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La otra oreja: Arlés 1888, Gabrielle Berlatier y el dibujo del doctor Rey, leídos con «Ya no nos gusta La Oreja de Van Gogh»
Por Mike Sain't Louis ·

Hay nombres de grupo que se eligen en una tarde y luego pesan treinta años. En 1996, en San Sebastián, cinco chavales que tocaban versiones en bares y todavía no tenían cartel se sentaron a tomar un café larguísimo para decidir cómo llamarse. Ellos mismos lo han contado muchas veces, casi con fastidio: salió Van Gogh, salió la oreja y les pareció un nombre que nadie olvidaría. Acertaron. Lo que no podían saber es que, mientras el grupo llenaba estadios, la oreja de verdad, la del pintor, seguía siendo uno de los grandes misterios mal contados de la historia del arte.
«Ya no nos gusta La Oreja de Van Gogh» es la canción en la que Mike Sain't Louis se despide, con ironía y con cariño, de aquel grupo. No ataca a Amaia Montero ni a Leire Martínez, a las que trata como divas de su adolescencia, sino al envoltorio domesticado en el que, a su juicio, terminó convertida una banda que un día fue pura emoción. El diario ya ha dedicado a la canción unas notas de escucha. Esta entrada hace otra cosa: tira del nombre hasta llegar al origen. Va a Arlés, al invierno de 1888, a una casa amarilla, a un burdel de la calle del Bout d'Arles y a una biblioteca de California donde un papel doblado por la mitad resolvió, más de ciento veinte años después, una pregunta que parecía imposible de contestar.
Conviene avisar desde el principio de que esta es una historia con una herida en el centro, y que se va a contar sin morbo. Lo interesante no es la sangre, sino cómo se construye un mito y quién queda fuera de la foto cuando se cuenta.
Una casa amarilla y dos pintores
En febrero de 1888 Vincent van Gogh dejó París y se instaló en Arlés, en la Provenza. Tenía treinta y cuatro años, vivía del dinero que le mandaba su hermano Theo, marchante de arte, y estaba convencido de que la luz del sur iba a cambiar su pintura. La cambió. En los catorce meses que pasó allí pintó los girasoles, el café nocturno, el dormitorio, la casa amarilla y decenas de retratos de vecinos.
Su sueño era montar en esa casa amarilla un taller compartido, una especie de comunidad de pintores que trabajaran juntos lejos de la capital. El primer invitado, y en realidad el único que llegó, fue Paul Gauguin, que se presentó en octubre de 1888. Durante unas semanas pintaron codo con codo. Luego empezaron las discusiones. El Museo Van Gogh de Ámsterdam lo resume con dos sillas: Vincent pintó la suya, sencilla, con una pipa y unas cebollas, como homenaje a la pintura del natural; la de Gauguin la pintó con una vela y unos libros, como símbolo de la imaginación y la memoria. Uno quería pintar lo que veía. El otro, lo que soñaba.
Las discusiones se volvieron cada vez más tensas, y Gauguin empezó a hablar de volver a París. Para Vincent, que había puesto en aquel proyecto todas sus esperanzas, la idea de que la casa se vaciara era insoportable.
La noche del 23 de diciembre
Lo que pasó la noche del 23 de diciembre de 1888 se ha contado de tantas maneras que casi cada biografía tiene su propia versión. Los hechos firmes son pocos. Tras una discusión con Gauguin, Vincent, en pleno estado de confusión, se hirió la oreja izquierda con una navaja. Envolvió el trozo cortado en papel y lo llevó a una casa de citas situada en el número 1 de la calle del Bout d'Arles, a unos minutos de la casa amarilla. Eran alrededor de las once y media de la noche. Allí entregó el paquete a una joven y, según la prensa local, le pidió que guardara aquel objeto con cuidado. La chica se desmayó.
Se avisó a la policía. Los agentes encontraron a Vincent a la mañana siguiente en su cama, en la casa amarilla, con mucha sangre perdida, y lo llevaron al hospital. Gauguin, que había pasado la noche en un hotel, avisó a Theo y se marchó de Arlés el día de Navidad. Theo tomó el tren desde París a toda prisa y llegó a tiempo de verle en el hospital. El 30 de diciembre, el periódico local «Forum Républicain» publicó en portada una pequeña nota sobre el suceso. Así de breve fue, en su momento, la noticia más comentada de la historia de la pintura moderna.
