Planeta Gayfolk

Cultura pop

Los ochenta en el planeta: la Movida madrileña, Madonna y el neón en las letras del Planeta Gayfolk

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Portada de «AlmodóVar», canción de Mike Sain't Louis

Hay décadas que se recuerdan y décadas que se reinventan cada vez que alguien las nombra. Los años ochenta son de las segundas. Para quien los vivió en Madrid, fueron los años de la Movida, de los bares que cerraban de día, de los fanzines fotocopiados y de una libertad recién estrenada que se celebraba con purpurina. Para quien nació después, son una estética: neón rosa, cuadrículas hacia el horizonte, cromados, hombreras y sintetizadores. Y para la cultura LGTBI española fueron, sobre todo, la primera década en la que la pluma salió a la calle sin pedir perdón.

Las letras del Planeta Gayfolk, el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, están atravesadas por esos ochenta, los reales y los reinventados. Hay una canción que se llama «Almodóvar», un homenaje a Madonna, una portada de recreativa con neón rosa y una ciudad en blanco y negro que parece una foto encontrada en una caja de mudanza. Este texto recorre la década con datos públicos y las pone al lado. Las citas proceden del archivo de letras, tal como están publicadas, y cuando una canción no tiene la letra publicada se cita la presentación o la ficha que Mike escribió para ella.

Madrid se despierta: de Canito a Rock-Ola

Tras la muerte de Franco en 1975 y la llegada de la democracia, Madrid vivió una explosión cultural que con el tiempo recibió un nombre: la Movida madrileña. No fue un movimiento organizado ni tuvo manifiesto. Fue una suma de grupos de música, fotógrafos, pintores, diseñadores, dibujantes de cómic, cineastas y gente que simplemente salía de noche, y que compartían bares, salas y ganas de hacer cosas sin pedir permiso a nadie.

Muchos sitúan su arranque simbólico en el concierto homenaje a Canito, celebrado el 9 de febrero de 1980 en la Escuela de Caminos de Madrid. Canito era el batería de Tos, un grupo que poco después se convertiría en Los Secretos, y había muerto en un accidente de tráfico. El concierto reunió a varios grupos de la nueva escena, se grabó para televisión y quedó como fotografía fundacional de una generación.

Después llegaron los lugares. La sala Rock-Ola, en la calle Padre Xifré, abrió en 1981 y cerró en 1985, y por su escenario pasaron muchos de los grupos de la época. En televisión, el programa «La Edad de Oro», presentado por Paloma Chamorro en TVE entre 1983 y 1985, llevó a los salones de toda España una música y una estética que hasta entonces solo se conocían en unas cuantas calles del centro de Madrid. Y el alcalde de entonces, Enrique Tierno Galván, se convirtió en un personaje más de la escena, con frases que todavía se citan medio en broma.

Todo esto es historia pública, contada en libros, documentales y exposiciones. Lo que interesa aquí es otra cosa: cómo esa década se ha quedado a vivir en la imaginación de un catálogo escrito cuarenta años después.

La pluma en el escenario: Almodóvar y McNamara

Para la cultura LGTBI, la Movida tuvo un valor muy concreto: fue uno de los primeros espacios públicos de la España democrática en los que la pluma, el travestismo y la ambigüedad se exhibían con humor y orgullo. No hacía tanto que la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social se había usado para perseguir a homosexuales y personas trans, y de pronto había gente que se subía a un escenario maquillada, con ropa de mujer y una actitud que decía, sin decirlo, que no pensaba esconderse.

Fotogramas del videoclip oficial de «Almodóvar», de Mike Sain't Louis

El ejemplo más conocido es el de Pedro Almodóvar y Fabio McNamara, que a principios de los ochenta formaron un dúo musical paródico con el que actuaban en salas y programas de televisión, los dos maquillados y vestidos de mujer. Almodóvar ya había estrenado en 1980 su primer largometraje comercial, «Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón», con Alaska en el reparto. Las películas de Almodóvar ya se han tratado en otro texto de este diario dedicado al cine queer español, así que aquí basta con recordar al Almodóvar de la Movida: el de las salas, los fanzines y las fotonovelas, antes de los Goya y los Oscar.

