sain't Louis

Debajo de toda la comedia funeraria, de los ataúdes de catálogo y la oración fúnebre que termina en insulto, hay una frase que no tiene nada de gracia y que el planeta quiere dejar sola, sin chiste alrededor:

Veinte años de mi vida.

Eso no es exageración. Es una cuenta. Veinte años son una juventud entera. Son los veinte a los cuarenta, o los treinta a los cincuenta. Son los años en los que la gente se forma, se enamora, construye cosas, decide quién quiere ser. Y la canción dice que esos años se los llevaron dos personas. Del tirón.

Se puede enterrar a los ladrones, aunque sea en sentido figurado, con una esquela y un adiós. Lo que no se puede enterrar es lo que se llevaron. Eso no vuelve. Y la canción lo sabe, aunque no se detenga a llorarlo. Lo dice en la primera estrofa y luego se pone a insultar, porque insultar es más fácil que llorar veinte años.

Una línea limpia, y se vuelve al tanatorio: el tiempo robado no se devuelve, pero se puede dejar de regalar.

Los deudos

Toda esquela tiene una lista de deudos: los que quedan, los que comunican el fallecimiento, los que reciben el pésame. En esta esquela, el planeta pone su propia lista.

Están, para empezar, todas las canciones de este universo que han hecho del luto un género propio. Está «Ataúd de neón», que convirtió el féretro en una caja de luz rosa. Está «El luto del puto», que ya desde el título mezcla el duelo con la burla. Está «Hoy es el último adiós», que es la despedida dicha con otra cara. En este planeta los funerales son frecuentes, y casi nunca son tristes del todo.

En la lista de videoclips, la canción va justo después de «Discutiendo con la IA», otra pelea dicha a gritos, y justo antes de «María María». El orden tiene su gracia: de discutir con una máquina a enterrar a dos personas, y de ahí a una canción con nombre de mujer repetido. Como un día cualquiera en este universo.

Y el diario del planeta, por supuesto, que tiene más esquelas de las que parece. Unas tristes. Otras, como esta, con el recuadro negro pintado de purpurina.

Datos del sepelio

Lo que consta, para quien quiera asistir.

La canción tiene su ficha propia en el planeta, que la fecha el 30 de mayo de 2026, con el sello propio del autor. Su videoclip oficial dura casi cuatro minutos y se puede ver en la sección de vídeos. Desde la ficha del single se puede escuchar un fragmento, buscarla en las plataformas y descargarla gratis, sin registro, que en este entierro no se pasa la bandeja.

La letra, con su cabrón incluido, es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y la escribió él sin máquinas. Para la música y las voces se usaron herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno. La historia del proyecto está en la sala de prensa.

Se cierra el recuadro

En las esquelas antiguas, al final, después de la lista de deudos y de los datos del funeral, había una línea pequeña que decía: «No se invita particularmente». Significaba que el aviso valía para todos, que no habría tarjetas personales, que quien quisiera ir, que fuera.

Esta canción funciona igual. No se invita particularmente. Quien haya tenido dos ladrones de años en su vida, o uno, o tres, está invitado a este funeral. Puede entrar en la capilla, mirar los dos ataúdes, el de caoba y el de pino, escuchar la oración fúnebre que termina en insulto y salir con un adiós en la boca.

No hace falta llevar flores. Ni rezar. Ni ponerse de negro.

Basta con decir la fórmula, una vez, en voz alta: que Dios os tenga en su gloria.

Y luego, sin mirar atrás, con la misma exclamación con la que la canción cierra cada una de sus tres vueltas, como quien apaga la luz de la capilla y sale a la calle, donde ya es de día y huele a churros: ¡Adiós!

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «La ley de la exageración»?

De dos personas a las que la letra llama narcisistas y «ladrones» que se llevaron «veinte años de mi vida del tirón». El narrador se proclama «la ley de la exageración», los insulta y los despide con una fórmula de funeral: «Que dios os tenga en su gloria. ¡Adiós!».

¿Por qué se habla de una esquela?

Es la lectura de esta crónica. La canción termina con una despedida propia de los entierros dirigida a dos personas vivas, y el planeta juega a redactar la esquela que corresponde a esa despedida.

¿Tiene videoclip?

Sí, tiene videoclip oficial de casi cuatro minutos, enlazado desde la sección de vídeos de gayfolkplanet.com. En la ficha del single la canción figura con fecha de 30 de mayo de 2026.

¿Quién la ha escrito?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.

Más notas

Apoyar en Ko-fi