En el hospital le atendió un médico interno muy joven, Félix Rey, que acababa de cumplir los veintiún años. Vincent pasó allí varias semanas, con fiebre y una infección, y tuvo nuevas crisis en los meses siguientes. Nunca se llegó a saber con certeza qué le pasaba. Se ha hablado de epilepsia, de trastorno bipolar, de los efectos del alcohol y del agotamiento, y el propio Museo Van Gogh reconoce que el diagnóstico sigue siendo incierto. Lo que sí está documentado, en sus cartas, es que siguió pintando y que la pintura fue lo que le sostuvo durante ese tiempo.
¿El lóbulo o la oreja entera?
Durante casi todo el siglo XX, la versión oficial fue que Vincent se había cortado solo una parte del lóbulo. La fuente principal era una carta del pintor Paul Signac, que le visitó en Arlés unos meses después y escribió que se había cortado el lóbulo, no la oreja entera. Parecía un testimonio de primera mano. Muchos libros lo repitieron, y la imagen de un pintor que se corta un pedacito de carne en un arrebato pasó a la cultura popular.

Otras pistas, sin embargo, no encajaban. En una conversación de 1922 con el crítico Gustave Coquiot, el doctor Rey había dicho que la herida había dejado solo el trago, la pequeña prominencia de cartílago que hay delante del conducto auditivo. Y el propio Vincent, en sus cartas, hablaba de semanas de recuperación que casaban mal con un corte pequeño.
Aquí entra en escena Bernadette Murphy, una investigadora irlandesa que vive en el sur de Francia y que, harta de las contradicciones que se repetían de libro en libro, decidió empezar de cero. Construyó una base de datos con las unas trece mil personas que vivían en Arlés durante la estancia de Van Gogh, revisó censos, registros y prensa local, y en los archivos del Museo Van Gogh encontró una carta de 1955 que mencionaba un dibujo de la herida hecho por el doctor Rey. Según esa carta, el dibujo lo tenía el novelista estadounidense Irving Stone, autor de «Anhelo de vivir», la biografía novelada de Van Gogh publicada en 1934 que luego llevaría al cine Vincente Minnelli.
Los papeles de Stone están en la Bancroft Library de la Universidad de California en Berkeley. Murphy escribió a la biblioteca y, tras varios intentos, el archivero David Kessler encontró la hoja doblada por la mitad, metida en una carpeta con recortes. Era una carta firmada por Félix Rey el 18 de agosto de 1930, con dos dibujos de la oreja: antes y después de la herida. El trazo muestra un corte que atraviesa la base de la oreja y se la lleva casi entera, dejando apenas un trocito del lóbulo.
Murphy ha contado que, cuando vio el dibujo por primera vez, se echó a llorar. También encontró la explicación del error de Signac, escondida a plena vista en su propia carta: el pintor decía que Vincent llevaba una venda alrededor de la cabeza y un gorro de piel. Signac nunca vio la herida destapada. Nadie de los que luego hablaron de ella la había visto.
La carta de Rey se expuso por primera vez en el Museo Van Gogh de Ámsterdam en la muestra «Al borde de la locura. Van Gogh y su enfermedad», abierta del 15 de julio al 25 de septiembre de 2016. Ese mismo mes Murphy publicó su libro, «Van Gogh's Ear: The True Story».
La chica de la puerta
El dibujo resolvía la pregunta del cuánto. Quedaba la pregunta del a quién. Durante más de un siglo, la joven que recibió el paquete fue «Rachel», el nombre que dio la prensa de la época, y casi todas las biografías la describieron como una prostituta del burdel, en ocasiones con un tono de chiste. Era el personaje secundario perfecto para una leyenda romántica: la mujer de la puerta, sin apellido ni historia, que existe solo para desmayarse.

Murphy no encontró ninguna prostituta llamada Rachel en los registros de Arlés. Sí encontró una entrevista de 1936 con Alphonse Robert, el policía al que llamaron aquella noche, en la que la chica aparecía como Gaby. Siguiendo esa pista llegó a una joven llamada Gabrielle, y a su familia. Por respeto a los descendientes, no publicó el apellido en su libro.
Fue el periodista Martin Bailey, en The Art Newspaper, quien en julio de 2016 cruzó los datos del libro con los registros del Instituto Pasteur de París y publicó el nombre completo: Gabrielle Berlatier. Su historia es la parte más dura y menos contada de todo el episodio. Tenía dieciocho años y era hija de campesinos del Mas de Faravelle, en Moulès, un pueblo a unos diez kilómetros de Arlés. El 8 de enero de 1888, casi un año antes de aquella noche, la mordió en el brazo izquierdo el perro del pastor de la finca. El animal tenía la rabia. A Gabrielle le cauterizaron la herida con un hierro al rojo, lo que le dejó una cicatriz muy visible, y la llevaron a París para recibir la entonces novísima vacuna de Pasteur, que le salvó la vida.