En el Planeta Gayfolk, Almodóvar tiene canción propia. «Almodóvar», del álbum «El día de la liberación», es muy breve y muy directa. Empieza con una amenaza de vecina con información: «No me hagas hablar / Que ni Almodovar / en sus mejores / tiempos». La ficha de la canción lo explica con gracia: el cine de Almodóvar funciona como medida universal del melodrama, y si tu historia supera a sus películas, es que es muy gorda. Es, dice Mike en esa ficha, la forma en la que hablan muchos maricas de su generación.

Y luego llega el verso que lo resume todo: «este dolor es más pesado / que un Goya». Es una comparación muy de los ochenta y muy de ahora. El Goya, el premio del cine español que se entrega desde 1987, se convierte en unidad de peso del dolor. La canción mezcla el drama, la cultura popular y un remate procaz que no conviene citar en un periódico serio, pero que cualquier fan de las primeras películas de Almodóvar reconocería al instante como parte de la misma tradición: el melodrama que no se toma del todo en serio a sí mismo.

Alaska y «¿A quién le importa?»

Si la Movida tuvo una reina, fue Alaska. Nacida en México y llegada a Madrid de niña, pasó por Kaka de Luxe, por Alaska y los Pegamoides, que en 1982 publicaron «Bailando», y por Alaska y Dinarama. Con este último grupo publicó en 1986 «¿A quién le importa?», una canción sobre el derecho a ser como uno quiera sin dar explicaciones. Con los años, la comunidad LGTBI la adoptó como himno, y hoy es raro que no suene en una fiesta del Orgullo de Madrid. Después vendría Fangoria, junto a Nacho Canut, con quien ya había compartido los grupos anteriores.

La relación de Alaska con el público LGTBI es una de las más largas y fieles de la música española, y su estética, la de los flequillos rectos, los labios marcados y la ironía camp, se convirtió en uno de los lenguajes visuales de la década.

En el planeta hay una portada que parece salida de esa estética. La de «Kaaa Miga» es, según su ficha, un fondo fucsia con trama de puntos de cómic, estrellas amarillas y un bocadillo de explosión donde el título estalla en rosa y amarillo, con un rostro rubio de flequillo recto y raya negra marcadísima en el centro. Es pop art en estado puro, la tradición de Roy Lichtenstein pasada por una peluquería de Malasaña. Y el saludo del título, ese «¡Kaaaa-miga!» con la primera sílaba alargada hasta parecer una sirena, es, dice la ficha, la forma más castiza y más marica de decir amiga. Pocas cosas hay más ochenteras que convertir una forma de hablar en un cartel.

Madonna, la reina que miraban los chicos raros

Mientras Madrid vivía su Movida, el pop internacional tenía una nueva reina. Madonna publicó su primer álbum en 1983, y en 1984 actuó en la primera gala de los premios MTV a los vídeos musicales vestida de novia, rodando por el suelo mientras interpretaba «Like a Virgin». Fue una de las imágenes del pop de la década. En 1990, con «Vogue», llevó al gran público el voguing, el baile nacido en la escena de los balls de Nueva York, una cultura creada sobre todo por personas LGTBI negras y latinas. Y durante los años del sida fue una de las artistas más visibles en la defensa de las personas con VIH.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «ya no te quierooooo No me hagas hablar» de «Almodóvar»

Por todo eso, Madonna ocupa un lugar muy especial en la memoria de muchos chicos gais que crecieron en los ochenta y los noventa. La ficha de «The Queen of Pop», del álbum «El día de la liberación», lo dice así: pocas artistas han significado tanto para tantos chicos que crecieron sintiéndose raros. La canción es, según su presentación, un homenaje personal e independiente a la Reina del Pop, hecho desde el Planeta Gayfolk «con una mirada conceptual y cinematográfica que mezcla estética retro, arte queer y nostalgia electrónica». Y la propia presentación se encarga de aclarar el tono: «No es imitación, es devoción convertida en arte performativo».

La ficha añade una imagen muy bonita: la de alguien que lleva toda la vida mirando a Madonna como quien mira un faro. Es una buena definición de lo que fue el pop de los ochenta para mucha gente LGTBI que vivía lejos de cualquier Chueca: una luz que llegaba por la tele y por la radio desde muy lejos y que decía que existía otra forma de estar en el mundo.

Madonna vuelve en otras canciones. En «Spoiler», del álbum «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», una pareja empieza a cambiar y la primera pista es inocente: «Empezó dando solo me gusta a fotos de Madonna». Y en «El productor de Madonna no compra en Mercadona», la reina aparece en una defensa muy personal del uso de la tecnología en la música. La letra nombra a Mirwais, el productor francés que trabajó con Madonna en el álbum «Music», del año 2000, y compara a la reina con un desodorante de anuncio: «Madonna era como / Rexona / que nunca te abandona». Es humor de anuncio de los ochenta y los noventa, cuando los eslóganes de la tele se aprendían de memoria como versos.

Recreativas y neón: el retrofuturo

Hay otros ochenta en el planeta que no son los de la Movida, sino los de los salones recreativos. En 1980 llegó Pac-Man, y durante toda la década los salones de máquinas se llenaron de adolescentes con monedas de cinco duros, pantallas de colores saturados y letras de neón. En 1982, la película «Tron» imaginó el interior de un ordenador como una cuadrícula de líneas luminosas, y esa imagen se convirtió en uno de los emblemas visuales de la época.

La portada de «Brilla Bruma», del álbum «El día de la liberación», es heredera directa de esa estética. Según su ficha, tiene una cuadrícula de neón rosa hacia el horizonte, un destello azul cegador en una esquina y letras cromadas como de recreativa antigua. En medio, un chico sin camiseta, con la piel reluciente de sudor y un gran tatuaje de alas y corazón en el pecho, mira a cámara con la barbilla alta. La ficha lo llama «retrofuturismo de manual» y no le falta razón: es el futuro tal como lo imaginaban los ochenta, visto desde el presente.

La ficha se detiene también en el título, que suena casi igual en sus dos palabras pero dice cosas opuestas: brilla es luz, bruma es niebla. Es una tensión muy ochentera. La década de la purpurina fue también la década de la heroína y del sida, de la luz de las discotecas y de la niebla de la madrugada. Cualquier recuerdo honesto de los ochenta tiene las dos cosas.

El neón aparece también en las letras. En «Gaslighting», del álbum «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la protagonista se libera de un manipulador en plena pista de baile: «El neón me cubre, soy inmortal». Es el neón de las discotecas, el de los letreros de los bares de la Movida, convertido en armadura. La canción termina con un grito de victoria que mezcla los dos idiomas del planeta y que no deja dudas sobre quién ha ganado.

Madrid en blanco y negro

Hay una canción del planeta que se titula simplemente «Madrid», del álbum «El día de la liberación», y su portada es, según la ficha, como una foto encontrada en una caja de mudanza. Imita una polaroid vieja, con los bordes manchados y grietas en la imagen. Dentro, una calle mojada de la ciudad, coches de otra época aparcados junto a la acera, farolas y, al fondo, un edificio con cúpula de los que coronan las esquinas del centro. En primer plano, alguien de espaldas camina con chaqueta y pantalón de cuero y gafas de sol a pesar de la lluvia.