El tratamiento endeudó a la familia. Según Murphy, Gabrielle trabajaba en el burdel como criada, haciendo la limpieza, para ayudar a pagar esas facturas; era demasiado joven para estar registrada como prostituta, algo que en la Francia de la época solo se permitía a partir de los veintiún años. Hay indicios de que también limpió en el Café de la Gare, el local de los Ginoux, amigos de Vincent, que el pintor retrató en «El café de noche». Es decir, es posible que se conocieran de vista, y que Vincent no eligiera la puerta al azar.
Gabrielle se casó, vivió muchos años y nunca contó a nadie fuera de su familia lo que pasó aquella noche. Murphy lo resume con una frase sencilla: ella no le buscó a él. Fue una chica que ya había sobrevivido a una mordedura de perro rabioso y a un tratamiento brutal, y a la que, ese mismo año, le pusieron en las manos un paquete que la persiguió toda la vida.
La teoría de la espada
Como en toda buena leyenda, hay una versión alternativa. En 2008 los historiadores alemanes Hans Kaufmann y Rita Wildegans publicaron un libro titulado «La oreja de Van Gogh. Paul Gauguin y el pacto de silencio». Su tesis es que Vincent no se hirió a sí mismo: que fue Gauguin, un esgrimista experto, quien durante una pelea en la calle le cortó la oreja con su espada, por accidente o a propósito, y que luego los dos acordaron callar. Gauguin, para evitar problemas con la justicia. Vincent, para no perder del todo a un amigo al que admiraba.
Los autores se apoyan en las contradicciones de los relatos de Gauguin, en frases ambiguas de las cartas de Vincent y en un dibujo de una oreja con la palabra latina «ictus», que en esgrima significa golpe. Es una lectura sugerente, y explica bien por qué tantas versiones distintas circularon durante años. Pero no tiene una prueba concluyente, y el Museo Van Gogh y la mayoría de los especialistas siguen defendiendo la versión de la autolesión, que es la que respaldan el informe policial, el testimonio del médico y las propias cartas del pintor en los meses siguientes.
Lo curioso es que ambas versiones comparten algo: en las dos, el relato lo controló durante décadas quien tenía más fama y más facilidad para contarlo.
Treinta firmas en la plaza Lamartine
Hay un capítulo menos conocido que, en el fondo, es el que más se parece a la vida real. En febrero de 1889, cuando Vincent ya había vuelto a la casa amarilla, un grupo de vecinos presentó una petición al alcalde para que le internaran y le echaran de su casa. Le describían como un peligro para el barrio. La policía cerró la casa y Vincent volvió al hospital, esta vez casi como un preso.
Vincent creyó que habían firmado ochenta personas, y le dolió profundamente. Murphy, con su base de datos, comprobó que las firmas eran treinta y que, según sus cálculos, veinticuatro de ellas ni siquiera eran de vecinos de Arlés, sino de conocidos del administrador de la casa, que quería librarse de un inquilino incómodo. Es decir: una campaña organizada por unos pocos, presentada como si fuera la opinión de todo el barrio. La petición original se expuso por primera vez en aquella muestra de 2016 en Ámsterdam.
Cualquiera que haya vivido algo parecido reconoce el mecanismo. Mike Sain't Louis lo ha contado en este planeta con sus propias palabras: pasó años en relaciones con personas narcisistas que, al verse desenmascaradas, pusieron a su entorno en su contra, y las canciones fueron su manera de contar su versión. No se trata de comparar biografías, sino de reconocer una escena que se repite: alguien en un momento frágil, un relato fabricado por otros que se extiende más rápido que el suyo, y la sensación de que todo el mundo ha firmado. A menudo no han sido tantos. Y casi siempre hay más gente dispuesta a escuchar de la que parece. Sobre cómo empezar a hablar de esto en casa, el diario tiene una guía para hablar de salud mental en familia.
El cuadro de la venda
En enero de 1889, recién salido del hospital, Vincent pintó «Autorretrato con la oreja vendada», que hoy está en la Courtauld Gallery de Londres. Lleva un abrigo verde, un gorro de piel y una venda blanca que le cubre la mandíbula. Detrás de él hay un caballete y una estampa japonesa colgada en la pared. En el cuadro, la venda aparece en el lado derecho de la cara, y durante mucho tiempo eso confundió a quien lo miraba. La explicación es sencilla: se pintó mirándose en un espejo, y el espejo invierte los lados.