Collage con un detalle de la carátula de «Almodóvar» y las carátulas de «The Queen of Pop», «El productor de Madonna no compra en Mercadona», «Brilla Bruma»

Es una imagen que podría ser de los ochenta o de cualquier otra década, y precisamente por eso funciona. Las polaroids fueron una de las cámaras de la época, la foto instantánea que se agitaba en la mano mientras aparecía la imagen. Y el cuero, las gafas de sol de noche y la calle mojada son el uniforme de la noche madrileña de la Movida, cuando la ciudad se recorría a pie de bar en bar y nadie se acostaba antes del amanecer.

Esa polaroid encontrada dice algo importante sobre la manera en que el planeta mira los ochenta. No es nostalgia de quien los vivió en primera fila, sino de quien los recibió en herencia: en fotos, en discos de los hermanos mayores, en reposiciones de televisión y en las historias que se contaban en los bares de Chueca. Los ochenta de estas canciones son, en buena parte, los de la memoria colectiva de la ciudad.

Hazlo tú mismo: fanzines, maquetas y sellos pequeños

Hay un rasgo de la Movida que a menudo se olvida detrás de la purpurina: fue una escena profundamente artesanal. Muchos grupos grababan maquetas con lo que tenían, los fanzines se escribían a máquina, se recortaban, se pegaban y se fotocopiaban, y los discos salían en sellos independientes pequeños, montados por gente de la propia escena. La idea de fondo, heredada en parte del punk, era sencilla: no hace falta esperar a que nadie te dé permiso para publicar lo que haces. Lo haces y ya está.

Esa ética del hazlo tú mismo es probablemente la herencia de los ochenta que más se parece al Planeta Gayfolk, más que cualquier estética de neón. Mike Sain't Louis autoedita cada single bajo su propio sello, MIKE SAIN'T LOUIS, desde Madrid, y el catálogo suma ya 273 singles repartidos en una trilogía de álbumes. Es una cifra que habría parecido imposible para cualquier grupo de la Movida, que con suerte sacaba un par de discos al año, pero el espíritu es el mismo: publicar sin pedir permiso, a contracorriente de la industria y con la ironía como escudo.

También se parecen en el humor. Los fanzines de la época estaban llenos de fotomontajes, de titulares absurdos y de chistes privados que solo entendían los de dentro. Las portadas del planeta, con sus bocadillos de cómic, sus polaroids falsas y sus letras cromadas, tienen algo de esa misma complicidad. Están hechas para quien ya conoce el código, y para quien no lo conoce, son una invitación a aprenderlo.

Y está, por último, la relación con el escándalo. En los ochenta, buena parte de la escena se divertía provocando a una España que todavía se escandalizaba con poco. Muchos títulos del planeta juegan al mismo juego, con palabras que harían enrojecer a una tía abuela y que, leídas con calma, esconden historias de desamor, de manipulación o de dignidad. La provocación, como en la Movida, es muchas veces la puerta de entrada a algo mucho más serio.

Lo que la Movida dejó en herencia

Cuarenta años después, la Movida se estudia en las universidades, se expone en los museos y se discute en los periódicos. Hay quien la idealiza y quien recuerda su lado oscuro, el de la heroína que se llevó a tanta gente de aquella generación. Ambas cosas son ciertas.

Ficha de la canción «Almodóvar» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Para la cultura LGTBI española, la herencia más clara es una actitud. La de subirse a un escenario con pluma y sin explicaciones. La de reírse de uno mismo antes de que lo hagan los demás. La de convertir el melodrama en arte y el mal gusto en estilo. La de mezclar sin complejos la cultura popular, la copla, el pop internacional y el cómic. Esa actitud, que en los ochenta parecía escandalosa, es hoy el lenguaje natural de buena parte del pop queer.

Y es, sin duda, uno de los lenguajes del Planeta Gayfolk. Cuando una canción compara un dolor con el peso de un Goya, cuando una portada convierte un saludo en un cartel de cómic, cuando un homenaje a Madonna se presenta como devoción y no como imitación, cuando el neón de la pista se convierte en armadura, lo que se oye de fondo es el eco de aquella década. No como copia, sino como herencia asumida.