Es un retrato sorprendentemente tranquilo. No hay dramatismo en la cara, ni sangre, ni gesto de dolor. Hay un hombre que vuelve al trabajo con lo que tiene, delante de un caballete y de una imagen de un país que soñaba conocer. Ese mismo invierno pintó también al doctor Rey, el médico joven que le había cosido. Hoy el retrato está en el Museo Pushkin de Moscú.
El fotograma del videoclip que ilustra esta entrada juega con esa misma idea del espejo: un retrato pintado a la manera de Van Gogh, un joven pelirrojo y, a su lado, su reflejo dentro de un marco con el cristal roto. La imagen y el cuadro se contestan: en los dos casos, lo que se ve en el espejo no es exactamente lo que pasó.
Una oreja que habla
La leyenda de la oreja es tan potente que, más de un siglo después, una artista decidió fabricarla. En 2014, el centro ZKM de Karlsruhe, en Alemania, expuso «Sugababe», una obra de Diemut Strebe: una réplica viva de la oreja izquierda de Van Gogh, cultivada a partir de células de cartílago de Lieuwe van Gogh, tataranieto de Theo, y moldeada con impresión 3D a partir de la única fotografía conocida del pintor. La oreja vivía en un recipiente con líquido nutritivo. Los visitantes podían hablarle por un micrófono instalado al lado, y un programa traducía el sonido en impulsos parecidos a los nerviosos, que se oían como un chisporroteo. El primero en hablarle fue el lingüista Noam Chomsky, en la inauguración, el 30 de mayo de 2014.
Strebe explicó que la obra quería cuestionar el mito del artista romántico: el genio que sufre, que se autodestruye y que crea gracias a ese sufrimiento. Es una idea que conviene desmontar también fuera de los museos. El dolor no es un requisito para hacer arte. La gente crea a pesar de sus heridas, no gracias a ellas, y casi siempre crea mejor cuando tiene ayuda, descanso y alguien que la escuche.
Del burdel al café donostiarra
Volvamos al café de San Sebastián. Cuando aquellos cinco jóvenes eligieron el nombre, no estaban pensando en Gabrielle Berlatier, ni en el doctor Rey, ni en la petición de los vecinos. Pensaban, como casi todo el mundo, en la versión de la leyenda que circulaba entonces: el pintor loco que se corta un trozo de oreja. Les pareció un nombre con algo especial, y lo era. Que un grupo de pop luminoso, de canciones sobre amores de instituto y cuadernos llenos de dibujos, llevara en el nombre una herida es una de esas contradicciones que hacen que una marca funcione.
Mike juega en su canción con esa contradicción, aunque por otro lado. Lo que plantea es que, con los años, el nombre se quedó, pero la emoción cruda que tuvo al principio se fue limando hasta convertirse en un producto pulido. Por eso la canción separa a las personas del envoltorio. Ama a Amaia y a Leire, les da las gracias por las canciones, y al mismo tiempo se baja del grupo como quien se borra de un club de fans. Es una despedida sin rencor y con mucho humor, y tiene una curiosidad que Mike cuenta con cierta gracia: la escribió antes de que se anunciara la vuelta de Amaia Montero, así que acabó pareciendo casi una premonición.
Leída al lado de la historia de Arlés, la canción gana una capa más. La oreja de Van Gogh fue, durante un siglo, un relato contado por otros: por Gauguin, que tenía interés en salir bien parado; por los periódicos, que se quedaron con lo llamativo; por los biógrafos, que copiaban la versión anterior sin comprobarla. La verdad estuvo todo el tiempo en una carpeta, esperando a que alguien la buscara. En el planeta de Mike pasa algo parecido con muchas cosas: las canciones son una forma de sacar de la carpeta la versión propia.
Lo que se puede aprender de un dibujo olvidado
La historia de la oreja deja varias lecciones que valen para mucho más que la historia del arte.

La primera: la versión más repetida no es necesariamente la verdadera. El error del lóbulo se mantuvo durante décadas porque cada libro copiaba al anterior, y nadie volvió a la fuente. Murphy lo cambió todo porque desconfió de lo que todos daban por hecho y fue a mirar los papeles.
La segunda: los personajes secundarios también tienen vida. Gabrielle no era un detalle pintoresco, sino una chica con una cicatriz, una deuda familiar y un trabajo nocturno que no había elegido. Recuperar su nombre fue también una forma de justicia.
La tercera: una crisis de salud mental no define a una persona. Vincent pasó por momentos terribles, pero la imagen del loco de la oreja ha tapado durante mucho tiempo todo lo demás: el trabajo diario, la correspondencia con Theo, la amistad con los Roulin y los Ginoux, la paciencia de un médico joven que le visitaba. Hoy sabemos mucho más sobre cómo acompañar a alguien en una crisis que en 1888, y eso es una buena noticia.