Hay también una diferencia importante. La Movida fue un fenómeno de grupo, de bares llenos y de gente que se conocía. El Planeta Gayfolk es el proyecto de una sola persona que escribe las letras, compone, produce y usa herramientas de inteligencia artificial para hacer la música y las voces. En los ochenta, la tecnología de moda eran los sintetizadores y las cajas de ritmos, que también escandalizaron en su momento a quienes pensaban que la música de verdad solo se hacía con guitarras. Cada década tiene su polémica tecnológica, y el planeta, con canciones como «El productor de Madonna no compra en Mercadona», ha decidido reírse de la suya.

Cinta de casete para el planeta

Para terminar, una cara A imaginaria, de las que se grababan en casete para regalar, con las canciones del planeta que mejor conversan con los ochenta.

Abre «Brilla Bruma», con su cuadrícula de neón rosa y sus letras cromadas de recreativa, para entrar en la década por la puerta del salón de máquinas.

Sigue «Kaaa Miga», con su flequillo recto y su bocadillo de cómic, la parte más pop art de la cinta.

Después, «Almodóvar», con su dolor más pesado que un Goya y su amenaza de vecina con información.

En el centro de la cara, «The Queen of Pop», la carta de amor a la reina que miraban los chicos raros.

Luego «Gaslighting», con el neón convertido en armadura en mitad de la pista.

Y para cerrar, «Madrid», la polaroid encontrada en la caja de mudanza, con alguien de espaldas caminando bajo la lluvia con gafas de sol. Porque todas las noches de los ochenta terminaban igual: volviendo a casa a pie, de madrugada, por una calle mojada del centro.

Ficha

«Almodóvar» pertenece a «El día de la liberación», tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Las letras son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, que se presenta como «el primer cantautor IA»; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. Los personajes de las letras son inventados; las figuras públicas citadas aparecen solo con datos conocidos de su trayectoria. Los datos sobre la Movida madrileña, Alaska, Madonna y la cultura de los años ochenta proceden de fuentes públicas. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Qué fue la Movida madrileña?

Un movimiento cultural que se vivió en Madrid entre finales de los años setenta y mediados de los ochenta, tras la muerte de Franco, con música, cine, fotografía, moda, cómic y pintura. Se suele situar su arranque simbólico en el concierto homenaje a Canito de febrero de 1980, y entre sus espacios más conocidos estaban la sala Rock-Ola y el programa de televisión «La Edad de Oro».

¿Por qué la Movida es importante para la cultura LGTBI?

Porque fue uno de los primeros espacios públicos de la España democrática en los que la pluma, el travestismo y la ambigüedad se exhibían con humor y sin pedir permiso. Pedro Almodóvar y Fabio McNamara actuaban maquillados y con ropa de mujer, y Alaska convirtió «¿A quién le importa?» en un himno.

¿De qué trata la canción «Almodóvar»?

Es un single del álbum «El día de la liberación» que toma el cine de Pedro Almodóvar como medida del melodrama: lo que ha pasado no lo rueda «ni Almodovar / en sus mejores / tiempos». Incluye además el verso «este dolor es más pesado / que un Goya».

¿Qué relación tiene el Planeta Gayfolk con Madonna?

«The Queen of Pop» es, según su presentación, un homenaje personal e independiente a Madonna hecho desde el Planeta Gayfolk. Madonna aparece también en «Spoiler» y en «El productor de Madonna no compra en Mercadona».

¿Qué estética ochentera aparece en las portadas?

La de «Brilla Bruma» es retrofuturismo de manual, con una cuadrícula de neón rosa hacia el horizonte y letras cromadas como de máquina recreativa antigua. La de «Madrid» imita una polaroid vieja en blanco y negro.

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