Si te pesa algo de esto
Esta entrada habla de una autolesión, y es posible que a alguien le toque de cerca. Hacerse daño es casi siempre una señal de un dolor que no encuentra otra salida, y ese dolor tiene tratamiento. En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida y al malestar emocional: es gratuita, confidencial y funciona a cualquier hora. Si hay un peligro inmediato, el 112. Para menores, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10. Desde fuera de España, en findahelpline.com hay una lista de servicios por país.
Pedir ayuda no es un fracaso, ni un espectáculo, ni una exageración. Mike, que vive con varios diagnósticos de salud mental y está en tratamiento, lo dice a menudo en este planeta: lo que le ayudó a salir adelante fue contar lo que sentía, a profesionales y a través de sus canciones. En el diario hay una página sobre salud mental LGTBI y otra sobre vulnerabilidad y salud mental, con recursos y otras lecturas.
El arte que no se encierra
Hay otra canción del planeta que dialoga con esta. En «Louvre», Mike imagina entrar en un museo solemne con alas de mariposa y convertirlo en pista de baile, y el diario lo cuenta en la visita al Louvre del planeta. La idea es parecida: sacar el arte de la vitrina y de la leyenda, y devolverlo a las personas. Y en «La insignia de artista» aparece la pregunta de quién decide quién es artista, que el diario analiza en quién reparte el alma. Van Gogh vendió poquísimo en vida. La insignia se la pusieron después, junto con la leyenda de la oreja, y ambas cosas a la vez.
Notas para escucharla
«Ya no nos gusta La Oreja de Van Gogh» forma parte de «El día de la liberación», el disco de la trilogía GAYFOLK en el que Mike repasa con humor y con rabia todo lo que ya no le sirve. Se puede escuchar en Spotify y ver en el videoclip oficial, donde aparecen el retrato del espejo roto, salas llenas de cuadros con llamas azules y un elefante junto a un marco dorado. La información sobre el autor, Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y sobre sus discos está en la página de prensa.
Una propuesta para escucharla: busca en el móvil el «Autorretrato con la oreja vendada», míralo un rato en silencio y luego dale al tema. Piensa en Gabrielle, en el doctor Rey, en los treinta vecinos que firmaron y en los miles que no lo hicieron. Piensa en cinco chavales en un café de San Sebastián poniéndose un nombre sin saber nada de todo esto. Y después decide tú qué parte de cada historia te quedas. Esa es, en el fondo, la pregunta de la canción: qué nos sigue gustando de verdad cuando quitamos el envoltorio.
Preguntas frecuentes
¿Van Gogh se cortó la oreja entera o solo el lóbulo?
Durante décadas se aceptó que solo se había cortado una parte del lóbulo, porque así lo contó el pintor Paul Signac tras visitarle. En 2016 la investigadora Bernadette Murphy dio a conocer una carta del médico que le atendió en Arlés, Félix Rey, fechada el 18 de agosto de 1930, con un dibujo en el que se ve que el corte se llevó casi toda la oreja izquierda y dejó apenas un trozo del lóbulo.
¿A quién le dio Van Gogh la oreja?
Los periódicos de la época la llamaron Rachel, pero la investigación de Murphy y un artículo de The Art Newspaper de julio de 2016 la identificaron como Gabrielle Berlatier, una joven de 18 años, hija de campesinos de los alrededores de Arlés, que trabajaba como criada en el burdel y no como prostituta.
¿Es verdad que Gauguin le cortó la oreja con una espada?
Es una hipótesis que publicaron en 2008 los historiadores alemanes Hans Kaufmann y Rita Wildegans. Sostienen que Gauguin, buen esgrimista, le hirió durante una pelea y que ambos pactaron silencio. No hay una prueba concluyente y el Museo Van Gogh de Ámsterdam mantiene que fue el propio pintor quien se hirió.
¿Por qué el grupo se llama La Oreja de Van Gogh?
Según han contado sus miembros, el nombre salió en 1996 durante una larga conversación en un café de San Sebastián, cuando todavía tocaban en bares sin nombre: alguien habló de Van Gogh, salió la oreja y les pareció un nombre que no pasaría desapercibido.
¿De qué trata «Ya no nos gusta La Oreja de Van Gogh»?
Es una canción de Mike Sain't Louis, del disco «El día de la liberación», que separa el cariño por Amaia Montero y Leire Martínez de la decepción con el grupo convertido en producto. Mike cuenta que la escribió antes de que se anunciara la vuelta de Amaia.